¿Cómo predecir el pasado?: Armando Capó expone acuarelas y exhibe sus documentales en México

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La muestra de acuarelas El hijo de la ballena del cineasta y artista visual cubano Armando Capó Ramos está expuesta desde el 17 de julio de 2026 en la Galería de Arte Contemporáneo Sepia, en Guadalajara, México. Y ese espacio también acogió en los días posteriores a la apertura la proyección de cuatro de sus más relevantes documentales; en la ocasión, los organizadores –según fue anunciado en redes sociales– convocaron a la recolección solidaria de medicinas “a beneficio del gremio de cineastas cubanos”.

Las 31 acuarelas de pequeño formato que registran paisajes de Gibara (Holguín), ciudad natal de Capó, se ha expandido así en un evento multifacético que comprendió la exhibición, el martes 21 de julio, del largometraje La tierra de la ballena (2024). Durante una visita guiada, que tuvo lugar el miércoles 22, otras tres películas de Capó dialogaron con sus pinturas, complejizando y enriqueciendo su lectura: La inercia (Todos los pantógrafos van al cielo), de 2008, Nos quedamos y La marea, ambas realizados todas en el año 2009, durante su fecundo período formativo de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV).

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Estos últimos tres cortometrajes marcaron un salto temporal en reversa, de unos quince años, respecto a La tierra de la ballena. Son ecos y huellas de ese pasado cuya revisión autobiográfica parece primar como eje y conflicto de esta muestra pictórica y fílmica acogida por la galería guadalajarense.

Aunque relativamente reciente (fue filmado en Gibara durante la pandemia de COVID-19 en Cuba), La tierra… es un documental igualmente concebido desde la remembranza, a manera exorcismo, agradecimiento y autoindagación. Se antoja una última y desesperada visita a un mundo a punto de diluirse tal como Capó lo entiende y quiere. Se intuye a punto de alienarse, extrañarse y transformarse en un paraje irreconocible; despojado de todos los afectos y todas las experiencias vitales que lo hicieron entrañable y cierto para el cineasta y pintor.

Incluso sus largometrajes de ficción Agosto (2019) y El regresado (2026) resultan entidades que avanzan hacia el futuro con el rostro torcido en un ángulo de 180 grados, mirando casi obsesivamente hacia los respectivos pasados adolescente y juvenil de Capó en los años noventa. Pero sin convertirse en estatuas de sal.

Agosto apela a su crecimiento en medio de la crisis de los balseros de 1994. El regresado repasa los dilemas éticos, políticos y morales de Capó como recién egresado de la Escuela Profesional de Artes Plásticas “El Alba”, en Holguín, quien retornara entonces a una ciudad natal tan entrañable como ajena, presta a mostrarle estratos difíciles hasta ese momento desconocidos para él.

Armando Capó expone en La Marca: acuarelas para un adiós a Gibara
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La tierra de la ballena cierra una posible trilogía no confesa sobre una relación muy álgida del cineasta y pintor con su pasado, quizás incluso sobre la recriminación nada amable a su yo joven. Capó parece obsesionado con explicar su presente a partir de la vivisección sin anestesia de sus diversas épocas pretéritas.

A pesar del sosiego contemplativo que emana de las acuarelas, con sus mares en calma, calles y edificios de apariencia somnolienta y sus campos serenos, El hijo de la ballena parece revelar un estrato hervoroso y conflictuado al que se accede una vez que consigue traspasarse el primer umbral perceptivo –cuando se trasciende lo “meramente paisajístico” y se descorren los velos costumbristas y pintorescos en los que tiende a acomodarse la mirada no imaginativa y simplista.

Es como si la muestra pictórica y audiovisual impugnara con velado furor la inevitable amabilidad con que la memoria tiende a recubrir las épocas pasadas, edulcorándolas y patinándolas de bondad. Desafía la esencia misma de la nostalgia, la rechaza como si del mismísimo “opio de los pueblos” se tratase. Se obliga a una vigilia acre contra la que se estrella cualquier ensoñación. La nobleza intrínseca de los “viejos tiempos” no es tal, aunque están salpicados de momentos inefables. Pero eso no los hace ideales ni paradisiacos. 

La memoria no es necesariamente un refugio en que nos protegemos de los embates del instante presente; también puede ser un lastre pesaroso del que huimos aterrorizados hacia el futuro.

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La galería de Guadalajara se convierte así en un cubículo de resonancias, un reservorio de fantasmas fértiles y un espacio ideal para la consagración de la duda. 

La propia naturaleza inestable, presurosa e impredecible de la técnica de la acuarela –así como el estilo impresionista que lleva a algunas de las piezas justo hasta el borde de la abstracta disolución luminosa– parece potenciar este intuido forcejeo de Capó con la memoria como espejismo feliz y su relación íntima con el pasado. 

Así mismo parece haber concebido las películas exhibidas en Sepia: desde la fragmentariedad que invita a un provocador juego de asociaciones (sobre todo La inercia…); unas atmósferas (vidas) asfixiantes, casi sólidas (sórdidas) que convierten cada secuencia en una bocanada desesperada (Nos quedamos, La marea), y una fusión existencial de sus intereses creativos con fuerte tono ensayístico (La tierra de la ballena).

La Gibara que asoma en simultánea multiplicidad a través de los breves marcos que penden de las paredes de Sepia se agolpa como un maremágnum de recuerdos imprecisos, fragmentarios, trenzados en un relato fractal. Es un caleidoscopio de sensaciones que no se concretan en una cartografía precisa, ni en una sensación específica. 

Cada pincelada se antoja entonces un gesto adivinatorio, un ambiguo paso hacia la perfilación de un recuerdo o una alucinación. Uno no recuerda personas, sucesos y objetos propiamente dichos, sino las sensaciones que estos le provocaron. Sus connotaciones vitales dependen de su relevancia emocional y no del verdadero lugar que ocuparon alguna vez en el mundo. 

El realismo se revela como una pretensión alucinada y una construcción más ficticia que el resto de los estilos y concepciones creativas. La memoria es una reconstrucción perenne. El pasado es una (re)jerarquización perpetua marcada por cada experiencia que se acumula en el próximo segundo: es más mutable y ambivalente que el propio instante presente, que no deja de modificar su percepción.

Asumida desde un punto de vista inverso, la exposición puede resultar un panóptico desde el cual el pasado vigila, inquiere, sitia e impugna a Capó. Desde cada acuarela y cada película le discute su forma de recrearlo, restructurarlo y representarlo. Lo anega, lo desafía y le demuestra que el presente es solo su umbral efímero, y que todos estamos condenados a conjugar nuestras vidas en pretérito, a convertirnos en memorias de los otros, hasta que desaparezcan el último que nos recuerde y el último que nos olvide.

Las acuarelas y películas de Armando Capó reunidas en Guadalajara bajo el signo de la ballena no son un ingenuo muestrario del paisajismo contemporáneo cubano, ni un repaso cortés a parte de su filmografía. Bajo la luz multicolor de las marinas atemporales, las campiñas, y las tranquilas, añosas edificaciones, aguardan las sombras.  

De 'El hijo de la ballena', exposición de Armando Capó
De ‘El hijo de la ballena’, exposición de Armando Capó (IMAGEN Cortesía de Armando Capó)
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ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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