Iván Thays

La literatura peruana tiene sus maestros indiscutibles (Vallejo, Arguedas, José Watanabe), sus artesanos competentes (el muy sobreestimado Vargas Llosa), sus poetas malditos (Abraham Valdelomar); también, inevitablemente, escritores de tercera y aun de quinta categoría: el ilegible Bryce Echenique, el sensiblero Bayly (apoteosis del kitsch y la frivolidad) y muchos otros. Ninguno, sin embargo, se aproxima siquiera a la catástrofe estética pergeñada por Iván Thays en su novela La disciplina de la vanidad (Random House, 2000), sin duda uno de los peores ejercicios narrativos en lengua española de las últimas dos décadas.

Se trata de un texto atiborrado de citas que, como mínimo, abarcan un tercio del volumen[1] y son, por mucho, lo mejor del libro. Al César lo que es del César: este hombre tiene un talento indiscutible –excepto en algunos casos que discutiremos más adelante– para encontrar textos memorables e insertarlos en el suyo, pero, desafortunadamente, ese es su único talento[2] y le inflige, por lo demás, al lector un equivalente literario de aquel célebre tormento de la dinastía Ming –la gota de agua fría cayendo incesantemente sobre la frente del desdichado– a lo largo de las 367 páginas de este curioso y absolutamente fútil artefacto verbal.

Los defectos del libro son ostensibles y casi sentimos pena por la ineptitud y el empecinamiento del autor: para escribir tan mal hay que esforzarse, no se produce un documento así de forma natural. Sin embargo, como nadie lo obligó a publicar, intentaré dilucidar las causas de su fracaso. Pero vayamos por partes: para empezar el relato carece una estructura digna de ese nombre: lo que tenemos aquí son sólo fragmentos más o menos unidos por el más común de los protocolos narrativos, el viaje. En este caso, para empeorar las cosas, un viaje a un congreso de escritores.[3] Por supuesto, el narrador (un evidente álter ego de Thays) intenta anticiparse a esta crítica citando –nada menos– el ilustre precedente de Tolstói: cuando un crítico señaló la endeble arquitectura narrativa de Ana Karenina,[4] el maestro ruso se defendió “argumentando que esas dos historias tenían un vínculo interior”. Todo eso parece muy razonable pero, lamentablemente, no lo es: cualquiera podría decir lo mismo y que un artista verbal –incluso uno tan grande como Tolstói– apele a un misterioso “vínculo interior” sin especificar a qué se refiere, no constituye un argumento sino un patético despliegue de subjetividad y lirismo irracionales, peligrosamente cercano a la doctrina protestante –cuáquera– de “la luz interior” que guía al creyente en su exégesis de las Escrituras (en la práctica eso significaba que cada cual podía interpretar lo que quisiera y llevó directamente al antinomismo de algunas sectas, pero eso es una historia para otra ocasión). Resumiendo: incluso Tolstói podía recurrir a argumentos francamente deleznables para defender sus libros; en cuanto a Thays, es sencillamente patético que intente compararse con Tolstói (porque, no nos engañemos, eso es precisamente lo que intenta hacer): el hecho incontestable es que su novela sigue siendo sólo una masa más o menos ilegible de fragmentos reunidos bajo su nombre. E incluso si Tolstói tenía razón, lo siento por Thays pero los clásicos rusos no pueden ayudarlo: es él quien debe demostrar un mínimo de competencia narrativa, lo que, como resulta obvio, es una tarea muy por encima de sus posibilidades.

Hasta ahora me he referido exclusivamente a la estructura –o más bien a la falta de esta–,[5] pero ha llegado el momento de abordar el problema del estilo. El libro está escrito en una especie de español neutro, internacional, salpicado aquí y allá, con alguna que otra expresión peruana (en rigor de verdad, bastante escasas). No se corre el menor riesgo de alienar a posibles compradores con procedimientos retóricos que se alejen de la más ramplona escritura light. Por consiguiente, el lenguaje carece de fuerza, de intensidad, de elegancia. Supongo que detrás de este desatino se encuentra la más comercial de las intenciones: que todos –incluso “los compadritos ni siquiera iletrados”, mencionados por Borges en su ensayo sobre la poesía de Almafuerte– pudiesen leer su libro y, en última instancia, interesar a la famosa agente literaria Carmen Balcells (que figura como personaje en el relato y con la que parece estar obsesionado) en su malogrado esbozo narrativo. Ahora bien, cuando hablo de español neutro, internacional, el lector podría imaginarse que así Thays evita, por lo menos, las trampas que pueden derivarse del énfasis en la lengua nacional: lo incomprensible de algunas expresiones y, muy a menudo, lo que podríamos llamar el kitsch folklorizante…, pero nada más lejos de la realidad. Es cierto que el texto es absolutamente claro e inteligible para cualquier lector competente (no hay complejidad alguna y la famosa “latencia de significación diferida”–tan necesaria para convertir un texto en algo más que una redacción– es una idea que, podemos conjeturar, nunca le ha pasado por la cabeza al narrador peruano) pero aun así el kitsch prolifera… ¡y de qué manera!: la falta de cortesanía en la articulación de sus frases, combinada con la frivolidad y una especie de pensamiento new age que, en la apoteosis de su insensatez, intenta vendernos como algo profundo,[6] convierten el texto en un batiburrillo de vulgaridad y lugares comunes.

Pero no tienen que aceptar mi juicio a ciegas, aquí tenemos algunas perlas de sabiduría marca Thays: “Cuando escribo ingreso en mi escritorio con traje de amianto para no incinerarme con el líquido fulgurante de mis libros” (¿ En serio?. Bueno, si es eso lo que le preocupa, puede relajarse: el ridículo nunca ha incinerado a nadie); “Desde el dolor no hay escritura posible” (excepto, naturalmente, para Dostoievski, Emily Brontë, Flannery OʼConnor, Fritz Zorn, Thomas Bernhard, Paul Celan, Ossip Mandelstam, Ingeborg Bachmann, Emily Dickinson, Baudelaire, Proust, Francis Scott Fitzgerald, John Cheever, Chéjov… ¿Para qué continuar?); “Quien escribe desde el aburrimiento es un artista” (curiosa teoría: bueno, supongo que, si eres tan malo como él no te queda otra alternativa que sostenerla); por supuesto, hace énfasis en que “ama los fragmentos” (claro, porque es lo único que puede escribir: redacta uno o dos al día –ante todo la comodidad–[7] y luego, al cabo de un par de años, los reúne bajo un título, que es sin duda, junto a las frases ajenas, lo mejor de todo esto, y grazna:[8] he escrito una novela); y, finalmente, el que acaso sea su peor momento, cuando incluso su talento para distinguir las buenas citas lo abandona, el nadir de este lamentable volumen: “Aunque tenga que morir lo que yo amo, quiero mirar lo que renace”, un verso particularmente desafortunado del poeta peruano Washington Delgado que, ciertamente, podría figurar en cualquier empalagosa canción de Joaquín Sabina o algún personaje parecido, pero que guarda la misma relación con la poesía que Mike Tyson con la música clásica. Pero lo peor es que no se limita a citarlo: según Thays (o al menos el narrador en primera persona, aunque algo me dice, como ya señalé, que en este caso resulta fútil distinguir al autor del personaje que narra),[9] “debería ser una suerte de regla para los escritores, un lema clavado sobre la puerta del escritorio o de la casa literaria”: este tipo no se limita a profesar la religión del kitsch: también la predica y busca conversos.

En suma: ni estructura, ni estilo, ni agudeza conceptual, sólo una marea de pedantería, mal gusto y pretensiones desconcertantes: si esto es literatura, Stephen King es el próximo Nobel.[10] Y ahora recuerdo una entrevista con ese prolífico y muy exitoso fabricante de best sellers, John Grisham, en la que el multimillonario autor reconocía, con brutal franqueza y una lucidez admirable, la diferencia entre lo que él hacía y la literatura: “Miren, yo no me hago ilusiones: no soy Hemingway ni Faulkner: me limito a proveer un producto que goza de alta demanda en el mercado…, y eso está bien porque gano millones y mi vida es muy agradable. Pero hay una diferencia esencial entre un escritor (a writer) y un narrador de historias (a story teller): nunca he pretendido ser otra cosa que esto último”. Lamentablemente, a algunos les está vedada semejante comprensión de sus límites: John Grisham no es un artista, Iván Thays tampoco.


Notas:

[1]El tipo no se reprime y en ocasiones inserta cinco o seis páginas consecutivas de, por ejemplo, Roberto Calasso, o un par de cuartillas de Robert Walser, por no hablar de las otras decenas de frases de escritores famosos que proliferan en el relato: parafraseando a Pascal podríamos decir: me disponía a encontrar un autor y sólo hallé un compilador.

[2] Aquí es casi inevitable recordar el famoso chiste borgiano: “Mallea tiene una destreza notable para encontrar buenos títulos, es una lástima que se empeñe en añadirles libros”. También Thays podria haberse limitado a compilar sus citas –con las excepciones de rigor– y entonces, bajo el mismo título, los devotos de la literatura absoluta se deleitarían con un espléndido y compacto volumen de unas cien páginas, lleno de frases magníficas sobre la escritura: Tolstói, Onetti, Bernhard, Calasso, Walser, Faulkner, Hemingway. Ese no es precisamente un logro desdeñable, pero, como es natural, la sempiterna vanidad que tanto menciona le impidió limitarse a un buen título y decenas de citas memorables: como decía Saer, “todos quieren ser escritores y todos tienen sentimientos”. Pero la literatura, como nos enseñó un brillante y malogrado ensayista francés, no tiene nada que ver con las intenciones sino con los efectos. Y precisamente aquí no hay ninguno, por lo menos de orden estético: la cursilería omnipresente y el humorismo involuntario son otra cuestión.

[3] Me parece sensato desconfiar de este subgénero del fragmento y la cita (por así llamarlo): es muy difícil lograr algo realmente bueno (Borges, Saer, Bolaño, Piglia y Javier Marías son, acaso, los únicos que lo consiguen en la literatura hispanoamericana del siglo XX) y los mediocres proliferan: el inconcebible Fresán (que llega al extremo de poner al final de todos sus libros una extensa bibliografía: lógico, sin eso jamás habría podido escribir una línea: todos sus libros son paráfrasis interminables de biografías de escritores mezcladas, cómo no, con citas igualmente profusas), el prolífico, erudito y aburrido Vila-Matas…, y muchos, muchos más. Curiosamente, Tolstói, Melville, Conrad, Faulkner y Cormac McCarthy nunca recurrieron a este procedimiento: al parecer tenían cosas más importantes que hacer. Podría estar equivocado, pero estos últimos me parecen escritores muy superiores a Fresán, Thays, Vila-Matas y todos sus clones.

[4] Básicamente quien atacaba a Tolstói argumentó que el texto carecía de unidad y que se trataba, meramente, de “dos historias sin conexión en el mismo libro”. Thays trata al crítico de pobre infeliz y, abrumado por la grandeza estética desplegada por Tolstói en Guerra y paz (unido al considerable inconveniente de no haber leído una línea de Ana Karenina), me sentía inclinado a darle la razón… hasta que leí en una de las ridículas entrevistas de Nabokov que este pensaba exactamente lo mismo que Thays y comencé a pensar que si un cretino de la envergadura del pedante políglota ruso coincidía con el deplorable escritor peruano, entonces, quién sabe, quizás S. A. Barashinsky (el tipo que atacó a Tolstói), no era ese “pobre infeliz” que Thays intenta vendernos. Sería interesante que alguien (no seré yo quien lo haga: carezco de la audacia suficiente para sumergirme en las 1500 páginas de esa ilustre novela) escribiese sobre ese tema considerando la objeción de Barashinsky.

[5] Quizás debió imitar a Eco y subtitularlo La estructura ausente: después de todo, ¿qué importa una cita más?

[6] Habría que decirle: “déjalo ya, muchacho, todo el mundo sabe que la profundidad no es lo tuyo”… ni tampoco la literatura, según parece.

[7]Transcribo aquí un fragmento donde el autor alcanza, quizá, la apoteosis del mal gusto: “Para poder escribir siempre he necesitado estar cómodo. Y tener algo de dinero en el bolsillo, plata para una buena computadora, para poder comprarme el libro que me guste en mis paseos por las librerías, para tomarme el día libre cuando me plazca”. Cuando pienso en los grandes y todo lo que tuvieron que soportar (Dostoievski medio muerto de hambre, acosado por los acreedores, escribiendo dos libros al mismo tiempo para cumplir con un contrato draconiano y no perder para siempre los derechos de autor de todas sus obras, pasadas y futuras; Faulkner, creando Mientras agonizo en seis semanas, sólo por la madrugada, tras haber trabajado doce horas en una granja para poder costearse la comida y el whisky; Bernhard, convaleciente de una cirugía en la cual “me abrieron el cuello para poder extirparme del tórax un tumor del tamaño de un puño”, sin fuerzas siquiera para agarrar su último libro que una enfermera le ha dejado sobre la cama…e incluso así obsesionado con la literatura y haciendo planes para el futuro), bueno, digamos que estas palabras me producen una ligera sensación de asco. Kafka, tuberculoso y desdichado, escribió en una carta incomparable: “Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”. Así pensaba el mejor escritor del siglo XX, algunos, evidentemente, tienen otras prioridades: por ejemplo, la comodidad.

[8] El empleo del verbo graznar no es gratuito: en uno de sus momentos más cursis, el narrador apunta que “los escritores somos pájaros”. ¿Será Thays un discípulo del ornitólogo frustrado Jonathan Franzen?

[9] Sólo un eufemismo: resulta evidente que el narrador es un mero dispositivo utilizado torpemente por Thays para expresar sus numerosas y descabelladas opiniones sobre la escritura.

[10] Aunque con la pandilla de Estocolmo nunca se sabe: ¿acaso no entregaron ya el premio a un cantante y compositor norteamericano considerado un poeta por cierta crítica periodística singularmente obtusa? Después de eso resulta muy difícil tomarlos en serio.

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