Louise Glück
Louise Glück

Un arco de oro: regalo útil en tiempos de guerra.
Cómo pesaba. Ningún niño podía levantarlo.
Excepto yo: yo sí pude.
Louise Glück, Averno

¿Cuántas veces he escrito sobre Louise Glück? En realidad, no he escrito casi nada pero sí la he mencionado. Desde hace seis años la menciono. Mucho. Esta tarde de viernes lo he sabido. Su muerte. Viernes trece. La misma tarde del cumpleaños de mi hermana. Lo he sabido después de comprarle a mi hermana unos aretes pequeños con forma de vitrales redonditos. Lo he sabido en el medio de una discusión. Discutíamos y nos decíamos cosas que tal vez no queríamos decir, cosas que ni siquiera han pasado por el pensamiento como para llegar nítidas a las yemas de los dedos y ser tecleadas de manera inteligible. Cosas que no se dicen en un mensaje de voz, tampoco, pero que una vez dichas, es muy difícil borrar.

Han pasado muchas cosas esta tarde. El niño no está, por ejemplo, y eso es algo que sucede todo el tiempo, como una muerte normal. Como un trago amargo de veneno que mata pedazos de alma o pedazos de vida. Han pasado cosas: nacimiento y muerte, principio y final, una guerra en la tierra prometida, de la que tanto escribiera Louise Glück. Leí tanto sobre eso cuando niña. El Viejo Testamento para Niños, que me encantaba. Elías y Jeremías. Uno montado en un carruaje de fuego y otro tan pobre que ni siquiera sentía hambre. Abraham y Sarah, yermos. José y Jacob.

Alguien me dijo una vez, después de que el niño nació, que si yo conocía a Louise Glück seguro me decepcionaba. Que Louise Glück era una burguesa del campo, pesada y arisca, judía y conservadora. Yo misma me he vuelto una conservadora, sobre todo conservadora de mis valores, de mis principios. Aquellos aprendidos con amor pero también con cierta inmovilidad, cierta incapacidad de movimiento. Mientras lo escribo puedo entenderlo. Que cada día voy hacia atrás, atrás, atrás, cerrándome. ¿Pero acaso no era eso lo que hacía cuando joven? ¿Cerrarme entera, sin dejar pasar a nadie de quien yo no estuviera convencida, o sin dejar pasar nada que me gustara lo suficiente y me convenciera? Sí, eso era lo que siempre hacía y en algún momento, por alguna circunstancia, dejé de hacer. Eso era lo que siempre hacía, mucho antes de Louise Glück y del error.

La muerte de Louise Glück y su noticia, esa que me llegó en forma de mensaje mientras llevaba a cabo la discusión paralela y decía cosas en jerigonza, cosas que no quería decir, con pie derecho en pedal y mano en timón de chevy, abrió rincones de la cabeza que a menudo están cerrados. Una rinconera, diría mi mamá, y traería la escoba inmediatamente. Escribir es barrer. Pues esos rincones tristes se abrieron con la noticia de la muerte de Louise Glück. Aunque tal vez, observados desde lejos, sean más bien como sus poemas, hermosos círculos de desgracias aprendidas a sortear.

Iba a embarazarme con la certeza de poder lograrlo. Había dos libros de ella, en la sección de poesía. Averno y Ararat. No sabía quién era ni qué tipo de poesía escribía. Me gustaron los dos títulos, construidos con una sola palabra, cada uno. Elegí, probablemente, el más barato de ambos, o tal vez el de más páginas. Ninguno de los dos era barato, de la editorial Pre-Textos, Colección La Cruz del Sur. Había más títulos de Pre-Textos y todos me parecían caros. Sobrios y buenos, pero muy caros. Trabajaba vendiendo libros. Cuando llegaba alguien interesado en poesía, yo no decía nada sobre Pre-Textos, y menos sobre Louise Glück.

Sin embargo, no sabía nada de esta mujer llamada Louise Glück. El nombre sonoro húngaro no me decía nada, salvo que era el mismo de mi abuela, la abuela materna que me crió y que no pude ver morir porque me fui antes, la abandoné. Esa sensación de abandono sucede todo el tiempo como un trago amargo de veneno que mata pedazos de algo o que no mata nada sino que se convierte en resortes agrios, recordándome lo que uno es capaz de hacer. Uno es capaz de abandonar. Uno es capaz de olvidar. Uno es capaz, incluso, de perdonar.

Resulta que me embarazo y me da por intuir que el bebé será una niña. Y entonces decido, en mi mente, que va a llamarse Louise, como la autora de Averno y la abuela que abandoné. Pero a los pocos días aborto y el nombre de Louise deja de tener sentido, no sirvió de nada usarlo, pensar en él como un símbolo de salvación. No hay salvación posible, no hay latido. La asistente de laboratorio preguntó qué estaba buscando mientras introducía el instrumento vaginal. La asistente no sabía que estaba buscando un bebé porque no había bebé, no había Louise. El oyo estaba vacío. Averno estaba en mi mochila.

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Siguieron días de escritura. Escritura fatal. Averno permanecía ahí, en el bolsillo principal, a sus anchas. No pensé lo que pienso cuando compro un libro nuevo y ando con él para arriba y para abajo como un trofeo, que las esquinas se le pueden doblar o que la portada se le puede ensuciar. No pensé nada. Averno se había convertido en Averno. El Averno original escrito estaba dedicado a su hijo. Louise Glück introducía el libro con su significado: un antiguo lago volcánico a dieciséis kilómetros de Nápoles que representaba para los romanos la entrada al submundo.

Así leía Averno o no-leía, que es lo mismo que leer en estado de aflicción. Y la verdad es que no debo recordarlo bien. Recuerdo el sonido del libro, como un ladrillo, dando tumbos adentro de la mochila, a mi espalda. Dando tumbos en el vacío. Contra mis omóplatos o mis pulmones. Dando ladrillazos. Y recuerdo pensar en el nombre, Louise. Decirlo en silencio, Louise. Buscar señales en los poemas con la misma facilidad que se buscan las imágenes. Porque cada imagen era, también, algo que me relacionaba con Louise. Yo quería que esa relación existiera. Y bastaba con que lo deseara.

Cuando Louise Glück ganó el Nobel, mi hijo iba a cumplir dos años y no recordé nada, o quise no-recordar. Ese recordatorio se produce hoy porque su muerte no es en mí su muerte, sino la entrada a un submundo que solo se atraviesa con poesía. La poesía de Louise Glück o la poesía que Louise Glück genere. Que es lo mismo que una condolencia: lo que tiene que ser pero acompaña. Sin conocerla, Louise Glück me acompañó hace seis años de cierta manera arisca, en forma de averno, pero un averno rosado de paz. ¿Puede existir algo así?

Hay dos poemas donde menciono su nombre y me llena de orgullo deletrearlo, como si la posibilidad de que mi travesura llegara a sus oídos me complaciera. Sí me hubiera complacido, por supuesto. Me hubiera complacido, incluso, que Louise Glück se molestara y mandara a suprimir su nombre junto a su apellido de mi libro de poemas. Me hubiera complacido lo más mínimo. En Averno, Louise Glück se la pasa hablando del recuerdo, pero no de manera agotadora. El recuerdo como una forma de poema, como una forma de vida. La vida, por consecuencia, como una forma de submundo. Y en ese sentido, parece como si fuera capaz, Louise Glück es perfectamente capaz de crear los recuerdos que quiere escribir, como una escritora del paraíso o una escritora del infierno.

'Averno', de Louise Glück
‘Averno’, de Louise Glück

Louise Glück soñaba

Louise Glück soñaba.
Tuve una abuela tocaya de Louise Glück.
Pero en español.
Y esa también soñaba.

Muchas veces me llamó en sueños y yo acudí.
Cuando una abuela llama, acudir es lo menos que puedes hacer.
Aunque en la vida real cuando me llamó no lo hice.

Tal vez estaba lejos.

Me queda la duda de cuál vida sigo.
Si la real o la del sueño.

Cada vez que me despierto estoy tirándole piedras a las puertas de cristal del Dolphin Mall.
Luego viene un policía a pedirme documentos.

Pero el policía no cree que Averno,
Un libro de Louise Glück que siempre cargo en mi mochila

Sea ningún documento de identidad.

Las tocayas

Al discutir sobre el nombre que le pondríamos al bebé
Mi pareja y yo nos dimos cuenta de lo diferente que éramos.

No porque los nombres que cada cual elegía
Fueran distintos a los de la otra lista
Sino al contrario
Eran exactamente los mismos nombres
Solo que en otro idioma.

Al final decidimos ponerle Louise
Para que fuera tocaya de mi abuela
En primer lugar
Y también tocaya de Louise Glück
En segundo lugar.

Me imaginé redactando una carta a Louise Glück
Donde le informaba del nacimiento
De otra Louise en el planeta.

En caso de que el bebé fuera macho
Suprimiríamos la e.

Pero el bebé no fue macho.
Y tampoco hembra.

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Legna Rodriguez Iglesias (Camagüey, 1984). Escribe la columna Irrelevante en la revista digital El Estornudo y la columna 53 Noviecitas en Hypermedia Magazine. Obtuvo el Premio Casa de Las Américas, teatro, 2016; el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011; y el Paz Prize for Poetry, otorgado por The national Poetry Series, 2016. Es autora de libros como: Qué te sucede belleza, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, Chile, 2020; La mujer que compró el mundo, cuento, Editorial Los Libros de La Mujer Rota, 2017; Mi novia preferida fue un bulldog francés, narrativa hispana, Editorial Alfaguara, 2017; Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta, teatro, Casa de Las Américas, 2016; Mayonesa bien brillante, novela, Hypermedia Ediciones, 2015; No sabe/no contesta, cuento, Ediciones La Palma, 2015; y Las analfabetas, novela, Bokeh Press, 2015. Sus libros han sido traducidos al inglés, al alemán, al italiano y al portugués. No se incluyen aquí sus libros de poesía.

2 comentarios

  1. Yo conocí a Louise Glück. La oímos leer, Esther María y yo, en una terraza de Claremont McKenna College una tarde de otoño. Era imperiosa y severa, no parecían gustarle las preguntas zonzas. Iba al grano. Era pequeña y menuda. Llevaba chaqueta de cuero negra y pantalones negros ajustados, era nervuda y fina. Al final me le acerqué y le dije: “Hola Louise. Traduje Averno al español, soy lector de su poesía. Este es mi Averno”. Y le entregué una impresión de la página de Rialta Magazine donde había aparecido mi traducción y el original. Glück no fue una Laura Riding, pero tuvo sus momentos. Laura no se ganó el Nobel a pesar de ser una poeta más grande, más atrevida y funesta que Louise. También era judía. Fue la diosa blanca y atormentadora de Robert Graves y la auténtica Fugitiva. La gran poesía queda siempre en los márgenes, pensé. Louise me dijo. “Mucho gusto, Néstor. Gracias. Me publicó Pre-Textos en español”. Yo no dije nada porque conocía las desavenencias que existían. Le dije: “Gracias por el recital”. Esther dijo: “Un placer”. Y nos despedimos.

  2. Qué fuerte todo. El asombro siempre. Yo ni siquiera la había leído y en el momento que lo hice, Averno estaba multiplicado. Ahora también. Los abrazo desde Anastasia avenue

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