Nelda Castillo en ‘La anunciación’ (FOTO Leonardo Tarrero)

En lo referente a la política y a la creación en Cuba, hay un concepto que siempre se me ha presentado particularmente difuso: ¿cómo encontrar la justa medida en que el discurso político logra establecer un diálogo directo con el espectador, sin apelar a un plano demasiado simbólico?

Abundan los ejemplos en la escena nacional de obras de teatrales, de directores que han encontrado en el símbolo una vía de expresión válida para ejercer la crítica desde la escena, para colocar al teatro en el centro de los debates fundamentales de la sociedad: Prometeo, el Teatro Bufo, Teatro Estudio, el absurdo piñeriano y, más cerca en el tiempo, las puestas en escena de Teatro El Público. Recursos como la ironía, el estereotipo, la sátira, la alegoría han sido constantes que, con variaciones, han ido fraguando una tradición que enfrenta la inventiva de los creadores a los embates de la censura, a la estrechez de miras de algunos organismos y sus directivos, así como a la intolerancia atemporal de nuestra política cultural.

Entonces, lo subversivo, lo insinuado han sido un gen cultivado por nuestro arte y por el teatro, como ágora de debate e interacción social. No es posible encontrar demérito en cualidades que nos identifican. Una necesidad de apelar a la alegoría, que ha dirigido a nuestros artistas a diversificar sus registros, a intoxicar su obra de disímiles referentes con tal de enmascarar una crítica social o una postura que en los receptores adecuados pudiera parecer divergente.

En el 2010, Nelda Castillo efectuó un giro cardinal en su poética escénica. Ese mismo año se vivió una etapa de extrema urgencia social y económica en el país. Se habían dado a conocer los lineamientos para la economía que instaban a los ciudadanos a hacer casi cualquier cosa para subsistir. Lo que podríamos llamar la historia antigua de los negocios privados, que hoy –aunque con una presencia inestable– hemos asumido como parte de nuestra cotidianidad. Fue sin lugar a dudas, un momento precario. Emergieron licencias de quincalla, vendedores ambulantes, propietarios de carretillas que arrendaban tanto su vehículo de carga como su fuerza de tracción humana, como he escuchado de la propia Nelda: “entonces la calle era un verdadero frente de batalla”. El estreno de Variedades Galiano radicalizó un viraje performativo en la estética de El Ciervo Encantado y en la dirección de Nelda Castillo. Viraje anunciado, más bien una conversión que se estaba dando conscientemente desde la ejecución de varias acciones performativas, intervenciones públicas, acciones sociales que encausaban la estética del grupo hacia un espacio fronterizo con las artes visuales, el embodiment y la performance política.

La teatralidad que Nelda había recibido de su experiencia en Teatro Buendía, en sus estudios sobre en el training actoral y en la conformación de un método personalísimo para la dirección escénica, se adicionan a un nuevo código de lenguaje, más ligado a las prácticas del teatro político. La noción de “performance en escena” que ha estado acompañando a sus obras desde hace algún tiempo (Departures, Arrivals, PIB o Zona de silencio) ilustra precisamente esa mezcla entre la convención del hecho escénico y la naturaleza contestataria del performance que demanda, más que el virtuosismo del intérprete, un compromiso político por parte del actor/performer.

La belleza y elaboración de las metáforas de obras anteriores como El ciervo encantado o Visiones de la cubanosofía migran hacia una visualidad y unos códigos mucho más descarnados. Ese cambio de lenguaje condujo al grupo a abandonar un grado elaboración estética, hecho que responde a un posicionamiento moral y crítico de Nelda Castillo frente a los cambios sociales, a las demandas que se generan o se acentúan en su realidad. Aunque la analogía y el grotesco no se ausentan de su teatro, quedan al servicio de la denuncia.

La anunciación, estrenada el pasado 21 de noviembre, es una pieza sui géneris entre los performances en escena que hemos estado referenciando. En primera instancia marca el regreso a la escena de Nelda Castillo como actriz. Será ineludible para el espectador que pudo constatarla en aquella etapa, el recuerdo de su inventiva y simpatía sin par en el personaje El Chivo de Las perlas de tu boca. Pero la vuelta a las tablas de Castillo responde a la necesidad de sustentar el discurso verbal del texto de La anunciación desde su presencia física, desde el testimonio político y de época que significa su cuerpo en escena.

Un ángel terrible, una criatura protectora que nos advierte sobre las consecuencias de una acción. El anuncio sobre lo que el futuro nos reserva es procaz y violento. El ser nos advierte que el arrepentimiento es la única vía de escape: “Cuando suene el disparo todos van a salir corriendo, nadie los va a defender. Y que digan lo que quieran en las redes, no nos importan las redes”.

La figura del ángel es un intermediario entre el mandato divino (del poder) y nosotros. Hay una dualidad que comienza desde la naturaleza andrógina de este ser, en el tono de sus recomendaciones y sobre todo en su intención “protectora”. La relación compleja entre el arte y el poder, la violencia de las prácticas y discursos de la censura, no son temáticas ajenas a la creación de El Ciervo Encantado, sin embargo, en La anunciación, son redimensionadas desde un aspecto autorreferencial: la presencia de Nelda Castillo y la alusión documental a la acción performativa El cuerpo de esos zapatos, llevada a cabo en la Calle G, dentro del marco de la pasada Bienal de la Habana. La voz privilegiada de la actriz/directora para el canto y la conformación de una atmósfera sacro mitigan el grafismo de las descripciones sobre lo que aguarda a los incapaces de arrepentirse y de aceptar (por escrito) que han errado: “Les van a quebrar todos los huesos, les van a halar la lengua hasta dejarlos bobos”.

La justa medida entre la denuncia y la metáfora es un horizonte escurridizo. En ocasiones, las represalias de los organismos y sus censores parecieran alcanzar al más débil, al menos afiliado institucional e ideológicamente. En momentos como este, de disputas entre puntos de vista extremos y desunión, me tranquiliza pensar en Nelda, en su capacidad de reinventarse una y otra vez, incendiar todo lo aprendido y comenzar un camino nuevo. Lo político, por otra parte, late desde las líneas fundacionales de un colectivo que apela a la memoria perdida de la nación, a la entropía de la cubanidad. La anunciación vaticina un futuro próximo, pone la carne, insiste con terquedad y fe en defender el acto de creación y la libertad como credos, como declaraciones políticas.

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