El niño José Kozer
El niño José Kozer

En cambio, mientras la Muerte lo cercaba los días se le hacían interminables.

Abundante la escritura y los libros, hacia el final no daba abasto, lee, escribe, sin embargo, se vio embargado de silencio, un gran silencio, una telaraña interior tejida por moscas y coleópteros callados, reveses de la ficción.

La ficción de la casa blanqueada todos los años en verano, la había heredado de sus padres y generaciones anteriores, limpieza y orden, ni una mácula en la mirada, las hileras de zapatos del padre, doce en total: zapatos de dos tonos, negros, carmelitas de tafilete, tela fuerte, cada par rozaba el suelo de la habitación, ni un escollo, al cerrarse la habitación, oír el pestillo, comenzaba la elucubración.

Zapatos que olían a pies descalzos, a talco, a sudor: eran manos, ¿estaría caminando en el cuarto en cuatro patas?

De aquella casa le llegaba de nación el silencio, schweig still. Voz de la madre, pisad ligero que papá está durmiendo, soñando con correas, la caballería polaca, las fosas de Katin, cinchas y obligaciones.

La mano curativa de la madre curando el impétigo raspando los golondrinos con alcohol, dolía como rayo, no caminar descalzo que te entran niguas por la planta de los pies que estamos en Cuba: no era buena cocinera, hacía un buen caldo de pollo, jewish penicillin, galletas dulces duras como la piedra: cuidó a sus hijos (dos) los cuidaría hasta el fin de los tiempos.

En aquella casa se hablaba de costos nunca de Dios.

Iba de visita a casa de los abuelos, almorzaba, dormía siesta, a la tarde bajaba a comprar pan polaco, kimmel, hogaza redonda y negra con alcaravea, un pan amargo como Israel (Eretz).

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La abuela Helena Deutsch vestía de sayo, se rapaba, gastaba peluca trigueña, pequeña de estatura, olía a latkes, cocinaba a carbón, severa, mujer sumisa, la sumisión era su fuerza, la muy mandona: Sara milenaria, Lía obediente siete años, orden de Labán, Raquel la bienamada.

El abuelo Isaac (Itzrok Katz) un tumulto de voces tribales, túmulo de Avrán, se había pegado un tiro cerca de la sien izquierda para quedarse sordo y librarse del servicio militar: se fue de Ternava, Eslovaquia a La Javana, vendedor ambulante de corbatas baratas, abrió una bodega, fundó con sus compinches una sinagoga (Adath Israel) los sábados me llevaba de la mano, me sentaba en la banca delantera a rezar: subía a la tarima, se cubría la cabeza con el manto ritual (taled) los flecos se mecían divididos, lucha entre el cuerpo y el alma, me imaginaba que su oración, voz estentórea, llegaba a los pies de Yahvé.

Mi padre David, lo he hecho legendario, aquí callo, lo dejo para otra ocasión, recordaré la segunda destrucción del Templo, el hecho en sí le importaba un pepino, agrio sin duda pero pepino.

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José Kozer (La Habana, 1940). Es uno de los poetas más prolíficos del mundo contemporáneo. El conjunto de su obra suma cerca del centenar de libros de los cuales el más reciente, Nulla dies sine línea (2016), intenta recogerla en su integridad. Ha ejercido la docencia en algunas universidades y traducido al español a poetas de las tradiciones inglesa y japonesa. A la par de un indiscriminado ejercicio de la lectura, ha llevado una reflexión crítica sobre antiguos y modernos, canónicos y emergentes, de la que dan fe los fragmentos de sus diarios, las entrevistas concedidas y los ejercicios en prosa en parte concitados en volúmenes como La voracidad grafómana: José Kozer (2002) y De donde son los poemas (2007). En 2013 fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

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