FOTO Waldo Pérez Cino

And what the dead had no speech for, when living,
They can tell you, being dead: the communication
Of the dead is tongued with fire beyond the language of the living.
T. S. Eliot

I

Éste es un poema más bien elemental o prosaico y en él, como su título vagamente sugiere, todos los personajes están muertos o están ausentes o están helados de frío, que no es a todas luces lo mismo pero a ciertos efectos resulta como si lo fuera. También es un poema sobre el frío y la nostalgia o la añoranza de lo que viene tras el invierno, o sobre el aburrimiento mortal del invierno, que es una manera de nombrar el hastío o incluso el dolor o hasta el miedo. Puede incluso que no sea un poema, bien puede que sea ficción o prosa –lo de prosaico que se encamina como una flecha perdida a su destino–, pero el caso cierto es que todos sus personajes, sus dramatis personae, brillan por su ausencia o se pierden en la oscuridad del olvido o en la oscuridad de la muerte, que a veces, como se ha dicho, pueden asemejarse a la oscuridad de la ansiedad o del miedo, que a su vez se parecen a la nada: ya se sabe que de noche, mientras dura la noche y no acaba, todos los gatos son pardos.

Todos los gatos son pardos o negros y su paso atraviesa la suerte.

¿Un poema, he dicho?

Da lo mismo, ¿no he dicho acaso que eso también da lo mismo? Lo que cuenta es lo otro.

II

Ahora bien: bajo ningún concepto habría que leer lo anterior como una declaración de intenciones. Entre otras cosas, y algunas de ellas resultan mucho más relevantes que ésta, porque lo anterior no es una declaración de intenciones. Y menos que menos (¡mucho menos!) habría que leerlo como la premonición o el anticipo de su final o de ningún final, como algo que condujera o anunciara su fin.

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Dicho lo cual, lo único que cae por su propio peso agregar es que no hay una manera precisa de leerlo. No quiere decir que el error o el malentendido, si lo hubiere, residan en ver esto en vez de aquello, una cosa en vez de otra. Al contrario: todos los personajes del poema están ausentes o están muertos y a la hora de leerlo o de asumir ese hecho, a la hora incluso de entender la declaración inicial de ese hecho, no hay nada que apunte hacia una lectura correcta. Y nada quiere decir nada. Lo que en última instancia quiere decir que no hay esto ni hay aquello, que no hay respuesta correcta y que ni siquiera saberlo apunta a ningún sitio, a ninguna dirección.

III

A veces, de noche, algunos gatos parecen más pardos que otros. Que es una manera de decir, dijo ella, que la felicidad tiende trampas que la razón no entiende, o que la felicidad y la lucidez se merman la una a la otra cuando se está en medio de la noche, de la nada (la noche, dijo, como oscuridad: no la noche del placer o la noche de la fiesta, no la noche de los amantes sin sueño). La oscuridad y la felicidad se llevan mal de la mano pero en cambio convienen, dijo, en atraerse una a la otra cuando las cosas van mal. Cuando todo se llena de los riesgos del que espera algo o del que no sabe cómo tomarlo, y se llega al punto en que el tiempo se cierra sobre uno mismo como una carpa china o una tienda de campaña, incluso a veces como un saco de dormir o el capullo de un gusano de seda. ¡No te rías! Hablo en serio, dijo. Y tú tendrías que saberlo mejor que nadie. ¿Qué sino la oscuridad llenó los días de la primavera pasada? ¿Qué sino la oscuridad llenó los últimos días de Ovidio y de Brodsky y de Ajmátova? Si estiras la mano y los dedos entran en la noche como en una niebla de algodón entonces estás en la oscuridad. Si estiras la mano y no ves la yema de tus dedos, estás en la oscuridad. Si estiras la mano y sientes miedo de perderla, de que una bestia imaginaria te arranque el brazo o los dedos, estás en la jodida oscuridad. Sobre todo si sientes miedo, sobre todo si sientes la respiración de la bestia, de ese animal extraño que acecha en la sombra el momento de aparecer y abalanzarse sobre cualquiera que tantee, que se mueva en la noche sin saber a ciencia cierta que anda a oscuras en medio de la nada.

Y si es a sabiendas, peor. Y si es creyéndote que no pasa nada, peor. Pero eso es imposible, dijo.

IV

Porque no me irás a decir que uno sabe de antemano cuando llega la oscuridad que te digo. No me irás a decir que uno es lúcido, o que uno prevé, o que uno sabe calcular cuando esa niebla algodonosa lo cubre todo como si al cielo se le enredara la lengua. No me irás a decir que eso se sabe, dijo.

Eso no lo sabe nadie.

Eso pasa y cuando aún no ha pasado se puede incluso temer, pero no se puede prever. Por eso no hay tácticas para andar en la oscuridad que te digo. ¿Que no hay tácticas, he dicho? Lo he dicho y es cierto, no hay tácticas: lo único que hay es instinto de supervivencia. Quitar la mano, quitarla de un tirón rápido cuando sientas que la bestia va a mordértela. El instinto que va parejo al miedo. Dejarla, cerrar los ojos y dejarla en el aire, suspendida en el aire como algo que no acaba de caer, cuando sientas que aun si la pierdes lo que cuenta, lo único que cuenta, es vencer tu miedo.

¿Para qué te estoy diciendo todo esto?

No tienes, dijo, ni la más repuñetera idea de lo que estoy hablando. No tienes ni siquiera, dijo, el valor de pensarlo.

FOTO Waldo Pérez Cino
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V

¿Qué fue lo que llenó los últimos días de Orestes, por ejemplo? ¿Qué fue lo que llenó los últimos días de Agamenón? Unos días que no fueron por supuesto los días de su vuelta a Argos, esos los habrá sentido como los días de su vida en ciernes, sino los días de su partida, los días antes de los diez años que pasó lejos. ¿Qué crees que haya sido? ¿No se te ocurre, verdad? Pues te voy a contestar yo: nada. El miedo. La oscuridad donde la propia mano se pierde en la sombra y saberla perdida no significa ser manco, no significa ser un héroe o un perdedor, no significa nada. Donde las manos pierden su dueño, dijo y una vez dicho esto se echó a llorar. Era la primera vez que la veía llorar. La había visto venirse y la había visto gritar pero ésa era la primera vez que la veía llorar. Donde las manos, balbuceó, donde las manos no son ya de nadie, ¿lo entiendes? ¿Lo entiendes o tengo que volver a explicártelo?

VI

A veces iba al baño y me miraba largamente en el espejo. Un espejo pequeño y ovalado que me recordaba el espejo que figura, a veces, en algunas tablas de los primitivos flamencos, el espejo que refleja al contador y su esposa o que refleja, una anticipación de las meninas, el caballete o parte del caballete donde el pintor desarrolla su trabajo. No sabía cómo salir de ahí. Me quedaba hechizado, perdido en ese espejo un rato y luego me ponía a hacer traducciones imposibles, traducciones de lenguas que no hablo a la mía y me quedaba tan contento. La lengua de destino que lo arregla todo. Las palabras en la lengua que uno conoce que lo arreglan todo. Por supuesto, cualquiera con dos dedos de frente puede arreglárselas para que parezca que ha traducido algo de una lengua que no es la suya y que no entiende a derechas. Incluso para creérselo. El espejo, pensaba a veces, sin imagen ni sombra, sin luz, debe ser como un desierto. Como un agujero negro o como un mar sin peces, un mar muerto y sin olas, me decía, el mar calmo. A veces pensar en el espejo donde unos minutos antes había contemplado mi cara favorecía, sin duda alguna, mi capacidad para la metáfora. Un mar sin peces, animales abisales sin branquias ni ojos. A veces, en cambio, me bloqueaba, o me bloqueaba no es el verbo: me desubicaba, más bien, como se desubicaría uno buceando en un mar del que no se ve el fondo y donde, por una regla escrita quién sabe cuándo o por quién, debe cerrar los ojos cuando se asoma a respirar. Buceaba en ese mar como un poseso. Nunca mejor dicho: como si fuera el espejo mismo el que me hiciera avanzar, o dar vueltas, o volver una y otra vez a ninguna parte, a su propio reflejo. A veces, buscando alguna de las metáforas que propiciaba la contemplación matutina. Y otras veces sencillamente moviéndome, sacudiéndome como se sacude uno cuando avanza bajo el mar, moviéndome o avanzando o creyendo moverme bajo el agua arenosa, turbia, de un mar sin peces.

VII

¿Y sabes por qué? ¡Claro que no lo sabes! ¡Claro que no puedes saberlo!

Y además, y cuando lo dijo se rio, te da miedo.

Yo no te lo voy a decir, que lo sepas.

Averígualo tú, si te atreves. Si tienes el valor o si tienes la suerte o si tienes la posibilidad, da lo mismo, de resolver tú solo el enigma. Si te atreves a abrir los ojos cuando salgas a por otra bocanada de aire para seguir bajo el agua, para seguir sacudiéndote sin nada que ver bajo el agua.

VIII

Sí, claro que la suerte cuenta, dijo. Y el tiempo. Y el ritmo. No se puede hacer como si la suerte y los años pasaran en balde. Todo eso cuenta, dijo, y todo aquello cuenta, y no hay destino más extraño que saberse encadenado a la suerte y los años como si fueran un ancla que tira de las piernas hacia abajo, algo que mientras más transcurre menos tiempo deja para reaccionar, que mientras sigue pasando deja menos espacio a la bocanada de aire, ¡ni qué decir a los ojos abiertos! ¡Ni qué decir a la posibilidad de sacar la cabeza fuera del agua y mirar!

Muchos años antes de estar aquí, pero eso no se lo dije, había pensado una vez en sacarme los ojos. Como Edipo, diría ella. No lo dijo porque no le dije nada, pero sé que algo así habría soltado: como Edipo, qué lindo, para que luego te lleven de la mano por el desierto ¿no? Pues supongo que no. O que habría respondido que no. Cuando lo pensé, es curioso, fue también frente al espejo de un baño, otro baño (mucho más grande, todo hay que decirlo) en otro país y otro tiempo, ante un espejo también ovalado (pero aquél en forma digamos que de avellana o de corazón, éste en cambio podría decirse que tiene forma de pepino o de habichuela, es más largo y más uniforme, como un espejo de pie que estuviera empotrado en la pared). El caso es que no recuerdo bien los motivos. Lo que recuerdo bien, en cambio, es la sensación o la voluntad o la pulsión, como se llamen, de arrancarme los ojos y recuerdo la reacción, algo como un clic, algo como despertarse de pronto y salir del sueño, responder automáticamente el timbre o acudir a la puerta todavía medio dormido pero ya fuera del sueño.

No sé si a salvo, pero ya fuera del sueño.

Ella creo que diría que ya con esa memoria, la oportunidad y la suerte y la noche, a rastras para toda la vida. Que eso queda. Que habré ido hasta la puerta ya con eso acompañándome, los primeros momentos en su compañía, que son tan relevantes como los primeros momentos de una historia de amor. Diría: Una vez que has sentido eso no puedes no haberlo sentido. Diría: Ya ha sido. Diría: una vez que ha pasado no puede no haber pasado. O no diría nada, me miraría como si nos hubiéramos entendido por fin y no diría nada, diría si acaso Pues mira: no seré yo quien te lo diga. Si tienes el valor o la suerte o sabes cómo, hazlo tú y no jodas más.

Y se quedaría tan campante.

IX

¿A qué viene todo esto?

Quién eres tú, debería decirle, para estarme diciendo todo eso. Quién eres tú, debería decirle, para que esté hablando todo el tiempo contigo. Para que esté hablando de estas cosas contigo. Y ya sé lo que dirá: No soy nadie, un fantasma. Un fantasma cuyo cuerpo has rellenado tú de carne y de huesos y de piernas largas. Una mujer que fuma sola en un bar y con la que te atreviste a hablar esa noche, y mira ahora, ahora ya no te atreves ni a mirarme. Ahora no sabes cómo sostenerme la mirada. Lo cierto es que así empezó todo, creo. Una mujer que fuma sola y luego alguna broma y luego deseo o más bien nostalgia, deseo del deseo, y luego la nevada, los días sin nada que hacer sino hablar, los días largos como el invierno que parece que nunca acabará cuando realmente, me recuerda ella a cada rato, acaba ahora de empezar.

La oscuridad y el invierno y la incertidumbre del invierno, dice, pero no le hago caso, no quiero. Así de simple, no quiero. La vacilación con que se mide, dice, el hielo en una pista de patinaje de estación, en un canal helado con hielo que todavía puede quebrarse y peces que no han acabado todavía de morir.


* Este fragmento pertenece a la novela inédita  “Panóptico de Rube Goldberg”.

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Waldo Pérez Cino (1972). Escritor. Ha publicado los relatos de La demora (1997), La isla y la tribu (2015) y El amolador (2015), varios volúmenes de poesía, recogidos en Aledaños de partida (2015), y el ensayo El tiempo contraído. Canon, discurso y circunstancia de la narrativa cubana (2014). Entre 2010 y 2014, fue beneficiario de la beca de investigación doctoral del FWO, Flandes, y en 2021 de la beca de escritura de la Fundación Cintas. Desde 2014 dirige los sellos editoriales Almenara y Bokeh.

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