Radu Jude presenta una gran epopeya poscomunista para que no haya más cine de ajustes de cuentas, para que Ceaușescu descanse en paz donde quiera que esté.
La imagen de Maykel Castillo descamisado, puños arriba, con las esposas abiertas frente a una multitud que grita “Díaz Canel, singao”, contiene el grito de libertad más puro que los cubanos hemos escuchados en mucho tiempo.