‘Fauna’, el último filme de Nicolás Pereda, explora otros modos de narrar el narcotráfico en México

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Fotograma de ‘Fauna’, Nicolás Pereda, dir., 2020

Desde el inicio de su carrera hasta hoy, el realizador mexicano Nicolás Pereda ha estado deslumbrando a la crítica cinematográfica internacional. Este director se ha propuesto virar al revés las estructuras narrativas convencionales y burlar los sistemas de producción mainstream, lo cual ha dotado a su obra de una libertad dramática y estilística que resulta ya un sello de autoría.

Cada nuevo trabajo de Nicolás Pereda es otra apuesta por expandir sus propios experimentos narrativos y conceptuales; sus películas —Perpetuum Mobile (2009), Verano de Goliat (2010), Los mejores temas (2012), Los ausentes (2014), Minotauro (2015)…– constituyen un prodigio de invención fílmica, que explora la dinámica entre realidad, ficción y representación, pero abiertas siempre al tejido social, enfocadas en explorar, desde una vocación antropológica, determinados ángulos y percepciones de la cotidianidad urbana y rural de México, ciertas características de la idiosincrasia de este país. Estos aspectos contribuyen a que la experiencia cinematográfica de Nicolás Pereda resulte una de las más audaces y arriesgadas de la contemporaneidad latinoamericana.

El más reciente filme del cineasta, Fauna (2020) –exhibido en importantes festivales internacionales, como el de San Sebastián, Toronto, Nueva York, Morelia, Valdivia…–, vuelve a acaparar la mirada de medio mundo, dado que es otra osada aventura estética, excepcional en su manera de conciliar naturalismo –tanto en el criterio fotográfico como en el de puesta en escena– y metaficción –por supuesto, en la construcción del relato–. La película se pregunta por (y juzga) los efectos y las consecuencias que las representaciones de la cultura del narcotráfico emprendidas por los mass media tienen en el imaginario y la subjetividad social. Para ello emprende una narración de tono documental, desprovista de toda clase de artificio estético en el plano expresivo, pero rebosante de guiños intertextuales y transgresiones narrativas que complejizan el discurso.

Fauna se adentra en la realidad del narcotráfico en México, y más puntualmente en la violencia que el fenómeno genera y en sus efectos en la cotidianidad de la gente, en sus modos de vida. Pero a Nicolás Pereda no le interesa mirar directamente la cultura del narco. Como apuntaba antes, su preocupación estriba en la banalización que la realidad del narcotráfico experimenta en cierto cine o en la televisión, al ser utilizada para lucrar los bolsillos de quienes dominan el mundo del espectáculo. Esa misma banalización favorece la normalización del narcotráfico, además de obstaculizar el distanciamiento crítico necesario por parte de la sociedad civil para combatirlo. El filme juzga estos productos ávidos de explotar la cultura narco, y apuesta por una representación cinematográfica que desmonte su realidad y escrute su repercusión en los múltiples órdenes de la sociedad. Esta preocupación por las estelas que dejan los mecanismos de representación instrumentados por los media le abre el camino a Nicolás Pereda para indagar en un estado de lo social marcado por la violencia, la desaparición gradual de los afectos interpersonales, la desconfianza en el otro.

La historia arranca con Luisa y Gabino, dos hermanos bastante distantes entre sí, que se reencuentran en un viaje que emprenden al pueblo donde viven sus padres, a quienes no visitan hace unos cuantos años. Ambos se encuentran en las afuera de este pueblo perdido en la periferia del norte mexicano, y desde entonces se comenzarán a delinear sus respectivas identidades. Luisa ha viajado con su novio Paco, que, como ella, es actor. Este individuo ocupa el centro temático de la historia, al convertirse de inmediato en la fascinación de la familia de Luisa, dada su participación en Narcos, la popular serie de Netflix. En la convivencia de todos estos personajes se percibe, desde los primeros minutos del metraje, una crispación y una incomodidad constante que habla del desajuste existente en las familias mexicanas bajo las presiones de una sociedad envuelta en la desconfianza y la violencia.

Toda la historia navega en aguas del absurdo. Encadena una serie de acontecimientos en apariencia irracionales o ilógicos –los cuales contribuyen a modelar el tono de comedia pulsado por la narración–, a través de los que se describe la idiosincrasia de estas personas, el entorno en que viven. Entre ese grupo de sucesos destaca uno en especial, que devela todo el sentido de la película: Gabino, su padre y Paco están en un bar tomando cerveza. El viejo le pide al novio de su hija que interprete alguna escena de su personaje de Narcos. Paco responde con una negativa. Comenta que ni siquiera tiene diálogos en la serie. Los otros dos insisten, una y otra vez. Incluso le sugieren inventar los parlamentos.

Tras tanta insistencia, Paco decide representar una breve escena que en la serie corresponde al personaje interpretado por Diego Luna. Tan sorprendidos quedan Gabino y su papá de la actuación que, sin importar el mal rato que le están haciendo pasar a Paco, le piden repetirla, encantados como están con la imagen mediatizada (incluso heroica) de los narcos que el joven actor ha representado frente a sus ojos. Cuando unos minutos después se descubre que un trabajador de la mina del pueblo ha desaparecido debido a su participación en un movimiento contra el narcotráfico, más desconcertante se torna el comportamiento del padre de Luisa, quien parece mirar, en la efímera performance de Paco, más que a un marginal asesino, a un héroe digno de una ceremonia.

Esta anécdota familiar, medio costumbrista, será interrumpida bruscamente en algún momento, cuando Luisa le pide a su hermano que le cuente sobre qué trata una novela que él está leyendo en el patio de la casa. En ese instante, la película se muda a otra realidad: nos sumerge en la anécdota del libro según la narra Gabino. Interpretada por los mismos actores –y teñida con ciertos atributos del cine negro–, esta segunda parte de Fauna cuenta la historia de un joven investigador que, en su búsqueda de un importante narco llamado Rosendo Mendieta, se instala en un pequeño hotel donde conoce a Flora, una singular muchacha que le pide ayuda para librar a su hermana Fauna de las garras de un novio obsesivo –probablemente miembro de algún cartel– que abusa de ella.

Este cambio inesperado de relato –uno que también se interrumpe, llegado cierto momento, dando por finalizado el filme, sin que importe concluir las líneas argumentales o los conflictos planteados– concreta la experiencia narrativa que verdaderamente le interesa a Nicolás Pereda. Son los mismos personajes del relato anterior quienes encarnan los roles principales de este episodio policial, ahora sí emplazado en un entorno propio del narcotráfico. A través de la subjetividad de Gabino, que se cuela en la historia mientras narra el argumento del libro que lee, se subraya el enardecido estado del imaginario de los mexicanos en relación con el fenómeno del narcotráfico.

Con esta segunda narración, montada también sobre la misma cuerda lúdica pulsada por la primera, se enfatiza en la naturaleza performática de la cultura narco. Esta vendría a ser la escenificación del efecto-narcotráfico en la subjetividad mexicana. Resulta sorprendente la sagacidad con que Nicolás Pereda respalda el argumento con una suerte de parodia del audiovisual sobre este mundo sórdido que tiene a México sumido en el terror. De hecho, el cine mismo pasa a ser un sujeto esencial de la materia fílmica, pues Fauna es decididamente una meditación sobre sus capacidades de representación y refracción de la realidad.

No obstante, el sello distintivo de Fauna, en términos de estilo, se encuentra en la particular manipulación que consuma de los códigos de la comedia. Sin ser una comedia estrictamente, al menos no en el sentido convencional del género, todo el filme está plagado de escenas hilarantes. El humor emerge durante la trama como resultado del absurdo que abraza a cada una de las escenas que se suceden, así como del comportamiento de los personajes. Las acciones son, todo el tiempo, incongruentes frente a la expectativa receptora; hay una suerte de desconexión entre causa y efecto en las actitudes de los personajes que mantiene el relato en un estado de tensión y suspense responsable de la progresión temporal de la película.

Aun con su simplicidad y fluidez expositiva, Fauna no es una película de fácil consumo. Detrás de su espontaneidad aparente, de su apelación a un mínimo de recursos expresivos, late una fuerte concepción dramatúrgica que apuntala tantas libertades escénicas y narrativas, y tan inteligente discurso. Nicolás Pereda confirma otra vez su condición de autor –en el sentido que le daban al término los fundadores de Cahiers du cinema– y se reafirma como uno de los cineastas más singulares del ámbito latinoamericano, y más allá de sus fronteras.

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Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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