Primer largometraje de la costarricense Nathalie Álvarez Mesén atrapa al gremio cinematográfico

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Fotograma de ‘Clara Sola’, Nathalie Álvarez Mesén, dir., 2022. CINEUROPA.
Fotograma de ‘Clara Sola’, Nathalie Álvarez Mesén, dir., 2022. CINEUROPA.

Tras su estreno en la Quincena de Realizadores de Cannes en 2021, el largometraje de ficción Clara Sola, ópera prima de la costarricense Nathalie Álvarez Mesén, acaparó de inmediato la atención internacional de la crítica especializada. Y luego del pasado viernes, cuando se anunció el estreno de la película en las salas españolas de cine, continúa recibiendo reconocimientos y generando debate entre cinéfilos y miembros del gremio cinematográfico.

Clara Sola ha tenido un excelente recorrido mundial, ha participado en varios de los más prestigiosos eventos fílmicos del orbe y ha estado acompañada por un sinnúmero de comentarios sobre el memorable trabajo de realización, la agudeza del discurso, la inteligencia con que se presenta fílmicamente y, por encima de todo, ha dado paso a alabanzas en torno a la vitalidad alcanzada en los últimos años por la cinematografía del país centroamericano.

Álvarez Mesén se junta ahora a un pequeño grupo de realizadores de Costa Rica que, en lo que va de siglo XXI, ha estado contribuyendo a solventar un cine nacional que debió esperar a la democratización propiciada por la tecnología digital, a la eclosión de las políticas de coproducción, y a las subvenciones ofrecidas por plataformas internacionales para iniciar una aventura estética desafiante, capaz de colocar su producción fílmica a la altura de lo mejor del subcontinente.

Coproducida entre Costa Rica, Suiza, Bélgica, Alemania y Francia, Clara Sola demuestra que el régimen transnacional que administra gran parte de la creación cinematográfica internacional no tiene que ser necesariamente negativo para los países del denominado “tercer mundo”. Al contrario, este consorcio resulta muchas veces una oportunidad para trascender las dificultades perennes de producción existentes en estas latitudes; como evidencia Álvarez Mesén en su propuesta, no atenta en lo absoluto contra la inventiva y la imaginación, antes, abre puertas para la internacionalización de una imagen auténtica de nuestras realidades y culturas.

Coherente con este espíritu colaborativo entre regiones del mundo, la directora reunió un excelente equipo internacional de producción y realización, algunos con experiencias en filmes de gran prestigio. Por ejemplo, su editora, Marie-Hélène Dozo, tiene entre sus créditos el aclamado largometraje francés Rosetta (1999), dirigido por los hermanos Dardenne.

Entre los resultados que ya viendo el filme de Álvarez Mesén se encuentran dos nominaciones a los Premios Platinos Iberoamericanos, que dan cuenta del impacto con que Clara Sola se abre paso en el mapa cinematográfico actual; fue incluida entre las obras finalistas en los apartados de Mejor Ópera Prima y Mejor Fotografía. Mas la participación en este certamen competitivo es apenas otro accidente en el largo camino recorrido, y todavía por recorrer, de la película. Sólo en España, al estreno en salas lo anteceden aclamadas proyecciones en la 66 edición del Festival Internacional de Cine de Valladolid, en el D`A Film Festival de Barcelona y en el Festival de Cine por Mujeres de Madrid.

La presencia de Clara Sola en tales eventos habla del alcance y el pulso de su registro estilístico y su honestidad discursiva, partícipes de las nuevas sendas franqueadas por los cineastas emergentes. Ya no es extraño encontrar directores debutantes de América Latina en los certámenes cinematográficos internacionales. Esa es una señal de que han cambiado las reglas del juego. A la emergencia de estas nuevas voces se suma la calidad de sus propuestas, e incluso la distinción y excepcionalidad que alcanzan algunas de ellas en el horizonte fílmico mundial, de manera que no es raro pensar que asistimos a un notable momento en el cine latinoamericano. Cada vez son más recurrentes y numerosos los títulos y los autores de estas geografías en los programas de Cannes, San Sebastián, Berlín, Venecia…

Álvarez Mesén nació en Suiza y a los siete años se trasladó a Costa Rica (la madre de la directora es oriunda de este último país y su padre de Estocolmo). Luego volvería a la nación europea para continuar sus estudios universitarios. La doble nacionalidad de la realizadora ha incidido, sin dudas, en su visión del cine y en la manera en que contempla la cultura propia de Costa Rica, sus entornos populares y las dinámicas cotidianas del entorno rural. Aunque su formación comenzó en el mundo de las tablas –cursó una licenciatura en Interpretación de mimo en la Universidad de Estocolmo–, su vocación estuvo siempre enfocada en el audiovisual. Mediante un programa de postgrado ofrecido por la Universidad de Columbia, en Nueva York, obtuvo una maestría en dirección y guion cinematográficos. A partir de entonces se ha presentado con sus cortometrajes en disímiles eventos y ha participado en los programas formativos Berlinale Talens, TIFF Filmmaker Lab y NYFF Artist Academy. Su película Filip (2016) llamó considerablemente la atención en el Palm Springs Shortfest, donde obtuvo el premio a Mejor película menor de quince minutos, mientras Asunder (2016), participó con éxito en el Festival de Cine de Telluride.

Clara Sola es una pieza singular en el paisaje fílmico de América Latina. Desde la intimidad de su protagonista, una mujer que escapa a cualquier estereotipo posible, la directora encara / desafía un mundo de valores patriarcales y religiosos en la remota geografía rural de Costa Rica. A partir del cosmos de emociones de este individuo que clama por la libertad de su cuerpo y su subjetividad, Álvarez Mesén esculpe una vigorosa obra cinematográfica a nivel narrativo y visual. El desembarazo expresivo con que la realización se adentra en las fauces de la cruenta realidad observada y el impacto emocional conseguido demuestra que cuanto verdaderamente importa a la dirección es el pulso y el nervio de la vida de su protagonista.

Clara Sola es, en esencia, una película de personaje: todo gira alrededor de la protagonista. La imagen resulta siempre tan física porque es el rostro, el cuerpo, los gestos de Clara, la forma en que camina, reacciona y contempla el mundo, el centro del diseño visual. La cámara observa cada uno de estos elementos para extraer de ellos el caudal de sensaciones que se estremecen al interior de esa mujer. El criterio expresivo del filme es absolutamente sensorial: la imagen presenta el transcurrir diario del personaje, sus anodinas acciones cotidianas, la manera en que contempla los árboles y se extasía con los animales; documenta sus percepciones más mínimas, porque ahí se expresa la profunda humanidad de ese ser deseoso de libertad. La relación entre Clara y la naturaleza –el único espacio donde encuentra refugio ante tanta opresión– se manifiesta en un código místico, surreal, fantástico a ratos, que ofrece la clave para comprender la dimensión de la felicidad anhelada por ella y la profundidad de sus sufrimientos.

Clara nació con una malformación en su columna vertebral que, paradójicamente, la ha convertido en una figura mística para la comunidad rural donde reside. Su madre, una anciana devota y autoritaria, ha aprovechado el padecimiento de su hija para hacerla pasar por una santa, y la obliga a oficiar como curandera en el pueblo. La religión es un sujeto dramático fundamental en el discurso del filme. El argumento gira en torno al tardío despertar sexual de la protagonista a sus cuarenta años y las implicaciones que tiene este hecho en las circunstancias de represión y santidad católicas en que vive.

Durante los preparativos para la celebración de los quince años de su sobrina, Clara comienza a experimentar una relación diferente con su identidad femenina, y a sentir deseos sexuales por el novio de la adolescente. Forzada a ser la viva estampa de la Virgen María a lo largo de sus cuarenta años, de repente un fuego intenso se abre paso en su interior, y sus instintos sexuales se despiertan y la empujan a una liberación que dejará secuelas desastrosas. Por más que su madre la obliga a permanecer en la castidad, ella lucha por romper las cadenas a que la somete su deformación y las convenciones morales dictadas por la religión.

El aspecto más memorable de la historia, quizás el que más debate ha generado, resulta la representación de la madre como encarnación de la autoridad y centro represor. Los hombres son personajes completamente episódicos; el entorno familiar esgrafiado en la narración es, a todas luces, un matriarcado. Clara no se opera –incluso cuando los médicos insisten en ello– porque el fanatismo religioso de su madre dictamina que su condición es obra divina. Nada importan sus deseos, sus esperanzas de usar un vestido similar al de su sobrina o la curiosidad de pintar sus labios para asistir a la fiesta. Cuando ella se masturba frente a las imágenes de la telenovela de turno, tal es el impulso de su cuerpo deseante, la madre aplica picante en sus dedos, e incluso, en alguna ocasión, los quema con la llama de una vela. Ese normativo cuadro filial dibujado por la directora se presenta, al cabo, como una contundente crítica a la reproducción de los códigos del patriarcado en los entornos religiosos por parte de las mujeres, y a la sujeción y la servidumbre a que pueden conducir las creencias.

Algo especialmente seductor en la estética esgrimida por Álvarez Mesén para trasuntar la ilusión de fuga de su personaje, es la combinación de realismo y fantasía en los planos narrativo y expresivo. La realizadora registra las dinámicas del entorno hogareño y del poblado bajo un criterio realista, de estirpe antropológico, mientras se reserva cierto misticismo –vinculado al cuerpo de creencias propias de la religión del territorio– para compendiar las aspiraciones de Clara, su fibra interior, su capacidad para emanciparse. Esos momentos “mágicos” no emanan de la subjetividad de la protagonista, aparecen ligados a la realidad en que trascurre la anécdota.

Con Clara Sola, Álvarez Mesén ha creado un personaje entrañable, que enaltece el imaginario fílmico de la región. Esta ópera prima muestra que es posible crear películas de incuestionables virtudes estéticas desde una mirada sensible a esos seres desconsoladoramente grises que pueblan nuestras realidades, lo que constituye también un modo de enriquecer los rumbos de la vida latinoamericana.

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Ángel Pérez (Holguín, Cuba, 1991). Crítico y ensayista. Compiló y prologó, en coautoría con Javier L. Mora y Jamila Media Ríos, las antologías Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Casa Vacía, 2017) y Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, 2019). Tiene publicado el libro de ensayos Las malas palabras. Acercamientos a la poesía cubana de los Años Cero (Casa Vacía, 2020). En 2019 fue ganador del Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas, en el apartado de Estudios de Arte y Literatura. Textos suyos aparecen en diversas publicaciones de Cuba y el extranjero. Vive en La Habana.

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