Fidel Castro asiste a la comisión 6B del Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971
Fidel Castro asiste a la comisión 6B del Congreso Nacional de Educación y Cultura, en abril de 1971

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A fines de 2008, cuando recibí la llamada de Desiderio Navarro con una solicitud inesperada, no pude negarme a lo que me proponía. Desde el 2007, junto a personas que habían sido testigos o víctimas de la parametración, él había organizado desde el Centro Cultural Criterios el ciclo que intentaba exorcizar definitivamente al panorama artístico y literario cubano de tales demonios. El quinquenio gris, o decenio negro, había tenido su arrancada a partir del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado a fines de abril de 1971. De las conclusiones y acuerdos de aquel Congreso emanó la política que determinó que aquellas personas que no cumplieran con determinados parámetros no podrían ejercer oficios mediante los cuales pudieran influir directamente y de manera perniciosa sobre la niñez, la adolescencia o la juventud. Había que proteger al Hombre Nuevo de tales debilidades, peligros, tendencias, extravagancias, se determinó por unanimidad en ese cónclave, y ello dio carta blanca a los funcionarios que desde el Consejo Nacional de Cultura (CNC), el Ministerio de Educación y otras entidades, comenzaron a poner en marcha las medidas profilácticas resultantes de tales afirmaciones, selladas con el discurso de clausura a cargo de Fidel Castro, coincidiendo con el mea culpa de Heberto Padilla que el poeta de Fuera del juego representó en la sala Villena de la UNEAC. De ahí la idea de la parametración, de los desmanes que barrieron con una parte considerable del liderazgo artístico que se había avizorado en los sesenta, y que durante esa década acabarían siendo desplazados hacia una invisibilidad que los hundió con mano dura.

Esta historia se ha contado varias veces, y sobrevivió durante muchos años como un secreto narrado sotto voce, que desde mi arribo a La Habana para estudiar teatro me fueron revelando poco a poco algunos de los que padecieron los efectos desencadenados por Luis Pavón como presidente del Consejo Nacional de Cultura, y Armando Quesada, quien obró en particular para desbancar al movimiento escénico y anular a sus líderes de mayor talento. Cuando Desiderio Navarro me llamó, lo hizo motivado por una sugerencia de Arturo Arango, que en La Gaceta de Cuba acababa de publicar un número dedicado a los 400 años de literatura nacional, y en cuyo dosier aparecía un texto mío acerca de la dramaturgia, con referencias a la parametración. Eso fue, me dijo el director de la revista Criterios, lo que les hizo pensar que yo podría asumir tamaña tarea. El teatro, entre todas las manifestaciones artísticas, sufrió como ninguna otra el embate de esa directiva, expresada en la infame Resolución número 3 que la puso en vigencia. Pero, a diferencia de los demás integrantes de las mesas que ya el ciclo había presentado (Ambrosio Fornet, Eduardo Heras León, Mario Coyula, el propio Arango…, cuyos textos se recogieron en el libro La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, 2008), yo no había sufrido de manera directa los efectos de esa maniobra, no podía testimoniarla del modo en el que ellos podían hacerlo, pensé. Y de inmediato sopesé lo contrario: habiendo nacido justo en 1971, sí lo fui, como lo fuimos todas y todos los que recibimos una noción de cultura y adoctrinamiento que a partir de los rediseños de los planes escolares y el vacío que padeció la cultura cubana de nombres y figuras imprescindibles, nos brindó una imagen más opaca en tanto imagen del país, de la Nación misma, convertida en un mapa donde el reto, la experimentación, la voz crítica, la noción de indisciplina o desvío de cualquier matiz, quedaba excomulgada.

A ese pensamiento le acompañaba una evidencia: la llamada llegó a mí cuando estaba enfrascado en la redacción, precisamente, de un texto sobre esos asuntos. Gracias a la labor tenaz de Rubén Darío Salazar, había unido a él mi empeño de restañar algunas heridas, en particular las infligidas a Pepe y Carucha Camejo y Pepe Carril, los líderes fundacionales del Teatro Nacional de Guiñol, y contra los cuales la parametración cayó con más saña. Tenía junto a mí, en ese preciso momento, las cartas firmadas por Carucha Camejo exigiendo justicia, tras el paso arrasador de lo que el Consejo Nacional de Cultura había arrojado contra el Guiñol, negándoles el rol de directores artísticos que ellos tenían en esa institución, como resultado de una larga serie de desacuerdos con la entidad que regía la cultura oficial en aquel momento. Esas cartas y los testimonios de los sobrevivientes del núcleo original del TNG eran el eje del libro que concebí junto a Rubén como un acto de justicia, precisamente, y que vio la luz gracias a Ediciones Unión, en el 2012: Mito, verdad y retablo: el Guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril. El volumen, merecedor del Premio Rine Leal de Investigación Teatral del sello Tablas-Alarcos, ganaría además el Premio de la Crítica y tendría una reimpresión en el 2014. Pero en aquel momento era aún un empeño que compartía con Rubén Darío Salazar a manera de delirio: devolver a los Camejo y Carril lo que se les había arrebatado, ese sitio en la memoria escénica y cultural de Cuba que jamás debió habérseles negado.

Y por eso, entre otras razones, dije que sí. Los documentos que registraban de modo doloroso y vehemente el proceso de despojo que habían sufrido esos creadores demandaban ir a fondo de esa historia y exponerla de una vez. De ahí surgió mi conferencia “Las máscaras de la grisura: teatro, silencio y política cultural en la Cuba de los setenta”, leída el 20 de enero de 2009 en el piso del ICAIC donde radicaba el Centro Cultural Criterios. Fue la última de la serie, y nunca se recogió en el segundo tomo prometido con las otras conferencias (Ernesto Juan Castellanos sobre el rock, Juan Antonio García Borrero sobre el cine), del cual se habló pero que jamás llegó a las imprentas. El ciclo culminó sin abarcar los efectos de la parametración en otras expresiones, como las artes plásticas, o en el ámbito de la propia música cubana de la época, más allá del análisis sobre la reticencia hacia el rock y la influencia anglosajona. Dicté la conferencia, cerré el libro en ese mismo año (tardó en publicarse hasta el 2012), y creí haber culminado en ese punto mi trabajo de investigador. Pero no fue así. Una vez iniciado un exorcismo, se tiene la impresión de que tal acto puede no terminarse nunca. Por lo menos hasta que la verdad quede completamente expuesta.

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Sobrepasado ese punto, creí que podía dedicarme a otros asuntos, cosa que hice. Pero el efecto del libro sobre los Camejo y Carril se ha dilatado en muchas otras formas. También el de la conferencia del ciclo organizado por Desiderio, que sigue siendo consultada una y otra vez, según aseguran los reportes del sitio Academia, donde hay alojada una copia en PDF. Para ambos resultados, había entrevistado a lo largo de varios años a colegas del mundo escénico, no solo en La Habana. José Milián fue el primero que contacté, sabiendo parte de su historia como parametrado. Gracias a él tuve las primeras evidencias de ese procedimiento en mis manos, y su generosidad fue luminosa: conservaba los documentos originales de aquellos días en que se le privó de su ascendente trayectoria como autor y director, poco después de haber estrenado La toma de La Habana por los ingleses, en 1970, con Teatro Estudio. La irreverente pieza le costó acusaciones y críticas acerbas que terminaron por acelerar su desaparición. Otras personas se fueron acercando, tras la salida de Mito, verdad y retablo…, y mi lectura de la conferencia. Lo acumulado es el punto de partida de un libro más amplio, al que me he resistido en dar el acabado, probablemente por lo terrible de algunas anécdotas, y lo estremecedor de lo que revelan varias de esas personas, algunas ya fallecidas. En el 2019, un actor que no quedó fuera de ese veto me pidió un ejemplar del libro, y se lo regalé. Su gesto de vuelta no fue solo llamarme para agradecerme por su lectura, por la transparencia con el cual Rubén Darío Salazar y yo nos habíamos aproximado a eso que Xiomara Palacio, una de las discípulas de los Camejo y Carril, definió como una “turbulencia lenta”. No contento con eso, me dio una sorpresa mayor: se apareció una tarde en la oficina del Consejo Nacional de las Artes Escénicas donde editaba el boletín Entretelones, con un montón de papeles en sus manos. “Me he leído el libro y creo que esto te va a ser más útil que a mí. Ya no quiero tener estos papeles en mi casa”, creo que me dijo, antes de extendérmelos y retirarse. Lo que me dejó sobre la mesa es el archivo más completo de cuantos he podido consultar acerca de la madeja burocrática en la que se adentraban quienes intentaron apelar a diversos órganos de justicia tras recibir el maldito telegrama que los citaba a una reunión de la cual, ya se sabía, sus destinatarios saldrían como parametrados ya oficiales: un laberinto de papel que respondía a otro, y que demoraría años en desmantelarse.

Con el tiempo, he aprendido a reconocer esos papeles de la parametración. Son documentos de más de cuarenta y tantos años, cincuenta ya en algunos casos, todos amarillos por algo más que el paso del tiempo. El olor, la textura, la tipografía de esas máquinas de escribir que redactaban copias de reclamaciones, bajas, despidos y consignas. Buena parte de los que vivieron el proceso optaron por deshacerse de ellos, cuando al fin bajaron esas aguas negras. Otros, como el propio Milián, exigieron que aparecieran en sus expedientes laborales, de los que habían sido sustraídos acaso para no dejar constancia de la injusticia cometida. En Camagüey, durante la entrevista que me concedió sobre este asunto, en diciembre de 2008, el director y diseñador Pedro Castro revivió de punta a cabo la indignación y el ahogo que le produjeron esas vejaciones, antes de darme dos ejemplos de la papelería que daban fe de cómo se le maltrató. El dolor seguía presente en él, y confieso haber temido por su salud en ese instante. Otros, como el diseñador Carlos Repilado, podía relatarlo todo como quien ya ha cruzado esa corriente de fuego, y pasado la página. En todo caso, a estas personas, sigo profesando mi mayor respeto y mi agradecimiento por lo que alcanzaron a revelarme. Ramiro Guerra, de cuando en cuando, hablaba de esos días en los que dejó de coreografiar, cuando su carrera iba en un ascenso de experimentación y logro que parecía indetenible frente al Conjunto de Danza Moderna que él fundó. Mario González, actor del Guiñol, se refería a ese periodo, en tono de broma, diciendo: “cuando yo estaba de viaje”. Todo eso tras aprender a esperar, a oír, a ganar un terreno en el que la confesión abriera sitio a lo que esos papeles envejecidos y terribles siguen revelando.

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Finalizado el Primer Congreso Nacional de Educación (y Cultura, según se le añadió repentinamente el 25 de abril, a dos días de comenzado, tras la participación de los delegados en la apertura de una escuela en el campo, en Jagüey Grande, donde Fidel Castro pronunció un discurso del cual emanó el rebautizo), vaciados los salones del Hotel Habana Libre donde sesionaron sus comisiones y el cine Radiocentro (hoy Yara) donde ocurrieron las plenarias y los actos de apertura y cierre que corrieron entre el 23 y el 30 de ese abril tan cruel, el Consejo Nacional de Cultura activó el engranaje que respondía a lo discutido, sobre todo en las comisiones 6-A y 6-B, que abordó el tema de la “influencia del medio social sobre la educación”. El primer ministro visitó ambas comisiones, el día 27 la 6-B, en la que sucedió un debate intenso acerca del cine, y la 6-A, el 28. En una página de esas memorias, editadas en un formato menos lujoso que el elegido para el gran cuaderno gris que circuló como imagen oficial del evento para Cuba y el exterior, se apunta:

Teniendo presente la importancia de una serie de aspectos que estaban implícitos en el Temario y que fueron reiterados en muchos de los documentos presentados, se consideró por los delegados su discusión exhaustiva. Tales aspectos fueron:

-Modas, costumbres, extravagancias

-Religión

-Delincuencia juvenil

-Sexualidad y desviación

En esta comisión, la compañera Vilma Espín hizo varias intervenciones muy interesantes y orientadoras sobre aspectos tales como moda, costumbres, delincuencia juvenil y sexualidad.

Entre quienes presidían o integraban la mesa directiva de ambas comisiones se encontraban Raúl Roa, José Antonio Portuondo, Raúl Ferrer, José M. Miyar, Jorge E. Mendoza, Mario Rodríguez Alemán, Ada Elías y Manuel Pérez Paredes. Amén de los delegados del país que defendieron mediante ponencias la agenda que había emanado desde los congresos regionales que se fueron organizando hasta llegar a la plataforma de discusión del evento nacional, se invitó a esas sesiones a representantes de la UJC, la UPC, la FMC, el Ministerio del Interior, y por supuesto, a integrantes de la plantilla de entidades de la cultura y el trabajo artístico: Jorge Fraga, Santiago Álvarez, Julio García Espinosa y Alfredo Guevara por el ICAIC; Marta Arjona, Julio Bidopia, Lionel Enrique Rodríguez, Rodolfo Ferrer, Mario Hidalgo y Francisco Hinojosa por el CNC; Rolando Díaz y Miguel Rodríguez Varela, por el Instituto Cubano del Libro; Antonio Resilles, Jorge González Hernández, Alberto Vera y otras figuras del Instituto Cubano de Radiodifusión, etcétera. Mariano Rodríguez y Roberto Fernández Retamar acudieron en representación de Casa de las Américas, y por la UNEAC estuvieron Ángel Augier, Luis Marré y Renée Potts. Representando a la revista Verde Olivo, Luis Pavón Tamayo.

Lo que se discutió a partir de las ponencias y en los debates se sabrá en detalle si algún día salen a flote las grabaciones de esas sesiones. “La comisión 6-B fue una de las más concurridas, combativas y que con más profundidad desarrollaron la discusión de los asuntos tratados”, se afirma con orgullo en esas memorias. En las actas del Congreso, ya sabemos, esas discusiones derivaron hacia un puñado de conclusiones tajantes, recogidas en su Declaración, según las cuales el homosexualismo se definió como “patología social”, se condenó las “aberraciones extravagantes”, y se aseveró que las religiones “provenientes del continente africano” eran la causa de indisciplinas legales, entre otras lindezas, con la aprobación unánime de todos los que participaron en el cónclave desde el cual, además, se condenó a los intelectuales de otras naciones que a pesar de su simpatía hacia la causa revolucionaria, dejaban de ser confiables tras sus protestas por la encarcelación de Heberto Padilla, que a solo unos metros del Radiocentro, en la misma noche de la clausura, representaba su autoinculpación en la UNEAC. Había que depurar, sanear, limpiar, como reclamaban desde mediados de la década varios editoriales y artículos de Mella, Juventud Rebelde, Verde Olivo y otras publicaciones. Al fin, esa ansiedad de pureza se convertía en ley. Y se aplicó de modo inflexible.

El 6 de mayo, Luis Pavón es nombrado presidente del Consejo Nacional de Cultura. Su equipo de trabajo fue el encargado de tal labor profiláctica. Armando Quesada, que hace un “cameo” lamentable en la filmación de la autocrítica de Padilla, pasó a ser parte directa de esto, ya no como director de El Caimán Barbudo, sino con mayores poderes. No dudo que haya disfrutado mucho el hacerle saber a Pepe Camejo que su papel como director general del Teatro Nacional de Guiñol pasaría a manos de personas de alto nivel político. El último espectáculo que bajo el mando de los Camejo y Carril se presenta en la cartelera del Guiñol es Programa infantil de verano, en junio de 1971. Era el principio del fin.

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Compañero:

Por la presente le citamos para entrevistarse con la Comisión de Evaluación del C.N.C el próximo día 28 de julio a las 4:00 P.M. en 5ta. Avenida #8004 entre 80 y 84, Miramar. (Rutas 86-132-32-64).

Revolucionariamente,

COMISIÓN DE EVALUACIÓN

CONSEJO NACIONAL DE CULTURA

Este era el tipo de mensaje que empezaron a recibir los parametrados a partir de la puesta en marcha del proceso de limpieza que emanó de las actas del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura. En algunos casos, como este que reproduzco y que fue emitido en el verano de 1972 a uno de mis testimoniantes, podía llegar como carta, y en otros, como un telegrama, cuya entrega era ya temida en el medio artístico. Los motivos para que se produjera esta citación eran diversos: homosexualismo, sospechas de una vida licenciosa, evidencias de un apoyo tibio o nulo a las nuevas normativas revolucionarias, etcétera; más o menos las mismas que provocaron el envío de tantas personas a los campamentos de las infaustas Unidades Militares de Ayuda a la Producción entre 1965 y 1968. Una vez recibido, no había vuelta atrás. La entrevista a la que era sometido el destinatario incluía una grabación del diálogo, en cinta magnetofónica, en el cual se esperaba que el convocado asumiera sus errores, sus debilidades, y aceptara la medida disciplinaria que se le imponía, la cual consistía en su cese como miembro de la agrupación a la que pertenecía. Tras recibir y aceptar la baja laboral, el parametrado tenía diez días para presentarse en el Ministerio del Trabajo, donde se le orientaría su nuevo oficio (liniero, pintor de brocha gorda, sepulturero, criador de cocodrilos… eran algunas de las “amables” ofertas, pensadas para evitar la influencia negativa de esas personas en la juventud y en el propio medio educacional o artístico). De no seguir ese mandato, podría caer sobre el parametrado la Ley de la Vagancia, lo cual podía implicar hasta la prisión. Era un círculo vicioso del cual parecía no haber escapatoria.

Si en La Habana los malditos telegramas comenzaron a llegar a los principales grupos y compañías con particular intensidad desde mediados de 1972, en provincias el proceso también se activó sin miramientos. En el caso de Pedro Castro, quien falleció en el verano de 2020, dos ejemplos del cambio radical que ello conllevó son los documentos que me extendió durante la entrevista que le realizara en Camagüey, varios años antes de su muerte. En uno de ellos, se destacan sus méritos laborales, según el repaso a lo desarrollado por el diseñador con el Conjunto Dramático de Oriente entre noviembre de 1971 y abril de 1972. Ese legajo destaca que debido a su entrega a varios espectáculos, para los cuales creó la dramaturgia y el diseño de vestuario, incluso trabajando fuera del horario establecido como jornada laboral, la Asamblea de Méritos y Deméritos decide concederle el Mérito Especial de Creador Revolucionario: “El Conjunto Dramático de Oriente, otorga la orden del creador revolucionario al compañero PEDRO CASTRO BRACERAS por la creación de la obra teatral Amerindias, con la cual ha contribuido al contenido de trabajo de este Centro y por entender que la misma contribuye al desarrollo cultural de nuestra Revolución socialista Así reza el documento expedido en la sala Van Troi, de Santiago de Cuba, el 5 de junio de 1972”.

Todo ello contrasta con el documento que, con fecha del 8 de agosto del mismo año, a solo dos meses del ya citado, fue emitido por la delegación regional del CNC en la misma ciudad, contra Pedro Castro, a quien se le acusa de “las violaciones de la disciplina laboral del trabajo, prevista en el artículo 2 de la Ley 1165≠64, consistiendo en falta de respeto a superiores y desovediencia (sic), los cuales las calificamos de graves a cuyo efecto solicitamos del Consejo de Trabajo se le efectúe como medida cautelar, una amonestación pública ante la Asamblea con todos los trabajadores del Centro de Trabajo y solicitamos del Consejo de Trabajo además, la separación definitiva del Organismo”.

De poco le servía en ese momento al acusado su condición especial de creador revolucionario, avalada por el mismo grupo de personas ante las cuales se le sometería a esas vejaciones. Para esas fechas, su trayectoria era más que reconocida, y a él se debía, entre otros éxitos, el estreno de Vade retro en 1967, con el Conjunto Dramático de Camagüey, a partir del texto de José Milián, que también pasaría a ser anulado en su trayectoria bajo estos golpes durante varios años. “Me mandan a trabajar a un lugar que se llamaba La Risueña, que era un barrio donde estaban los castigados y esas cosas, los que arreglaban las cajas podridas de Acopio. Me pusieron un martillo en la mano y me dijeron: arriba, a trabajar”, me contó, tomando pequeños recesos para evitar exaltarse mientras evocaba tan desagradables recuerdos, Pedro Castro en aquella mañana de diciembre cuando lo entrevisté. Su caso es el de muchos. En Matanzas, el director René Fernández perdió su liderazgo frente al grupo Papalote por las mismas fechas y terminó trabajando en el circo, y la actriz Miriam Muñoz terminaría en una fábrica de fósforos, mientras perduraron estas acciones desde el Consejo Nacional de Cultura. Romper el cerco, tratar de apelar contra esas normativas, parecía una pesadilla burocrática que se podía extender por años. El archivo que me confió en La Habana uno de quienes decidieron entrar en tal maraña, clamando por el respeto que se le negaba, es un mapa de la parametración que describe, paso a paso, cómo podía rebatirse semejante injusticia. Y a ello me referiré en la continuación de este artículo.

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Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.

1 comentario

  1. Norge, esa política de Parametración se probó y llevó a la práctica entre el 1ro y el 10 de Abril de 1971, en una reunión secreta de una semana presidida por Fidel. Ese es el instante en que le echa el.ojo a Quesada. No existe registro de esa reunión. El Congreso es para las masas, ya después del terror vivido por los que asistieron a esos encuentros en la Ñico López.

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