Vista del barrio de San Isidro en La Habana Vieja

El Movimiento San Isidro apunta al corazón de lo que queda de la Revolución cubana, y actúa poniendo a morir los cuerpos de sus integrantes. Ya son once los activistas que se han declarado en huelga de hambre en los últimos siete días, varios de ellos, también en huelga de sed. Protestan por el encarcelamiento del joven rapero cubano Denis Solís, a quien la policía secuestró en su casa y condenó a ocho meses de prisión en tan sólo dos días. En consecuencia, el grupo convocó a protestar públicamente en frente de las estaciones de policía del régimen. Entre las acciones que se organizaron, estuvo el denominado “susurro poético”, que consistía en la lectura de poesía en lugares públicos. Todos los que respondieron a la convocatoria y participaron de las lecturas fueron encarcelados temporalmente cada vez que asistían a los sitios de reunión. Al cuarto día, los miembros del grupo decidieron reunirse en el Museo de la Disidencia de Cuba, sede del Movimiento San Isidro. Después de que algunos de ellos llegaron al edificio, la policía cubana cerró el perímetro y se negó a permitir el paso a cualquiera que intentara acercarse al lugar. Incluso, impidió que le fueran entregado a los jóvenes comida y agua. En ese momento, los miembros del grupo decidieron iniciar una huelga de hambre en reclamo de la liberación de Denis Solís. Más tarde, también exigieron el cierre de las tiendas cubanas en dólares, donde se venden alimentos básicos y productos de higiene a la población.

La salud de Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo, los líderes del Movimiento San Isidro, se ha deteriorado rápidamente después de siete días sin comida ni agua. Son talentosos, jóvenes, negros y pobres, y tal vez por eso han creado una conexión con su gente que es difícil ignorar. San Isidro es un barrio empobrecido en La Habana Vieja con una población mayoritariamente negra. Es una organización comunitaria que reúne a artistas independientes dispuestos a entablar un diálogo abierto sobre la sociedad cubana y que centra las preguntas en el poder político. El Movimiento San Isidro ha sido fuertemente perseguido por las fuerzas policiales y sus actividades han sido boicoteadas por las instituciones del Estado cubano que no los considera artistas sino traidores a la nación. La muestra de agresión, mentiras y discriminación firmada esta semana por el periódico del Partido Comunista es otra prueba irrefutable de la segregación que padece la sociedad cubana. La narrativa ya estaba diseñada; sólo cambiaron los nombres para la ocasión. Todos aquellos que eligen romper las cadenas son mercenarios y criminales.

Será fácil identificar esta historia con otra de las tantas que dan cuenta de la persecución política en Cuba, un país donde la libertad de expresión y de reunión son claramente violadas. Estos abusos ocurren con tanta frecuencia en Cuba que, para muchos, no pasan de ser el horror cotidiano y normalizado en el que viven esos pocos ciudadanos que se atreven a desafiar el poder del Estado. Sin embargo, lo que logro comprender sobre la represión al Movimiento San Isidro es otra cosa.

El Movimiento ha puesto al descubierto los distintos niveles de exclusión existentes en la sociedad cubana. Sus miembros no ponen sobre la mesa el derecho a la libertad como una cuestión en abstracto, sino la discusión sobre la exclusión sistémica de determinadas personas en Cuba. Con sus acciones, han revelado una sociedad altamente racializada en la que, si eres negro y pobre, tu voz es menos importante y tu cuerpo se puede dejar morir. Han mostrado la división de clase al interior de un sistema burocrático que permite a ciertos artistas existir, mientras otros son despreciados y acosados como los parias del sistema utópico de educación y salud para todos.

Durante los últimos sesenta años, la sociedad cubana se ha basado en un sistema excluyente que crea estatus sociales según el grado de compromiso que se establezca con las instituciones del Estado. Los actores independientes son criminales y, más que eso, dentro de las lógicas estatales su existencia es virtualmente imposible. Donde cada persona tiene un papel que asumir, todos se convierten en parte del sistema, excepto el disidente político, que encarna al Otro con mayúsculas, al no-nosotros. El Movimiento San Isidro unió estos dos lados contrapuestos para mostrar que se puede ser ambos, que se puede ser todos y, mejor aún, que no se necesita el permiso del Estado para hacerlo. La colonialidad intrínseca de las estructuras de poder en Cuba depende de la exclusión para sobrevivir como fuerza dominante. Si el pueblo cruza los límites, por ejemplo, si los artistas se hacen amigos de los activistas, toda la estructura de poder comienza a quebrarse. Ese paso de un estatus a otro, de profesor a disidente, del ser al no ser es una puerta administrada por funcionarios públicos y personalidades de la cultura.

Las estructuras coloniales están diseñadas como forma de exclusión, y la exclusión final es aquella que distingue entre lo humano y lo no-humano. Cuando Abel Prieto –antes Ministro de Cultura, ahora al frente de la Casa de las Américas– se refiere al Movimiento San Isidro como marginales que se hacen pasar por artistas, va más allá de la condición social para llevar el asunto a la categoría de lo humano. Estos “marginales” representan la temprana muerte social –siguiendo la terminología de Orlando Patterson–, que el Gobierno cubano otorga a los excluidos de su sistema educativo. No es sorprendente que en su mayoría estas personas sean negras y pobres. Los “marginales” no tienen derechos, ni siquiera el derecho a creer que pueden ser artistas o músicos, ya no digamos el derecho a tener un juicio justo. El puritanismo extremo de la sociedad comunista alaba al buen estudiante que repite el himno de la ideología y castiga al rebelde que no quiere hablar. Esos que Prieto llama “marginales” son parte de una comunidad que ha sido atacada durante décadas con consignas. Son la carne que fue enviada a Angola y los que hoy en día se han visto reducidos a la miseria con las nuevas tiendas en dólares. Esos “marginales” son comúnmente ignorados y desatendidos por la élite burguesa que representa la crème de la crème de la cultura cubana. Pero a pesar de ello, una vez más, y poco a poco, todas esas barreras artificiales están siendo sacudidas por el Movimiento San Isidro. Por estos días, el apoyo que ha recibido de parte de los cubanos que viven en Cuba y en el extranjero no tiene precedentes, al menos hasta donde yo sé.

¿Por qué el Movimiento San Isidro habla de injusticia en la sociedad cubana y, además, de racismo sistémico y exclusión de clase? En primer lugar, el Movimiento representa a los desposeídos que están dispuestos a morir pues su existencia sólo se conoce a través de la muerte. Hoy, Luis Manuel, Maykel y el resto de las personas del grupo en huelga de hambre están experimentando esa travesía intermedia que conduce a la liberación en Cuba. Están pasando de no-humanos a humanos, a pesar de las regulaciones estatales que siguen considerando su existencia sólo como parte de la maquinaria del sistema penitenciario. Son, como nos recuerda Hortense Spillers, “carne cautiva, grado cero de la conceptualización social”. Son talentosos, jóvenes, negros, pobres, y están muriendo en silencio.

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MARÍA DE LOURDES MARIÑO FERNÁNDEZ
María de Lourdes Mariño Fernández (Camagüey, 1984). Curadora, investigadora y crítica de arte. Máster en Administración Pública en la Universidad de Delaware (2018) y Licenciada en Historia del Arte (2007) en la Universidad de La Habana. Desde el año 2010 ha realizado o participado en varios proyectos curatoriales vinculados a la reconstrucción de la memoria histórica de espacios abandonados de la ciudad de La Habana. Recientemente ha organizado presentaciones artísticas en la Universidad de Nuevo México, la Universidad de Minnesota y la Universidad de Delaware, entre otros centros culturales de Estados Unidos. Ejerce la crítica de arte en publicaciones nacionales e internacionales. Actualmente investiga sobre la configuración de la memoria cultural cubana a través de las artes visuales.
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