Testimonio del 11-J: Una noche en prisión

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Solveig Font prisión
Solveig Font

Sólo estamos escuchando los testimonios de los que han podido salir. Esto habrá que multiplicarlo por diez para pensar qué estará pasando con aquellas personas que llevan semanas presos; aquellos estigmatizados que no son seguidos en las redes.

Solveig Font y yo estuvimos juntas el 27 de enero en aquella funesta guagua. Luego el 30 de abril temblamos juntas mientras veíamos la protesta de Obispo en transmisión en vivo. Ahora Solveig me dice que no tiene fuerzas para escribir su testimonio, entonces le pido que me cuente en mensajes de audio, que yo escribo por ella, que es importante que la gente lea en primera persona lo que pasó aquel 11 de julio después de que los recogieron frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Este es un esfuerzo más por lograr empatía; es la historia de dos madres que llevan ya varios meses entregando vida y tiempo a cambio de coherencia.

Celia González

“Queremos ser escuchados”. Reunidos frente al ICRT

En primera te digo que yo no sé, no creo que tenga la capacidad de escribir todo lo que siento; fueron muchas cosas y pequeños pedacitos, y tú y yo sabemos lo que vivimos el 27 de enero. Te voy a contar en varios audios cómo fue.

Todo el mundo vio lo de San Antonio de los Baños y teníamos que hacer algo, Solveig tenía que hacer algo. Un grupo de amigos y artistas empezamos a pensar dónde vernos. Después de evaluar varias opciones, al final se acordó el ICRT. Yo llegué a 23 de primera. Salí hacia allá desde casa de la mamá de un amigo para no hacerlo desde mi casa. Desde que llegamos allí vimos un Lada verde con una antena, y la mamá de mi amigo me dijo: “Ese es de la Seguridad”. Se paró frente a la casa y, por supuesto, nos miró. Ya sabía que me estaban vigilando, pero eran las tres menos diez. Quería salir muy cerca de la hora prevista: coger un carro y quedarme en 23. Y así lo hice. En 23 y L, esperé a que llegara más gente y, en menos de tres minutos, vi el piquete de Yunior [García], Reinier [Díaz Vega], Daniel Triana, Leonardo [Fernández]. Ya estaban todos los muchachos más otros amigos que no reconocí. Me uní a ellos. Estaba esperando a que llegara Yamilka, que me había llamado, y nos paramos en L, no en 23, y allí esperamos un poquito. Ya estaba la prensa; alguien avisó, no se quién fue. Creo que era EFE. Empezamos a organizar qué íbamos a hacer.

Mientras esperábamos, la prensa pidió una entrevista; entonces Yunior y Leonardo dieron la entrevista: qué íbamos hacer, qué estábamos haciendo allí, lo que creíamos. Esta gente se fue a la entrada del ICRT, por 23, y empezaron a gritar: “Queremos ser escuchados” –era lo que fundamentalmente gritábamos: “Queremos ser escuchados”–, “Tenemos derecho a réplica”, “No más mentiras”, “Derecho a tener derechos”. Había poca gente. Yamilka filmaba. También pedíamos que pusieran Internet. Había pocas personas, pero en menos de 20 minutos empezó a llegar gente y gente: trabajadores del ICRT y gente del Partido que cruzó la calle. Empieza a haber más gente y más gente y, de pronto, se volvieron muy agresivos desde el punto de vista del lenguaje corporal. Nos decían que entráramos al ICRT, nos provocaban, y fue cuando decidimos sentarnos. Creo que fui una de las primeras que propuso sentarnos. Yo creo que a quienes nos increpaban les dieron instrucciones: pulóveres de un solo color, blanco, azul o rojo, para poder distinguir a la gente que trabajaba para la Seguridad.

Ellos eran muchos más que nosotros. Empezó a llegar gente de la calle que sí nos apoyaba, pero gritaban “Díaz-Canel, singao” o “Abajo la dictadura”, que no eran nuestros lemas: no era por lo que estábamos allí. Mientras tanto, Yunior y Raúl Prado hablaban con un muchacho de la Seguridad, y yo me incorporé a esa negociación para saber de qué iba el asunto. Ese muchacho le dijo a Yunior que sí, que iban a buscar una cámara para que habláramos, y en eso estábamos. Le dije a Yunior: “Eso es mentira, lo que están haciendo es ganar tiempo”. Hablé con ese muchacho de la Seguridad, y le dije: “¿Qué es lo que pasa con la cámara?”, y me respondió: “Yunior está pidiendo cinco minutos más y cinco minutos más”.

Ya había gente muy agresiva y nosotros estábamos contestando. En fin, hubo un descontrol por parte de los dos lados; nosotros no estábamos siendo agresivos, pero sí contestando. Ellos empezaron a gritar “Bloqueo no”, y nosotros empezamos a decir “Bloqueo no”, y ellos empezaron a decir “Cuba sí, yanquis no”, y nosotros repetíamos “Cuba sí, yanquis no”. En un momento, cuando vimos que ya eran muy agresivos, empezamos a cantar el himno nacional.

Era insoportable la gritería; estábamos prácticamente sin voz nosotros, y decidimos no contestar más y esperar a que ellos dejaran de ser violentos. Mijaíl estaba detrás de mí, sentado, y en la gritería un hombre miró a Mijaíl y le dijo: “Qué tú me miras, tú, maricón”. Yo me paré para enfrentarme a él y se me mete delante un tipo de la Seguridad y me le enfrenté; barriga con barriga lo empujé. Inmediatamente, Darío, uno de los agentes de la Seguridad que vigila recurrentemente a miembros del 27N, se metió en el medio y me dijo: “Solveig, no te enfrentes, no respondas, no te dejes provocar. Siéntate”. Veo que al lado de él estaba el otro seguroso que vi en Villa Marista aquella vez –cuando fuimos a preguntar por Hamlet Lavastida–, y me dijo: “Por favor, Solveig, siéntate, no respondas”. Yo me di cuenta de que ellos no podían controlar la situación; ellos convocaron a gente, daban lemas para que la gente repitiera, pero llegó un momento en que la violencia que la gente estaba ejerciendo sobre nosotros era tan grande que no tenían control. Gente que estaba ejerciendo esa violencia porque también tiene ira, porque también está desesperada, y que puede lanzar esa ira contra nosotros porque está avalada por el Estado.

Aparecieron unas banderas de papelito que me imagino que son de las que dan en la Mesa Redonda cuando hay invitados. Imaginé una caja con esas banderas que usualmente se reparten entre los trabajadores. Nosotros también pedíamos banderas. Empezamos a decir “Cuba sí, yanquis no”, y ellos se descolocaban un poco. Nos dimos cuenta de que eso era importante y empezamos a querer decir el poema “Cultivo una rosa blanca”, pero ya era demasiada la gritería de ellos y nosotros no nos oíamos. Había mucha gente de nosotros que quería irse de ahí y caminar hacia Malecón, pero ya estábamos completamente rodeados y estábamos esperando a otros que también iban para el ICRT.

La Seguridad estaba muy preocupada porque ya la masa estaba descontrolada: nos estaban gritando al oído, se acercaban y nos gritaban al oído. Esa imagen de Leonardo, un hombre que le grita al oído, eso lo hicieron con Yunior, conmigo, con Mijaíl. Se acercaban a ti porque se sentían con el derecho a hacerlo, y te gritaban al oído. Mijaíl me dijo: “Solveig, están quitando los carros de atrás de nosotros, es decir, que va a entrar la guagua”. De los que estábamos ahí, los únicos que sabíamos qué cosa era la guagua éramos Mijaíl y yo. Nos levantamos inmediatamente. Yo cogí a mi hermana y le dije: “Mityl, tenemos que irnos”, y le dije a Yunior: “No te van a traer la cámara, viene la Seguridad, nos van a llevar”, y Yunior dijo: “No nos van a llevar”. Estaba convencido de que no nos iban a hacer nada, o ya estaba en una posición en que no podía levantarse e irse.

Varios artistas e intelectuales fueron reprimidos y arrestados a las puertas del ICRT. La Habana, 11 de julio de 2021. Fotografía: Tomada de Facebook
Varios artistas e intelectuales fueron reprimidos y arrestados a las puertas del ICRT. La Habana, 11 de julio de 2021. Fotografía: Tomada de Facebook

Un sticker en forma de corazón. La persecución

Yo me levanté y le dije a mi hermana: “Vámonos, vámonos, yo no puedo estar de nuevo en la guagua”. Vi que había gente del otro lado de la calle gritando también; miro para la esquina de 23 y L y veo a Yamilka. Me decía: “Vete, vete”. Y yo cogí a mi hermana y me dirigí hacia L. Cuando ya casi había llegado a L, miré para atrás y vi que llegó el camión. Fueron segundos. Ya estaba Danielito encima, de pie, y traté de acercarme para hacer un video. Estaba tan nerviosa que nunca apreté grabar; apenas hice una foto. Empecé a ver gente que nos estaba señalando, mujeres sobre todo. Nos cayeron atrás y empezaron a señalarnos: “Esa, mira, ellas son, ellas, ellas, ellas”. Cuando miré al frente vi a Mijaíl, a Tamara [Venereo] y a Gretel [Medina], a quien no había visto antes. Gretel estaba corriendo hacia el camión; ella no sabía nada porque acababa de llegar y pensaba que estaban protestando desde el camión. Le grité: “Gretel, no”, y le expliqué rápidamente, porque había otra mujer que nos señalaba y que decía: “Ella”. Y entonces la policía nos empezó a caer atrás.

Estábamos junto al parqueo del Habana Libre y empezamos a correr para cruzar por L. Cuando llego a L, al edificio de Artex, que tiene una entrada curva por donde entran los carros, vi que un hombre estaba abriendo la reja del edificio. Tamara corría por L y unos carros frenaban en seco: entonces se bajaron agentes de la Seguridad para caerle atrás a Mijaíl y a Tamara. Me lancé con Gretel y con mi hermana para meternos en el edificio, pero nos paró un muchacho joven, bonito, con una gorra, y nos dijo: “¿A dónde ustedes van?”, y nosotras respondimos: “No estamos haciendo nada, no estamos haciendo nada”, y él me dijo: “Solveig, yo te conozco, yo te conozco”, y nos dejó ir. Llegamos hasta la reja y un viejo como de 80 años, que también nos seguía, dijo: “Ustedes no viven aquí”, respondimos: “Sí, vivimos aquí”, “¿En qué apartamento?”, “En el apartamento 8”. En eso, el hombre de la reja, por supuesto, la cerró. No pudimos entrar. Gretel intentó explicarle al señor… Cuando miré para los lados, la policía ya estaba a la derecha y a la izquierda; estábamos encerradas y nos empezaron a empujar hacia la patrulla.

Una mujer intentó agarrarme y le dije: “No me toquen, no me toquen, no me toquen”. Nos quitaron los bolsos. El teléfono estaba sonando, me estaba llamando Mayo [Mario Martín, pareja de Solveig], y lo único que atiné fue a prenderlo para que escuchara y decirle: “Nos llevan presas, nos llevan presas”. Nunca supe si escuchó. Cuando nos metieron en la patrulla, les dije que dejaran a mi hermana, que su niña estaba sola. Dejaron salir a mi hermana y me dijeron que nosotras íbamos a pagar por las tres. Les dije: “Yo pago por ella, yo pago por ella”.

Una de las cosas que me ha dado más dolor es ese señor de 80 años; él es la representación de lo que ha pasado con este país. Qué vergüenza que una persona de esa edad delate a tres mujeres, sin saber qué habíamos hecho: ¡qué no éramos delincuentes! ¿Qué ha hecho este país tan mal para que una persona de esa edad haga tal cosa?

Correr por 23 fue muy duro; estábamos muy nerviosas y parecía que estábamos en una película de terror. Que venían los zombis y teníamos que correr desesperadas para buscar donde escondernos. Así me sentí.

cárcel
Sticker en la calle 23 de El Vedado habanero (Foto Mario Martín)

Mientras la patrulla nos llevaba, no sabíamos nada de los demás. Estaba preocupada por Mijaíl y por Tamara y por los que estaban en el camión. En Paseo y 29 pararon. Detrás de nosotros vimos otra patrulla, y dentro de la patrulla estaba Juan Carlos Calahorra, un muchacho que ni habla, que estaba ahí con nosotros, que no hizo nada. Después nos dimos cuenta, además, de que estaba esposado. Cuando Gretel vio a Calahorra se puso muy triste, porque Calahorra es un tipo muy sensible, nada violento.

A mí se me olvidó contarte que un muchacho que estaba allí nos dio unos stickers de un corazón con los colores de la bandera gay dentro del corazón, y nos los habíamos puesto en los pulóveres. Yo tenía otro en el bolsillo. El que tenía en el pulóver me lo quité porque estaba muy estrujado de la bronca, y lo puse en el plástico acrílico que ponen en las patrullas. Lo pegué ahí y uno de los policías, cuando nos detuvimos en Paseo y 29, lo vio y dijo: “Esto no es pa esto, esto no es pa esto”, y lo quitó.

“Hubieran pensado en sus hijos”. El Vivac

Mientras estaban las patrullas estacionadas, nos enteramos de que íbamos para el Vivac, porque lo gritaron entre ellos; se daban orientaciones entre las patrullas a través de los walkie-talkies. Gretel trataba de hablar con ellos y les preguntaba por qué hacían eso, que si creían que era justo; les preguntaba por qué no teníamos derechos. Una policía le dijo: “Habla conmigo, pero no con él, porque él no va a entender”, y Gretel insistía en que era injusto. Les decía: “No nos pueden llevar presos por decir lo que pensamos, ¿te das cuenta de que es injusto?”. Al final, le dije a Gretel que ahorrara energía porque no sabíamos qué iba a pasar. Nos dejaron coger los pomos de agua que había en la mochila de Gretel. Cuando llegamos al Vivac, nos dejaron un rato dentro de la patrulla y llegó el camión, que venía atrás de nosotros, y también Calahorra. En el camión vimos a esta gente; nos saludamos de lejos. Vi que estaba también otra muchacha que no conocíamos, que se llama también Aminta. Ella se había bajado de un carro en la esquina de 23 y L, y nos preguntó: “¿Ustedes están protestando?”. Contestamos, con miedo de que fuera segurosa, que sí; entonces ella dijo: “Yo me quedo aquí con ustedes!”. Y se quedó con nosotros, y luego se la llevaron en el camión. Vimos también policías con perros… En fin, no sabíamos qué iba a pasar.

Los bajaron a ellos primero; los estaban registrando. Había una máquina para detectar metales, como en el aeropuerto. Después nos bajan a nosotras y nos registran. La agente de policía que nos registró fue la misma que estaba en el carro, y fue bastante condescendiente: no nos toqueteó, no fue violenta. Nos enteramos luego de que fueron violentos con Leo, de que le dieron una galleta a Daniel Triana.

El Vivac, La Habana / Foto: Cortesía de Solveig Font
El Vivac, La Habana / Foto: Cortesía de Solveig Font

Nos metieron en una celda a todos; éramos diez. Y después metieron a otro muchacho que se llama Ígor y vestía de blanco; estoy completamente segura de que trabajaba para ellos. Estuvimos como dos horas preocupados por los que faltaban… Ese lugar tenía un baño. Calahorra no soporta el olor a cigarro y teníamos que fumar en el baño. Y ahí empezamos a hablar; estábamos con la adrenalina a mil. Preocupados, Gretel sobre todo, porque estábamos todos en un solo lugar y por la familia, que no sabía nada. El 27 de enero estábamos con la Seguridad y no podíamos hablar, pero ahí estábamos solos. Como a las dos horas y media, empezó a llegar gente de la Seguridad del Estado, gente vestida de verde, gente del MININT. También vimos llegar una persona medio desnuda, solamente con un calzoncillo y una trusa encima del calzoncillo.

Esa persona es otra parte de la historia dura y risible. Una persona que no estaba bien de la cabeza: gritaba mucho, estaba muy borracho. El nasobuco lo tenía abajo, gritándole todo el tiempo a la policía. Muy sudado. Era jabato. Nosotros estábamos pegados a la ventana para ver qué pasaba. Esa persona se había rapado ambos lados de la cabeza: se había afeitado “Baby” arriba, y pegado a la oreja decía “Loco”. Gritó todo el tiempo. Nos lo metieron en la celda sin nasobuco y desnudo, y gritaba: “Mi nombre es Armando Jiménez (o Millares) Hernández, con número de carnet tal, trabajé en Mazorra desde el 2007 hasta el dos mil y tanto, mataron a 37 personas, me hice enfermero gracias a Ordaz, Ordaz, singao, hijo de puta, tengo un informe en mi mochila donde dice que mataron a 37 personas”. Esto lo gritaba a todo lo que daba, y abría los brazos.

Gretel y yo no queríamos salir del baño porque ese tipo estaba muy borracho y muy violento. Me llamaron para el interrogatorio y le dije a quien me llamó que era ilegal poner a alguien desnudo, sin nasobuco, borracho y loco dentro de una celda de 12 personas. Me dijeron que lo iban a sacar, y me empezaron a interrogar. Fue un personaje que todo el mundo disfrutó y temió, muy de teatro, y ahí había mucha gente de teatro. Todos los que estabas ahí, creo que menos Calahorra y yo, todos eran gente de cine. Estaba Reinier, el actor; estaba Edel, que también es actor; Yunior, dramaturgo y actor; Raúl Prado, que es cineasta; Gretel, que también es cineasta.

Mi interrogatorio fue con el teniente coronel Emilio –como dijo que se llamaba– de la Seguridad del Estado, lo decía su chaqueta verde: Seguridad del Estado en un sello con la bandera cubana grande; ojalá supiera qué significaba. Muy amable, muy comprensivo, hablaba muy lentamente, policía bueno; mostró evidencias de que me conocía. Siempre voy con la idea de no decir nada y escuchar, y eso hago muchas veces; hay momentos en que hablo un poco más. Me preguntó: “Pero, ¿por qué tú estás pidiendo estas cosas?”; le dije: “Ay, mire, por favor, yo llevo en esto ya varios años, no es la primera vez”. “Yo sé que tú estuviste en la derogación del 349; yo sé que tú estuviste el 27 de noviembre; yo sé que tú estuviste el 27 de enero; sé todo eso. Ahora, la pregunta es: ¿quién convocó?”. Ellos lo que estaban interesados era en saber quien convocó, quién dio la información, quién dio la dirección. Le dije: “Discúlpeme, soy muy sincera: yo no le voy a dar ningún nombre; vaya a Internet que ahí está todo”. Insistió: “Pero dígame quiénes fueron las personas que dijeron el lugar”. Le respondí: “Usted vio lo de San Antonio, ¿verdad? Quién citó a quién: Fuenteovejuna”. Yo no sé si él entendió; él no me dijo más nada.

Y ahí estuvimos como una hora y media. Seguí diciendo que nosotros no fuimos violentos; fuimos pacíficamente a pedir 15 minutos para poder hablar por la televisión, 15 minutos de réplica ante todas las mentiras que nos han dicho durante más de un año, 15 minutos para poder decir verdades. Queríamos ser escuchados. Que digan la verdad. Nunca fuimos violentos, nunca fuimos agresivos, y en la Constitución está ese derecho. Nunca me contestó agresivamente; trató de ser compresivo, y me dijo que hay cosas que están mal en nuestro país. Le respondí: “Hay cosas que están muy mal y hemos llegado aquí porque no nos escuchan y nos tienen que escuchar”. Me replicó: “Es verdad que no los escuchan, pero no los escuchan porque ustedes no tienen un líder que ellos consideren representativo”. Y estuvimos en esta conversación: yo explicando que nosotros no queremos líder, y que además en algún momento se designaron voceros y que nos mintieron. Soy testigo porque fui una de las voceras. Le dije: “Ustedes nunca quisieron sostener un diálogo”.

En un momento, casi terminando, le pregunté por el fútbol, porque a esa hora era la final de la Eurocopa. Me dijo que no le gustaba el futbol. Pregunté: “¿Y la pelota?”, me dijo: “Tampoco me gusta la pelota”. Le pregunté, por favor, ya que estábamos siendo bastante transparentes, que si Gretel y yo podíamos llamar a nuestras familias para que nuestros hijos supieran que estábamos bien, y me dijo que sí. Me dio su teléfono, me dijo que marcara. Hablé con Mauro; le dije a mi hijo que llegaría más tarde.

El oficial dijo que me estaban acusando de desorden público. Leí mi declaración y le dije que no la iba a firmar porque no es legal que me acusen de desorden público cuando yo tengo derecho a manifestarme. Le solté: “Si ustedes no han creado las orientaciones administrativas para que eso funcione de una manera legal es porque ustedes no quieren que la gente se manifieste; es decir, ustedes tienen la Constitución, pero no hay manera de que podamos legalmente manifestarnos. La ley dice que cuando no está creada legalmente la forma de hacer valer la Constitución, se va a la Constitución y uno puede manifestarse de la manera que quiera. Por lo tanto, no pueden acusarnos de haber hecho valer la Constitución”. Me dijo: “Yo no tengo claro qué va a pasar ahora. Ustedes tienen que entender que yo no soy quien decide a qué hora se van, ni cuándo pueden irse”.

Salí de allí. Salió Gretel. Ella estaba muy asustada porque cuando la estaban interrogando fueron muy agresivos: le mandaron a buscar su teléfono, se lo quitaron, lo desarmaron y le dijeron que ese teléfono iba a investigación. Ella reclamó que eso no era legal. Me dijo: “Solveig, nos van a dejar aquí». Le dije: “Imposible. Si a mí me dejaron llamar a mi hijo y decirle que nos veíamos más tarde”. Insistí en que no iba a ser así.

Pasaron dos horas más, eran ya las ocho de la noche. Empezaron a llamar a las mujeres, y pensé: ya, esta es la salida. Llamaron a una muchacha que había llegado después de nosotros, que se llama Deyvi, exdama de blanco. Hizo una protesta en el Cotorro. Se la llevaron a la prisión del Cotorro, dio un escándalo allí, y la trasladaron para el Vivac. La llamaron a ella, y pidieron a otra mujer: le dije a Gretel que fuera primero porque tiene dos hijos. Llamaron a otra mujer y llegué hasta la reja, y cuando miré para la izquierda vi a Gretel con las manos extendidas con dos sábanas, una toalla y un mosquitero. Gretel me miró y contestó la pregunta que yo me hacía en la mente. Dijo: “No”.

A mí me dio un arranque: salí, levanté la mano y grité: “¿Dónde está el teniente coronel Emilio?”. Un policía me dijo: “Tú eres muy fresca, cómo vas a salir”. Le respondí: “No soy fresca, estoy pidiendo mi derecho. Necesito hablar con el teniente coronel Emilio, porque él me hizo llamar a mi hijo y decirle que yo iba a regresar a mi casa, y nos vamos a quedar aquí. Y mi hijo va a estar preocupado por mí; me está esperando”. Llego el teniente coronel y me dijo: “Solveig, es que, imagínate, a esta hora yo no voy a soltarlas a ustedes en esta boca de lobo”. Le respondí que si nos soltaba yo buscaba un carro que nos recogería a todos. Insistió en que la decisión no era suya. Era evidente que la decisión estaba tomada. Sólo les pedía que me hablaran claramente, porque mi preocupación era que mi hijo supiera. El teniente coronel me dijo que mi esposo me había llamado por teléfono y que él le había dicho que nos quedábamos. Luego supe que eso no era cierto. Mauro y Mayo me estuvieron esperando toda la madrugada y todo el día siguiente. Ahí fue donde, te confieso, que yo morí: ¡de pinga, quedarnos ahí a dormir!

Fue el momento de rompimiento con lo anterior; era el estado superior de lo que yo había pasado. Viví el 27 de enero en que nos soltaron tarde, pero ahora lo que me tocaba no era sólo ir presa, no era sólo la violencia, era pasar la noche ahí, y yo, por supuesto, pensé que sería en una celda. Pero, ¿por qué nos daban un mosquitero, por qué nos daban toalla? No, salimos de ahí, con un policía delante. Nos llevó, camina y camina, hacia el fondo, y en el fondo vimos unas naves enormes, tipo escuela al campo. Empezaron unos hombres a chiflarnos y pienso: ¿qué pinga es esto? Gretel me preguntó: “Solveig, ¿qué es esto?”. Ya habíamos visto que había presos, vestidos de presos, y pensamos que estaban allí esperando que los llevaran a otro lugar. Nunca pensamos que íbamos a estar allí con esos presos. Nos llevaron a una nave con presas comunes, presas vestidas de gris que no sabíamos si habían matado a alguien o simplemente estaban allí injustamente.

Gretel estaba súper mal. Su era de “qué voy a hacer con mi vida”. Ella había dejado dos bebés; a uno de ellos le da aún la teta. Su esposo no sabía nada. Por suerte habían dejado a mi hermana, y ella podía informar que nos habían llevado presas. De lo contrario, no se hubieran enterado, porque no hay una foto de nosotras en el momento en que nos cogieron presas dado que ya estábamos disgregados, estábamos corriendo por las calles. Eso ya nadie lo filmó. Se estaba filmando lo que pasaba en el camión. Mi hermana era la única testigo de lo que había pasado con nosotras. Pudo informar a Mayo, Mayo a Camila, Camila a Tania, y Tania a todo el mundo. Y pudo decir que estaba Gretel conmigo, porque Gretel llegó y se fue conmigo: estuvo en la Rampa menos de diez minutos.

Estábamos en shock: no hablábamos. La policía que nos atendía ahí nos leyó la cartilla: había que estar tranquilas. Tuve unas palabras con ella. Dijo que si necesitábamos un cambio de sábana que  las sábanas se pedían dentro de tres días, que lo mínimo que íbamos a estar ahí eran tres días. Yo le dije: “¿¡Cómo?!”, y seguí: “Nosotras no hemos hecho nada, estábamos en una manifestación pacífica”. Qué le iba a decir; le explicaba y ella respondía: “Eso a mí no me importa. Aquí mínimo están tres días; es lo mínimo que estás aquí cuando entras. A las diez de la noche tumbo la luz para dormir. No puede haber una voz más alta que otra. Tienen que bañarse porque a las diez se quita el agua. No hay agua para tomar porque el agua para tomar se trae por la mañana, y es tibia”.

No nos dejaron coger nada para escribir, nada para leer, ni mis espejuelos. Nos quitaron hasta los cordones de los zapatos. Es decir, presas.

Cuando nos quitaron las cosas, dijeron: “Cordones”, y yo no entendía, y me repetían: “Cordones”. Hasta que le pregunté a la policía qué querían decir, y me gritó: “¡Que se quite los cordones¡”. Le pedí: “Dígame: «Por favor, que se quite los cordones»; porque yo no sé lo que hay que hacer”. Bueno, por supuesto que se quedaron con el teléfono, con todo… mi anillo de compromiso, mis aretes. Todas mis posesiones.

Las presas, cuando llegamos ahí, se empezaron a alebrestar y a hacer cuentos. Gretel tendió su cama. Eran literas, como un albergue de una escuela al campo. Me tocó la cama de arriba. Nos dieron un jabón pequeño, una toalla, dos sábanas, un mosquitero. Había un calor de pinga, no habíamos comido nada, no habíamos tomado agua, teníamos el pomito de Gretel, pero estaba vacío. No nos dieron agua, ni nos dieron comida hasta la una de la mañana: un pan y agua con azúcar. En la celda nos habían dejado coger unos panes que Daniel Triana, y creo que Reinier, habían traído: compartimos esos panes con unas lascas de jamón; nos dimos medio pan para cada uno. A la hora que habíamos llegado al Vivac los presos ya habían comido; me di cuenta de eso al otro día, que ellos comen temprano: almuerzan a las 12 y comen entren cinco y seis. Cuando llegamos ya la comida se había ido y los cocineros también.

Gretel y yo decidimos dormir juntas porque el mosquitero que me tocaba arriba no había donde engancharlo, y había muchos, muchos mosquitos. Eso es campo. Imagínate una escuela en el campo donde hay muchos mosquitos y mucho calor. Gretel y yo nos acostamos en la parte de abajo, conversando y pensando en nuestros derechos: qué podíamos exigir, qué podíamos hacer, y qué no. Decidimos bañarnos; al principio no queríamos porque no teníamos otra ropa.

En el albergue hablamos mucho Gretel y yo; ella me decía: “No sabemos nada de lo que ha pasado; no sabemos cómo están los demás. Quizás llegue gente más tarde; quizás llegue Tamara”. Empezamos a pensar en qué podía pasarnos en lo adelante. Pensamos en Thais [Franco] y la gente de Obispo, que estuvieron también, si no recuerdo mal, en el Vivac, y que después se los llevaron para la prisión: esa era la opción más cercana a la nuestra. En nuestro caso, el arresto no había sido tan violento: nosotros no nos resistimos a que nos llevaran, no gritamos “Abajo, Díaz-Canel”… Pero, bueno, sabe Dios qué consideraban ellos que era violento por nuestra parte. De cualquier manera, pensamos que era para largo, confiando, en el fondo, en que dejarían ir de un momento a otro.

Fuimos ante la carcelera, la policía, para decirle que, por favor, nosotras insistíamos en hablar con los instructores para pedirles hablar con nuestras familias, que era nuestro derecho. Y lo primero que nos dijeron, y reiteraron, fue: “Hubieran pensado en esos hijos antes de hacer esas cosas”. Gretel trataba de explicar, y yo pensaba en Mariana Grajales. Si le hubieran dicho a Mariana Grajales: “Tienes que pensar primero en tus hijos antes de mandarlos a la guerra”; ¿qué hubiera pasado en este país? Da la casualidad de que al otro día era el natalicio de Mariana Grajales… Pero está de pinga que te digan eso: que pensáramos en nuestros hijos antes de manifestarnos. En lo que estábamos ahí pusieron el televisor y pudimos ver algunas noticias: Díaz-Canel hablando sobre mercenarios pagados por el Imperio.

Qué te puedo decir de la soledad que uno siente en ese momento, cuando no sabes qué va a pasar con tu vida, ni sabes hacia dónde va tu futuro, cuando no importa que estés haciendo un bien, que seas legal o no legal, que no seas violento o no, que estés ejerciendo tus derechos… Pero si no tienes ningún derecho. Ahí estábamos desconsoladas. Sin embargo, yo no podía llorar. Yo no podía llorar porque Gretel no podía llorar, y yo no podía llorar cuando Gretel, que tiene dos bebés, no estaba llorando. Igual, de qué servía llorar; teníamos que estar duras y firmes para enfrentar lo que estaba pasando. También pasó que las presas, cuando llegamos allí, nos dijeron: “Ustedes son los culturosos, los que armaron toda la revuelta esta”. Pero no lo decían fula, lo decían en plan alto, y después decían bajito: “Estoy con ustedes, estoy con ustedes, estoy con ustedes. Son unos singaos”.

Ahí había tres primas que se habían fajado en una cola y estaban esperando juicio: un juicio que llevaban días esperando y que no llegaba. Llevaban una semana presas por desorden público, igual que nosotras, y no les daban la fecha para el juicio. Eran 12 personas. Había una muchacha que estaba enferma del estómago, y la estaban atendiendo. Todo parece indicar que ella trabajaba en una farmacia e intentó vender unas pastillas a alguien; no se dedicaba a eso, pero la cogieron y estaba presa ya hacía una semana. No dejaban llegar a su padre y a su novio con una sopa. Tenía el estómago con acidez y se sentía muy mal. Llevaba tres días esperando a que al padre, que iba todos los días, lo dejaran entrar, y nada. Había otra muchacha que estaba ahí por un delito que era mayor, pero no supimos qué cosa era.

En un momento hubo una pelea entre la Mamá, una mujer gorda que era como la mamá de todas ellas, y otra presa que la acusó de algo, pero la policía enseguida intervino. Nos dio un poco de miedo. Una situación bastante incómoda, y nosotras como pescados en nevera: qué va a pasar aquí si se forma algo.

Y finalmente a la una de mañana –nosotras no dormimos nada– nos llamaron y vino un policía con una tanqueta y una bandeja. En la bandeja había, qué te voy a contar, las sobras de los militares: unos panes con unos perros que olían a cucaracha y un vaso de agua con azúcar. Vasos, además te digo que ningún miramiento con el covid-19… Bueno, nos pusieron con 12 presas. Esas muchachas, ni las policías, sabían si teníamos covid nosotras, si habíamos cogido covid en la multitud, y nos metieron a todas en el mismo lugar, sin cuidado, sin cloro, sin poder lavarte las manos, sin exigencia de nasobuco, ninguna indicación de ese tipo, ninguna. Las que andábamos con el nasobuco puesto éramos Gretel y yo. Y, además, cuando te decían “Ven a buscar un líquido”, no teníamos vaso; entonces teníamos que coger los vasos que estaban ahí, que ya estaban usados, para tomar el único líquido que habíamos tomado desde las tres de la tarde. Y, nada, olvidarte del covid: tómate el agua con azúcar y cómete el pan. Ahí las presas nos dijeron: “No tenemos merienda por culpa de ustedes”; eso me dio miedo.

Al ratico, nos llamaron de nuevo, y nos vivieron a buscar a las cuatro: a mí, a Gretel, a Aminta –la otra muchacha que se me metió en la manifestación– y a la exdama de blanco, Deyvi. Pensé que nos iban a soltar o que nos iban a trasladar. Pero no. Era para ficharnos. Pasada la una de la mañana nos llevan a donde mismo me habían hecho el interrogatorio. Gretel y yo, cuando nos explican qué va a pasar, les decimos: “Permiso, perdón, por qué nos están fichando si nosotras no hicimos nada ilegal; nos estábamos manifestando pacíficamente”. Trajeron un instructor que nos explicó, uno, que todo el que pase por ahí tiene que ser fichado y, dos, que estábamos bajo investigación y no se sabía cuándo íbamos a salir de ahí. Exigimos de nuevo llamar a la casa y nos dijeron que hasta que no terminara la investigación no nos iban a dejar llamar por teléfono. Dijimos que era ilegal. Nos dijeron que eso era legal y que tenían que ficharnos, que ese era el proceso normal para todas las personas bajo investigación. Qué te voy a decir… Lo doloroso que fue para nosotras también pasar por ese proceso: de ahí a la cárcel es medio paso, y además estar fichada ya, estábamos pendientes de juicio. No sabíamos si íbamos a salir presas directamente, o con una cautelar, por ejemplo.

Analizamos que a Tania [Bruguera], a Camila [Lobón], a Carolina [Barrero] las habían dejado ir con una cautelar y no las habían dejado presas hasta el otro día. Pero no pensábamos que nos iban a dejar salir con una cautelar; nos habían puesto con presas comunes, nos había dado sábanas y mosquiteros para estar no se sabe hasta cuándo. Además, nos dijeron que iban a localizar a nuestras familias para que nos trajeran aseo. Ahí morimos. Pensamos en toda la gente de Obispo que en estos momentos no se sabe cómo están. Pensamos otra vez en Thais, que le dijo a su mamá cuando fue al hospital: “Mamá, vete”. En qué condiciones mentales habrá estado esa muchacha para decirle a su mamá que se fuera, que la dejara.

Foto de frente, de lado –traté de poner la cara más fula que he tenido en mi vida–, las huellas, y de ahí nos llevan de nuevo para la cárcel. Nos ahí dijimos: “Esto es para largo”.

Gretel y yo seguimos hablando hasta las cuatro de la mañana, hasta que le dije que iba a dormir para arriba; ya no me importaba que me picaran los mosquitos. Cuando subo y me tapo, siento que Gretel está llorando, y ahí me di el lujo de soltar unas lagrimitas. Estábamos al lado de una ventana; podíamos mirar para afuera. Había un bombillo de frente. Ahí, en ese momento, un poco recé y pedí por favor que Gretel pudiera ver a sus hijos o hablar con su Mandi, o yo pudiera hablar con mi hijo para que supieran que estábamos bien. Pero a esa hora, las presas seguían hablando y hablando. Nos regañaron como dos veces, pero no éramos nosotras las que estábamos gritando, sino las presas. Haciendo cuentos de cómo se fajaron en la cola, de las cosas que tenían que hacer, de los juicios que no llegaban.

En la madrugada llegaba gente y gente, y veíamos las guaguitas estas grises, militares… Como a las tres de la mañana llegan cuatro personas. Tres muchachas muy jovencitas de 19 y 20 años, y una persona mayor de unos 50 o 55 años. Ellas estaban en las protestas y nos empezaron a hacer los cuentos. Nosotras estábamos sin Internet desde las tres de la tarde que llegamos del ICRT a la prisión, y eran las tres de la mañana y no sabíamos qué había pasado, porque en la televisión no te lo van a poner. Vimos que llegaba gente y pensamos que eran presos comunes, pero esas muchachas nos contaron todo lo que se formó en La Habana Vieja, que se llegó prácticamente a la Plaza desde el Capitolio.

Imagínate la euforia nuestra, ¡de pinga! Y esas muchachas empezaron a contarnos, entonces, la otra parte, que es la parte de la violencia. Con nosotros fueron violentos, pero nada comparable a la violencia que se ejerció después. Y ahí nos dijo una de ellas: “Mi esposo está aquí conmigo; a mi esposo le dieron golpes en un ojo, le rajaron un ojo, y no sé dónde está”. Estaba llorando desesperada porque llegó con él y no lo podía ver. La otra muchacha, con rastas, con pelo rojo, eufórica. Yo pensé: Dios mío, tenemos un futuro, una niña de 19 o 20 años que está feliz, feliz pese a todo, de estar aquí, de haber estado en esa marcha, de haber podido vivir todo lo que pasó, la gente gritando “Libertad”, la gente gritando “Abajo, Díaz-Canel”, la gente gritando “Patria y vida”, la gente gritando “Oe, policía pinga”. Nos contaron también de la violencia, los palos, las piedras de los militares retirados: una hablaba de un teniente retirado con un palo amarrado en la mano. Fue cuando tuve la primera referencia de algo que vi después en video: algo que no creía. Nos contó que era mucha gente. Pero la referencia que tenía hasta ese momento era el 27 de noviembre; luego entendí que esto era superior.

La señora mayor me dijo: “Yo no sé por qué estoy aquí; yo estaba con mi marido, veníamos de malecón subiendo por 23, queríamos ir a Coppelia, y nos recogieron sin preguntarnos nada. Padezco de la presión y no tengo pastillas, y mi casa está sola y no tengo el tarjetón”. Una persona que no tenía nada que ver con nada y que por estar caminando por 23 se la llevaron. Es decir, eran las tres caras de la moneda, no las dos.

Así estuvimos despiertas… Yo bajaba la mano y Gretel me cogía la mano; nos manteníamos un ratico con la mano y, entonces, nos soltábamos, y así estuvimos. Como a las cinco me fui durmiendo, pero ya nos habían advertido que a las seis de la mañana nos ponían la luz y que había que levantarse, tender la cama porque venía la visita de los jefes. Teníamos que estar vestidas y listas. A las seis prendieron la luz. Gretel me despierta y empezamos a arreglar la cama, a intentar lavarnos las bocas con algo… y creo que trajeron un pan solo y viejo y de nuevo agua con azúcar. Eso fue entre seis y ocho de la mañana. La visita no llegó hasta las diez. Nosotras volvimos a hablar con la policía para decirle que, por favor, estábamos pidiendo hablar con los instructores para poder hablar con nuestras familias que no sabían dónde estábamos, ni sabían si estábamos bien. Ya ahí nos dijo la policía que no nos iban a dejar hablar con nadie hasta que terminara la investigación. Le dijimos que era ilegal, que teníamos derechos, y ella dijo: “No soy la que manda, recibo solamente órdenes”.

Desde las seis nos pusieron el televisor a todo volumen, con la reja puesta. Había dos rejas: una reja para entrar a la nave y otra donde estábamos las presas; es decir, tú veías el televisor de pie si la reja nuestra estaba puesta. Había una sala de estar; en la sala de estar había unas sillas tipo guagua, donde te sentabas a ver el televisor. Nosotras no estábamos para nada en función de ver el televisor, pero oíamos todo porque estaba a todo lo que daba.

A las diez de la mañana llegó la visita: había que estar al lado de los respectivos puestos. La nueva oficial era mayor que la otra, gorda; desde que llegó dijo: “Estoy con la menstruación y tengo el colon en candela. Por favor, estense tranquilas que no puedo más; estoy enferma y vine aquí a trabajar con ustedes”. Una mujer bruta. Lo primero que hizo fue señalarnos: “Por culpa de ustedes no tengo Internet, no puedo hablar con mi hija”. Yo le salí al paso. Ahí me gané que me regañaran y me dijeran líder y buscapleitos. Le dije: “Mire, disculpe, usted no tiene Internet porque ETECSA pertenece al Estado; normalmente ETECSA sería de la población y de la ciudadanía, pero como ETECSA pertenece al Estado hace lo que quiere. Usted no tiene Internet porque no quieren que se entere de lo que está pasando”. Me respondió: “¡Tú eres una fresca!”

La visita pasó. Preguntamos por nuestra situación y pedimos que nos dijeran a qué hora nos iban a dejar hablar con la familia. Nos dijeron que iban a pasar la información a los instructores, que ellos decidirían, que, hasta que los instructores no dijeran cuándo se puede llamar, no podrían dejarnos llamar por teléfono. “Es más”, nos dijeron, “las presas que están aquí no pueden llamar cuando quieren”. Dije: “¿Cómo que no pueden llamar cuando quieren? Hay un teléfono público allá afuera”. Me respondieron: “No, ese teléfono está roto; ellas no pueden llamar cuando quieran”.

Las presas preguntaron por sus juicios; estaba todo detenido. Nosotras no sabíamos cuán grande había sido la revuelta, no teníamos una idea de la magnitud.

Más tarde, Gretel y yo fuimos a pedir de nuevo a la policía que nos dejaran hablar con nuestras familias, y ella nos gritó: “¿¡Por qué no pensaron antes en sus hijos?! Están aquí por revoltosas”. Gretel decía otra vez que era nuestro derecho… y ella gritó que no era su decisión y nos señaló como «las líderes» cuando llegó otro policía. Ahí nos dijo que si seguimos así nos iban a subir la sanción por provocadoras. Entonces nos encerró con reja a todas, por culpa mía, y nos prohibió hablar.

A la una de la tarde pedí ver el noticiero y me senté frente al televisor de la sala de estar. Se acerco la policía y me preguntó a qué me dedico; le dije que soy historiadora del arte. Me dijo: “¡Ya sabía yo! Los culturosos, los revoltosos, los que forman los líos; ustedes son los culpables de todo esto”.

Cuando me insulté con el noticiero, nos volvió a encerrar dentro. A las cuatro nos mandaron a buscar. Llegó un militar pequeñito vestido de verde y nos explicó que nos iban a tomar muestras de orina, y preguntamos por qué: “Para ver si han tomado estupefacientes”, respondió. Él fue un poco más humano y nos explicó que había familiares afuera. Nos dijo que estábamos ahí bajo investigación, que bajo investigación no se puede llamar a la familia, que ellos no pueden dar ningún resultado y que hasta que no estén los resultados no se sabe a dónde nos llevan, que ellos no pueden permitirnos llamar a la familia porque la familia iría para allá. No obstante, ya desde por la mañana había familiares allá afuera. Dijo que no nos iban a dejar ver a los familiares, que los mismos instructores ya habían pedido hablar con ellos. Gretel y yo no tuvimos ningún problema en dar las muestras de orina. Fuimos acompañadas por la policía hasta un baño en que nos vigiló; debíamos tener la puerta abierta mientras orinábamos.

Nosotras nos sentimos entre aliviadas y con dolor, porque si había familiares afuera, los pobres, qué desesperación. Y, por otro lado, no sabíamos si eran familiares nuestros. Podían estar los de Yunior, los de Reinier, los de todo el mundo. No sabíamos en realidad si estaban Mayo, Mandi o Mauro.

“Le das un beso a Caro, la de la Loma del Ángel”. La salida

A las 12 y pico nos dieron almuerzo; las presas estaban locas porque el almuerzo llegara. Le dije a Gretel que no nos iban a dejar salir si no formábamos una grande. Y por un minuto pensé en hacer una huelga. Le dije a Gretel que si esto seguía así yo iba a hacer una huelga de hambre: “No quiere decir que la hagas tú. No quiero que todo el mundo se entere, simplemente voy a decir que no voy a comer”. Gretel me pidió que fuera sensata; empecé a pensarlo. Habíamos comido medio pan en la celda, un pan con perro y agua con azúcar a la una de la mañana y un pan con agua con azúcar a las seis de la mañana. Yo no había desayunado, ni almorzado el día 11 porque estaba muy estresada. Yo no tenía nada en el estómago. Pensé que hacer una huelga de hambre era demasiado alocado; es decir, si lo hacía lo hacía bien. Entonces me dije: voy a almorzar primero, y después de almuerzo si veo que las cosas no funcionan, yo sí empiezo una huelga de hambre.

Sobre las cinco de la tarde empezó a haber otro movimiento; empezaron a traer más camas,  camiones con camas. Es decir, había llegado más gente; se comentaba que habían llegado como 15 personas. A las cinco nos dieron la comida, y le dije a Gretel: “Vamos a esperar hasta mañana. Si mañana no nos dan respuesta y no podemos ver a la familia, vamos a empezar la huelga”.

A las seis me llamaron; había una policía mujer que me dijo: “Recoge tus cosas que nos vamos”. Me había bañado hacía diez minutos; había lavado el blúmer que tenía y andaba solo con el pantalón, sin el blúmer, porque llevaba dos días con el mismo blúmer. Cuando pregunté para dónde me llevarían, me dijo que para afuera. Seguí con la duda y pregunté si me trasladaban para otro lugar y me dijo que no, que iba para afuera. Le dije a Gretel que me decían que iba para afuera, pero que no sabía si para la calle, que no me decían claramente. Gretel me abrazó; abracé a las muchachas que conocía, y una de las presas, la Mami, que unas horas antes me había dicho que me soltara el pelo porque me veía bonita, me dijo: “Te dije que el pelo suelto te iba a dar buena suerte”. Le dije a Gretel entre abrazos y llantos: “Yo voy a velar por ti, yo voy a preguntar por ti”.

Cojo mi blúmer mojado, el ajustador, que también me había quitado, y salí detrás de la policía. Y en eso me gritó un muchacho, un preso: “Blanquita, blanquita, dile a Caro, a Carolina, la de la Loma del Ángel, que El Pequeño le manda un beso”. Yo le dije: “¿Cómo?”, y me repitió: “Dile a Caro, a Carolina, la de la Loma del Ángel, que El pequeño le manda un beso”. Yo le doy un like con el dedo y me voy con la policía. Iba pensando: Dios mío, entonces esta gente sabe quiénes somos. Las presas le habían preguntado mucho a Deyvi si ella era de las Damas de Blanco, y todas se pusieron de acuerdo para hacerse Damas de Blanco cuando salieran de la prisión. Gretel y yo evitamos todo el tiempo decir que éramos del 27N, para que no nos preguntaran nada sobre el tema, y así evitar más razones para retenernos allí. Iba caminado detrás de la policía y pensando: si ese muchacho me dio ese recado es que me reconoce, ¿no?, no que me reconoce a mí, sino que reconoce que pertenezco…, que conozco a Caro…; no sé si me conoce a mí, no sabe ni siquiera mi nombre… Pero me dio tremenda alegría, tremenda energía.

Me encontré con el teniente coronel; yo con mi blúmer en la mano, le dije: “Usted sabe que es ilegal ponernos con presas comunes; usted sabe que es ilegal en medio del covid reunirnos con personas que no saben si nosotras tenemos covid; usted sabe que es ilegal que nos dejen sin comer hasta las 12 del día del otro día porque ese pan no es comida; usted sabe que es ilegal que nos digan que no podemos llamar a nuestras familias; usted sabe que todo esto es ilegal”. Él no hablaba; por fin me dijo: “Aquí está una medida cautelar. Si no la firmas no te podemos dejar salir. La cautelar es con restricción de movimiento; no pueden salir”. Le dije: “Mire, yo soy una madre, yo tengo que ir a hacer colas”. Me dijo: “No puedes estar en ninguna aglomeración y tú sabes a las aglomeraciones que yo me refiero; si cometes un error y estás en otra aglomeración y te cogen vas directo para la cárcel”. La tuve que firmar, y también una carta para mi libertad. Y de ahí a recoger mis cosas.

Vi a Reinier y vi a Calahorra; es decir, nos estaban soltando. Entonces le dije al oficial: “Mire, por favor, yo le pido, por favor, por Gretel; ella es una mujer con dos bebés, su marido no sabe que está aquí”. Me dijo: “Mira, todos van a salir”. Me sentí súper bien porque antes estaba desesperada. Recogí mis cosas: mi anillo de compromiso, los cordones de mis zapatos: odiaba estar sin cordones; es tan estúpido, pero odiaba estar con los tenis sin cordones. Me dieron mi teléfono. Me dijeron que ya podía salir, y cuando abro la reja vino mi hijo corriendo. Qué te voy a decir: mi hijo estaba ahí desde la una de la tarde y eran las siete de la noche. Ellos no sabían si nos iban a sacar; estaban ahí pidiendo que nos sacaran.

Entonces me enteré de que Fernando Pérez estaba allí con la mujer de Yunior, que también estuvo por la mañana y que al parecer le habían dicho algo porque ellos volvieron. Y allí estaba Barbarita, la mujer de Reinier, con los ojos súper rojos. Mauro me abrazó mucho y yo estaba tan asustada… Ahí estaban todos los familiares, y yo empecé a abrazarlos y a decirles: “Ahí vienen detrás, todos vienen. Me dijeron que todos van a salir, todos van salir”. Ahí nos dedicamos a esperar al resto, a esperar a que todo el mundo saliera para estar todos juntos. Salió Reinier, salió Calahorra después, y salió Gretel casi al final; la muchacha, Aminta, también. Y ahí nos enteremos también de que estaba Maykel González Vivero y de que estaba Frank [García].

Justo antes de traspasar la reja había visto que estaba Omar, el seguroso que me atiende, que se había afeitado la cabeza prácticamente al cero. Con una ropa diferente, un pulóver rojo y una gorra, me saludó diciéndome “Ey”, yo le respondí igual. Lo miré y pensé: te has vestido para dar palos. Estaba vestido como para que lo reconocieran en la multitud y supieran de qué lado estaba: una vestimenta adecuada para eso. Cuando me enteré de que estaban Maykel y Frank, fui a buscar a Omar y le pregunté si a ellos los iban a sacar, y me dijo que también iban salir.

Yamilka había traído dos carros para llevarse a todo el que no tuviera transporte; ella también estaba desesperada.

Salió Daniel Triana, salieron los que faltaban y nos abrazábamos. Le dije a Gretel que se fuera enseguida, y Reinier se la llevó. Después, esperando a Frank, me llamó Omar y me dijo que Gretel y Aminta habían dejado los carnets de identidad. Recogí los carnets de identidad de ellas. Ya eran las ocho de la noche y Maykel González Vivero y Frank no salían… Llegó un carro; era la mamá de Frank. Le pedí que se ocupara también de Maykel porque eran las ocho y los choferes de los carros estaban desesperados: ya teníamos que irnos. Cuando montamos en el carro, el tipo nos pidió mil pesos por regresarnos a la casa. No teníamos dinero, pero ya había hablado con Mayo. Luego hablé con Tania, con Camila, con Katy… La noticia fue que estuvimos con presos comunes, casi a punto de ir presas.

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Solveig Font Martínez (La Habana, 1976). Licenciada en Estudios Socioculturales. Se desarrolló como especialista en artes plásticas en la Asociación de Artes Plásticas de la UNEAC y más tarde en la Galería Villa Manuela de la misma institución. Trabajó como curadora en la Fábrica de Arte Cubano (FAC) hasta el 2015. En el 2014 fundó el espacio de arte Avecez art space, donde ha trabajado con artistas y curadores nacionales e internacionales. Ha realizado mas de veinticinco exposiciones dentro y fuera de Cuba. Ganó en 2015 la Residencia de RCAAQ en Montreal, Canadá.

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