Palestinos trasladan un cadáver tras un bombardeo israelí en el campo de refugiados de Jabalia, en el norte de Gaza (REUTERS)
Palestinos trasladan un cadáver tras un bombardeo israelí en el campo de refugiados de Jabalia, en el norte de Gaza (REUTERS)

Desde que el 7 de octubre pasado, un ataque sobre Israel del grupo terrorista Hamas desató su completamente intencionado horror a través de la muerte, los hechos iniciales y la resultante escalada han sido visitados una y otra vez desde una abrumadora cantidad de prismas. La intensidad de las respuestas, aun en escenarios lejanos, habla de la ilusión de lo local: lo que sucede en Israel y los territorios palestinos es asunto de todos porque las políticas de la muerte, en la forma del terrorismo o del sometimiento sistemático a un régimen de apartheid y el acecho del genocidio, atañen básicamente a cualquier sociedad humana; anuncian sus devenires más sórdidos, pero no por ello imposibles. A la vez, el asunto interroga también sobre el nunca saldado problema del sitio de enunciación. ¿Desde dónde y con qué legitimidad se habla, cuando la realidad aludida no es la nuestra? Pero, por otra parte, ¿cuál sería la nuestra si no intenta expandirse para comprender otros dramas que, por humanos, no pueden ser ajenos?

El sitio de enunciación no es un sitio de las geografías nacionales. Aunque lo hemos escuchado mucho en las últimas semanas –cosas como: qué sabemos los cubanos para andar opinando sobre el largo y complejo conflicto entre Israel y Palestina, sobre todo si a la vez somos incapaces de opinar sobre los problemas que nos son inmediatos–, opinar es un ejercicio inevitable y pudiera volverse incluso fructífero si permite interrogarnos sobre cualquier suceso a la vez que sobre nosotros mismos. En esa variedad, incluso ese “cubanos que se atreven a hablar de algo muy lejano” refleja otras divergencias. En primer lugar, quienes hablan desde una postura de respeto por la vida y dicen cosas como “las vidas israelíes y las palestinas son vidas humanas que habría que proteger; la defensa de la vida no puede ser capturada por las agendas políticas” (lo cual sería un sitio de enunciación compartido con personas de muchas ubicaciones nacionales). En otro, los que apelan a una reivindicación de la pertenencia de la isla a un Occidente responsable de la modernidad y se ubican junto a Israel porque entienden que ese es el único posicionamiento “civilizado”. Incluso, las que hacen lo mismo porque Fidel mostró su apoyo a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y la “revolución” ha sido siempre aliada del pueblo palestino; ergo, la dirección deseable es la contraria.

Lo que escribo intenta dar cuenta de algunas de esas divergencias, de esos prismas, en la suposición de que ellos pueden develar también aquello que miran observando los fantasmas que habitan en la mirada. No pretende prescribir una posición sino observar lo que se deja abandonado por la urgencia del posicionamiento. Recientemente, Judith Butler se refería a la dificultad que imponían a la discusión los marcos disponibles para referirnos a asuntos complejos: el presentismo –que demanda una reacción inmediata y relega a un segundo o tercer plano la contextualización histórica– y la contextualización excesiva, que corre el riesgo de justificar un posicionamiento basado en una teleología en la que las causas y sus efectos se alternan como detonadores. Los límites de ambos marcos se evidencian cuando a la mención de unas víctimas se reclama (con razón) la mención de las otras, según el caso: ¿y las palestinas? o ¿y las israelíes? Pero se evidencian también en la superposición de un horror sobre otro: o bien el terrorismo es tan detestable que hace la historia del desplazamiento y sistemático acoso del Estado israelí sobre los refugiados palestinos insignificante como parte de una comprensión del asunto, o bien lo que ha sido con propiedad llamado régimen de apartheid israelí sobre los palestinos es tan sistemático y tan brutal que el terrorismo está justificado y sus horrores pueden ser minimizados o leídos como la lucha necesaria del pueblo palestino.

Y es ahí donde los fantasmas del caso ocupan el lugar protagónico; el estallido ciego de la violencia los deja al mando. Lo que nos interpela entonces, o lo que sería más fructífero que nos interpelara, es si podemos escapar a los fantasmas que habitan en el terrorismo, en el apartheid y en el genocidio. Cuando se nos pide posicionarnos, o cuando lo hacemos sin que nos lo pidan como reacción a un evento particular, y colocamos en el evento la fuente de legitimidad única para tal posicionamiento, corremos el riesgo de olvidar las pulsiones, los fantasmas que alimentan fuerzas asesinas.

Cuando ocurrió el ataque terrorista de Hamas el 7 de octubre, varias agrupaciones de izquierda se apresuraron a posicionarse del lado de Palestina de una manera que implicaba, aún sin decirlo explícitamente, que identificaban el terrorismo de Hamas con la lucha del pueblo palestino. Black Lives Matter compartió incluso un tuit con la imagen de un paracaídas y el texto “I Stand with Palestina” que se parecía demasiado a un apoyo a los asesinatos cometidos en la fiesta rave en Israel, donde combatientes terroristas de Hamas descendieron sobre la multitud justamente en paracaídas. La reacción en redes los obligó a retirar el tuit. El Comité de Solidaridad con Palestina de Harvard compartió un comunicado que responsabilizaba completamente a Israel por la existencia de Hamas. Y, por supuesto, puede entenderse el punto, pero el terrorismo no debería ser justificado, o explicado de manera que termine siendo exculpado. El fantasma que habita esa identificación acrítica es la confusión entre el derecho a la legítima defensa (y la inevitable violencia que implica), y el terrorismo. El terrorismo es más que la respuesta violenta y legítima frente a la opresión; es la reificación de la violencia desligada de propósito liberador. Convertida en fin, la violencia del terrorismo es la negación de la política; trabaja directamente para imposibilitar una solución que implique el respeto a la vida y contribuye, deliberadamente o no, con el opresor para que el círculo de la venganza y la violencia no termine nunca.

Varias de las organizaciones que se pronunciaron inmediatamente después del ataque terrorista de Hamas son conocidas en el contexto cubano por su adherencia acrítica a las disposiciones del régimen, incluso por su colaboración entusiasta con el mismo, como The People’s Forum y Code Pink. Las caracteriza un sostenido desconocimiento de cualquier voz proveniente de Cuba que no sea fiel a las ficciones del régimen. Su línea de razonamiento es sencilla –y tramposa–: nuestro enemigo es el Gobierno de Estados Unidos; cualquiera que se diga enemigo de ese Gobierno, es amigo nuestro. No importa si esa supuesta enemistad significa en la práctica la opresión de un pueblo entero y si para sostener la alianza con “el enemigo de mi enemigo” hay que mentir y hacer caso omiso de los reclamos de ese pueblo acerca de la opresión en la que viven. Estas articulaciones han terminado por ser tan imperiales en su mirada como aquellos a quienes critican. Verlos apoyando a Palestina de una manera que identifica el terrorismo de Hamas con el pueblo palestino, no es por tanto extraño. Azuzan el fantasma del terrorismo únicamente cuando conviene a su agenda política. Unos días antes habían estado amplificando la noticia de lo que no tardaron en denominar un atentado terrorista contra la embajada cubana, cuando una persona desconocida pasó y lanzó dos cócteles molotov que ni siquiera se encendieron y que en redes fueron leídos más que nada como autoatentados capaces de reconducir la agenda de la propaganda del Estado cubano hacia su reclamo de víctima. En su mirada, dos cócteles molotov son terrorismo (puesto que son contra el Estado cubano que ellos llaman Revolución cubana), pero un bombardeo, quema, asesinato y toma de rehenes de Hamas es lucha legítima de un pueblo sometido a una opresión insoportable. La posición diferenciada evidencia que la confusión es, de alguna forma, (mal)intencionada.

Del otro lado, habitan otros fantasmas. Cuando el Estado israelí organiza una ofensiva contra Gaza en respuesta a un ataque terrorista, un primer momento se podría entender como la natural reacción ante el horror: el ataque llama al contraataque; el dolor es seguido por el deseo de venganza. Pero tal “naturalidad” va mutando, y lo hace en unas pocas horas; se llena con contenidos preexistentes. Una respuesta al terrorismo cuyo centro es el desplazamiento y el asesinato masivo no puede explicarse o justificarse por el derecho a la defensa del Estado israelí, o como la única respuesta posible. Si tal política de muerte y arrasamiento se vuelve posible y legítima, es porque no constituye novedad o singularidad alguna; el deseo de exterminio ha estado siempre ahí y ha sido puesto en práctica no sólo en momentos específicos, sino como política estable y sistemática. Detrás de esa política, con razón denominada apartheid por varias organizaciones, hay una construcción de los “otros”, los palestinos, como salvajes, bárbaros; “animales humanos” fue el término utilizado recientemente por el Ministro de Defensa israelí para referirse a los militantes de Hamas pero también, por extensión, puesto que lo decía en el anuncio de la campaña contra Gaza, a los palestinos que habitan la franja. La necesidad de eliminar el terrorismo enmascara el deseo de eliminar, de una vez por todas, al pueblo que vive en condiciones de apartheid desde hace décadas, refugiado en asentamientos bajo permanente asedio. El desplazamiento o la eliminación física de ese pueblo se presentan como las únicas dos opciones posibles no necesariamente porque lo sean, aunque las opciones pierden cada vez más espacio en una dinámica en la que el terrorismo y el apartheid se refuerzan mutuamente, y en la que alianzas geopolíticas replican a mayor escala el enfrentamiento. Quienes apoyan esas opciones, no discuten ya lo que discutían unos días antes cuando el ataque terrorista de Hamas sumió en el horror y la angustia a los habitantes de Israel. No se habla ya de la necesidad de limitar al máximo las víctimas civiles, sino más bien de la inevitabilidad de estas. Se habla de cómo los militantes de Hamas utilizan a personas comunes como “escudos humanos” y cómo eso vuelve inevitable matar a quienes sirven de escudo a los terroristas. Se discute la proporcionalidad de la respuesta, cuestión por lo demás imposible de resolver. ¿Cuántas muertes palestinas son necesarias para dar por cubierta la venganza por 1 400 muertes israelíes? ¿Dónde, si incorporamos la historia, debería comenzar el conteo? ¿Cuándo acaba?

Otros fantasmas se confrontan en otras oposiciones; el antisemitismo de un lado y del otro el anti-islamismo, hijo directo del orientalismo, así como el acecho siempre distorsionador de una geopolítica en creciente polarización leída, en clave política, como el enfrentamiento entre la democracia y el autoritarismo y, en clave cultural, como un enfrentamiento civilizatorio entre Oriente y Occidente. Como marcos explicativos que son, explican, pero a la vez oscurecen. Los ataques sobre personas judías en varios países remiten al largo devenir del antisemitismo, un devenir que produjo uno de los mayores horrores genocidas de la historia humana; aunque no pueden explicarse únicamente por ese devenir sino por el rechazo a lo que es ya abiertamente una campaña genocida sobre los territorios palestinos por parte del Estado israelí. Son ataques ciegos, que fallan igualmente en distinguir las políticas de un Estado y quienes las respaldan, de cualquier otro que comparta con ellos una filiación étnica y no necesariamente una agenda política. Y en esa ceguera, oscurecen algo aún más terrible: la instrumentación de la historia para transformar una situación en la que fueron víctimas, en un pase libre al apartheid, el genocidio y la limpieza étnica.

El anti-islamismo acecha en las palabras del ministro israelí: los palestinos son animales humanos que hay que erradicar; en la lectura del conflicto de Ben Shapiro cuando dice que se trata de una lucha a muerte entre el bien contra el mal; en la discusión sobre proporcionalidad que no termina ni terminará de saldarse ni siquiera cuando el número de víctimas palestinas (incluso si nos limitamos a esta última escalada de sucesos) ha superado con creces la de las víctimas israelíes.

En la lectura civilizatoria del conflicto, Israel se presenta como el pináculo de la democracia; una “vibrante democracia” (idea cuestionada por organizaciones de la sociedad civil israelí) y Hamas como la barbarie que acecha al orden universal de la modernidad encarnada por Occidente. Hamas debe ser entonces eliminado, aunque eso signifique –y sería lógico porque en esta visión Hamas no es más que una extensión lógica del barbarismo islámico– eliminar a todos los palestinos. La democracia para unos y el apartheid para otros no es, por otra parte, algo ajeno al proyecto mismo de Occidente, marcado siempre por la contradicción de haber construido sus pretensiones universalistas sobre el exterminio y el desplazamiento de poblaciones enteras de otros vistos como salvajes o incapaces de gobernarse a sí mismos. Asusta, por otra parte, que los Gobiernos autoritarios, como Irán, más cercano al conflicto, y muchos de sus aliados, Cuba incluida, apoyen acríticamente el crecimiento del terrorismo y en algunos casos incluso lo respalden.

Todos estos fantasmas hacen imposible colocar en lugar protagónico a la vida misma, a las vidas mismas, de manera que lo que pueda ser todavía pensado, considere como objetivo fundamental el cese de la violencia y, obligatoriamente, el cese de las condiciones estructurales que hacen posible la reproducción de la violencia. A Hamas hay que combatirlo, con estrategias para minimizar las muertes de civiles, más que con retóricas discursivas que las justifiquen; pero es también imprescindible cesar el régimen de ocupación que ha reducido las vidas palestinas a la mera sobrevivencia. Que terminemos discutiendo y reclamándonos unos a otros la falla en reconocer que todas las vidas humanas tienen el mismo valor, es también un logro de las políticas de la muerte, las que Achille Mbembe denominó necropolíticas, pues aunque proclamen lo contrario, ninguna de ellas –ni el terrorismo, ni el apartheid, ni la ocupación, ni el cada vez más reconocible genocidio en curso– tienen en su centro la defensa de la vida, sino la utilización de la muerte como herramienta fundamental para el logro de sus agendas. Y en esas agendas, siempre hay unas vidas que valen más que otras.

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