Murió el poeta cubano Pablo Armando Fernández, miembro de la generación de los años cincuenta

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Pablo Armando Fernández (FOTO tomada de ‘La Ventana’)
Pablo Armando Fernández (FOTO tomada de ‘La Ventana’)

El poeta y narrador Pablo Armando Fernández, Premio Nacional de Literatura de Cuba en 1996, falleció en La Habana la noche de este miércoles a los 91 años, según informó el diario oficial Juventud Rebelde.

Fernández nació en 1931 en el central Delicias (antigua provincia de Oriente), y luego de cursar la primera enseñanza en su pueblo natal se trasladó a Nueva York, donde vivió durante 15 años, hasta su regreso a Cuba con el triunfo de la Revolución cubana en 1959.

Fue un intenso protagonista del mundo intelectual cubano de la segunda mitad del siglo XX. Había publicado sus primeras colaboraciones en la revista Orígenes y, desde 1959 hasta su cierre por las autoridades cubanas en 1961, fungió como subdirector del semanario Lunes de Revolución, que, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, agrupó a la joven vanguardia intelectual de esos años. Entre 1961 y 1962, fue además secretario de redacción de la revista Casa de la Américas.

Luego del intempestivo cierre de Lunes, en tanto el Gobierno revolucionario se movía a posiciones más ortodoxas en su trato con los intelectuales, Fernández accedió a un cargo diplomático como consejero cultural de la embajada de Cuba en Gran Bretaña (1962-1965). A continuación, fue jefe de publicaciones de la comisión cubana de la UNESCO (1966). Con Los niños se despiden, una de sus obras paradigmáticas, ganó el Premio Casa de novela en 1968.

Durante la década oscura de 1970, como tantos otros de su generación, Pablo Armando Fernández fue parametrado y excluido de la vida cultural cubana. En esos años se le asignó un trabajo en la imprenta de la Academia de Ciencias de Cuba.

En 1983, y como parte de la restauración de muchos de sus compañeros, fue incluido en la antología La generación de los años 50, que integraba, a partir de un cuidadoso montaje generacional, la obra de varios de los comisarios culturales de esa década junto a la de algunos autores que habían sido condenados al ostracismo. En una remembranza publicada este jueves en su página de Facebook, el dramaturgo Norge Espinosa lo explica así: “la antología trató de armonizar esas voces que empezaron a reaparecer a fines de esa década cuando soplaron los aires de la rehabilitación, con las de quienes campearon en aquel momento sombrío”.

A partir de su rehabilitación, Fernández se fue convirtiendo en un embajador cultural del régimen cubano en disímiles foros y eventos a lo largo del mundo. Su obituario en Diario de Cuba recuerda que “fue uno de los firmantes, en 2003, del «Mensaje desde La Habana a los amigos que están lejos», en el que un grupo de intelectuales y artistas justificó el encarcelamiento de 75 disidentes y el fusilamiento de tres hombres que secuestraron una embarcación de pasajeros para intentar dirigirla a Estados Unidos”. La Feria del Libro de La Habana de ese año estuvo dedicada a su figura.

Por otra parte, según Norge Espinosa, “junto a César López, Rafael Alcides, Luis Marré, Pablo Armando fue jurado frecuentemente en numerosos concursos de poesía, dando respaldo a los poetas que llegaron en la oleada de los ochenta. De ahí el afecto que se ganó entre esas otras voces disonantes, que tal vez ahora, ante la noticia de su deceso, lo recuerden a través de otras anécdotas”.

Su voluminosa obra poética, aupada oficialmente, y que se puede leer dentro del tono y la relevancia media de su generación, incluye textos como Himnos (1962), Suite para Maruja (1978), Aprendiendo a morir (1983), Ronda del encantamiento (1990), Libro de la vida (1997), De piedras y palabras (1999) y El pequeño cuaderno de Manila Hartman (2000).

Para el crítico Jorge Luis Arcos, “su poesía es cántico y alabanza de la creación. Nos entrega una filosofía de la luz, una filosofía natural. Plantea una noción de la vida como peregrinación”.

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