Pablo Milanés y Silvio Rodríguez
Pablo Milanés y Silvio Rodríguez

Hace unos días, Silvio Rodríguez cantó en el Zócalo de la Ciudad de México. Silvio el mito, Silvio el necio, Silvio la voz de la Revolución cubana y su presencia simbólica, Silvio la reliquia que se sostiene, aunque el mundo que evoque sea un mundo en ruinas. Dónde podría haber estado mejor Silvio que allí donde una nostalgia anquilosada se convierte en material de construcción para otros mundos que lucen y suenan paradisíacos, pero son en realidad delirios de Mesías demasiado preocupados por su propio legado y demasiado despreocupados de esos detalles desechables a corto plazo, esas cosas burguesas insufribles (piensan) que combinan humanos y derechos. Silvio tendría que estar fuera del sufrido territorio vendido como parque temático de la utopía para reavivar un repertorio ajeno al otro Silvio; el susurrante en un acto de repudio, el que dice que en Cuba democracia no hubo, pero eso también fue culpa del bloqueo.

Mientras, Pablo Milanés, que empezó en el mismo sitio, con la emoción de involucrarse en un proyecto de mundo por el que creía que era noble dar la vida y se volvió también la voz de aquel proyecto, que también insufló todo el continente con la utopía que ese mundo significaba, pero tuvo la lucidez y la coherencia suficientes para ir comprendiendo y para ser consecuente con la comprensión, iba a tener un concierto en un teatro en el que solo 300 entradas eran para público general mientras el resto eran para los “organismos”. Iba, porque el Instituto Cubano de la Música decidió, presión pública mediante, que el concierto se pase a la Ciudad Deportiva.

Silvio sale a México a cantar, Pablo regresa a Cuba. Esos vectores contienen una dirección y un destino y catalizan trayectorias divergentes; tan divergentes que se han superpuesto sobre las coyunturas y los accidentes en una imagen de la disyunción de un país entero. Silvio y Pablo corporizaron siempre una especie de gemelidad, pero una gemelidad asimétrica, como la que propone Levi-Strauss y que aparece en los mitos amerindios; una en la que no hay síntesis y en la que por tanto uno no puede llegar a ser nunca la antítesis ni la tesis completa del otro. Una que escapa a las soluciones de complementariedad; no hay aquí luz que contiene una oscuridad y se complementa con una mitad de oscuridad que contiene luz, como en la imagen del yin-yang. Quizás fue así durante un tiempo. Recuerdo discusiones sobre quién era el mejor poeta, o el mejor músico, o la mejor voz. Apostarle a uno o a otro era como definirse un poco, una especie de diatriba coffee-tea type. Pero era una diatriba estética, dentro de un conjunto en el que ambos eran los trovadores de la revolución. Cualquier matiz, incluso sobre los límites, estaba contenido dentro de esa unidad.

El espejo de esas discusiones hoy ya no es estético; es político. En lo político no cabe una gemelidad complementaria, porque estar de un lado u otro de la ecuación, es elegir estar del lado del poder o del lado de la resistencia. No hay equilibrio ahí, ni podría haberlo. La discusión es hoy tan política que Silvio puede incluso dejar de ser, a los ojos de quien lo consideraba así, pero lo identifica ahora más como un vocero propagandístico, un buen poeta. La pasión política demanda que todo se ajuste a su mirada y somete la realidad a sus juicios. No deja de ser una forma de pasión que, como toda pasión, va amoldando el mundo según sus pulsiones. También hay en ello un deseo de rehuir la disonancia que implica tener que desconectar la obra de quien la produce. Es una especie de tragedia difícil de mirar que quienes pueden crear imágenes que iluminan y abren caminos, no sean capaces de estar a su altura; que sean capaces incluso de traicionar por completo lo que han creado. Y esto por supuesto aplicaría a una parte de Silvio, a la que escapó a ser caja de resonancia de un proyecto que lo requería como ventrílocuo; la otra no resiste ni requiere mucho análisis.

Otro tanto puede pasar con Pablo; para muchos, haber sido parte de la banda sonora de la revolución lo volvió para siempre incapaz de redención. Desde esos ojos, no importan el aprendizaje o la transformación, y ahí Pablo se convierte también en la imagen de una forma de ubicarse en la tragedia común que nos corresponde: o radicales que intentan aplicar tabla rasa, para quienes no quedaría prácticamente nadie limpio de pecado, o personas que se reconocen parte de esa tragedia colectiva que nos ha tocado y pueden tener el discernimiento y también la empatía para reconocer procesos y transformaciones. La presión que durante los últimos días se ha hecho dentro y fuera de Cuba, en el espacio físico y el virtual, para que Pablo pueda tener el encuentro con quienes quieren escucharlo, es testimonio de que tenemos todavía posibilidad de que sea la segunda opción la que prevalezca.

Escucho, leyendo que Pablo tendrá el concierto en la Ciudad Deportiva, “Yo pisaré las calles nuevamente”, la canción que Pablo escribió sobre el anhelo de los chilenos de pisar sus calles libres de la dictadura después de tanta muerte y tanto exilio. En esas radicalidades de un lado y del otro que no conceden a Pablo, ni a nadie, la posibilidad de la transformación, la comparación de Cuba con Chile es un motivo recurrente. De un extremo, los que dicen que la dictadura cubana es mucho peor que la de Chile porque ha sido también sangrienta y ha durado más; del otro, los que insisten en que, a menos que sea como la dictadura chilena, la cubana es todavía legítima. La manera en que el segundo argumento se sostiene a medida que la violencia estatal escala, es de una frivolidad horripilante.

Frente a algo así, una reacción inmediata nace del principio de inconmensurabilidad de los derechos humanos. No hay una escala medible del horror; no hay violaciones más graves que otras, y quien las sufre no encuentra excusa o consuelo en pensar que “pudo ser peor” o que “en otros lugares es peor”. De hecho, no solo no suenan a consuelo. En las bocas de los violadores, tienen un perverso tinte de amenaza. Sin que esa necesidad de demostrar cuál dictadura es peor y por tanto cuál no es, frente a ese espejo, tan mala; o incluso cuál es de hecho buena y noble –que tampoco faltan quienes pretenden eso sobre la dictadura chilena; sobre la cubana ya sabemos qué dicen sus defensores—“Yo pisaré las calles nuevamente” da una respuesta que no tiene que decir nada más y ni siquiera es una respuesta.

A medida que el concierto de Pablo Milanés se acerca, fragmentos de esa canción aparecen en las redes. Las calles que serán pisadas nuevamente son ahora las de Cuba. Después de haber servido para hablar del dolor (“me detendré a llorar por los ausentes”), del anhelo de libertad y de justicia (“renacerá mi pueblo de sus ruinas y pagarán su culpa los traidores”) de Chile y otros países, esa canción habla ahora de Cuba. No hay mejor testimonio de que la poesía puede crear puentes que la política por sí sola puede solo atisbar. Ahí hay que agradecer a Pablo, por intentar ser él mismo puente para avenidas que no dependen ya de los autores ni de las obras, sino de las trayectorias mismas de la libertad.

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