De la serie ʽMáquina de espumaʼ, Fer Figheras

“Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo.” Así termina el Diario de campaña de José Martí, dos días antes de su muerte, con una anotación del agua en tierra. Una bebida y el desborde de un río con rango de marinero: la tormenta y el vaso de agua. El autor, que página tras página ha ido apuntando con naturalidad las plantas, animales, fincas y poblados, nombres y voces de desconocidos con o sin rango que forman el ejército y el pueblo, no debió haber pasado por alto la elocuencia de los significados de los ríos que armarían el escenario de sus últimos días. El Cauto –“pensé, de pronto, ante aquella hermosura, en las pasiones bajas y feroces del hombre”–, y el Contramaestre desbordado. En su regreso a Cuba este proceso de percepción adquiere por momentos una administración de opuestos: las cosas ya nombradas se muestran a los ojos del que vuelve, en diálogo con sus contrarios. El cauto, apasionado; el oficial del mar, revuelto.

Sobre su arribo escribió Lezama: “Martí llega como en el acecho silencioso de la sobrevivencia a la casa que lo espera, aunque está vacía, y que después se cierra, ya no espera a más nadie.” El recorrido doble del Diario comienza con una cabalgata a Santiago de los Caballeros, “la ciudad vieja de 1507”, y termina en la manigua cubana. La primera parte, conocida como De Montecristi a Cabo Haitiano, fue enviada desde Haití a María y Carmen Mantilla en Nueva York. En la dedicatoria Martí las evoca y les encarga el orden según las fechas de los apuntes diarios. El primer cuaderno queda enmarcado en la escena de lectura de las dos jóvenes, María de 14 años y su hermana Carmen de 20, ante los episodios del autor “a caballo y en la mar, y en las más grandes angustias que pueda pasar hombre”. Naturaleza e historia quedan entramadas en la expedición: una línea trazada sobre lo natural como un proyecto político. En el encuentro con el mar anunciado en la dedicatoria, en la tentación del naufragio sin naufragio y del diario de campaña sin acción, se escriben algunos de los fragmentos más singulares de la ruta.

Como una fuerza que desestabiliza las impresiones de la ciudad de los modernistas, el mar venía apareciendo antes en su poesía. “Hierro”, en Versos libres, captura un instante de alumbramiento y transgresión del espacio donde el desván del poeta se transforma en una escena marina. Se trata de un poema de la creación en la fugacidad del tiempo productivo. A la hora de asignar autonomías a la escritura modernista, su primera línea es un emblema: “Ganado tengo el pan: hágase el verso”. Martí expone el agobio de una mano con la que saca cuentas para vivir, la misma que luego se ejercita escribiendo. Es un poema del exilio y de la creación en el exilio. En él aparece esta escena:

[…] ¡Y miro
El Sol tan bello, y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de avaras
Fieras saltan de mí buscando empleo;—
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!

La imagen del bajel en pedazos ya venía entrando antes, unos versos más arriba, en la luminosidad que adquiere la habitación, la energía que lo recorre en el ejercicio de escritura, el aire un instante antes de que el cuerpo descanse en el muro. Entonces la visión emerge como fragmento del naufragio que, aún presentado desde el símil de una agonía, captura la totalidad del espacio.

La divulgación de al menos dos de sus poemas ha dejado a Martí en contra del mar. Uno pertenece a Versos sencillos y otro a los libres. El primero le asigna al mar un lugar emocionalmente improductivo, aunque da por sentado una expectativa de preferencia que la decisión política del poeta sustituye. “El arroyo de la sierra / me complace más que el mar” ha sido más apropiable entre los Versos sencillos que este otro: “Yo sé de un pobre pintor / Que mira el agua al pintar,— / El agua ronca del mar,— / Con un entrañable amor”. De todos sus poemas, el que más explícitamente enfrenta el mar, desde el título, es el que ha quedado como expansión de su preferencia por el arroyo de la sierra. “Odio el mar”, en Versos libres, sin embargo, permite una gravitación hacia ese “muerto enorme”, no por el despliegue del rencor anunciado sino porque la primera estrofa, al dedicarse a enumerar cuándo exclusivamente es el mar hermoso, traza también un boceto de lo que el mar es: odia al mar cuando no es lo que podría ser. El mar que odia el poeta que es Martí es el inmutable y explotado de la conquista, el comercio, el mar de la metáfora del llanto y el atravesado por buques de lujo. El otro, en cambio:

[…] y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encórvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:—
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.

Se abre el mar vecino a un lector que una noche desde un puente de farolas lo ignora y lo acompaña. El puente es también puente de mando sobre la cubierta, que haría de este hombre inconmovible un marino, como aparecerá en su nota del Diario a bordo del Nordstrand: “Yo en el puente”. Este lector que pasa la siguiente página, sin dejar de leer, equipara en su gesto el mar y el libro. El que se no se mira, pero se escucha o se presiente, es el mar de los viajes de destino inseguro, de rutas fragmentadas y clandestinas como los que establecerá en su vuelta a Cuba.

Habiendo viajado en el vapor Athos desde Nueva York a Montecristi, República Dominicana, donde lo esperaba Máximo Gómez, sus rutas contingentes exploran el Caribe en tramos cortos y según cambios inesperados, en un plan que cuesta encauzar: de Cabo Haitiano a Montecristi en lancha; de Montecristi a Gran Inagua, Bahamas, en la recién comprada goleta Brothers, acompañado por Gómez y un pequeño grupo; de Gran Inagua de vuelta a Cabo Haitiano a bordo del carguero alemán Nordstrand, portando pasaportes falsos, con sólo cinco de los primeros tripulantes; de Cabo Haitiano en el Nordstrand de regreso a Inagua, allí compran el bote que los llevará hasta Cuba una vez que en su ruta a Jamaica el carguero se desvíe y los acerque como habían convenido. A las siete y media de la noche, visible la farola de Maisí, bajan el bote en medio de una tormenta y consiguen tocar tierra en una playa de piedras. Es el 11 de abril de 1895.

Desde el día 9 las notas pertenecen a la segunda parte, De Cabo Haitiano a Dos Ríos. Lo que viene después del desembarco cubano es el segmento más atendido del Diario, porque documenta el reencuentro físico con la patria: páginas en las que se ha leído la anticipación de la muerte, el proyecto de república, la hipersensibilidad hacia una naturaleza activada por los campamentos mambises. La primera parte fue publicada en La Habana en 1932, con un título revelador de sus límites: Páginas de un diario, y en 1938 como Apuntes de un viaje. Aunque este viaje tiene una misión concreta, la liberación de Cuba, durante el primer fragmento de los diarios se trata todavía de un secreto. Consciente de que el manuscrito podía terminar en manos de autoridades españolas que intervinieran la misión, el tema negado a la escritura en la primera parte es precisamente la campaña. Es un diario de campaña sin campaña, sin mención a estrategias ni conspiraciones, sin descripción de objetivos militares o planes cumplidos. Hay, por el contrario, paseos a caballo, sobremesas, visitas al barbero, libros, avispas, el oscuro sueño de las dos lanzas. Es un diario en la campaña, en su doble significado: más campo que esfuerzo para conseguir un fin. El segundo cuaderno apareció en 1940, dentro de los diarios de Máximo Gómez, como un fragmento de sus archivos que con motivo de los más de cien años del nacimiento del General se publicaban por primera vez en un volumen. El libro de Gómez abarcaba sus diarios en sucesivas campañas, desde la Guerra de los Diez Años hasta el 1899. La inclusión de las páginas de Martí funcionaba más por pertenencia física al archivo, más por propiedad que por autoría. Lo que constituía un capítulo breve, perdido entre las páginas de la segunda mitad del tomo, parecía avalar las notas de Gómez o, al menos, mostrar una versión contrastada de la misma historia.

Por la circulación de ambos fragmentos del Diario, uno enviado a Nueva York, otro rescatado por Gómez y publicado luego dentro de su libro de aniversario, y por el estilo de cada uno, el primero acumulativo y expectante, el segundo, instalado ya en Cuba, profuso y accidentado, la tentación de localizar una continuidad en los dos cuadernos permite leer como escenario común el mar. Si las islas se separan de un cuaderno al otro, el espacio marítimo cose esa dispersión. El resultado es una ruta por varias costas. Desde principios de marzo y en los once primeros días de abril, el Diario de campaña se abre hacia el archipiélago, al mar, donde las islas son simultáneamente reales e imaginarias. En la introducción a Versos libres había escrito: “Lo que aquí doy a ver lo he visto antes, (yo lo he visto, yo). —Y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos […] De la copia, yo soy el responsable”. Ahora se ha liberado de esa responsabilidad, nada huye sin dar tiempo a la copia, todo lo que escribe es el original.

La primera aparición del mar se da en la entrada del 4 de marzo, el viaje en lancha de Cabo Haitiano a Montecristi. Es una nota dedicada al mar en la madrugada y, en especial, a una experiencia sobrenatural, contada con sosiego, conmovido por la sorpresa. “Y abrí los ojos en la lancha, al canto del mar”, comienza. En la primera línea el canto recrea una imagen escultórica: la enormidad filosa, el volumen de agua como una masa pétrea. La segunda oración viene a precisar el significado, de la visión paisajística a la acción: “El mar cantaba”. Este episodio empieza con un cruce de sentidos, la sinestesia de abrir los ojos en la oscuridad a una música. Martí suspende la explicación y narra su contexto. Habían salido con tormenta a las diez de la noche “y ahora, a la madrugada, el mar está cantando”. Cuenta cómo el timonel deja el timón, el patrón de la lancha se lleva una mano al corazón. Fija sus voces: “Es lo más bonito que yo haya oído en este mundo”. “Dos veces no más en toda mi vida he oído yo esto bonito”. La explicación que le dan es que hay baile vudú en el fondo del mar, y entonces se hace claro que se refiere a una experiencia de otro orden: “La larga música, extensa y afinada es como el son unido de una tumultuosa orquesta de campanas de platino. Vibra igual y seguro el eco resonante. Como en ropa de música se siente envuelto el cuerpo”. No se trata de una metáfora del sonido de las olas. Sobre la lancha, Martí ha cumplido una experiencia conectada con el pasado que adquiere en esta entrada un carácter de ritual de viaje.

Este trance en la noche de altamar recuerda las imágenes de la barca abierta que un siglo más tarde fijará el martiniqués Édouard Glissant: “Cuando una flota alcanzaba a un barco negrero, era fácil aligerarse tirando el cargamento por la borda, anclados a las bolas y cadenas de los grilletes […] El abismo es, de hecho, una tautología: el océano entero, el mar entero colapsando gentilmente al final en placeres de arena, forma un vasto comienzo, pero un comienzo cuyo tiempo está dictado por el verdor de estos hierros”. El mar nocturno del 4 de marzo se exhibe como una superficie sin dirección ni referentes visuales, la música es descrita en ascenso: “hoy es día de baile voudou, en el fondo de la mar, y ya lo sabrán ahora los hombres de la tierra: que allá abajo están haciendo los hechiceros sus encantos”. No es una dudosa experiencia de minutos. El apunte cierra con el informe de su duración: “Cantó el mar una hora, más de una hora. La lancha piafa y se hunde, rumbo a Montecristi”.

Semanas después vuelve al mar con la goleta Brothers. Desde ella narra, en días y notas consecutivas, el vuelo de unos flamencos, una rima popular que recuerda y apunta, la observación distante de la descarga de madera en el carguero alemán, el mismo en el que finalmente conseguirá acercarse a Cuba. Estas entradas son intersticios, esperas, presente atemporal, tiempo muerto. Notas como la del 5 de abril hacen de la campaña una aventura contemplativa. Ni la independencia ni la república se posponen, pero el mar establece otros relatos. Al día siguiente describe un espacio interior. No se trata, en este caso, del interior francés del modernismo, sino de uno alemán. No es tampoco la habitación ornamentada con la acumulación de objetos traídos de naciones lejanas, es el espacio entero el que se ha desplazado: un camarote. El interior alemán ha navegado hasta el Caribe en la ruta mercantil. El capitán guarda bajo su litera gavetas de mapas, en el escritorio acumula libros (“está Goethe todo”), exhibe desde una escopeta de caza hasta dos pares de esposas para controlar los incidentes de desorden a bordo. Martí repara en un talismán de protección, un cuadro en estambre con un verso germánico en letras góticas bordado por la mujer del capitán, cuyo retrato preside la habitación: “En toda tempestad, / En toda desventura, / Tenga piedad de ti / El Dios de las alturas”. Será esta nave alemana la que los acerque, con nombres falsos –Martí como Francisco Torres, Gómez como Marcos Rojas–, a un punto entre Cuba y Haití antes de seguir su viaje a Jamaica.

Las dos primeras entradas de la segunda parte del Diario son arranques de una línea. En cada una, acciones marítimas: embarcan; izan velas. Escrito en oraciones breves alternando entre dos, tres o cuatro palabras, el fragmento del 11 de abril cubre desde la salida hasta que duermen en tierra cubana. Sobre el Nordstrand Martí busca ver la isla definitiva: “Pasamos rozando a Maisí y vemos la farola. Yo en el puente”. Escasas palabras después ya están a la deriva, a tres millas de la costa. Martí se representa en la vanguardia: “Llevo el remo de proa”. El diario de Gómez abunda en este momento. Su descripción del mar es más corriente, forzosamente poética:

La noche es tenebrosa, el mar se siente agitado, la obscuridad es tal que el mar parece un negro manto funerario donde nos debemos envolver para siempre. Ni una estrella alumbra el firmamento. El chubasco se afirma. El vapor se detiene un momento y rápidamente se descuelga un bote, se carga de armas y pertrechos y caen dentro de él seis hombres; que cualquiera diría que eran seis locos. Se va en el acto el vapor y quedamos desamparados, envueltos en aquella pavura atroz. Ninguno de los seis somos marinos, y con todo, echamos manos a los remos.

Aquí ha ocurrido algo sorprendente. Gómez ha documentado un instante de proyección, como si entrara en el relato de la Historia. La descripción del paisaje lo aleja de sí, al punto de abandonar el nosotros en el que está narrando y volverse un testigo que mira desde lo alto la escena del traspaso del vapor al bote: “se descuelga”, “caen”. Adopta la perspectiva cenital del Dios de las alturas bordado en estambre gótico. Ya no hay un nosotros sino “seis hombres”, “seis locos”, que abordan el bote bajo un temporal. Hasta el tiempo verbal, de un presente descriptivo, pasa a la trascendencia épica de un pasado: “eran”. Martí, en cambio, ya está disuelto en un plural que lo incluye, sus últimas escenas sobre el bote son las de una escuadra temeraria: “Nos ceñimos los revólveres. Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube”.

El carguero alemán ha desaparecido en la noche del mar y los seis hombres, sin mucha experiencia, han quedado en el oleaje, bajo el mal tiempo, sin saber cómo acercarse a la costa (“Cual leño de bajel despedazado / Que el mar en furia a playa ardiente arroja”). El espacio del bote es un caos: Gómez apunta en su diario que Martí y Salas en la proa reman muy mal, “a la desesperada”, pero es él quien no sabe qué hacer con el timón, “apenas lo entiendo”, y termina arrancándolo. Martí es más benévolo y en la brevedad de sus notas no busca culpables, sólo registra: “El timón se pierde”. En esa línea hay mucha paciencia contenida. Cuando logran acercarse un poco dan de frente con farallones colosales donde rompen olas que les dejarían el bote hecho astillas. Es el momento de darse cuenta de que compraron un bote que ninguno sabe usar y, aunque estén cerca de la costa cubana, esa cercanía en la tempestad puede volvérseles ilimitada. Si no fuera por la incertidumbre que los espera, lo primero que debían hacer al llegar a la playa de piedras es doblarse de risa hasta soltar las lágrimas.

Ha sido una recalada sin avistamiento. Marcos del Rosario, otro de los seis tripulantes del bote, recuerda la llegada desde la euforia teatral de Gómez, que besó la tierra y cantó como un gallo. El General se camufla en un eco animal para celebrar la sobrevivencia. “Y cuando lo oí que cantó como gallo”, dice del Rosario, “me dije: ¡Nos salvamos! […] Yo creía que estaba hecho todo lo que veníamos a hacer”. El cantío de un gallo, lo que está cerca y lejos. Ahora hay una corta ceremonia muda de quien antes remaba en la proa, de quien mucho antes ha escuchado los cantos submarinos, ha compartido con personajes de paso, ha visto espacios interiores alucinados y concretos, y ha estado a un paso del naufragio: “Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande”. Martí se despide del mar sin mirarlo, como el lector que en su poema pasa la página de un libro. Está a punto de entrar al campo cubano, listo para reconocerlo y no salir más.

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