Estudio ST revisa el archivo fílmico de la emigración cubana

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Crisis de los balseros en Cuba en 1994 (Foto: Latin American Studies)

La cantidad de personas que asistieron a la proyección programada por Estudio ST de 35 permutaciones en tres actos y un epílogo –documental de los jóvenes cineastas Josué García Gómez y Marcos A. Yglesias– es un índice significativo de la efectividad con que los nuevos espacios de producción audiovisual están reformulando las coordenadas artísticas del país. Este proyecto de discusión y promoción del cine cubano más emergente (no producido por el ICAIC), organizado por Estudio ST con una sistematicidad considerable, evidencia un interés cultural mucho más ambicioso que el propósito de generar terrenos de producción que posibiliten la creación audiovisual, lo cual es ya un logro mayúsculo dadas las condiciones desde las que se produce cine en Cuba. Este gesto puntual implica una intervención en el campo cinematográfico que busca dinamizar, modificar, problematizar, más que su tejido material, su constitución simbólica, en la medida en que ofrece una formación alternativa para pensar el modo en que se va estructurando la trama audiovisual, tanto desde el punto de vista estético como del discurso.

Ahora bien, ¿qué ofrece 35 permutaciones…? ¿Ante qué problemáticas colocó al público presente? El documental propone una suerte de compilation films que articula –supuestamente, siguiendo la fórmula matemática de una permutación– 10 video-cartas familiares. Pero no son video-cartas cualquiera: estamos hablando de los archivos de video que devinieron una práctica corriente, sobre todo en los años 90 y entrados los 2000, entre los cubanos emigrados y los residentes en la Isla, la cual consistía en que los familiares idos documentaban ciertos aspectos, momentos, circunstancias de la cotidianidad y las condiciones de la nueva vida para enviarlos a quienes permanecían en Cuba. El valor referencial de estos materiales ya es en sí enorme, pues –por detrás del kitsch popular que domina las escenas filmadas o la sinceridad de las emociones vertidas por aquellas personas que se deslumbran ante ese “otro mundo”–, ofrecen un retrato contundente del cubano condenado a las imposiciones de la Historia. Así, los videos reunidos por Josué García y Marcos A. Yglesias se consagran como la aprehensión de una fractura histórica que alcanzó a configurar las expectativas y la visión del futuro de los cubanos y su sensibilidad nacional.

Por lo tanto, 35 permutaciones… organiza una particular reconstrucción de la memoria nacional. Diría incluso que es una exploración singular en la subjetividad colectiva de la Isla, en uno de esos perfiles que, ya por demasiado tiempo, ha estado confiscado por el olvido, reprimido por mecanismos de poder discursivo que han preferido expulsarlo de la res publica y rebajarlo prácticamente al silencio: hablo del peso de la emigración, condicionada sobre todo por motivos económicos, de su incidencia en el desarrollo cultural de la nación, en el entorno familiar y cívico del cubano.

Cartel que promociona la proyección de ‘35 permutaciones en tres actos y un epílogo’

Al proponer una recepción pública de las video-cartas, el filme deviene un documento “sustitutivo” que, desde el terreno de lo estético, posibilita el reordenamiento de una memoria social necesaria para sopesar los signos (políticos, económicos, emotivos) de un momento esencial del paisaje histórico reciente de Cuba. Sustantivo, porque el valor evocativo y fáctico de las imágenes testimonia una zona tan problemática del devenir “revolucionario”: la emigración como una solución para la precariedad del entorno social, como fuga a los sucesivos “periodos especiales” por los que ha transitado el país en las últimas cuatro décadas: la emigración que implica la aceptación de una nueva vida en la que el éxito viene mediado por la prosperidad económica, pero en el que pesa determinantemente la renuncia a la cultura propia y la separación filial, por sólo poner dos ejemplos con agudas consecuencias para la constitución de un sujeto, cualquiera que este sea en términos de individualidad. Pero sustantivo también porque el hecho mismo de recuperar ese archivo llega a ser un acto de reconocimiento de la destrucción del sujeto histórico revolucionario.

La ordenación de testimonios tan diversos en un metraje único nos enfrenta al reconocimiento de una producción cultural enfocada en llenar determinados vacíos afectivos y materiales que la separación impone, así como a la concepción de un sujeto en crisis, atrapado en una temporalidad escindida entre la Isla y el afuera, en el que se entrelazan la identificación con una escena social –el lugar de acogida–, que ofrece modos de existencia mejores a los alcanzables en Cuba, y la prolongación de lo negado –el lugar que se deja atrás– en términos de identidad cultural. Esto se hace muy patente en el documental no sólo porque los videos implican ya una necesidad de comunicación, de salvación de un vínculo, sino porque muchas de las anécdotas presentadas remiten directamente a la añoranza de lo propio. Y en ese sentido, toda la cinta acaba como la expresión traumática del fracaso de una utopía, que no es otra que la construcción de una nación unificada. De hecho, la articulación de los fragmentos dispone una hermenéutica del ser que descubre su descomposición. La película se debe leer como alegoría, en tanto abarca, por encima del “contenido” puntual de cada video-carta, un vector tan problemático del devenir nacional.

Al estructurar 35 permutaciones… sólo con los archivos de video, sin la imposición de alguna autoridad epistémica que hable por sobre las imágenes, los directores apelan a su potencial simbólico, a su valor de acontecimiento, a lo que remiten como producto popular y al extrañamiento que configuran en conjunto, como emanaciones de un mapa social. Esto acentúa la tensión entre espectáculo y vida familiar, que se consuma aquí al publicitar productos concebidos sin pretensiones cinematográficas, sólo para el consumo íntimo de un grupo de personas determinado –parece ser un propósito de los directores conservar las características visuales del material de origen–. Con semejante transgresión de intencionalidades, el documental se dimensiona a nivel político. Más allá de su valor testimonial, de su condición de prueba histórica indiscutible, el contexto sociopolítico del que emergen y en el que se inscriben, catapulta las video-cartas a expresión del sentido de un proyecto de sociedad.

Con todo, no considero que, en términos de estricta realización cinematográfica, 35 permutaciones… sea una obra absolutamente feliz. ¿Dónde localizo el problema? En el criterio de montaje. El documental comienza con un plano en el que se leen las acepciones de la palabra “permutaciones”, al que sigue otro donde vemos la fórmula matemática que, se supone, estructura los segmentos en que están divididas las video-cartas incluidas. Cada uno de estos segmentos, de duraciones particulares –numerados para especificar la video-carta a que pertenecen y el lugar que ocupan en el conjunto general– se suceden en una especie de collage que responde a la fórmula presentada. Aunque este propósito morfológico resulta atractivo, ¿qué incidencia de sentido tiene este tipo de articulación en el discurso que las imágenes de archivo portan, más allá de componer una estructura contrapuntística en bloques? A decir verdad, la concepción general se reciente considerablemente, pues el documental no crece, pierde fuerza dramática. Las imágenes vuelven una y otra vez, en una repetición cacofónica de motivos y escenas que se agotan en sí mismos; al punto de que el metraje se extiende por casi una hora sin añadir alguna connotación o variación sobre lo que planteó en sus primeros 30 minutos. En definitiva, ese patrón organizativo que Josué García y Marcos A. Yglesias encontraron limita el alcance discursivo del archivo en video, y atenta contra la riqueza situacional que el universo registrado porta y contra su impacto emotivo.

Sin embargo, no por esto 35 permutaciones… deja de ser una propuesta rica en su concepción, que continúa esa propensión a indagar en el imaginario nacional, en el imaginario de la Revolución, que viene consumando una zona notable del cine documental cubano en los últimos años.

Estudio ST, con la creación de un espacio nuevo para el cine independiente en Cuba, ha conseguido una operación que en la medida en que se multiplique –y cada vez más aparecen proyectos de semejante naturaleza– contribuirá a una escena intelectual más plural, progresista, mejor articulada en sus estrategias políticas y, sobre todo, de un mayor perfilamiento en sus proyectos estéticos.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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