‘The Arrival of Spring in Woldgate, East Yorkshire’, David Hockney, 2011

A diferencia de la hoja, del animal, sólo el hombre puede construir y analizar la gramática de la esperanza.
George Steiner

Esta mañana bajé al patio trasero o jardín (colectivo) del que me separa, por detrás de la casa, una pequeña escalera de piedra amarilla. La temperatura estaba algo más fresca que ayer: unos 19 grados Celsius, y las aves entonaban sus cantos mañaneros –dicen que con más fuerza y variedad ahora que ha cesado el ruido de la ciudad–. Las ardillas bajaban y subían por los cables –como si fueran una canal– hasta el pino de enfrente; las flores de la Tibouchina lepidota se habían desperdigado sobre la yerba por el viento de anoche, y pensé en este año sin primavera, la falta de una primavera que no es climática (sino pandémica). Recordé el libro de Marcelo Cohen –Un año sin primavera (Entropía, 2017)– que leí hace algún tiempo.

Este diario comienza con un mensaje de su amigo poeta Chris Andrews, quien le cuenta al autor que había viajado a Inglaterra y que se quedó aturdido porque la primavera llegaba: “muy tímidamente (con unas pocas flores) mientras que aquí –en la Argentina, compara Cohen– en este otoño luminoso y tibio, de timidez, nada”. Y, algo después, recibe el libro de Andrew Silla verde lima (Lime green chair). Es este el momento en que Cohen comienza a preocuparse cada vez más, por las isobaras –palabra clave también para mi madre–, que se enmarcan dentro la frase más usada dentro del repertorio de “el tiempo que hace” produciendo, a su vez, “un trastorno afectivo emocional” porque: “nada más ideológico que el tiempo que hace”, dice Roland Barthes.

La hora que se adelanta o atrasa nos afecta, hasta que nos volvemos a acostumbrar al nuevo ritmo; y las variables atmosféricas de temperatura, presión y humedad: “llueve, hiela, truena”, dejan de ser sólo condiciones de un paisaje cotidiano. Personalmente, me fijo en si lloverá o no, por su repercusión en las alergias que padezco. También cuando veo, en el mapa del tiempo, aquellos “nuditos grises” que pronostican viento, entonces, no salgo. A esos vientos de marzo en la cuaresma –los llamados “vientos de cabaña”– les temo mucho, pues, según dicen, pueden enloquecernos. Así que estas variables, determinan más cosas en nuestras sensaciones que las meramente corporales.

De eso trata este diario-meteorológico-poético, donde Marcelo Cohen relata su llegada a Nueva York, el 26 de agosto del 2014: a un Nueva York con 90 grados Fahrenheit, que serán unos 32 Celsius. Visita la galería Pace donde exponen The Arrival of Spring de David Hockney –paisajes solitarios, bosques, flores– y se empeña en relacionar diferentes poéticas en las que autores diversos –Wallace Stevens (“The Poems of Our Climate”), por ejemplo, o las improvisaciones musicales de un trío de percusión, piano y viola– conjugan las estaciones con las áreas de baja presión, con los partes que emite Jennifer Correa por la televisión, y la marcha de un domingo contra el cambio climático a lo largo del Central Park West para llamarnos la atención sobre: “el poco tiempo que queda para frenar un descalabro planetario”.

Y nos comenta Cohen: “Nunca leí nada igual a la coalición de conocimiento, atención razonada, obstinación científica y retórica de la imaginación” como las reflexiones sobre los viajes en Tristes trópicos donde su autor interroga sobre: “¿cómo la pretendida evasión del viaje podría conseguir otra cosa que ponernos frente a las formas más desgraciadas de nuestra existencia histórica?”. O, cuando en el fragmento “Escrito a bordo”, texto con más de seis páginas, Lévi-Strauss relata minuciosamente la diferencia entre el nacimiento del día y el crepúsculo.

La advertencia de Un año sin primavera sobre el descalabro climático en el que la acción del hombre ha puesto al mundo, recae, hacia el centro de sus páginas, en la literatura como en el hoyo de un campo de golf, que se vuelve tema principal cuando menciona párrafos de A Girl in Winter, de Philip Larkin, o La sequía, El mundo de cristal y El mundo sumergido, de Ballard. Pero, sobre todo, cuando retoma un texto de Lisa Robertson —The Weather— que plantea cómo: “un espacio ilusorio alternativo requiere un lenguaje sincero”, porque “no existe poesía que amplifique la realidad (la nuestra) sin fantasía”. Y apretando este nudo entre autores y textos, Cohen amarra las fantasías de otros para lograr una emoción (plural) sobre la naturaleza en la que insiste, ante todo, en el lenguaje como la mayor herramienta evolutiva hacia la supervivencia. Ya que, un futuro incierto reclama aún más esa contrapartida en avanzada del lenguaje, apelando a la fantasía de su sinceridad.

Así como buscar a toda costa los reductos de sensibilidad que nos quedan donde “crecería entonces algo ahíto de dolor llamado fantasía” (Arturo Carrera), a través de un ensayo de Anne Carson –Decreation— sobre tres escritoras, donde la autora emprende el desmontaje de la criatura que llevamos dentro; o del desprecio de Baudelaire por el desorden de la naturaleza; o del poema “La lluvia” de Eduardo Wilde, o el de Mirta Rosenberg de igual nombre.

Desplazándose, desde estas variables poéticas –que incluyen a Platón– a su propia descreación, moviéndose entre múltiples direcciones, autores, y épocas, Cohen busca un sentido que ampare el conjunto del libro: “cada vez que se difunde la palabra sinsentido vuelve la inquietud por un sentido que alguna vez existió”, lo que da lugar: “a los fundamentalistas religiosos o laicos”, pero sobre todo –como nos muestra Un año sin primavera— al arte.

Y es aquí donde el diario también adquiere un sentido –no sólo para los cambios atmosféricos, sino también para los humanos y literarios–, da un giro político, y se adentra en el mundo de las “poéticas” para resguardarse de eso inmediato político que lo persigue al inicio, y que regresa hacia el final. El libro concluye en el encabalgamiento de noticias sobre la situación de los mares, de la contaminación y de la barbarie del presente que –como ahora comprobamos con esta pandemia 2020– nos ha empujado hacia la culminación de una irreversible destrucción.

Hacia el centro, Un año sin primavera tiene su mejor momento, en una variable intensa de las posibilidades de este clima creativo que, aunque no nos salva –“la poesía no es que salve”– nos traslada entre los poemas de Charles Bernstein que muestran “la atrofia de lo real”, los de John Ashbery que se deslizan como “travellings de una conciencia desenfocada” y termina por mencionarnos cómo buena parte de las memorias de Henry Darger están dedicadas a la llegada de un huracán en su infancia, pues: “no solía hablar prácticamente de otra cosa que no fuera del estado del tiempo”.

II

Como podía haber dicho Agustín
vivimos en dos paisajes
uno eterno y divino
y otro solamente el patio trasero.
Charles Wright

Vuelvo a bajar al día siguiente y salgo del confinamiento en el que estoy hace tres meses ya, pero sólo hasta esta porción de naturaleza reducida a un patio trasero. Piso la yerba que otros pies pisaron antes que los míos; arranco una mala yerba que se enrosca sobre mis talones y la dejo sobre el pino que, a pesar del último huracán, ha vuelto a crecer. Comprendo que el libro de Cohen toma otra perspectiva más allá “del tiempo que hace”: la de querer resguardarnos a partir del lenguaje del apocalipsis (externo e interno que nos rodea), cuando la destrucción es el resultado no sólo de las cosas que hacemos, sino también de las opiniones que escogemos y que están, ante todo, en nuestras mentes: en los alimentos que consumimos como presuntos salvadores, en los preservantes que no nos preservan de nada, en los falsos rituales que abaratan la fe.

Una fe mal habida que llega ahora convertida en un virus: toca en las puertas, choca contra las suelas de los zapatos; contamina los metales que antes brillaban y, supuestamente, nos protegían; y se queda entre las manos que, desde que la especie comenzó su desarrollo hasta llegar a donde estamos, nos sirvieron, pero, ya no. Esas manos que por tanto lavárnosla, intentando detener la epidemia actual, se despellejan, y tendremos luego que cubrir con otra piel postiza, plástica. Otra piel que necesitamos tanto como las fantasías perdidas –bajo falsos presupuestos de sinceridad–, para aguantar el golpe que la naturaleza nos da al intentar regularla, mientras creemos, ingenuamente, en su “indulgencia”.

Un año sin primavera nos lanza sobre la gran interrogación de si hemos sido indulgentes con ella. Sabemos que no, que no lo hemos sido, pero ni sospechábamos que nos tenía guardada esta contrapartida cuando provocábamos al tiempo que hace, arbitrariamente, rompiendo: “el equilibrio mítico de lo social” –como lo llama Lisa Robertson–. Y, “ahora que estoy en estas cosas” -enumera, Cohen– la falta de medidas, y los daños irreversibles causados a nuestro imaginario –añado: a nuestros pulmones–, se suma la falta de protecciones para la supervivencia en todos los terrenos, incluyendo, el poético.

Entonces, Cohen habla de “pararrayos humanos” como ejemplos de “una trascendencia por negación” que la poesía –esa medida intermedia entre el cielo y el suelo– proporciona: un pararrayos contra los desastres. Tal vez, por eso, en este momento de cambio de un estilo de vida de derroche en el que estábamos inmersos sin pensar las consecuencias, tantos poetas leen sus poemas por las redes sociales a modo de pararrayos. Porque, sólo el lenguaje puede ser: “el generador y el mensajero del mañana (y desde el mañana)” (Steiner).

III

Igual que la supervivencia de un cuerpo depende de una relativa estratificación o gradería, “en la poesía […] resuelven las capas”, afirma Cohen, para luego preguntarse: “si sólo es real en relación al lenguaje y si las nubes, esos olores han sido y serán antes y después de la realidad única del poema”. Adentrándonos, a través de ejemplos, en la certeza de que la literatura no está hecha de lo infalible, sino de lo “no falible” –a lo que se refería Foucault–, nos lleva hacia una zona donde: “no hay azar, solamente hay citas” (Paul Éluard).

Y en esta estratificación del cuerpo de la escritura pensamos, como en The Seven Ages de Louise Glück, en si “tendríamos al final, solamente el clima como tema y si ¿había habido alguna vez algo?” fuera de esa estructura binaria creada por el poeta cuando conjuga lo finito e infinito: “el tiempo que hacía. El membrillo.” Pues, el membrillo del verso de Glück le da tiempo a lo “no infalible” de Foucault de convertirse en fruto: una imagen que se integra a un espacio que también es un sonido que se extiende, y cae. “Que no es que me haya sucedido a mí. Fui sucedido por eso. Fui una ocurrencia y de esa ocurrencia soy fruto” –dice, Cohen, cuando el membrillo deja de pertenecer al árbol y se convierte en suyo.

Esta posesión inmediata de lo que la naturaleza nos da “no se puede fingir”, pues “separa las intenciones del hacedor y es contagiosa”–concluye–. Contagiados así del sabor amargo y la dulzura que viene por contrapartida del membrillo, estamos contaminados de lo mejor y de lo peor que haya cuando la naturaleza nos enfrenta a su poética: finalidad del árbol sobre el fruto y de nuestra mano al acogerlo. Nada más indulgente que este búmeran. Nada más ideológico que el tiempo que hace –repito.

Cuando “la idea potencialmente peligrosa de una naturaleza distinta del humano empieza a perfilarse en una coalición entre el ciudadano y los animales, la vegetación, los minerales y la atmósfera” –Cohen nos asegura que– “la atmósfera se transforma en un sujeto”, y trata de apresar dicho sujeto como partículas suspendidas por todas partes en las palabras “como en la física de partículas, existe la materia y la antimateria” (Steiner).

Por ejemplo, cuando menciona las páginas que tradujo del diario de J. A. Baker sobre los diez años que su autor pasó observando a un halcón, contrapuestas al poema de Ted Hughes “El halcón en la lluvia”, la violencia del poema cambia radicalmente su apreciación sobre el ave en relación con lo descrito en El peregrino. Porque, cada subjetividad desarrolla una atmósfera que varía –como las isobaras–, y el concepto de arte entre el sujeto y el objeto; entre la materia y la antimateria es “lo que está en ti más que tú” –dice, un verso de Tamara Kamenszain.

En el mar de plástico –y otros desechos contaminantes– en el que se encuentran el planeta –y el sujeto–, Cohen advierte que no será fácil hallar sensaciones verdaderas. Y, por eso, durante este recorrido apela al lenguaje como instancia protectora contra los avatares de lo real. Un año sin primavera es ese intento desesperado de colocar en la mirilla aquella mirada que el hombre abandonó sobre la naturaleza, creyendo no ser parte de ella ya, y suplantándola por una parafernalia inducida para controlar desde múltiples formas. Pero, al tratar de huir de lo irremediable, el libro trota hacia el final de sus páginas sin poder concluir más que con noticias del presente, a sabiendas de que “dar cuenta de un periodo de realidad sería cosa de no acabar nunca”.

IV

Primavera, verano, otoño, invierno…y otra vez primavera, película de Kim Ki Duk

También estos meses sin primavera son cosa de no acabar nunca. Cada vez se demoran más, como si subieran una pendiente interminable entre los días esperando, el clímax. Sería imposible seguir las secuencias del crecimiento del joven monje y el niño en el reflejo de las estaciones en el templo flotante de: Primavera, verano, otoño, invierno…y otra vez primavera. Sólo ese ritornello es lo que esperamos con ansiedad, perdiéndonos las enseñanzas que convergían en un tiempo que no existirá, en este año cortado de cuajo. “Bueno, en cierto modo parece irreversible, así que habrá que acostumbrarse a una nueva normalidad”–ha dicho Michio Kaku.

Ya temo bajar al patio trasero, y las piernas se me entumecen por no caminar. Las yerbas y la tierra reclamaron una detención del tiempo. Esa detención (nuestra): el resto de las especies disfrutan de una primavera que nos está vedada. Cada amanecer, leo las noticias donde las cifras de muertos crecen, advirtiéndonos de que pronto se acercarán más y más a nuestro alrededor: acorralándonos. ¿Cómo bajar al patio trasero? ¿Cómo bajar al texto? ¿Qué reflejo dejar en las aguas de un templo?

En la larga relación de autores enfocados en este dilema de la supervivencia entre la vida y el arte, Cohen menciona a Latour que propone un “parlamento de las cosas”; Levi Bryant, una “democracia de los objetos”; Graham Harman, “una filosofía que libere a los objetos de la sombra de la conciencia humana”; Quentin Meillassoux, “la correlación entre el sujeto y el objeto”; Nicolas Bourriaud, “un arte para el que todo lo que existe sea sujeto”. Pero ¿acaso contemplaron, este momento donde sólo el tiempo pasa sobre un sujeto recluido, y con unas manos que no pueden hacer nada más que intentar salvarlo a destiempo?

Observo, desde los cristales de la ventana cerrada, el patio trasero cubierto ahora de una yerba seca, crujiente. Los vecinos lo usan como si fuera un campo de tenis o una playa. No he vuelto a bajar. No obstante, el encierro no nos asegura la salvación con relación a un virus que tan letal se vuelve, a pesar de ser destruido por un poco de jabón y agua. Hay un misterio que no se puede revelar y del que sospechamos índoles diversas; procedencias infinitas con las que especulamos cada día al contabilizar las pérdidas. Pero, aún tenemos la autosuficiencia –junto con la certeza– de que la especie no merecía esto; todavía vemos lo que está pasando sin creer que también nos involucra o nos tocará, y sin sentirnos para nada culpables.

Entonces, aislados más que nunca –aunque conectados también más que nunca por el Internet–, soñamos en que las oscuras golondrinas, volverán. En qué, en medio de la desgracia, tenemos un lugar privilegiado cuando hay agua, luz, y comida –papel y bolígrafos– en nuestras casas, pensando en esa diferencia con los que no tienen nada como un triunfo. Cercados de aquel otro ser humano como enemigos, soñamos que cuando menos lo imaginemos, la yerba cambiará su color: del ocre al verde. Que llegaremos al otoño sin haber pasado la primavera ni el verano, o que cruzaremos directamente hacia el invierno: “cómo pensar en algo que existe totalmente afuera del pensamiento humano, un mineral… una estrella”–se pregunta, Meillassoux–. Una normalidad –digo: la salida de una pandemia.

Infiero que el pensamiento y la literatura de lo que vendrá no podemos ni suponerlo, aunque preparen simulaciones de las distancias que habrá entre los espectadores, en los cines de Italia: las butacas quedarán lejos. O modelen cómo serán los paseos por edades y de uno en fondo, en España. O cómo funcionarán los bares, las tiendas, los mercados: los viajes. Un nuevo mundo medido al máximo surgirá de las irresponsabilidades que ocasionaron la devastación de este. Para los jóvenes habrá una idea precaria y hasta un borramiento de cómo fue aquel pasado para proyectarlo en la supuesta reconstrucción de un nuevo estilo de vida. Para los que somos viejos, el futuro estará acortado por verbos de una distancia inalcanzable, y la pregunta: “¿y después?” –que siempre me ha obsesionado– quedará suspendida como una gota contaminada en el aire.

Y, supongo que Un año sin primavera, el profético libro de Marcelo Cohen, antesala de esta catástrofe, tendrá una saga también, tal vez con un final ¿más grave o esperanzador? Con textos aún más crudos sobre la naturaleza, el desarraigo, los inmigrantes, y las poéticas, donde el sujeto haya perdido vestigios de su lirismo contra esa lluvia de metal que bajará al fugarse de alguna planta de robots. Conviviremos más con ellos que con otros seres humanos (como convivimos prácticamente ya más con los aparatos que con las personas).

Por Gmail, me llega el correo de un gran amigo: “Veo que la comida se está acabando […] lo que viene es lo que nadie se atreve a decir: motines y violencia producto de la escasez […] una dictadura a nivel global en respuesta a la hambruna, el gran desarraigo poblacional, la violencia generalizada, y la gran mortandad. Ojalá me equivoque”. Y, pensando en qué podríamos hacer para que mi amigo se equivoque en su pronóstico, me pregunto a través de esta frase de Marina Tsvietáieva: “¿Qué haré yo, cantante y primogénita en un mundo donde el negro más profundo es gris y la inspiración se guarda en un termo? ¿Con toda esta inmensidad en un mundo medido?”.

Miami, 18 de junio, 2020

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REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta. Entre sus libros destacan: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012) y Travelling (Rialta Ediciones, 2018). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, así como el Premio de la Crítica en Cuba, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2014). Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura Torre de Letras.
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