Sloterdijk bajo el sol cobarde de Madrid (en el filme más reciente de Jonás Trueba)

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Fotograma de ‘Tenéis que venir a verla’, dir., Jonás Trueba, 2021.
Fotograma de ‘Tenéis que venir a verla’, dir., Jonás Trueba, 2021.

En las películas de Jonás Trueba los personajes están todo el tiempo al borde de ese momento límite para nuestra conciencia en que un chispazo de vacío nos permite despojarnos del ruido de existir para preguntarnos “¿qué sentido tiene todo?; ¿para qué estoy aquí?” Un instante raro, del que solemos salir a toda prisa, pero en el que esos caracteres gustan detenerse.

Tales momentos, que a menudo son corolarios de la soledad individual, arrastran a los protagonistas de La virgen de agosto (2019) en su errancia hacia el amor en un Madrid vaciado por la canícula de lo más severo del verano. Para ellos, esos momentos se traducen en silencios, en no saber qué decir ante el otro, en esperar por un gesto que deben imaginar qué significa. Para Trueba, el ser es siempre ser-en-el-mundo, esa formulación heideggeriana, pero ello supone además descubrir el propósito de cada uno.

Esto último, que Trueba despliega ajustando sus puestas en escena a la idea de que no hay cosa más allá de lo concreto, puesto que desde allí se desprende lo trascendente, es el neuma de Tenéis que venir a verla (2021). Una película que a su manera es la continuidad de La virgen de agosto –la Itsaso Arana que interpretó a Eva en el filme de 2019 tiene ahora una relación estable con el Vito Sanz que hizo de Agos, con quien empezaba algo. Aquí son los mismos, pero se llaman Elena y Daniel.

En Tenéis que venir a verla el tiempo no es ya el del cíclico verano paralizante, sino el momento de sopor pospandemia en Madrid. Todos están despertando a la idea de ser sobrevivientes a un cataclismo. Ello lo aboceta Trueba con esa secuencia-pórtico de ocho minutos y medio en que el pianista Chano Domínguez interpreta en vivo “Limbo”, una pieza que, como él mismo confiesa, nació de la incertidumbre del confinamiento, el miedo y el olor a muerte.

Durante la secuencia, mientras la cámara deambula sobre los rostros de la pareja protagónica y de sus amigos, Susana (Irene Escolar) y Guillermo (Francesco Carril), Trueba ejecuta el embrujo de la ficción con herramientas prestadas de Werner Herzog. El demonio bávaro aseguró a Paul Cronin en Herzog on Herzog que la secuencia inicial de su película Fata Morgana (1971), que consiste en ocho tomas de igual cantidad de aviones tomando tierra en la pista del aeropuerto, califica como una clasificación de espectadores.

“Tuve la sensación de que el público que para el sexto o séptimo aterrizaje continuase viendo, se quedaría hasta el final. Esta escena inicial clasifica al público, es una especie de prueba. Mientras el día se hace más caluroso y el aire se vuelve cada vez más seco, las imágenes se hacen más borrosas, más impalpables. Algo visionario se inserta (algo como un sueño febril) que se queda con nosotros durante toda la película. Éste fue el motif de Fata Morgana: capturar cosas que no son reales, que no están ni siquiera realmente allí”, reflexionó.

Pero hay un segundo propósito en ese segmento: hipnotizar al público y trasladarlo a un estado desplazado de conciencia que no es el de la percepción natural de las cosas. Eso, que Herzog llevó a su máxima expresión hipnotizando a todos los actores de Corazón de cristal (1976), es el propósito de la película de Trueba: mientras el piano de Chano Domínguez hipnotiza a sus personajes, sus esencias se derraman como espejismo que atrapa al espectador.

Y luego aparece un fantasma. Ambos protagonistas escogen como lectura de estos meses agrios Has de cambiar tu vida, libro de Peter Sloterdijk. En él, el filósofo se extiende en su argumentación en torno a la “antropotécnica” y en su arenga por alcanzar la armonía entre la “mejora del mundo” y la “mejora de uno mismo”. De fondo, Sloterdijk parece llamar a un reencantamiento del mundo en respuesta a Nietzsche, después que la religión, la política y el arte perdieran su poder de convocatoria sobre la voluntad del ser humano.

Con todo lo anterior, ¿qué noción del arte como instrumento de redención propone Trueba? Sus personajes se despliegan en dos actos apenas: el reencuentro de ambas parejas en Madrid, tras largo tiempo sin verse; la visita devuelta por los capitalinos a sus amigos, desplazados a las estribaciones de la Sierra madrileña, con el monte Abantos como horizonte.

En ambos momentos hay, como sugirió en entrevista el propio director, ligereza, un dejarse llevar, un hacer-en-el-tiempo que parece verificar las similitudes del cine de Trueba con la noción de la duración fílmica de Eric Rohmer. En esa aparente simplicidad, los personajes se enroscan en una discusión sobre las tesis de Sloterdijk, y la Elena de Itsaso Arana arenga sobre las figuras de una nueva ética del existir inspirada por el filósofo alemán, mientras todos disfrutan de un asado y luego se internan por el prado verde que circunda el pueblo.

Después de semejante trayecto, Elena tiene ganas de orinar. Se mete en los arbustos y se agacha, para romper a reír intempestivamente, como si el chispazo de vacío que dije arriba la golpeara con la pregunta más definitiva. Es entonces cuando el tercer y brevísimo acto revela al equipo de rodaje en sus faenas, visto desde fuera del limbo, en un pietaje en súper 8 que acaba por olvidar a los personajes, sus historias, la trama argumental, y se detiene en una brizna de hierba por la que trepa una mariquita.

Para Trueba la vida está primero que el arte. Este es no sólo su refracción, sino sobre todo su complemento. La prueba es que su cine opera como un medio de conocimiento que puede invocar a Sloterdijk allí donde este hace suya la demanda de otro filósofo alemán, Hans Jonas, quien subrayó en su libro El principio de responsabilidad: “Actúa de tal manera que las consecuencias de tus acciones puedan ser compatibles con la permanencia de la vida humana sobre la Tierra”. Eso que Sloterdijk completa concluyendo que para cambiar el mundo primero debes cambiar tu vida.

Con ese propósito, Trueba hace una película y yo escribo una reseña a partir de ella. No sabemos si él o yo cambiamos algo, pero por lo menos ese gesto me cambia a mí. Jonás, voy a ir a ver la siguiente.

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