Louise Glück (FOTO Katherine Wolkoff - The Atlantic)

Además de la prolífica obra poética que le valió, hace unos días, la concesión del Premio Nobel de Literatura, la neoyorkina Louise Glück ha cultivado una obra ensayística de breves dimensiones pero de notable sofisticación, recogida en dos delgados volúmenes todavía sin traducción española: Proofs and Theories (1994) y American Originality (2017). Ambos libros comparten el mismo subtítulo (Essays on Poetry), y ambos libros exhiben una misma sutil inteligencia que tiende a internarse, con cautela pero no sin determinación, por las fisuras que se abren dentro de las obviedades y las verdades dadas por sentadas en literatura (no sólo en poesía). Glück tantea, ilumina y demarca los límites y los atajos que unen o separan verdad y realidad; realismo, realidad (o irrealidad) y fantasía; poesía y ficción, o experiencia, identidad y expresión… “On Revenge” fue publicado en 2013 en The Threepenny Review e incluido en American Originality. Este ensayo trata, en cierto sentido, de la inspiración poética, pero lo hace desde un severo ejercicio de autoanálisis muy alejado del vanidoso idealismo que muchas veces predomina en los testimonios que los poetas dedican a este asunto. Con todo y el aliento autobiográfico que anima este texto, no debe ser leído sin tener en cuenta la advertencia que la propia Glück formuló magistralmente, a propósito de la poesía confesional, en “Against Sincerity”, probablemente su ensayo más importante: en literatura, la intimidad está mediada por “afirmaciones de poder” del autor, y “los secretos que elegimos delatar pierden poder sobre nosotros”.

Juan Manuel Tabío

Sobre la venganza

Louise Glück

Cuando era niña, era enormemente sensible a los desaires; mi definición de desaire era tan amplia como profunda era mi sensibilidad. Confío en mi memoria en esta cuestión porque la niña que describo se corresponde muy exactamente con el adulto en el que se convirtió. También era, entonces como ahora, severamente orgullosa, reacia a mostrar dolor o admitir carencia. El orgullo gobernaba mi comportamiento. Cohibía, en mi opinión, toda muestra de ira (por su obvio aspecto vengativo: al confirmar el desaire o la herida, daba satisfacción, pensaba, al torturador). La ira era la muestra de sangre que demostraba que la flecha había perforado. La ira moral o ética (del tipo que provocan los campos de concentración) estaba exenta de estas inhibiciones. Pero la mayoría de tales casos, como los campos, suscitaban terror más bien que rabia. Había en mí, si puedo juzgar por mi vasto catálogo de desaires y mi glacial, y teatral, desdén autoprotector, una vasta rabia reprimida.

No es de extrañar que mi vida fantaseada consistiera principalmente en sueños de mi ascenso triunfal. Ninguna de estas fantasías implicaba acción. Mis fantasías de venganza se basaban en el desprecio por la acción, por cualquier muestra de esfuerzo. El daño ocurría sin mi agencia aparente y se perpetuaba indefinidamente: la necesidad de herir o –como en los libros que leía– de asesinar al enemigo exhibiría la insuficiencia del yo, así como la acción demostraba la existencia del daño. Mi idea de la venganza era demostrar que yo no había sido herida, o que de alguna manera yo misma había exigido un daño que (como mis fantasías mostraban repetidamente) había transformado milagrosamente en algo merecedor de una intensa envidia. Mi sueño era crear envidia: mi idea de la venganza dependía de que el objeto permaneciera consciente y estuviera plenamente enterado.

Principalmente, pensaba en los poemas que escribiría. En mi imaginación, estos poemas serían de una grandeza que obligaría a legiones de lectores a experimentar un deslumbramiento uniforme, mientras que las únicas divergencias surgirían de los intentos de describir o dar cuenta de esta grandeza. En algún momento, me di cuenta de que una reacción de este tipo nunca había ocurrido en la historia de la literatura. Pero seguí pensando que ocurriría, que tendría que ocurrir, porque mi propia reacción a la literatura que veneraba era así de intensa y absoluta. En tales ocasiones, me veía invadida por un sobrecogimiento que me parecía radicalmente distinto de la opinión (si esta se expresaba con charlatanería, aquella provocaba estupefacción). Me sentía en presencia de una verdad indiscutible o de una ley universal. Curiosamente, este sobrecogimiento no me aniquilaba, como esperaba que lo fueran los enemigos en mis fantasías. En ellos, el sobrecogimiento se combinaba con sentimientos de aterrada vergüenza, una conciencia de errores que nunca podrían ser corregidos, una revelación de sus propias faltas y juicios erróneos. Mis fantasías de venganza equiparon a mis adversarios con un gusto literario sofisticado y perspicaz; ellos se castigaban a sí mismos mientras yo me limitaba, simple y trascendentalmente, a existir.

Este libreto estaba siempre presente hasta cierto punto en mi vida imaginativa. Se convirtió en mi reacción inmediata a todos los fracasos públicos y privados, al desprecio, a la traición, pero también a acontecimientos mucho más pequeños y a vergüenzas para las cuales tales fantasías resultaban salvajemente desproporcionadas. Pero no eran simplemente un bálsamo. También eran combustible. Alimentaban un deseo ya existente de escribir poesía, que transformaba ese deseo en una ambición urgente. No podían reemplazar la inspiración, u obligarla a existir, pero la intensificaban con un estimulante sentido de propósito o necesidad; me animaban cuando fácilmente podría haberme paralizado. Durante muchos años, fue intensamente placentero anticipar el lento despliegue, a lo largo del tiempo, de la venganza, con sus justas y gloriosas reversiones de los juicios y las relaciones de poder vigentes.

En estas fantasías era crucial una premisa de tiempo dilatado o expansivo, en el que pudiera ser franqueada la distancia entre el yo humillado del presente y el esencial yo triunfante. El lenguaje de la venganza depende exclusivamente del tiempo futuro: ya verán, ya se arrepentirán, etcétera. Como el tiempo siempre me ha parecido un bien en peligro o escaso, no esperaba que la edad influyera en lo que, en mi vida fantaseada, debió haber sido una actitud teórica. Y, sin embargo, algo ha cambiado. Las fantasías se han desvanecido, y con ellas los tremendos arrebatos de energía y resistencia.

Algo que tiene que ver con alcanzar esas edades en las que, en todos los sentidos posibles, el tiempo puede resultar escaso (o ciertamente disminuir rápidamente) parece diferente de sentir constantemente que uno podría ser suprimido injusta o prematuramente. Además de esa sensación de tiempo expansivo, mis fantasías requerían que mis adversarios permanecieran inmutables, estables, congelados en mi futuro infinito: la persona que pronto sería devastada por mi virtuosismo y profundidad espiritual debe ser idéntica a la persona que tomó un objeto para arrojarlo contra mí. Pero mis rivales y jueces, tanto como mis amigos y colegas, han sido todos castigados y maltrechos por el tiempo. La lástima y el sentimiento de solidaridad han debilitado la venganza, o la han reemplazado por un sentido de experiencia colectiva, en vez de jerárquica, que ha sustituido por una benevolencia y generosidad inesperadas mi severidad y violencia anteriores. Estos cambios han hecho de la identificación de nuevos blancos un acto mucho menos vigoroso –vagamente hostil pero incapaz de generar energía real.

A veces los echo de menos, a esos enemigos inmutables y al poder que conferían, así como al mito del tiempo generoso que parecía capaz de sostener durante muchas décadas la pequeña balsa del yo. Pero, ahora, mi fascinación con este tema es más pragmática y angustiosa: cómo suplir esas energías que fueron, toda mi vida, alimentadas por la pasión por la venganza.

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