La película ‘Corazón azul’, de Miguel Coyula, compite en el Festival Internacional de Cine de Moscú

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Fotograma de ‘Corazón azul’, Miguel Coyula, dir.

Corazón azul, la más reciente producción del cineasta cubano Miguel Coyula –su tercer largometraje de ficción después de Cucarachas rojas y Memorias del desarrollo–, tendrá su premiere mundial en la edición 43 del Festival Internacional de Cine de Moscú, a celebrarse entre los días 22 y 29 de abril próximo. La presencia del filme en la competencia oficial de este importante evento demuestra el alcance de la creación audiovisual en Cuba. Los realizadores independientes cubanos no sólo han conseguido forjar propuestas estilísticas, narrativas y discursivas novedosas, sino que han logrado colocarlas en el horizonte de la producción latinoamericana y en los circuitos audiovisuales del orbe.

Esta nueva película de Coyula es resultado de su personal práctica productiva, siendo él quien se ocupa casi de la totalidad de los rubros de la realización: guion, dirección, fotografía, montaje, animación…; un modelo de producción que, desde luego, define el aura de cine manufacturado de las obras de este director, un cine resuelto esencialmente durante el proceso de postproducción. Lo anterior imprime un sello muy característico en el estilo de Coyula, para quien la independencia autoral existe sólo bajo tales parámetros.

En Corazón azul, son recurrentes códigos y estrategias creativas ya habituales en las obras de este creador: el regusto posmoderno por el pastiche, el entrecruzamiento de estilemas procedentes del cómic, de la distopía y del cine de clase B, la construcción de personajes descolocados psicológicamente y atormentados por una realidad alucinante de la que intentan escapar y la creación de atmósferas góticas, bastante sórdidas. Estos recursos han sido siempre el soporte de un cine político, no importa si más o menos explícito en la formulación retórica de sus ideas. Con sus películas, este director ha intentado siempre, de algún modo, dar respuesta a un mundo que oprime cada vez más la libertad individual. Sus universos distópicos son el modo que él encuentra, al nivel de la creación fílmica, de hacer latente cuanto percibe en la realidad velado por las ideologías.

La película nos sumerge en una Cuba ucrónica, a través de la recuperación de tópicos de la ciencia ficción que permiten trazar una reflexión retrofuturista sobre el estado contemporáneo del país. Por medio de la imaginería visual característica del autor –propiciadora de una atmósfera de incertidumbre, caos, inseguridad y violencia perenne–, Coyula especula sobre un país derruido por la pesadilla que ha desatado un gobierno totalitario, que confina la cotidianidad a la condición de un residuo. En ese hábitat están insertos los personajes de la película, emplazados en una narración resuelta con la perspectiva propia de una historieta.

Los protagonistas son un grupo de jóvenes mutantes, con poderes sobrehumanos, que viven al margen de la sociedad, en una oposición radical a las fuerzas políticas del país. Ellos son resultado de un proyecto de ingeniería genética impulsado por el Gobierno con el objetivo de mejorar la raza humana –una metáfora del “hombre nuevo” o de “la batalla de ideas”– y poder consumar de una vez la sociedad perfecta. El fracaso del experimento –parábola, a su vez, del fracaso mismo del proyecto revolucionario– condena a estas personas a una vida oculta, controlada por poderes superiores que suprimen en ellos cualquier tipo de libertad.

La historia navega en los marcos del enfrentamiento de estos individuos –se han organizado en una suerte de grupo de resistencia– al Gobierno que pretende mantenerlos en las periferias de la sociedad, ocultos a los ojos del mundo. Paralelamente, se cuenta también una travesía de redención personal; Elena, quien se encuentra entre los protagonistas, tiene que enfrentar las consecuencias del descubrimiento de quién es su padre. En un entorno de total desequilibrio axiológico y de búsqueda identitaria, estos seres hijos de un fracaso intentan desnudar un Gobierno que tiene presa la realidad, para de eso modo salvarse a sí mismos.

Miguel Coyula ha ensayado con éxito, otra vez, una aventura creativa arriesgada. Es posible que su punto de vista se revele nomás al final, al término de una trama favorablemente plagada de vacíos y ambigüedades. En esa última escena, el personaje nombrado Caso no. 1 le comenta a Elena que “no importa quiénes son nuestros padres, lo importante es quiénes somos nosotros”. Como una interrogante, esta idea atraviesa todo el discurso de la película.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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