‘Distancia’: algo más que el error de un título

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‘Renata’ (detalle), Niels Reyes, 2019

La pintura carga el peso de la historia, una especie de virtud y pecado, el precio a pagar por su milenaria existencia. Es un cuento muy largo para pensarlo a cabalidad desde el inicio, pero sería imperdonable no admitir que del pincel emergen algunos de los giros más radicales que se ha permitido el arte. En tiempos en que lo nuevo parece una categoría apócrifa, poco puede pedírsele de reinvención al viejo lienzo, más allá de seguir el tentador juego del intertexto, del mestizaje, del préstamo. A fin de cuentas, ahí se fundamenta nuestra gloriosa posmodernidad: en un ensamblaje de partes dispersas que dan cuerpo a una realidad que extraña el pasado y teme al futuro para construir el presente.

Sin pensármelo anteriormente, llevo tiempo enamorado de estos vuelcos que el propio soporte se ha permitido. Sobre todo, de giros nacidos en subjetividades inquietas que omiten la exactitud de la mirada para dejar grabado en la imagen un cúmulo inexacto de sensaciones. Creo que es este el punto donde el creador puede permitirse expandir las posibilidades reflexivas de lo pictórico, partir de una osadía técnica para situarse en procesos reflexivos que –desde una ficción construida– contaminen diversos sustratos de lo real. Y es esta capacidad de extrañamiento ante lo aparentemente cotidiano, echando mano de ese background que es la propia historia, una de las cualidades atractivas en la pintura cubana más reciente.

Hay mucho de esto en un artista como Niels Reyes, y quizás sea esta la inconsciente razón de mi encuentro con su muestra Distancia, inaugurada el pasado viernes 21 de febrero en la Galería Servando. Sus obras otorgan una naturaleza muy particular al retrato, sumido en una especie de atemporalidad reflexiva, donde se equilibran acertadamente las diversas exploraciones técnicas –mayormente marcadas por un expresionismo de colorido vibrante– con esa permuta de la subjetividad hacia el lienzo. En él se quiebra la realidad inmediata ante un grueso de capas pictóricas que modulan una imagen ambigua: se debate entre la percepción autónoma de un conjunto de experiencias personales y esa construcción aparentemente ingenua y distorsionada del contexto común.

Específicamente, Distancia propone un supuesto recorrido orgánico por un conjunto de nueve óleos –muy homogéneos entre ellos, a pesar de ciertas variaciones en el formato– que resumen momentos específicos en las preocupaciones estéticas y conceptuales de Niels Reyes como artista. La metáfora –aunque creo que sería más apropiado decir “la sentencia”– supone una suerte de mediación, refiere el grado de desapego o cercanía que el espectador necesita respecto a la propuesta estética a la que se enfrenta. En otras palabras, la curaduría se resume a la idea de que estamos ante un segmento evolutivo en la obra del propio artista que, evidentemente, debe ser digerido y diseccionado por el receptor, con la mediación de cierta “distancia” necesaria para asumir los códigos simbólicos en cada pieza.

Este supuesto de la “distancia” resulta, entonces, el planteamiento más inestable en la exposición como texto. No creo errado el hecho de configurar una muestra desde la variedad en sí misma, mostrar diversos caminos –interconectados o no– en la poética de un artista. El problema para mí subyace en el hecho de asumir esta distancia como la línea conceptual que cohesione lo que se exhibe. Creo que el proceso de recepción determina por sí mismo la actitud del espectador con respecto a la obra: no son necesarios condicionamientos previos, mucho menos plantear cierta “distancia”. De hecho, Jacques Rancière –sólo por tomar un ejemplo que recién revisaba– asumía un receptor emancipado a partir de su capacidad subjetiva para establecer mediaciones con respecto a la obra, que lógicamente son determinadas individualmente. Incluso esta idea curatorial fuera más justificable en el caso de piezas que potencien un modo receptivo particular y variado –mediante el tacto, el gusto, la participación directa, etc.– y dispongan un grado de mediación divergente en cada caso; no tan así en cuanto a la pintura.

Más allá de este hilo conductor cuestionable, creo que las piezas funcionan de manera individual. Los nueve retratos –que a veces acogen una figura, otras varias– mantienen esa cohesión interesante entre equilibrio estético y conceptual. Niels se arma de un sistema de referencias que hace del expresionismo y el informalismo sus asideros principales, independientemente de otros que puedan existir o hayan existido. Su pincelada se torna nerviosa, violenta, chorrea a veces a lo Jackson Pollock. Parece condensar la deformación de Chaim Soutine y los rostros impasibles James Ensor para generar figuras atemporales, varadas en un estado propio del subconsciente del que son inquietantes encarnaciones. Y transitan, poco a poco, a una oscuridad en la paleta cada vez mayor, y se tornan más desconcertantes, disueltas en los sustratos más ocultos de quien crea. Hay mucho de intimismo en ellas sin dejar de lado esa presencia constante de la historia que hereda el lienzo.

No obstante, quedan vaivenes en cuanto a la calidad de las obras que se muestran. Las primeras –pienso en Familia, Artista o Libertad— pecan de cierta pasividad representativa. Se envuelven de una plasticidad que no deja penetrar las máscaras de los rostros dispuestos. Si bien la pincelada aporta dinamismo, lo estático no deja fluir el grueso de sensaciones que despiertan otras. Y con esas otras me refiero a algunas como Historia, Conciencia y especialmente Renata –los ojos más bellos que he encontrado en mucho tiempo– donde el grueso del empaste, el dinamismo de la mancha o la sola representación funcionan –y no exagero en cursilerías– como una ventana al mundo de interioridades que se quiere representar.

Distancia, entonces, quizás vea su punto más negativo en el propio título, en esa medición de coordenadas para encontrar algo más allá de lo que piezas dicen. Creo que ese condicionamiento al final funcionó como una pared que, a la espera del Santo Grial, no dejó disfrutar los pequeños tesoros en cada imagen. Cada obra guarda su magia, y la pintura sabe medirse por el peso de su propia historia, por el sistema de referencias que en ella dialogan. Personalmente, trato de encontrar en cada propuesta la capacidad para detonar los engranajes de lo real –o de la ficción asumida como real– desde la historia “absurda” que sólo el arte crea. Aunque estos virajes íntimos funcionan como una suerte de oxigenación que replantea los focos del momento en que se vive. Y –¿por qué no?– esta dislocación de prioridades, este desplazamiento momentáneo de los centros de atención, también trabaja en el borde de la fisura de lo real.

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