Albert Ehrenstein: poemas

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Sufrimiento

¡Cómo estoy enganchado
al negro remolque de mi tristeza!
Repulsivo como una araña
se arrastra el tiempo sobre mí.
El pelo se me cae,
mi cabeza encanece en dirección al campo
donde está segando
el último de los segadores.
El sueño entenebrece mi osamenta.
He muerto ya mientras soñaba,
brotó hierba de mi cráneo,
mi cabeza era de tierra negra.

La muerte de Dios

La nieve sepulta la siempreviva,
ardientes nubes de hierro pasan
sobre la cabeza de toda la juventud.

En medio del sonido hueco habéis ensordecido,
las campanas triunfales baten hacia vuestras cabezas,
el metal os ha robado a Dios.

Tiempo de hormigas de hierro
nulas, destructoras, que viajan por rieles sangrientos
camino a ninguna parte.

El seno de una muchacha pare la consolación.
Pero así no te librarás de Dios,
a él lo asesinan los proyectiles de los cañones.

Dios prorrumpió en breve grito: ¡Auxilio!
Hace tiempo ya está prisionero, mutilado, muerto en toda estatura,
azotado, insepulto, desnudo
noche tras noche en los reportes bélicos: negro renglón.

Desamparado

La luna escupe
luz moribunda
sobre el adolescente ceniciento.

La muchacha primaveral muestra
sus muslos
al espejo
y dice en un susurro
a su sexo solitario:
¿Cuándo?

¡Dioses en las celestes alturas,
hombres en las selvas terrenales!
La Tierra, merecedora de la muerte,
pare criaturas en exceso,
hay niños que sollozan olvidados
junto al río impetuoso de la vida.

Ethel

Añoro tus pestañas invernales,
tus pecas de verano, tu mano de primavera,
tu pelo rojo como el otoño,
y la invernal tristeza es cuanto existió y sigue existiendo.
Desterrado del país primaveral que disfrutamos
a un gris desierto, abandonado a mi amargura
me apago bajo una luz que alumbra máscaras.
La lluvia llora.
y el petrificado
corazón viejo y solitario
se da a la lágrima que saluda esa lluvia.
Si yo supiera
quién llora esa lluvia en mi desierto gris;
su dolor solloza cerca
de mi tristeza por los besos no besados
y la lluvia de lágrimas devora
el corazón viejo y solitario,
lejos de tus pestañas otoñales, de tus pecas de verano,
de tu mano de primavera, de tu pelo rojo como el otoño
y de todo lo que una vez existió
y ya no es, y ya no es.

El viajero

Mis amigos son inconstantes como los juncos,
llevan el corazón a flor de labios.
No conocen la castidad;
quisiera bailar sobre sus cabezas.

Muchacha a la que amo,
alma de las almas,
elegida, criatura de luz,
no me miraste nunca,
tu seno no estaba dispuesto.
Mi corazón ardió, se hizo cenizas.

Conozco los dientes de los perros,
vivo en la calleja del viento en la cara,
el techo sobre mi cabeza es una criba,
el moho se regocija en las paredes,
hay buenas ranuras aquí para la lluvia.

¡Mátate! Me dice mi cuchillo.
Yazgo en la inmundicia;
en lo alto, montados en carrozas,
mis enemigos recorren el arco iris lunar.

Estoy cansado de la vida y de la muerte

Y aunque zumben los grandes autos-moscardones,
aeroplanos se alojen en el éter,
falta al humano la constante fuerza que estremece el mundo.
Es como barro escupido en un raíl.

Y por sí mismo se deshace el lazo en torno de la más remota lejanía:
lazo terreno que aún no nos deja;
indica en el futuro un santo guardamundos
los más breves caminos hasta el próximo planeta de niebla,
—mortal es ante todo la memoria,
esa diosa que limpia el polvo;
hermosas ranas de zarzal surgieron del crepúsculo
y luego murieron.
Los torrentes se ahogan inermes en el mar.
¡No sintieron los indios sioux en sus danzas guerreras a Goethe,
y el despiadado eterno Sirio no sintió la pasión de Cristo!

Jamás estremecidos por el sentimiento,
insensibles unos a otros y rígidos,
se alzan y descienden
soles, átomos: los cuerpos en el espacio.

Esperanza

No tengo yo el poder
para dar ojos a las piedras ciegas.
Mas con facilidad a un despreciado,
pobre, viejo sillón,
al que falta una pata,
traigo alegría
si en él me siento delicadamente.

¡Vosotros los fuertes, sed suaves!
Y acopiando fortaleza en el valor,
pronto, cual bienaventurados, los humanos
serán librados de su miseria enferma y pálida,
y en su existencia,
los dioses murieron,
encontrarán el cielo.

Voz sobre Barbaropa

Oh, vosotras, tardes doradas de sol,
crepúsculo —¿dónde está el puente del caudal?
¡Bajo la pernoctada, la niebla gris guarda silencio,
sepultas vías, vados arrastrados
en el desbordamiento de todos los torrentes!
Nos tambaleamos en el mar de la lluvia de sangre,
vamos bordeando el agua pantanosa del sueño
y no sabemos: orilla.
¿Cuándo acaba la noche
de vuestra batalla, que a Barbaropa, Eurasia
atruena por largos años asesinos?

Os ahogáis, ebrios
de las fuentes de vuestro fracaso,
desciende el débil aleteo
de cisnes negros en raudal de ríos de sangre.
¿Oís la callada risa
del pus que penetra en la tierra rugiendo hacia el cielo?
Ha abierto su hocico la arena
y no puede más.
Ay de la madre tierra,
que pare campos de batalla, donde se yergue la osamenta
—declarar guerra al que declara la guerra.

Para él verdece la campiña suave
aterciopelado fluir del verde telón.
En los salones resonantes
se vanagloria en el banquete
el gran rey de los tormentos.
¡Carroña, a lo largo y a lo ancho solo carroña!
¡Planea, águila, clava las garras
en la cerviz del demonio coronado de guerra, que grazna paz!


* Sobre la traducción: ver créditos.

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