Larry J. González (imagen de Edel Rodríguez, Mola)

A ver, Larry, le digo, yo lo que quiero es sacar las cosas de su eje, sea lo que sea que eso signifique. Estoy dormida en la gaveta del arte y me aburre sobremanera. Bueno, tanto como dormida no estoy, pero sí acostada en la oscuridad, con los ojos muy abiertos clavados en el cartón-tabla de la escuelita cubana. La idea es irnos por la tangente, pues todo lo que me interesa se está sucediendo allí, en esa periferia inestable. Un lugar que no es lugar, y que en ocasiones tiene la urgencia enloquecida de salir huyendo de sí mismo. Un sitio esquizo y delicioso. Larry, no sé si te lo estoy diciendo correctamente, pero no encuentro un modo más certero de explicarte de qué va la columna. Todo eso por WhatsApp, tratando de arrastrarlo conmigo hacia sabe Dios donde, porque si lo pienso un poco no es a la literatura a donde me lo quiero llevar, no se puede llevar a Larry a la literatura, eso está claro, ni al arte, ni al performance, lo más que se puede hacer, con alguien como él, es sacarlo de cada uno de esos sitios y rezar para que exista un territorio innombrable sobre el que aterrizar tras el salto desde la azotea de todas las cosas.

Larry no responde todavía. Yo sospecho que, allá lejos en La Habana, me está calibrando. Me dice entonces, en un audio de cinco segundos, que si quiero texto u obra visual, y yo que no sé, que me mande lo que prefiera, alguna pincha anfibia, rara, inadecuada. Larry es perfecto para esta malcriadez mía, su obra no milita en ninguna escuela que yo conozca, ni se ubica, por voluntad propia, en una categoría bien ensamblada del arte o la literatura. Va muy deprisa, eso sí, sacándonos un buen trecho a los que creemos que faltan aún cosas por ver. Cuando yo conocí a Larry, hace un par de años, recuerdo que me dio a leer unos poemas suyos llenos de inflexiones y letras cursivas, unos poemas realmente extraños atravesados por personajes del tipo Christian Audigier, Raquel Zimmermann y Francesco DʼMacho, gente de la que nada sé –“Larry, en serio, ¿quiénes son esos?”–, unos poemas que había que leer haciendo pausas constantes, y de los que se salía tras muchas vueltas y bandazos. Larry vio mi cara de perplejidad y me soltó muy tranquilo: “¿no te gustan?”, y yo no supe si, en efecto, me desagradaba aquella poesía o si mi cerebro estaba aprendiendo, de súbito, a descifrar la arquitectura quebrada y singularísima que arma el cuerpo de su escritura. Lo que intento decir es que, en aquel momento, como ahora, Larry entendía perfectamente el tiempo mental por el que me muevo. Tiene buen ojo para esos cálculos. Antes de que logre ponerle en claro una tesis coherente sobre por dónde van los tiros, él ya se echó a correr. Me dice que sabe de lo que hablo. O sea, a Larry en realidad no le importa lo que le digo, para qué, si él se maneja como nadie en esa zona de nonsense en la que yo trastabillo. Él está allí desde antes. Que tiene una idea, dice, que va a invitar a par de amigos a colaborar con él. Y se baja de la nada con once nombres que son una belleza: Jamila, por ejemplo; Legna, por ejemplo…, nombres magníficos como se puede ver. Luego menciona a Oscar Cruz y yo siento que el piso se mueve, y al Migue, a Marién, Don Julete, el Mola, Michele Miyares, Abel Arcos, Piverno, Orlando Hernández. ¿Yo no quería labilidad, extravío, pregunta abierta? Pues bueno, Larry me enseña que hay otros niveles.

Marien | Rialta
Marien Fernández
Marien y Larry | Rialta
Marien Fernández feat larry

Pero ¿qué tienen en común todos ellos?, ¿y qué tienen en común con Larry?, ¿y conmigo y la columna? Poetas, novelistas, críticos de arte, guionistas, diseñadores gráficos, artistas visuales. La buena noticia es esta: poca cosa parece emparentarlos, salvo la empecinada fijación de Larry con el ejercicio de eso que llaman, en la industria de la música, el featuring. La gracia del featuring contemporáneo, como se sabe, es la de demostrar que no existe frontera real o imaginaria que aguante el empuje enérgico, sensualista, desobediente, de ese organismo poderoso que es la cultura viva. La caja del reguetón, pongamos, tiene dos, tres boquetes por los que se filtra el trap, y en la del trap ya están instalados, sin demasiadas contradicciones, el corrido mexicano, el pop, el flamenco. Esto, han dicho, es un confuerza del mercado para capitalizar al máximo el carácter mediático de los artistas, sin embargo, quedarse en ese escalón me parece francamente ridículo (uno pensaría que el mercado ya formaba parte de todas las discusiones). Además, who cares?, el resultado es una pasada y los temas, en no pocas ocasiones, terminan por abrirle la puerta a modos insólitos de pensar los géneros.

En fin, me desvío, el asunto es que Larry, que siempre ha estado creando en el centro de un pasillo transitado por gente de procedencia diversa –directores de cine, celebrities, modelos, escritores, estrellas porno, amigos de aquí y de allá–, está ampliamente enterado de que ese pasillo es, en realidad, una fuga. Sí, una fuga, especie de derrame que va instalándose por ahí y taquigrafiando la realidad en el registro nuevo –y ni tanto– de lo provisional y contingente. El esquema del centro bien definido, del autor, del canon, nos ofrece cada vez menos noticias interesantes de lo que acontece allá afuera. Parece una afirmación peligrosa, pero no pasa nada, tratemos de pronunciarla y veremos que el mundo sigue su curso, que es el de estar, persistentemente, haciendo lo que tiene que hacer. No hay un centro. Punto.

La coartada de una gestualidad kitsch, comercial, frívola si se quiere, conjura algo esencial en la escritura y el trabajo visual de Larry. La premisa podría ser la siguiente: existe, a día de hoy, otra longitud de onda desde donde pensar el estado actual de las cosas. Las grandes respuestas, posadas en la piedra Rosseta de su hermetismo y corrección, no sólo han demostrado una incapacidad palmaria para vérselas con lo ordinario, sino que, encima, son aburridas, descafeinadas. El desafío de estar en el presente resulta muchísimo más enriquecedor que el de llegar a alguna parte. Carlos A. Aguilera ha utilizado, en sus análisis sobre el fenómeno literario de la transficción, un concepto que me viene como anillo al dedo para el caso de Larry: ligereza. Aguilera lo despliega así: “Una marca a veces un tanto confusa, es cierto, ya que se suele confundir con no profundidad, no reflexión, poco desarrollo. O con el concepto “velocidad” de Paul Virilio. Y es exactamente lo opuesto. Pudiera definirse como lo que ya no necesita mostrarse desde la psicología u ontología –una relación familiar, por ejemplo– para despiezarse y ser asimilada de manera “abyecta”, es decir, sin ningún tipo de justificación, de código. Lo que no necesita desaparecer porque su único fin es ser sólo ligero”.

Este tipo de ambigüedades, deliberadamente acentuada por Larry, nos arrastra de inmediato al meridiano pop y su desfachatada insolencia, su gusto por la superficie (ese espejismo sobre el que intentemos mantenernos en pie). Ya va siendo hora de declararlo: Larry es un artista agujereado por el gusano del pop, aunque no sé si semejante clasificación exista para la literatura. ¿Existe algo así, Larry? Martica Minipunto habla del “ordinario posmoderno” cuando se refiere a su prosa poética. A mí me gusta ese modo de verlo, al menos hasta que se determine si la literatura pop es una etiqueta viable y legítima a estas alturas, o hasta que se pruebe que lo que se entiende como tal es, en efecto, un espacio en donde su obra encaja sin demasiados esfuerzos –por España circuló el concepto de afterpop a mediados de los dos mil, so, quién sabe, igual y sí funciona–. Tampoco importa tanto, por otro lado. El tema es que Larry sabe volarnos la cabeza: primero nos arrastra a un plano en el que las imágenes pretenden dejar en la puerta de entrada todo alarde de simbolismo y sobresignificación, esto es, la imagen resistiendo el maldito embate de la interpretación, siendo apariencia antes que otra cosa; siendo, encima, gozosa, desprejuiciada, impúdica. Luego, y en medio de ese escenario nihilista y sin asideros visibles, Larry apostilla un comentario mínimo, un verso cortocircuitado, el guiño malicioso que, lejos de proporcionarnos algún norte o certeza, nos sume aún más en el vértigo del simulacro. No nos deja nada sólido donde afincarnos. Y bueno, un poco de eso van las cosas, lo vamos entendiendo, Larry. Cien dosis de realidad, una tras otra, una tras otra.

Jamila | Rialta
Jamila Medina
Jamila feat Larry | Rialta
Jamila Medina feat larry

Me explica Larry que la idea del proyecto va de tentar a sus amigos, hacerles entrar al ruedo de lo desterritorializado y hackear, entonces, aquello que se atrevan a devolverle como ejercicio visual. Estamos a merced del featuring, no olvidemos el mantra. Quiere mezclar texto e imagen, poesía con dibujitos, al Choco con Juana Borrero. Va a llevárselos a otros sitios, sí, y a poner en sus bocas cosas que no han dicho pero que, sin dudas, están aconteciendo en algún horizonte de eventos (esa grieta en el tiempo o, como apuntara el bueno de Carlos Busqued, más allá del mítico nivel 256 del Pacman, una zona en la que nadie ha estado todavía y en donde, al parecer, se acumulan símbolos sin sentido). Cierro los ojos y puedo ver a Jamila recitar: “Mi vida se cayó, exactamente, de una altura de dos metros (la tinta tragándoselo todo)”, y al Rey de los reparteros cantar, Auto-Tune mediante, “Me da lo mismo William que Harry”, y a Legna contabilizar, cual si de una cifra se tratara, la palabra “tragamonedas”, ello para luego hacerla desaparecer en la alcancía magnífica de su cuerpo tatuado. Yo no sé si alguien más logra imaginar estas historias, o si alguien más entiende que no hace falta coserles ribetes de significación al acontecimiento básico del decir.

Mientras espero a que Larry termine de grabar su tercer audio me viene a la cabeza este pasaje de Los detectives salvajes: “Y los muchachos me miraron y dijeron que no, Amadeo, un poema no necesariamente significaba algo, excepto que era un poema”.

Es curioso, pienso, a pesar de su dosis de frivolidad y de su dosis de absurdo, la obra de Larry tiene lugar en la dimensión esencial de las pequeñas herejías y de las situaciones perversamente banales. Sobre ese pedazo de superficie se instala lo profano como eje de una realidad vaciada de contenidos trascendentales (¿qué es eso Larry, lo trascendental?), pero no por ello falta de lucidez. Ese vaciamiento, reitero, hace de su trabajo una apuesta mejor asentada en el presente que cualquier sofisticada teoría de por dónde coger. El arte cubano, las ideologías, la iglesia y sus santos, los sabios señores de las academias del mundo, la pandilla de los intelectuales, las historias nacionales, los héroes de la revolución: esas también son fábulas flotando a la deriva cual cabezas amputadas o patitos de goma. Mejor no irse con la finta, sospecha Larry. Mejor no. Sabemos, por supuesto, que la carga genética del pop comanda el sentir hedonista y presuntamente descomprometido de semejante actitud estética. Ahora bien, otras cuestiones se conjugan en la obra de Larry, un sustrato que proviene de una conexión más horizontal y desprejuiciada con la cultura de hoy, que es compleja y multifactorial, popular, globalizada, comercial. De Bad Bunny a Zadie Smith, de Cara Delevingne a Broselianda Hernández, de Karim Rashid a Severo Sarduy. Larry disfruta de cada uno de sus afectos con idéntica pasión, y no ubica esos afectos en el baremo abominable de la alta y la baja cultura.

Hal Foster ha querido ver en la postura pop una respuesta natural al trauma que supone el encuentro del hombre con la sociedad de la producción y el consumo seriado desmedidos. Yo, con el permiso de Foster, voy a negar la mayor para el caso de Larry (sólo para este caso, que nadie pierda los papeles). No veo trauma por ningún lado, veo, por el contrario, mucho chucho, mucha tomadera de pelo, mucho desentenderse de la moralina fácil y de las buenas maneras –que son, se sabe, las maneras del disciplinamiento social contrabandeadas en el empaque de la simulación–. Pero, claro está, Larry no vive en el New York de los sesenta sino en la Cuba pos-Castro. Una isla que construye su propio tiempo político en el ojo podrido del totalitarismo; una isla a la cual le son cercanas y extrañas, en similar torcida proporción, los conceptos de socialismo y capitalismo, economía estatal y consumo precario, igualitarismo y sálvese quien pueda. En un espacio así, como puede entenderse, los traumas son de otra índole. Larry, entonces, metaboliza esa sustancia absurda de la circunstancia en una estética marcadamente trash, provinciana, banal. Enfatiza la mala factura con desdén por la pieza lograda, madura, redondita, que se piensa –la pobre– universal y contemporánea. El panteón pagano de Larry está compuesto por dioses recortados de las revistas de moda y nimbados por él mismo con pintura dorada. “Hollywood y el Ten Cents –vuelvo a Martica– no son espejismos antípodas”.

V. Piverno I | Rialta
Víctor Piverno
V. Piverno feat Larry | Rialta
Víctor Piverno feat larry

Me estoy preguntando, ya con la idea de Larry circulándome por el organismo como un shot de oxitocina, que quién vendría a ser el autor real y nominal de todo esto. Quiero decir, cómo se organiza la repartición de pertenencias en un featuring así. A lo mejor la pregunta no viene al caso, que se las agencie el editor, que busque cómo encajar en el formato texto once imágenes que son también once poemas a dos manos, y cómo apretar tantísimos nombres en el espacio programado para uno solo. De eso también se trata el asunto, ¡y bien que sí!, de la demolición de las muchas gaveticas que dicen: “el autor esta talla”, “el autor esta otra”. Un caos encantador, Larry. Yo no voy a meter a Barthes y su máquina de decapitar escritores en este texto, pero no puedo negar que sus teorías sobre la imposibilidad del autor moderno de escribir algo nuevo, original, propio (algo anterior a toda escritura), son una maravilla. Imaginemos esta afirmación: “el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura” (¡fuck, acabo de citarlo!). Pareciera, en buena medida, inspirada por el trabajo de Larry. Recordemos el corrillo de gente que desfila por su obra, las muchas citas, referencias, cruces de miradas y discursos, el ruido ambiente, las ideas sueltas; recordemos la poética del featuring arrastrada a este plano, de por sí contaminado, de la escritura liminal y la imagen descentrada. Que el editor se las arregle, no queda de otra.

Hablando de esta cuestión de la autoría, abro paréntesis para comentar par de datos que resultan claves a la hora de desenredar la madeja del yo en la escritura y el arte de Larry, la incógnita del quién está detrás, o quién simula estar en el sitio en el que, afirmara Barthes, se ubica en realidad el lenguaje. Y he ahí el primero de los síntomas: Larry, a su manera, ha dinamitado la idea de una voz única como depositaria de todas las explicaciones y culpas. No puede decirse que se inventara propiamente un heterónimo al cual atribuir cierto segmento de su trabajo, sin embargo, no es el mismo en la literatura que en el arte, eso está claro. Pongámoslo así: Larry J. González escribe y firma poemas, libros de poemas, relatos cortos, ensayos. Construye su escritura desde esa parada –nombre y apellido dados al nacer–, un anclaje que es previo a la condición de artista y también, por ello, a la voz que dice, escuetamente, larry. El larry en minúsculas es un dispositivo autoral posterior y se halla ligado a la noción de dupla que durante varios años constituyera la seña jorge & larry. Por más de un lustro, él y Jorge Hernández desarrollaron las coordenadas visuales que, todavía hoy, atribuimos a uno u otro indistintamente. Hasta dónde llega la intervención de cada uno dentro del trabajo de esa etapa es algo imposible y absurdo de deslindar. Sépase simplemente que los dos comparten, entre otras, la pasión por la gestualidad pop, el universo de la cultura comercial y la hechura trash. El 2017 pone punto final a la colaboración de ambos artistas y larry comienza a caminar, por su cuenta, a otra parte. Hacia un territorio del que poco conoce, salvo que se mueve en un formato diferente –el formato larry, a secas–. En ese peregrinaje lleva consigo la experiencia de aquellos tiempos, y sobre ella se asienta para posicionar su obra en coordenadas que se abren de un modo más decidido a lo performático y lo transdisciplinar. Por último, bueno, está Larry, “el ser humano y viviente sosteniendo el lápiz, no una de esas personas abstractas y narrativas”, como diría Foster Wallace. El Larry con el que hablo en este instante por WhatsApp y al que le insisto: “Dime, Larry, cuál de las tres variantes debo usar para referirme a ti en este texto”. Larry no sabe. Cierro paréntesis.

Hay por ahí una entrevista suya que es magnífica para hacerse una idea del sitio matriz del que provienen las cosas, “la fuente de todos los momentos”. El sitio Larry, quiero decir. El país Larry. Su escritura, su estética. Es buena la entrevista porque es también incompleta, un rosario pequeño –versión apócrifa del santo rosario– con cuentas de distintos colores y tamaños ensartadas en el cordel de la conversación trivial. Nada de lecturas graves o iluminaciones. En la foto que encabeza el texto, Larry mira en su laptop un video de Miley Cyrus. Justo al lado de la pantalla en la que Miley canta a voz en cuello, está un pequeño Elmo de juguete –Elmo el de los Muppets, no el otro–. Ya le he visto, en otras fotos que circulan por la web, acompañarse de esa figura diminuta. El cuerpo de Larry es un mapa de sus muchos gustos y santos patronos, en este concurren personajes que van marcando sus piezas y sus poemas tanto como lo marcan a él. Tatuajes trazados con soltura, casi descuidadamente. Alcanzo a ver la osamenta de Betty Boop, un pedazo de papel –con su scotch pegado y todo– que pone “read me”, un angelito encapuchado, un ojo, un apellido –Venet–. Podemos tomar notas de estos detalles para entender, sin demasiada gimnasia mental, que la escritura y el arte comienzan a ser desde mucho antes de convertirse en lo que creemos que son: palabra e imagen. Luego, a mitad de la entrevista, se precipita un statement: “Lo que más he leído en la pandemia han sido subtítulos de series, millones de mensajes por WhatsApp, y los textos que acompañan a mis sitios preferidos en Instagram. También he releído algunos libros. No he releído ni un solo libro que no me haya gustado mucho. Y todos han sido libros cortos”. Mas adelante, utiliza la palabra “chealdá” y la palabra “desgano”. Bueno, yo lo veo todo clarísimo. Ah, y el título es una frase del Choco: “Porque los tanques son tanques, y lo demás son cisternas”.

Orlando Hernandez | Rialta
Orlando Hernández
Orlando Hernandez feat Larry | Rialta
Orlando Hernández feat larry

Le pregunto a Larry que cuál es el origen de Estamos a merced del featuring. No tiene muy claro lo de las fechas, divaga, saca cuentas, me deja en visto. Larry, dime un año, un dato que me permita ubicarla en tiempo y espacio de cara al que no la conoce. La cosa, parece, empezó en el 2016 cuando él y Jorge expusieron la serie en Matadero Madrid, gracias a los programas de residencias El Ranchito y Artista X Artista. En aquel momento, las colaboraciones se desarrollaron de la mano de amigos, artistas, diseñadores, curadores; gente que vivía la misma ciudad que ellos visitaban por un mes. Sobre, a los pies, a un costado, a modo de guirnalda, colocaron entonces sus propias experiencias de viaje como correlatos textuales de los dibujos de sus colaboradores. Una historia dentro de la otra. A Larry le gusta eso, el palimpsesto y el laberinto, orbitar alrededor de cosas que orbitan alrededor de otras, echar a andar alegremente por el sendero rugoso de la fragmentación. Cuando uno se mete de cabeza en sus textos queda a merced del zigzagueo, la deriva, y esa compulsión por el detalle demasiado específico que termina por extraviarnos y dudar. El resultado de aquella primera vez fue una suerte de libro sin ensamblar que constaba de muchas partes, veintitantos dibujos y veintitantas entradas de su peculiar bitácora madrileña. Pero Larry, lo repito, no tiene una memoria clara de las marcas temporales de la serie –dice que existe desde antes– y eso habla de que corre independiente a la efeméride, de que es, de cierta forma, un estado que sobrevuela cada uno de sus proyectos. Se trata de una operatoria mental, un modus operandi. Estamos a merced… se ha venido reinventando desde aquella exposición. Que yo recuerde, así por arribita, estuvo en la muestra Cabeza de ratón, en el Estudio Figueroa Vives, y luego en su proyecto personal GIF me love, en El Apartamento. También es parte de la serie de performances Melodrama. Y está, claro, en esta columna.

La obra de Larry, contrario a lo que algunos asumen, traza un arco apenas perceptible desde la frivolidad, el entretenimiento y la tomadura de pelo hasta el aburrimiento y la orfandad de nuestro tiempo (el término “desgano”, usado por Larry en la entrevista de antes, me parece muchísimo más adecuado). Esa falta de asideros lo posiciona, nos posiciona, en un terreno pantanoso en el que la camaradería y el trabajo conjunto se convierten en estrategias contingentes para largar el rato y sobrevivir. En esa movida se lleva por delante varios consensos que las disciplinas asumen de forma tácita: la presencia clara de un autor, la existencia de demarcaciones genéricas, cierta coherencia discursiva, limitaciones a la arbitrariedad y al desvarío excesivo –sólo al excesivo, en la medida adecuada se denomina simplemente “vanguardia”–. Pero ¿qué importan cada una de esas cotas si uno puede cargar con la escritura y el arte y meterlas en las conversaciones por WhatsApp con los amigos, y en un puñado de stickers que personas desconocidas harán partícipe de sus propias conversaciones con amigos?

 

Miguelito | Rialta
Miguel Alejandro Machado
Miguelito II | Rialta
Miguel Alejandro Machado
Miguelito feat Larry | Rialta
Miguel Alejandro Machado feat larry

Yo debería contribuir a este featuring de algún modo, Larry. Pero la verdad es que no sé por dónde entrarle. Todos los impulsos que me asaltan consisten en desmembrar las piezas como si de cadáveres se tratara. Y eso, naturalmente, no lo haré. Otras ridiculeces relacionadas con la poesía y la escritura automática, que trata de citar y reproducir, me pasan también por la cabeza. Le grabo un audio y le comento que mejor presentar las obras sin otro marco de referencias; esta columna quería apuntar al corrimiento, al gesto aquel de “terremotear el cerebro” (Busqued ha dejado muchos comentarios memorables), al pathos del whatever y todo ello está aquí, en Larry, Oscar Cruz, Jamila Medina, Miguel A. Machado, Legna Rodríguez, Marién Fernández, Julio Antonio González (Don Julete), Edel Rodríguez (Mola), Michele Miyares, Abel Arcos, Víctor Piverno, Orlando Hernández. Sólo quiero decirte, Larry, que los poemas que leí en el 2015 me están gustando más de la cuenta, que se me han ido colando en el cuerpo cual veneno o bebida energética, y desordenando todo lo que estaba lavado, planchado y bien dobladito. Algo así como esta pleca que atraviesa el horario escolar en la pieza de Abel Arcos y su hijo León (y que tuerce uno o dos grados a Carlos Díaz Dufoo Jr.): “De los libros valen los escritos con sangre, los escritos con bilis y los escritos con caca”. Pues eso.

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DALEYSI MOYA
Daleysi Moya (La Habana, 1985). Crítica y curadora de artes visuales. Licenciada y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como curadora en las galerías habaneras La Casona, La Acacia y Servando Cabrera. Actualmente trabaja en el proyecto de arte contemporáneo El Apartamento. Además de su labor curatorial, desarrolla la crítica de arte de modo sistemático. Ha colaborado con publicaciones impresas y digitales sobre cultura y artes plásticas. En el año 2015 obtuvo mención en la categoría Reseña del Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros, en La Habana, Cuba.

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