‘Todos os mortos’: una película para pensar la desigualdad racial en Brasil

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Fotograma de ‘Todos os Mortos’, Caetano Gotardo y Marco Dutra, dirs., 2020

Festivales Internacionales de Cine como el de Berlín, San Sebastián y Biarritz acogieron en su programación oficial de este año una película particularmente importante en el marco de la más reciente producción brasileña: Todos os mortos, drama histórico dirigido por los directores Caetano Gotardo y Marco Dutra.

Además de exhibir una excelente factura cinematográfica en su recreación del pasado brasileño de finales del siglo XIX e inicios del XX, esta película tiene el mérito de continuar promoviendo el debate alrededor de una de las problemáticas que más afecta la realidad del país sudamericano en la actualidad: el racismo y la desigualdad social derivada de los conflictos raciales.

Todos os Mortos hace parte de esa clase de cine para el que la Historia no importa ya como totalidad o como hecho verificable del pasado. Ese tipo de visión absoluta que caracterizó la escritura histórica cedió su terreno frente al convencimiento de que es necesario explorar las perspectivas y posicionamientos subjetivos en el conjunto de acontecimientos que caracterizan una época. Como la Historia existe desde una perenne negociación con la memoria, de una escogencia intencionada de sucesos o vivencias, el cine de las últimas décadas se ha propuesto revisitar el pasado desde las miradas de las subjetividades excluidas por los relatos autoritarios; un gesto que, entre otras cosas, aspira a rearticular el devenir de la Historia cultural para alcanzar sociedades más inclusivas.

Ahora interesa menos mirar a los individuos a través de los grandes paradigmas epocales que mirar las épocas a través de la óptica particular de los individuos. Todos os mortos regresa a los primeros años del siglo XX brasileño, cuando el país vivía su entrada a la modernidad –un periodo de radicales transformaciones económicas y sociales que llegaron con la fundación de la República–, pero desde la mirada puntual de un grupo de mujeres que se encuentran descolocadas en ese nuevo mundo e intentan encontrar su lugar.

Caetano Gotardo y Marco Dutra penetran en el espacio íntimo de estas mujeres y, al explorar sus contradicciones, sus miedos, sus fracasos y esperanzas, consiguen explicar la dimensión e impacto de esa época en la configuración actual del país. Y en este sentido, la recuperación de la memoria como mecanismo de revisión cultural de la nación –un tópico común al cine histórico– responde a la ansiedad de los directores por buscar en el pasado una explicación de su presente. El filme recurre a la Historia para dialogar mejor con su realidad contemporánea. El propio Marco Dutra en alguna de sus presentaciones de la película señaló que miraron ese periodo puntualmente porque la nación brasileña tuvo entonces “la oportunidad de reorganizar una sociedad que había sido construida sobre la esclavitud y de alguna manera perdimos esa oportunidad, porque la gente no fue reintegrada, la gente se dividió y esa división que sentimos es la esencia de la sociedad brasileña actual”.

Una de las coartadas estéticas más arriesgadas de estos cineastas es justo el montaje temporal que consuman en la trama. Pasado y presente conviven de forma simultánea en el curso del relato sin que se afecte la naturaleza dramática de la narración, en un alarde de dirección de arte y puesta en escena que hace de la película una propuesta estética de sumo interés. La historia narrada en Todos os mortos se emplaza en la ciudad de Sao Paulo entre los años 1899 y 1900. Los personajes, los espacios interiores, el vestuario, y otros tantos rublos de la realización corresponden a esa época; sin embargo, ciertos espacios exteriores, algunos sonidos accidentales o determinadas pistas musicales pertenecen al Sao Paulo contemporáneo.

Esas dos dimensiones temporales cohabitan a lo largo de la película, siendo el presente una intromisión ocasional que extraña al espectador respecto a la anécdota y los conflictos planteados. Resuelto con organicidad al nivel de la realización, este montaje temporal es una manera de enfatizar que la revisión histórica aspira a volver al pasado para comprender su gravitación en el presente. Con este sutil guiño, Todos os mortos parece decir que sus personajes perviven en el presente como fantasmas de un pasado que el país no ha conseguido exorcizar todavía, un pasado que pesa (en una evidente dimensión simbólica) en el aspecto de muchos de los perfiles actuales de la sociedad brasileña.

La anécdota de Todos os mortos comienza en 1899, diez años después de ser proclamada la República, la cual, con la abolición de la esclavitud, supuso el inicio de un supuesto proceso de democratización que modificó por completo la fisonomía cívica del país. Inscrita en esas coordenadas epocales, la narración se aventura a hurgar –como decía antes– en la intimidad y las relaciones interpersonales de un grupo de mujeres en el cual el cruce entre clase social y raza es determinante para explicar sus conflictos.

La película arranca con una suerte de pórtico, de estilo bastante poético desde el punto de vista expositivo, donde vemos a una anciana negra preparar café en una habitación mientras contempla la lluvia por la ventana y entona un rezo a sus deidades africanas. En ese preciso instante, ya el filme fija su compromiso de mirar el lugar social de los negros y sus identidades como parte fundamental del entorno cultural brasileño. De inmediato, pasamos a una casa señorial a la que acaba de llegar parte de la familia Soares, procedente de los funerales de Josefina, su última sirvienta. Constituida por tres mujeres (una madre y sus dos hijas), esta familia representa la alta clase social de entonces, venida a menos al perder la propiedad de sus fincas cafetaleras. Este último hecho ha sumido a estas tres mujeres en una aguda crisis existencial, al ser incapaces de incorporarse al nuevo mundo que se abre frente a sus ojos y obstinadas como están en prolongar la estructura de una época que ya no existe.

Sumergida en este universo femenino –otra de las virtudes del filme es precisamente su mirada puntual al sujeto femenino como protagonista de un cambio histórico trascendental–, Todos os mortos expone las difíciles relaciones interpersonales que trajo la abolición de la esclavitud para esta clase social, y cómo afectó su noción de hogar y familia. Isabel, la madre, es una vieja dama que sufre de múltiples malestares físicos e intenta imponerse a la pérdida de su estatus social. Ana, su hija menor, sufre un aparente desequilibrio psíquico, vive acosada por los fantasmas de los esclavos muertos en sus antiguos cafetales y por la tormentosa relación que sostuvo otrora con su padre, quien ahora se encuentra alejado de la familia, administrando sus antiguas fincas, las cuales están en mano de empresarios extranjeros. María, la hermana mayor, es una monja angustiada por el estado de su madre y de su hermana, y por una profunda crisis de fe; es ella quien debe batallar con el aferramiento de su familia a las glorias del pasado.

A través de esta familia, apegada al orden del pasado, y por ello mismo plagada de afectos enfermizos, represiones y frustraciones de clase, la película observa la pervivencia de los males del pasado en la estructura de una sociedad emergente.

Visto el cuadro de desesperanza de su familia, María acudirá a Iná Nascimento, una antigua criada de la familia Soares, para pedirle que regrese a la casa. Su interés es que esta mujer realice un ritual propio de su religión afrodescendiente, dado que Ana confía en que así pueden sanar los malestares físicos de su madre, y María, por su parte, guarda la esperanza de que también alivie los nervios de su hermana. Iná accede a volver, junto a su hijo João, con el propósito también de encontrar a su esposo, a quien tuvo que dejar atrás cuando ella fue expulsada de la ciudad precisamente por sus creencias religiosas.

Cuando este personaje entra en escena es que verdaderamente Todos os mortos completa su cuadro dramático y conceptual. Iná debe aprender a vivir con su libertad, lo que implica una reconciliación con sus tradiciones y la búsqueda de su identidad y de su lugar en la sociedad. Para ello tendrá que enfrentar el cinismo, los prejuicios y el racismo de los Soares. Ellos quieren servirse de sus rituales de sanación –propios de una religión en la que estrictamente no creen–, pero se resisten a darle un lugar similar al de ellos en su casa, la siguen tratando como a una esclava. En ese punto la película aprehende el trauma cultural de la sociedad brasileña.

Es esa falsa democracia racial de la modernidad lo que acusa Todos os mortos. En las múltiples escenas donde la familia Soares hace gala de sus profundos prejuicios raciales emergen las mismas tensiones y divisiones que enfrentan los ciudadanos de hoy cuando se trata el tema racial. Ese racismo estructural y culturalmente asentado se viene prolongando durante décadas como consecuencia de la esclavitud. Como Iná y João en su tiempo, todavía los negros no logran ingresar plenamente a la población del presente brasileño.

Los Soares lamentan la pérdida de Josefina, pero sólo porque con ella se desvanece su nobleza, dependiente de la explotación del otro. Ellos se niegan a asimilar como iguales a los negros. El momento más elocuente al respecto es, quizás, aquel donde Ana confiesa a su enamorado mestizo que no puede estar con él porque no reconocería a sus propios hijos. La enfermedad de los Soares está ligada a su hostilidad frente a la integración de los Nascimientos al cuerpo social del país.

El modo en que se escenifican estas problemáticas resulta altamente apreciable. Además del montaje epocal al que me refería antes, hay que destacar la acentuación de ciertos códigos del thriller psicológico en la orquestación de la trama. Los mismos emergen de forma gradual hasta llegar a dominar el tono narrativo hacia el último bloque argumental –la película tiene una estructura episódica, dividida en tres segmentos correspondientes a importantes fiestas brasileñas: “Día de la independencia”, “Día de muertos” y “Carnaval”–. En algunos instantes, la instrumentación de la visualidad, el sonido y el ritmo interior de los planos induce inquietantes atmósferas propias del cine de terror que contribuyen a dibujar el cosmos en que está sumida la familia Soares.

Hay que agradecer una película como Todos os mortos, que sabe convertir lo cinematográfico en un espacio de discusión militante destinado a pensar la realidad. Esta película, que presenta la ardua y larga lucha del negro por incorporarse a la sociedad, llega, entre otras cosas, para denunciar esas crecientes oposiciones que en el Brasil contemporáneo aparecen cada vez más contra las políticas de inserción racial.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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