Fotograma de 'Napoleón, Ridley Scott dir., 2023
Fotograma de 'Napoleón, Ridley Scott dir., 2023

A los franceses no les ha gustado, ni convencido demasiado, la visión que el veterano Ridley Scott ha propuesto acerca del más famoso general de la historia. Mientras sus restos descansan en el sepulcro de Les Invalides, la polémica ha envuelto a este filme de dos horas y media que desde su arranque nos dice que más que una biografía al uso de Napoleón, lo que veremos será un espectáculo que lo magnifica al tiempo que le critica, poniendo en tela de juicio e idealizando no sólo al célebre corso, sino además a todo aquello que como legado de la Historia creemos entender hoy a partir de su figura. Y eso, por supuesto, hecha más leña al avivado fuego de este debate.

El director ha respondido a las críticas y comentarios negativos con su habitual temperamento: “búsquense una vida”, sugirió a los reseñistas, añadiendo que “los franceses no se soportan ni a sí mismos”, tras leer probablemente lo que El Fígaro y otros diarios publicaron. A sus 85 años, viene de vuelta de todo, y no hay que olvidar que su debut ocurrió en 1977 con The Duellists, un magnífico filme de época, tras el cual saltó al futuro, estrenando Alien, en 1979. Scott es un director versátil, reconocido por las impresionantes atmósferas visuales de sus empeños (Blade Runner y Legend), creador de obras tan notables como esas o de títulos como Thelma and Louise, no menos aplaudidas. También, es cierto, ha estrenado películas menos atendibles, como House of Gucci, que no lo muestran en su mejor forma. Pero incluso por encima de ello siempre se las ingenia para regresar con éxitos al estilo blockbuster, como Gladiator. O acierta en su retorno a la ciencia ficción con Prometheus o The Martian, confirmando así que inventiva no le falta, ni afán de que los espectadores vuelvan al cine en pos de un espectáculo cargado de drama, aliento épico, intriga e intensidad. Un poco de todo ello se mezcla en este Napoleón. Y digo, con intención marcada, este, porque, diablo viejo que sabe más de cuatro cosas, lo que nos ha dejado ver en las pantallas es sólo una parte de un proyecto mucho más ambicioso.

Scott, famoso por sus “director’s cut”, ha prometido lanzar a través de Apple TV las cuatro horas del proyecto original, de las cuales ahora hemos visto solo una parte. Si tenemos en cuenta su relación con ese concepto de replanteo que él ha ayudado a popularizar, y tomando en consideración los cambios que ha introducido al reeditar sus propios filmes (Alien, Heaven Gates, etcétera), deberían algunos haber sido más prudentes antes de lanzar consideraciones apresuradas acerca de esta entrega. Si Napoleón es una figura de dimensiones faraónicas, no menos lo es el modo en que Scott ha querido representarlo. Y si algún señalamiento puedo adelantar precisamente ante lo que vi en el cine, es ese: que uno presiente que hay mucho más aún por ver, por descubrir en la manera que el director y su guionista (David Scarpa) han elegido una nueva biografía a partir de tantas otras biografías.

Desde la arrancada misma de esas casi tres horas, Scott deja clara su maniobra, presentando al joven corso entre los testigos de la decapitación de María Antonieta, lo cual es poco menos que improbable. El guiño quiere sobrepasar la veracidad histórica para subrayar la condición de espectáculo a que se nos invita, quebrantando una férrea noción historicista para dar paso al hecho cinematográfico a la manera de Scott. Ni la última reina de Francia lucía sus largos cabellos al aire durante esa mañana, ni llevaba un vestido como el que aquí luce la actriz que la interpreta. Colocar a Napoleón entre esa muchedumbre es el punto que nos reafirma la voluntad revisionista de la cual parte Ridley Scott. Y eso, que debería ser más evidente ante algunos cegados por la rigidez de otras aproximaciones, es una carta a la que apuesta todo, aunque a ratos gane en su juego, y en otros instantes se vea a punto de ganar la partida.

El as que mueve Scott en ese juego es, fundamentalmente, Joaquin Phoenix. Ya había sido emperador también en Gladiator, a las órdenes del mismo director. Pero los años han pasado, y ahora quien encarna al ambicioso militar es un actor maduro, con el Oscar de The Joker en su currículo, y aunque sea difícil creerlo de una edad más corta durante las primeras escenas, no cabe duda que Scott y Phoenix se han aliado para dar un retrato interesante y comprometido con la idea que ambos comparten de Napoleón. Una noción sombría, complicada, del hombre que va alimentando una megalomanía insaciable y que debe reinventarse tras cada batalla, ya sea como general, político, emperador, exiliado, ganador de batallas y perdedor de casi todo eso, hasta la muerte en Santa Elena. En los minutos finales (de un metraje que me sentí en el cuerpo mucho menos que las tres horas y media del reciente estreno de Scorsese), en su confinamiento final, Napoleón, redactando sus memorias, intenta hacer creer a unas niñas que juegan ante él que Moscú se rindió a sus pies. Y ellas le replican que no, que es de “conocimiento general” que los rusos prefirieron incendiar la capital y abandonarla antes que caer bajo su mando. Esa mezcla de mito y realidad, de leyenda y hecho auténtico, se han cruzado durante todo el filme constantemente. Los jóvenes, los que leerán la Historia, los que lo piensen como una figura no solo reducida a los lienzos de su gloria o los bustos y estatuas, podrán discutirlo, ir al fondo de esos espejismos y preguntarse de otro modo quién fue en realidad este hombre.

A Ridley Scott se le ha achacado desde el inicio de su trayectoria el gusto innegable por los golpes de efecto visual. Y eso acá no falta: desde la ya citada secuencia inicial hasta el supuesto bombardeo de sus tropas contras las pirámides en Egipto, aunque la batalla que dirigió en ese lugar ocurriese en realidad a varias millas de tales monumentos. Probablemente un director que privilegia a veces eso sobre tantas cosas no pudo resistirse a incluir ese plano, y sus devotos lo han de haber interpretado como uno de sus excesos habituales. Otro golpe de efecto, sin embargo más eficaz, es aquí la mirada que nos aporta acerca de Josephine Bonaparte, la primera esposa del protagonista, a la que él mismo coronó emperatriz. Vanessa Kirby no desaprovecha el rol, y se convierte en una aliada del espectador a lo largo del metraje, sacando lujoso partido de su química con Phoenix y poniendo al gobernante a sus pies en más de un sentido. Su desempeño como esposa, amante infiel, madre frustrada, esposa forzada al divorcio… resulta tan convincente como para atenuar los reproches que merecería el brevísimo tiempo en pantalla que se concede a María Luisa Bonaparte, la segunda esposa del emperador, o la ausencia total de Maria Walewska, su amante polaca, en esta primera versión. Otras ausencias sí son más graves, y han sido el origen de muchos de los señalamientos que con mano dura se han lanzado contra este proyecto de envergadura tan épica.

A los españoles tampoco les ha hecho ninguna gracia que las campañas napoleónicas que los implican ni se mencionen. Varias de sus principales batallas tampoco son aludidas, valdría señalar. Pero a eso habría que responderles que cuando el filme se detiene en otras, lo hace brillantemente. Mediante la poderosa fotografía de Dariusz Wolski, la edición impecable de Claire Simpson y Sam Restivo, y el soberbio trabajo de sonido que los acompaña, Napoleón describe de modo sin dudas espectacular el sitio de Toulon, la batalla de Austerlitz, el incendio de Moscú y por supuesto, el combate de Waterloo. Y el director saca partido de esas secuencias no solo para deslumbrarnos con su dominio de lo visual, con su garra para crear imágenes impactantes (algo que ya hacía en sus inicios, cuando rodaba comerciales), sino para tratar de develar mediante esos acontecimientos al hombre que está al frente de esos ejércitos, y su transformación progresiva en un político de ambiciones insaciables.

Que ello no esté logrado debidamente en este corte estrenado de Napoleón, es su punto más débil. Pareciera en ocasiones que las elipsis están determinadas por el afán de reducir todo lo plasmado en el guion a estas dos horas y media, y si las debilidades, dudas, flaquezas y arranques del protagonista afloran mejor durante las secuencias en las que se enfrenta no a las tropas armada, sino a Josephine, ello también se resiente ante las preguntas que el espectador puede hacerle a esta caracterización de Phoenix. Pongamos, por caso, la relación del protagonista con su madre, a la que alude tras su victoria en Toulon, y a la que vemos luego en el momento decisivo que marcará el distanciamiento con la mujer que él más ama, a pesar de las infidelidades de Josephine y la imposibilidad de que ella le dé el tan deseado heredero, sin que haya una descripción más honda de esa relación filial. Las tensiones políticas que aparecen como trasfondo de este retrato no poseen la intensidad ni la hondura de esos otros momentos. La película se hace mejor, por ejemplo, en el reencuentro de Napoleón con Josephine tras la campaña de Egipto, cuando él la interpela sobre sus amoríos y acaban estableciendo una suerte de pacto que confirma el lazo tan especial que los une por encima de cualquier rumor, induciendo otra visión de esa política amorosa en la que ambos se ven como aliados al mismo tiempo que como contrincantes.

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Si no debieran ponerse en discusión las libertades que como cualquier artista se toma Ridley Scott al reimaginar la historia, algunas de ellas sí que han motivado que el filme se perciba como antifrancés y probritánico. El diálogo entre el derrotado Napoleón y el duque de Wellington podría reafirmar esta teoría, en tanto esa conversación tampoco ocurrió en la realidad, y aunque su valor dramático es congruente con el trazado del guion, acaba asestando un rudo golpe al perfil que se ha ido construyendo ante los espectadores. En ese pasaje, así como durante las negociaciones del protagonista con los representantes del Directorio, del imperio ruso o el austríaco, se nos recuerda que la política es un juego de maniobras tan complejas como las del campo de batalla, pero al mismo tiempo, el doble de engañosas. Y que los seres humanos, sumergidos ya en esa corriente que impulsa el poder, acaban por retar a la Historia en pos de detenerla, de congelarla en un busto o en una estatua que al fin y al cabo también puede ser derribada. Ese fue, podría decirse, el gran error de Bonaparte, y cuando cae sobre su cabeza el revés final, ya queda atrapado en esa sustancia helada que su sed de absolutismo ha engendrado. El filme de Scott alude a ese error, lo prefigura, pero al optar por mostrar ambas caras del hombre al que retrata, queda a medio camino del dibujo, por gloriosas que sean las secuencias que se refieren a su genio militar. La batalla más terrible que Napoleón enfrenta es la batalla contra sí mismo, nos dice este biopic, y el resultado no se reduce a los gritos de victoria, ni a una corona del emperador que se entroniza a sí mismo, ni a la derrota que logre apartarlo a los silencios de la Historia, sino a una pregunta que perdura en el presente, y que se trasluce en el debate mismo que Ridley Scott ha suscitado.

Lo que nos recuerda Napoleón es que los hombres pueden pretender hacer la Historia, así como la Historia puede devorar a los hombres que la pretenden. Es este un retrato menos exultante que el de Abel Gance, menos edulcorado y romántico que el de Marlon Brando en Desirée y menos estoico que el de Rod Steiger en Waterloo, por solo mencionar algunas de las encarnaciones cinematográficas que lo han resucitado. Si la amplitud de sus pretensiones como espectáculo no se iguala al nivel de retrato sicológico que prometía, tampoco creo que el desbalance sea catastrófico. Habrá que esperar, insisto, a que las cuatro horas y diez minutos que el director promete liberar, nos den una respuesta más nítida acerca de este, su Napoleón. Y subrayo el posesivo, porque esta es una lectura revisionista concebida como trampa para más de un ingenuo. La frase de Joaquin Phoenix al respecto es francamente útil: “Si realmente quiere entender a Napoleón, probablemente deba usted hacer su propio estudio y sus propias lecturas. Porque si ve este filme, lo que verá es esta experiencia narrada a través de los ojos de Ridley”.

Napoleón no es una obra maestra, pero sin dudas es una pieza llena de provocaciones y entendida como gran cine. No es un retrato copiado de los manuales de historia, pero tampoco un lienzo que por su magnificencia visual nos impida reconocer en ese hombre a tantos otros generales y tiranos y dictadores que luego han sido, y es ahí donde el crédito final, que revela la cantidad de víctimas que murieron en las campañas del corso, deviene un recordatorio que a la vez es una toma de posición. Lástima que no muchos de esos otros Napoleones acaben en un retiro forzado en los límites de una isla semiolvidada en los mapas. Lástima que no alcancen las islas para confinar a quienes, hasta el día de hoy, repiten los mismos gestos con los cuales, sobre ese territorio que de tan frágil puede ser un lago congelado, creen que siguen haciendo historia.

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Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.

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