Dibujo de Camila Lobón (columna Putas Presas)
Dibujo de Camila Lobón

K se tiró en el suelo a todo lo largo y sintió miedo. Esperaba que ocurriera algo con su cuerpo. Doblarse del dolor, soltar espuma por la boca, despertar en otro lugar. Pero algo hizo que K corriera al baño y se indujera el vómito. Había sentido unas náuseas que comenzaban en los pies, algo denso y pesado, como si la jalaran desde el piso frío.

C escribía en su teléfono sin parar, hablaba con alguien, y sonreía. Estampada en su cara una risita nerviosa que a ratos C trataba de disimular mordiéndose el labio inferior. Aquello de mostrarse a merced de algo, o de alguien, era un problema para las dos. K no quería que C calara la dimensión de su sentimiento de culpa y de dolor. C no quería que K supiera cuán estúpida le hacía sentir su amante escuálido.

Pero aquel tiempo no era un tiempo normal.

Ese día K había salido del edificio temprano a buscar cigarros. La patrulla estaba justo en la esquina. Las marianas conversaban de espaldas al edificio con los oficiales. K siguió de largo, olvidó los cigarros, y dobló la esquina. Aceleró el paso hacia la calle Galiano. Unos minutos después, llamó a C: “Me escapé”, le dijo.

La idea de la fuga no había pasado por la cabeza de K. No esa mañana. Las marianas se habían descuidado, un descuido que quizás no se repetiría. Había que hacer algo. Pero qué. K comenzó a escribir a todos los amigos al alcance de su WhatsApp, caminaba por la calle como una demente en chancletas. El terror de que la estuviesen siguiendo no desapareció hasta que se montó en un taxi. Todos los taxis conducen al Vedado. Y ese destino ya fijado le recordó que a las diez de la mañana de ese día el abogado de su novio preso tendría una cita en la embajada de Polonia para entregar la solicitud de visa.

K llevaba más de un mes bajo el chantaje de la Seguridad del Estado. Su novio seguía preso en Villa Marista. Y la policía le había dejado claro que solo lo liberarían cuando ella tuviese una visa. Una visa para K. El exilio de K por la libertad de un hombre. Ese era el canje.

Cuando K llegó a la embajada, ya la policía la estaba esperando. Las marianas habían rodeado la embajada y esperaban a que K acabara lo que sea que fuera a hacer allí. En realidad, K no sabía qué iba a hacer allí. K se sentó junto al abogado en un banco frente a la embajada esperando ser atendidos. Ya le habían advertido a K que la diplomacia no funcionaba así. K debía tener una cita previa. Pero qué iba a entender una presa, recién fugada, sobre protocolos. Qué iban a entender los funcionarios polacos sobre putas presas. K se creía, necesitaba creerse, por encima de cualquier procedimiento protocolar, y permaneció en el parque.

Pasaron horas, y K nunca fue atendida. Las marianas seguían ahí, esperando. Había una patrulla en cada esquina. El silencio, la soledad, el sol y el absurdo de la escena la terminaron de descorazonar. Esta vez, K no se resistió. Se puso de pie y caminó directo el asiento trasero de la patrulla con la mirada perdida. Las migajas de las fuerzas que le quedaban concentradas en regresar a su celda con C. El seguroso se acomodó en su asiento, apoyó su brazo enorme en el espaldar y se giró hacia K. En ese momento, no dijo nada. En su cara se dibujaba una risa lasciva de placer, o de victoria. O de ambas cosas.

Lo que pasó después K no lo logra recordar. Amenazas, risas, chantajes, más chantajes, salpicaduras de salivas, gritos, regaños, alardes. Escuchó que su novio seguía preso a causa de su soberbia. Que un día más sin la visa de K era un día más de cárcel para él.

De vuelta a la celda, C trató de hacerle entender a K que ella no era la culpable de la prisión de su novio. Pero la cabeza de K ya estaba en otro lugar. Él estaba en Villa Marista.

Villa Marista, pinga.

Este país no existe. Pero Villa Marista existe.

Villa Marista, pinga.

Escuchó el grito de un preso. Y se hundió.

C la obligó a tomar agua. Mucha agua. En ese punto, el esófago de K estaba completamente quemado y no podía tragar nada. Cualquier cosa que pasara por su garganta resultaba tan espinosa como su propio sentimiento de culpa. C no paraba de reclamarle a K cordura. Trataba de sostenerla. Pero ella misma sentía lo disparatado de reclamarle a alguien cordura cuando se está así de quebrado.

Las dos estaban rotas.

K empezó a cerrar los ojos. C le rogaba que se mantuviese despierta. Entonces C buscó unos cubitos de hielo. Eso fue lo que alivió la garganta de K: el hielo o la deshidratación que provoca agosto. O ambas cosas. K no sintió sabor por dos semanas. Pero tampoco se sentía la vida.

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Una vez presas, en nuestra propia casa, no podíamos parar de fumar. Dejamos de usar las palabras “prisión domiciliaria” para usar “prohibición ilegal de la libertad”. Colgamos sábanas con letreros en protesta, en el medio del barrio Colón. El palomar, así le llamábamos a nuestra última casa en Cuba. Una azotea en la esquina del solar La California, con dos ceibas a los laterales, y con la dicha de poder ver la línea azul del mar. Nuestra casa era nuestro país, nuestra propia celda sin barrotes. Una vez nos llamó la tía, en su periplo salvaje para llegar a la frontera de México con Estados Unidos. “Están fumando como dos putas presas”, nos dijo. Ella se refería a lo que la ansiedad reserva para las mujeres encerradas que trabajan en la calle. Ella se refería a lo que la ansiedad reserva para dos mujeres reprimidas que trabajan con la libertad. Esta columna, escrita por Katherine Bisquet e ilustrada por Camila Lobón, cuenta lo que vivieron estas dos artistas durante su último año en Cuba, bajo el acoso y la violencia de la Seguridad del Estado.

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