Éxodo del Mariel (FOTO EL Nuevo Herald)
Éxodo del Mariel (FOTO EL Nuevo Herald)

Hubo un tiempo prolongado en que nada obsesionaba más a los analistas de la literatura cubana, locales o extranjeros que la llamada “novela de la Revolución cubana”. Y los obsesionaba por razones muy atendibles. ¿Acaso la Revolución no había atraído la atención mundial hacia ese rincón polvoriento del mundo, ese traspatio norteamericano conocido como América Latina? ¿No había contribuido la Revolución a aliar a novelistas y lectores en el famoso boom literario latinoamericano? ¿Cómo no esperar entonces que tal proceso histórico produjera novelas a la altura de sus circunstancias? El principal teórico local de la novela de la Revolución cubana, Rogelio Rodríguez Coronel, no veía objeto de estudio más importante que el de aquellas obras que representaran “la labor de una sociedad en revolución, en un siglo cuya marca principal viene dada por las transformaciones de la realidad económico y social hacia una etapa superior en el desarrollo de la humanidad, hacia el socialismo”.

Pero no bastaba –advertía el crítico– con que estas novelas registraran el proceso histórico en cuestión, sino que debían escribirse “en simpatía” con este y compartir su “punto de mira”. “No es lo que se mira –aclararía el poeta y crítico autorizado Roberto Fernández Retamar– sino cómo se mira lo que define tal carácter revolucionario”. Tiempo después Ambrosio Fornet, un crítico algo más sofisticado que Rodríguez Coronel, reconocía que para escribir la novela de la Revolución cubana no bastaba compartir el punto de mira de la Revolución. Esta debía ser “épica por su contenido y renovadora por sus recursos formales” (o sea, que estuviera mejor escrita que las de Manuel Cofiño) y su arquetipo debía ser “capaz de resumir la experiencia social acumulada durante los años más intensos de la lucha de clases, de rescatar la memoria colectiva y, con ella, los múltiples niveles de significación de un proceso que, para millones de personas, era parte inseparable de su autobiografía y de su propia vida cotidiana”. Una novela, en fin, donde todos encontraran “su propia imagen multiplicada por el espejo innumerable de la épica”. El arquetipo de esta novela era para Fornet Las iniciales de la tierra, publicada por Jesús Díaz tras previsibles tropiezos con la censura socialista en 1987, doce años después de haber sido terminada. La novela cuenta la historia de Carlos Pérez Cifredo quien, como aspirante a ingresar al Partido Comunista, repasa su vida y se pregunta si ha reunido méritos suficientes para ello:

¿Qué le preguntarían en la asamblea?, ¿qué le criticarían? Él, que había querido ser un héroe y todavía aspiraba a ser ejemplar, ¿qué era, en realidad? Había coreado los mismos himnos, bebido en los mismos jarros, llorado a los mismos muertos que todos los demás; no tenía un solo mérito que pudiera llamar suyo y no de todos o de las circunstancias. Era uno entre millones, se dijo, pero esta certeza, que tuvo la virtud de reconciliarlo consigo mismo, también lo hizo temer al fracaso: tal vez aspiraba a más de lo que merecía.

A diferencia de los “héroes positivos” bidimensionales que ensalza Rodríguez Coronel, Jesús Díaz propone alguien que a pesar de compartir el mismo “punto de mira” de la Revolución reconoce sus limitaciones: si bien en ocasiones señaladas supo estar a la altura de la Historia –ni más ni menos que como debía ser– en otros asomó su impertinente individualismo. Precisamente el mayor reproche que se hace el protagonista es haber querido ser, en algún que otro momento, diferente. De ahí que sus momentos de éxtasis sean justo aquellos en los que consigue fundirse con la masa: “Al llegar al extremo de Paseo notó una fortísima asincronía entre su desesperación y la calma concentrada de los cientos de miles de personas que abandonaban silenciosas la Plaza. Se detuvo al sentir que una fuerza tranquila lo invadía, era uno entre los millones que mañana volverían al trabajo, sin dejar morir del todo a sus muertos”.

Pérez Cifredo, ante la asamblea a la que somete su biografía, será “trabajador ejemplar” (el equivalente socialista serializado del héroe griego) en la medida que demuestre haber seguido paso a paso la Historia Universal sin perder su ritmo. Y en las circunstancias cubanas la Historia Universal hablaba por boca de “quien se había ganado el derecho de hablar por todos porque representaba la esperanza de todos” y ese no era otro que “¡Fi–del! ¡Fi–del!”

Ese fue el arquetipo de la novela de la Revolución cubana hasta que, cinco años después, su autor decidió pedir asilo político en Alemania y, de paso, publicar novelas menos complacientes con el “punto de mira” de la Revolución. Novelas que renunciaban a la épica porque Jesús Díaz parecía haber entendido –como Gyorgy Lukacs antes de convertirse en el teórico oficial del realismo socialista– que la épica pertenece a otro tiempo. Un tiempo en que “no hay todavía intimidad, porque aún no hay un afuera, ninguna alteridad del alma”. Un tiempo en que el alma “no conoce aún ningún abismo en sí misma” y “cada acción es simplemente un ropaje bien cortado para el alma”. Incluso así, habrá que reconocer que nada más apropiado que la épica para quienes pensaban, como el Che Guevara, que la Revolución debía convertir la sociedad “en una gigantesca escuela”. Un mundo de niños grandes donde “por un lado actúa la sociedad con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación”.

El Mariel cuenta su historia

Cabe preguntarse ante tales paradigmas si es posible otra manera de escribir novelas sobre esa encarnación del Espíritu Universal hegeliano que fue la Revolución cubana, proceso que –según el periodista Jon Lee Anderson– “contribuyó a definir el mundo moderno”. Quiero decir, si se puede describir tal proceso más allá del masoquismo, la culpa o el sometimiento ante la aplastante voluntad de la Historia Universal. Novelas en las que el ser humano –para cuya redención supuestamente son creadas las revoluciones– no sea objeto, medio o, previsiblemente, víctima. Donde el valor del individuo no se mida en contraste con el Espíritu Universal.

Vengo a proponer como candidatas para esta magna tarea tres novelas: La travesía secreta de Carlos Victoria (1994) y Sabanalamar (2002) y El instante (2011) de José Abreu Felippe. Sus autores pertenecen a la generación de Mariel, sus novelas han sido publicadas en pequeñas editoriales del exilio y los académicos que se han ocupado de ellas caben cómodamente en un Uber. Si me ocupo de ellas ahora es por razones mejores que las de hacer ese imaginario Uber algo más incómodo.

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Carlos Victoria nació en Camagüey en 1950, ganó en 1965 el premio de cuentos de la revista El Caimán Barbudo (a la sazón dirigida por el autor de Las iniciales de la tierra). En 1971 fue expulsado de la Universidad de La Habana y, en 1978, fue arrestado por la Seguridad del Estado, quien le confiscó todos sus manuscritos. El protagonista de La travesía secreta, Marcos Manuel Velazco, previsiblemente también nació en Camagüey y fue expulsado de la Universidad de La Habana, aunque sus esfuerzos creativos estaban concentrados en la poesía antes que la narrativa. A diferencia del impetuoso y desbordado en testosterona protagonista de Las iniciales de la tierra, Marcos se nos presenta desde el inicio como un ser dubitativo, poco inclinado al heroísmo: “mi madre está ingresada en un hospital de locos, no conozco a mi padre, no sé pelear con los puños, me avergüenza la familia que tengo, me miro al espejo y no me gusto, sospecho que la Revolución es otra gran mentira, sexualmente soy un indeciso, cada día me vuelvo más ateo”.

La travesía secreta se encarga de seguir los vaivenes emocionales y vitales de un joven sensible, creativo y cuestionador en un mundo en que la mera duda es vista como indicio de debilidad o de traición. De poco vale que en su fuero interno se pregunte si no era “la revolución cubana, a pesar de sus errores, una causa justa” o si “los cambios ocurridos en su país no conducían a la larga a una vida más plena”. Poco importaba si se flagelaba mentalmente reconociendo “en sí mismo los síntomas del individualismo”. A la Revolución no le basta con la simple adhesión. Esta tiene que ser ferviente, sin atisbo del más nimio titubeo. La patria –como alecciona un modélico teniente de milicias en Las iniciales de la tierra— “le quita el derecho a protestar, el derecho a discutir, el derecho a quejarse”. La única alternativa que le queda a Marcos es la simulación y el doblez o “de otra forma no lograría proseguir sus estudios”. Como le dice su cínico guía espiritual, “vivimos en el mundo de las dobles caras: es la única transformación genuina que ha llevado a cabo este sistema que nos tocó sufrir”.

Carlos Victoria | Rialta
Carlos Victoria

En el mundo que describe La travesía secreta todo está codificado en términos políticos, desde la vestimenta o el largo del pelo hasta las relaciones sexuales ya que “la menor desviación o exceso se pagaba como un crimen contra el Estado”. Pero, pese a todo, en algún momento de la novela, Marcos encuentra fuerzas para volver confiar en “la Revolución”. Si bien no se trata de la confianza ciega de otros, espera que sus representantes muestren un mínimo de comprensión ante la “minoría inconforme” de la que forma parte. Marcos le cuenta a un amigo que “por primera vez en la historia de esta revolución vamos a poder expresar nuestros puntos de vista en una reunión pública con los comunistas, sin que estos puedan tomar represalia”. Al describir la reunión, Marcos le cuenta a su corresponsal que “la actitud inicial de ellos fue acusadora e insolente, pero fueron cambiando de tono al darse cuenta de que la mayoría de nosotros no rechazaba tajantemente la revolución, ni pretendíamos escapar de ella […] sino que solo abogábamos por un margen –incluso reducido– de libertad individual”. Sin embargo, la única salida que la Juventud Comunista le ofrece a los inconformes es ir a cortar caña de azúcar para ganarse “el derecho a discutir”. Luego de un breve interludio en que, gracias al contacto con el campo y el sexo, el protagonista cree alcanzar cierto éxtasis, todo vuelve a la normalidad totalitaria: el campamento es disuelto y Marcos es detenido por la Seguridad del Estado acusado de ser “una de las pocas «cabezas pensantes del movimiento antisocial»”.

El olvido y la calma

De las más de mil quinientas páginas que dedica José Abreu Felippe a la vida del protagonista de su pentalogía El olvido y la calma, Octavio González, me concentraré en el segundo y el cuarto de sus tomos: Sabanalamar, novela que se concentra en la conocida Campaña de Alfabetización de 1961 y El instante, el más extenso de los libros de la serie que abarca desde finales de la década de 1960 hasta el éxodo del Mariel en 1980.

Una de las virtudes más llamativas de Sabanalamar –junto a la gozosa recreación del campo cubano y su erotismo omnívoro– es esa visión del protagonista, incontaminada ya no con la del autor, sino hasta con la posterior evolución del personaje. Octavio, un adolescente de una familia pobre pero razonablemente feliz del extrarradio habanero, en 1961 conserva cierto entusiasmo por la Revolución y la certeza de que “ir a alfabetizar no podía ser malo” y de que “sería una gran aventura”. Su experiencia de vivir, trabajar y enseñarle a los campesinos tiene un valor intrínseco más allá del uso político que le den luego. Si alguna fisura muestra Octavio en su fe en la Revolución es en contraste con su devoción religiosa. Quiere aprender a cantar “La internacional”, el himno que sellaba el paso a la fase comunista de la revolución, pero “había una estrofa que él nunca cantaba, aquella de «no más salvadores supremos, ni césar ni burgués ni Dios». Cuando llegaba a esa parte se callaba la boca, o a lo sumo la cantaba hasta «burgués». Pero el resto era bonito y le parecía bien”.

Solo al final, en medio de la despedida de ese duro y extraño paraíso, llega un ramalazo de anticipación una vez que la revolución se enseñoree de aquellos predios. “Dentro de unos años, no muchos, Sabanalamar no será más que un nombre en la memoria. Hasta de los mapas desaparecerá. El marabú se tragará la línea, el camino, los bateyes, se lo comerá todo. El río será un desagüe, por culpa del inútil canal que están abriendo ahora […] Sabanalamar se irá a la mierda, hijo, solo los más viejos resistirán hasta el final”.

Con la novela El instante de José Abreu Felippe entramos de lleno en el universo totalitario: movilizaciones monstruosas, planes faraónicos, constante vigilancia policial, un sistema represivo aceitadísimo y ubicuo, control sobre la economía, la sociedad y cualquier manifestación cultural y social, sobre la moda o las relaciones sexuales frente a los que el protagonista y sus amigos ensayan todo tipo de tácticas empezando por la simulación y la doble moral y terminando por diversos métodos de resistencia.

Por mucho que el Che Guevara intentara refutar teóricamente a “los voceros capitalistas” que afirmaban que en el socialismo se buscaba la “supeditación del individuo al Estado”, la descripción de una cafetería en la novela basta para ilustrar cómo se resolvía la tensión entre las necesidades del Estado y las de los individuos: “Las «mesas pertenecían» a ese nuevo estilo que parecía estar imponiéndose en todas las cafeterías y restaurantes: un tubo empotrado en el suelo sosteniendo una plancha circular. Estilo «los parados», porque no había otra opción para «consumir». Comías parado o no comías”. Como en el resto del mundo comunista, el Estado, incapaz de proveer a los consumidores –y preocupado porque las cafeterías devinieran en centros de conspiración– optaba por hacerlos comer de pie.

En aquellas condiciones el panorama cultural era desolador: “La década de los sesenta contempló el renacimiento, el desarrollo y la decapitación del arte en Cuba. Parece que algunos se creyeron en serio que los iban a dejar seguir, como si aquí a alguien le importara de verdad que la literatura «floreciera» o no. A partir del 68 el arte cubano pasó a la clandestinidad, y lo que quedaba era la escoria oficial”. Pero aun así la vida pugna por abrirse paso de todas las maneras posibles y una de las más constantes es el deseo insaciable del protagonista ya fuera por comidas y libros prohibidos o relaciones sexuales de toda especie. Un deseo que revela la estrechez de los límites impuestos a aquella sociedad supuestamente revolucionaria. Ante el pliegue que causa en el pantalón la erección del pene de un muchacho, Octavio comenta que es “la historia universal condensada en un gesto”. Y de la lectura clandestina de Herme (álter ego de Reinaldo Arenas) en el Parque Lenin Octavio dice que cuando “aquella música tétrica comenzaba a desenrollarse, a extenderse por sobre la hierba, y trepaba por los troncos de los almácigos y ascendía como gritos brillantes difuminándose, flotando sobre el Parque, para después caer sobre nosotros como lluvia, comprendía que valía la pena cualquier sacrificio por alcanzar el otro lado, que nada ni nadie debía detenernos”.

José Abreu Felippe (FOTO Hypermedia Magazine)
José Abreu Felippe (FOTO Hypermedia Magazine)

Podría extenderme hasta el infinito argumentando por qué estas novelas escritas a contracorriente de casi todo son relatos más fidedignos de las primeras dos décadas de la llamada Revolución cubana que aquellas que comparten “su punto de mira”. Podría citar una buena sarta de teóricos poscoloniales que explican por qué debemos preferir las narrativas de sujetos marginados que aquellas autorizadas o toleradas por el poder. Podría ahondar en la condición de víctimas de Victoria y Abreu o en la humildad de sus orígenes. ¿Acaso no fue el propio Fidel Castro quien proclamó en un arranque lincolniano que la Revolución cubana era “de los humildes, con los humildes y para los humildes”? Podría incluso justificarse el uso de la épica como el género adecuado para poner en escena la Revolución cubana con el argumento de que, para representar una sociedad nueva, encaminada a producir hombres nuevos nada más apropiado que el género favorito de cuando la humanidad era también nueva y que una revolución leninista puede aspirar a la totalidad del ser como lo haría Homero. Como si la nueva ideología bastara para sellar el abismo insalvable entre “el conocimiento y la acción, el alma y la figura, entre el yo y el mundo” que según Lukács padece el hombre moderno.

Pero tanto los taciturnos personajes de Victoria como los gozosos de Abreu se resisten a evaluar su vida en relación con la ideología que le han impuesto a su mundo. Se resisten a relativizar los horrores de la Revolución, el mayor de los cuales fue pretender programar la realidad en sus más mínimos detalles a imagen y semejanza de su ideología, de sus pretensiones de control. Y para no reproducir el gesto de la épica socialista en sentido inverso estas novelas son capaces de mirar más allá de la opresión y del miedo, de rehuir de su condición de víctimas para reconocer que “en medio de tantas calamidades la felicidad era posible. Yo la veía, yo la palpaba: tenía un cuerpo caliente que se echaba a mi lado por las noches y no me dejaba dormir”. La misma humanidad de sus personajes, irreductible a cualquier ideología les hace reconocer que:

A pesar del terror que a veces se filtraba, sobre todo cuando hacíamos tertulias en la sala, por las paredes resquebrajadas de aquella casa que yo también amaba. A pesar de que teníamos el Comité de Teresa Carrillo al lado. A pesar de que el tiempo se nos iba, que crecíamos aceleradamente botando sueños y proyectos irrealizables, esperanzas que se podrían antes de madurar, anhelos. A pesar: había un aire de fiesta todavía.

Ese aire de fiesta en contra de las circunstancias que remite a un afán de totalidad humana (o mejor decir novelística) se eleva por encima de las reducciones del “punto de mira” y apabulla la pretensión de rebajar el mundo a fuerzas positivas y negativas. O peor, a víctimas y verdugos que luego de arruinar la realidad aspiran a hacer lo mismo con nuestras ficciones.

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Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967). Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), en donde actualmente se desempeña como profesor del Departamento de Español y Portugués. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008), obra con la que ganó el V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Turcos en la niebla, su primera novela, obtuvo el XX Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones en 2018 y fue publicada en 2019 por Alianza Editorial. Con el seudónimo Enrisco publicó una columna semanal en el diario digital Cubaencuentro por varios años y lleva un blog desde 2007.

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