ʻMercaderes y Teniente Reyʼ, Ismael Gómez Peralta, 2001
ʻMercaderes y Teniente Reyʼ, Ismael Gómez Peralta, 2001

Ismael Gómez Peralta es un pintor secuestrado y nostálgico. Secuestrado por el espacio de su recurrente arquitectura; nostálgico por su evocación sistémica a una ciudad en la que ya no vive, pero que resucita en él a modo de recordación. Y no quiero decir con ello que pueda trazar una linealidad a ultranza que me permita rastrear los perfiles y las señales de cada escena. Esto último, si acaso, destrozara la dimensión poética que se asienta en cada obra suya. En su narrativa, la ciudad habita como fragmento, como una suerte de cita dolida y doliente. De ahí la emergencia de catedrales, monumentos, arcos de triunfos y edificios más o menos emblemáticos. Todas estas tipologías, de una forma u otra, enfatizan la metamorfosis de lo espiritual. Las piezas de este artista se aproximan a los recintos de Dios y del hombre. De una manera sintética, sin alardes ni excesos, buscan señalar esos sitios en los que se produce un acontecimiento que bien podría ser único y extraordinario.

Su gramática pictórica responde más a las demandas del placer que a las predisposiciones conceptuales de turno. Advierto en él al artista que disfruta del medio y de sus derivaciones. Goza de la restauración del centro y de la matriz de la pintura como lenguaje, moviliza sus recursos en beneficio de algo que me gustaría nombrar, en su caso, como retórica de la remembranza o estadio de las bifurcaciones. Cada pieza es un rescate, un homenaje, una especie de coyuntura en la que el fragmento y la integración gestionan una idea de inexacta totalidad.

ʻPrado y Neptunoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2010
ʻPrado y Neptunoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2010

La ciudad y su arquitectura justifican los malabares de su pintura. Vienen a ser, con mucho, el ámbito privilegiado de realidad donde se revela la máxima intensidad del tiempo, el horizonte de cumplimiento en el que la vida se da como benefactora de metáforas y de solipsismos. Cuando observo con atención la obra de Gómez Peralta, recuerdo aquel principio formulado por Peter Sloterdijk según el cual lo que define al ser humano es precisamente el hecho de que es un animal que engendra ciudades. La ciudad y sus accidentes arquitectónicos se reformulan constantemente, de la misma forma en que se ajusta su conciencia textual y elocutiva.

Con apreciable destreza y esa nostalgia a cuestas que acompaña todas las narrativas del exilio, Ismael Gómez Peralta ensaya un rescate de La Habana, restituye su recuerdo, señala sus heridas y deja sitio a una posible reconciliación. Esplendor y ruina, sosiego y rabia, compasión e impotencia, son algunos de los sentimientos condensados en sus superficies. La Habana, ciudad de todos, metrópoli del mundo secuestrada por unos bárbaros, es una ciudad que duele y que vive de su llanto. Duele por sus ruinas, por su súplica a cambio de dólares, por el arco y las columnas en disenso. La Habana llora de noche, se arrodilla frente al sol, se muere. Esa ciudad, esta ciudad, es, precisamente, el argumento central de la obra de Ismael. Su voz se registra, en polifonía concertada, en la textura de su obra. Su presencia se hace retórica, trueca el dato fáctico en insinuación y se asegura del cumplimiento de la cita.

ʻQuiroga y Calzada de 10 de Octubreʼ, Ismael Gómez Peralta, 2001
ʻQuiroga y Calzada de 10 de Octubreʼ, Ismael Gómez Peralta, 2001

Me comenta el artista que, en 2022, se cumplen veinte años de Réquiem por La Habana, su primera exhibición en Miami. En un contexto distinto, pero con insistente proximidad y similar sentido a sus dos exposiciones habaneras: La ciudad del silencio (Galería Cinemateca de Cuba) y Una ciudad y otra (Palacio del Segundo Cabo), las obras de esta última penetraban el sintagma de la destrucción de la ciudad, avisando de su padecer crónico. Extraer la belleza de esos paisajes ruinosos y, en algunos casos, malolientes, demanda de la exigencia de un fino ejercicio de jerarquización del valor y de los afectos más allá de la rabia de no poder rendir cuentas a los responsables de aniquilar su esplendor y su gracia.

En un momento dado, cuando la voluntad y la vehemencia personal nada pueden hacer frente a la arrogancia de los bárbaros, la fuga es la única de las opciones, sin llegar a ser, incluso, una opción en sí misma. Pareciera exagerado, pero en ocasiones un viaje (y no precisamente a Roma) hace explotar nuestra percepción de las cosas, volviendo más aguda y sensible la mirada sobre la ciudad y el mundo. La imposición de esa distancia física, que no emocional, obliga a entender lo que el infortunio de la cercanía convierte en cotidiano. La distancia y el silencio ayudan a recorrer los espacios vacíos de la ruina. La ciudad se presenta entonces de muy otras maneras, adquiere el relieve de una herida, el espesor de una pérdida. En puridad, solo se tiene aquello que se perdió antes. Ismael lleva La Habana consigo. Es una suerte de tatuaje que se replica en la piel y en el músculo. La ciudad del trauma se hace presente de un modo obsesivo ocupando el espacio de la pintura que advierte de su indigencia.

ʻOscuro Llanto en la Iglesia San Francisco de Asisʼ, Ismael Gómez Peralta, 2004
ʻOscuro Llanto en la Iglesia San Francisco de Asisʼ, Ismael Gómez Peralta, 2004

La repetición de una sílaba, dicen los lingüistas, es cacofonía; pero en la obra de Ismael, esa repetición, redunda en construcción poética. Sus piezas no reproducen con exactitud meridiana la totalidad del motivo arquitectónico que se discute; sin embargo, sustantivan el empoderamiento de cada una de sus partes. Él necesita, creo, volver una y otra vez sobre las visiones acumuladas en forma de archivo reminiscente. De hecho, me confiesa el artista, posee un prolijo catálogo de imágenes de La Habana de los noventa, en blanco y negro, del que ha usado una mínima parte. Esa tensión entre el registro fotográfico y el ensayo pictórico ensancha el contexto reflexivo de la obra y enfatiza el valor casi arqueológico de la misma. El espacio temporal que se fija desde los años noventa hasta la actualidad, es el tiempo de muchas pérdidas. La ciudad se presenta agujereada, expuesta a una dinámica destructiva imposible de disimular. La arbitrariedad rige su presente y su futuro, haciendo de esta un cuerpo gravitatorio en el ámbito de la incertidumbre.

Ismael Gómez Peralta quiere hacer uso de todo ese material de archivo, aspira a que su pintura se convierta –alegorías y desvíos retóricos aparte– en una especie de testimonio del hundimiento. Atrás queda la aborrecida doctrina de los héroes y de los mártires para señalar la herejía bulímica de los hombres que abrazan el pecado de la destrucción. La conducta abominable de quienes provocan los vacíos en la ciudad de las columnas se maldice en la textura de esta obra que no habla porque no puede, pero sí que señala el lugar de la desidia y del abandono.

ʻSagrado Corazón de Jesús en Reina y Belascoain, Ismael Gómez Peralta, 2004
ʻSagrado Corazón de Jesús en Reina y Belascoain, Ismael Gómez Peralta, 2004

Ambos, con sutiles diferencias, abandonamos la ciudad de manera brusca, sin que pudiera acontecer ese duelo necesario en el que uno dice adiós y hasta nunca. Las fugas no pueden estar sujetas a las vacilaciones, sino al pragmatismo de la ocasión. La despedida romántica está reservada a los turistas de turno; nosotros, por el contrario, estamos obligados a decidir en la sordera del silencio y la máxima discreción. Salir de la isla hacia el horizonte de la libertad ha sido históricamente una auténtica odisea, una pesadilla de la que, valga subrayar, uno no se libra nunca. La isla, el país y la ciudad, con todas sus contradicciones y amenazas, maltratan para siempre nuestra subjetividad. Los espacios sensibles de lo que somos quedan marcados por la tiranía de una presencia inalterable.

Otra coincidencia entre Ismael y yo, es que los dos abandonamos el país en el año 2002. En breve, ambos celebramos y lloramos esa fecha. Él lo hará con una muestra que, de alguna manera, rinde tributo a su trayectoria artística fuera de la isla y hace un guiño a Réquiem por La Habana; yo lo haré con la publicación de Gramática de resistencia, mi nuevo libro de textos críticos y digresiones. La única forma de sacar provecho de cada centímetro de esta tierra y de esta existencia es produciendo belleza, ya sea a través del arte o de la escritura. A Ismael y a mí nos va la vida en lo que hacemos. Él pinta y recuerda; yo escribo y recuerdo. Recordar es, también, otra forma de existir.

ʻLágrimas de cementoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2003
ʻLágrimas de cementoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2003

Una diferencia, y esta sí que es sustancial y devastadora, es que Ismael perdió a su madre al año siguiente de la fuga. Esa muerte resume el dolor, comprende una solemnidad y una gravedad sobre la que preferiría no saber nada. Aunque lejos, doy gracias porque que mi madre está, sigue ahí. Ella es mi fuerza y mi motor, es la razón por la que muchas veces, habiendo creído que no podía más, me he levantado sobre el desgaste de mi propia condición. Ismael lloró, lloró mucho; Ismael llora, aún llora esa despedida. Buceó, me dice, en las aguas de una profunda tristeza que nada (o mucho) tienen que ver con esa “maldita circunstancia”. La catedral apareció entonces en su pintura. Esa aparición y su insistente repetición en la obra de este artista, no es gratuita. Las catedrales, al margen de sus significados, de sus usos religiosos y sociales, constituyen una gran metáfora. Las catedrales vienen a ser una ofrenda, un homenaje, es la cuantía de lo esencial. ¿Qué es una madre sino las raíces de la vida y de la sangre? Las madres están por encima de la religión, la política y la ideología. Ismael no asistió al funeral y al entierro de su madre. El hijo pródigo no estuvo, no volvió. Al igual que Celia Cruz y la mayoría de los cubanos exiliados en la geografía global, tuvo que hacer su duelo en la distancia. Debió, como suele decirle en la isla, tragar en seco y seguir paʼlante. Los cubanos somos expertos en el arte de la simulación. Los cubanos hemos ejercitados maniobras, de acento y dimensiones catedralicias, para conservar la fe. Las catedrales son, para Ismael, la nación, el país, la isla dócil y rebelde a un tiempo; pero ellas, también, son la madre, su madre.

No creo que exista un cubano en este mundo que no piense en Cuba al menos una vez al día. El recuerdo es un ejercicio demagógico que esclaviza y cautiva. Las secuelas de esa doctrina de la parametrización y de la asfixia son irreversibles. Me alivia creer que ahí queda el arte para asestar el golpe de fe. Entretanto, sigo la pista de esa ciudad y de esa pintura. De la primera, siento hasta el olor; de la segunda, me quedo con su semántica y su morfología. Al final, no sé muy bien quién será el autor de esta última frase, lo cierto es que “Dios está en los detalles”.

ʻRenacimientoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2007
ʻRenacimientoʼ, Ismael Gómez Peralta, 2007

No estoy muy seguro del alcance de estas líneas ni de cuál o cuáles serán los usos que el artista haga de ellas. En cualquier caso, espero que sirvan no solo para legitimar una obra que seguramente no necesite de mi letra, sino para abrazarle y hacerle saber que las razones de este mundo no están sujetas al protocolo de lo esperado. La verdad, o cierta idea de verdad, está siempre asociada a la filiación.

La entrega y el recuerdo son fascinación y recuerdo. Son lo mejor que nos queda.

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Andrés Isaac Santana (Matanzas, Cuba, 1973). Crítico, ensayista y comisario de exposiciones. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años colaboró con el suplemento cultural ABCD del diario ABC, en Madrid y, de forma esporádica, con la sección de cultura del diario La Vanguardia. Entre su obra ensayística, destacan los libros Imágenes del desvío: La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo (J. C. Sáez Editor, Santiago de Chile 2003) y Nosotros, los más infieles: Narraciones críticas sobre el Arte Cubano 1993-2005, (Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, Murcia, 2008). En 2019 compiló la antología en dos tomos Lenguaje sucio. Narraciones críticas sobre el Arte Cubano, publicada por Hypermedia Editorial. Ejerce como corresponsal en España de las prestigiosas revistas de arte latinoamericano ArtNexus y Arte al límite.

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