Detalle del retrato de Friederich Nietzsche por Edvard Munch, 1906
Detalle del retrato de Friederich Nietzsche por Edvard Munch, 1906

Presentación

David Pollard ha publicado un influyente ensayo sobre el pensamiento poético de John Keats (The Poetry of Keats: Language and Experience), y una vasta obra poética en la que suelen coexistir el sobrio hermetismo reflexivo con la pulsión por recrear verbalmente la abigarrada manifestación de la realidad natural (Finis-terre, uno de sus cuadernos más recientes, es hasta ahora la única traducción al español de su poesía). Pollard es también el autor de Nietzsche’s Footfalls, un libro que –a falta de una mejor clasificación– habría que adscribir al así llamado género de la non-fiction, pero que se define a sí mismo con el enigmático subtítulo de “a tryptich”. Un retablo, esto es (lo explica el filósofo Jason M. Wirth en un clarificador estudio sobre la obra de Pollard), configurado por una “tabla” central dedicada a la vida, locura y muerte de Nietzsche, y a su siniestra “existencia póstuma”, más dos paneles laterales que ocupan, respectivamente, Wagner y Elisabeth Förster-Nietzsche (quien se encargaría de tramar la nazificación póstuma del pensamiento de su hermano). Pero la irrupción de una serie recurrente de “predelas” (por ejemplo, en el pasaje introductorio que a continuación se reproduce, las dedicadas a Heine, Hölderlin, Marx, Lou Andreas Salomé, Bismarck, Hitler…) en las que se refractan los motivos dominantes en tablas y paneles enrarecen la simetría y, sobre todo, evitan cualquier estatismo a la composición, toda vez que la lectura de Los pasos de Nietzsche va entregando “una sutil combinación de vidas y resurrecciones”, y que el narrador de Pollard, en la mejor tradición de la no ficción europea de las últimas décadas –en la estela de Magris, de Noteboom y aun de Sebald–, deambula por la historia y por la geografía en busca de resonancias latentes entre la poesía, la música, la filosofía, la política, el pasado y el presente… y tras los pasos de los fantasmas que siguen recorriendo el mundo.

Juan Manuel Tabío

Los pasos de Nietzsche. Un tríptico (fragmento), por David Pollard, traducción al español de Juan Manuel Tabío

Goethe: “El verdadero signo del genio es la productividad póstuma”.

En la tragedia Leubald und Adelaide, que Wagner escribió cuando aún estaba en la universidad, todos y cada uno de los personajes son asesinados antes del acto final, así que algunos de ellos deben regresar como fantasmas para que la obra llegue a su fin.

Nietzsche: “Sólo el pasado mañana me pertenece. Algunos hemos nacido póstumos”.

Introducción

Röcken todavía se extiende en las llanuras del este de Alemania, bajo un ilimitado cielo gris cobalto. Como las señalizaciones apuntan a su entrada, pero no a su salida, es posible pasarle de largo por la carretera sin llegar a enterarse de que está allí. Este pueblo se encuentra justo al lado de un camino revestido de adoquines que sacuden el carro violentamente y lo hacen andar muy lentamente. Un poco más allá queda Lützen, donde tuvo lugar la batalla en la que Napoleón derrotó a los ejércitos aliados de Prusia y Rusia en su victorioso avance hacia Moscú (un avance que otro dictador emprendería más tarde, con un mismo grado de éxito y de fracaso). Nietzsche menciona haber visto pasar a una caravana de rebeldes eufóricos por delante de la casa del párroco durante las revoluciones de 1848, pero la propia rareza de este acontecimiento es evidencia del aislamiento del lugar. Junto a la carretera están situadas las pocas casas que conforman el pueblo, y los niños montan bicicleta y levantan el polvo de la tierra a su paso. Al igual que la autopista –a unos kilómetros de distancia– y que los grandes ejércitos que trabaron batalla en Lützen, el mundo ha pasado de largo por Röcken. No aparece en el mapa, y no es fácil saber cuándo desviarse de la autopista para llegar, ni por dónde regresar a ella al partir. Cuando llegas, el campanario te guía hacia la iglesia, y dejas el carro a la sombra de un muro.

El lugar está tan abandonado como el resto del pueblo. Seguramente aquí no se ha celebrado un servicio en mucho tiempo. Sin embargo, el pestillo cede y, al empujarla, la puerta se abre. En su interior, el lugar exhibe una tranquila belleza luterana. Orientadas hacia el este hay quince filas de bancos de madera pintados en un rojo pálido, verde y blanco. Un balcón rodea tres paredes, que ostentan inscripciones edificantes sacadas de la Biblia. Encima de la puerta hay un pequeño órgano. Delante del ábside hay una pantalla de madera que integra el altar, el púlpito y la sacristía. El altar está pintado y el púlpito, del mismo diseño, está situado directamente encima. La cruz del altar parece señalar hacia el lugar donde el cura se colocaría para dar su sermón semanal. La pared sur tiene siete ventanas incrustadas que proyectan una luz suave y brumosa en el interior del edificio. Como la autopista, el tiempo ha pasado de largo por este pequeño edificio. Afuera, el cementerio circundante ha sido invadido por la maleza. No es realmente el típico cementerio que esperas encontrarte.

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Hay solo un par de tumbas, que se recortan, pacíficas en la luz de la tarde, contra la pared sur de la pequeña iglesia. La más llamativa de ellas está cubierta por guijarros cuidadosamente rastrillados y casi llega a eclipsar las tres tumbas que se extienden a su alrededor, sobre las que cuelga un emparrado verde pálido que hace que cueste trabajo leer las inscripciones de las lápidas, a derecha e izquierda. Pero te inclinas y apartas las hojas. La tumba de la derecha, diferente de las demás, está inscrita al nombre de Franziska Nietzsche, nacida Oehler, y las fechas van del 2 de febrero de 1826 al 20 de abril de 1897. La tumba de al lado está dedicada a Friedrich Nietzsche, nacido el 15 de octubre de 1844, muerto el 25 de agosto de 1900. Sobre esta última hay algunas flores mustias, lobelias en una maceta y un ramo ya marchito de lirios cortados. La lápida del centro, libre de sombras, es considerablemente más fácil de ver y pertenece a Elizabeth Förster-Nietzsche, nacida el 10 de julio de 1846, muerta el 8 de noviembre de 1935. Es difícil no llevarse la impresión de que la difunta ha apartado de un codazo a su madre y a su hermano en la calma de la muerte.

La casa parroquial es un edificio anodino de tres pisos que es ahora de propiedad privada, y no habrá manera de que puedas convencerlos de que te permitan visitar la habitación en la que nació Nietzsche. La mujer que atiende a la puerta, parada con las manos en las caderas, te dice que no es posible, aunque vacila por un momento ante la mención del dinero. Aquí, como siempre, el nacimiento y la muerte están solo a unos pocos pasos el uno de la otra, pero no hay un solo indicio de lo que llevó al bebé de la cuna a la tumba. La verdadera existencia póstuma no está lejos de aquí, en Weimar, donde el filósofo loco vivió discretamente con su hermana, diciendo poco y escribiendo menos, mientras su reputación era hecha y deshecha en el archivo situado en la planta baja.

Imagen1 | RialtaPero esta es sólo una historia de existencias póstumas, de vidas reales sumidas en el pasado. Hay otra que también tiene que ver con tumbas. El 5 de mayo de 1934, el Obersturmbannführer Alfons Sachs (o Shacks) y el Gruppenführer Henrik Himmler (sin relación de parentesco con Heinrich) abordaron el vapor SS Perú, en el que atravesarían cuatro mil millas a través del océano hasta alcanzar las costas de Sudamérica. Ambos se sentían honrados de haber sido elegidos para esta misión crucial. Tenían a su cuidado una pequeña urna de piedra, griega en la forma, pero no en la sutileza de su factura, en la que había un puñado de tierra alemana. Habían recibido la instrucción de llevarla al corazón de la selva paraguaya. La urna había sido enviada a recorrer medio mundo para celebrar una ceremonia de gran carga simbólica tanto para el líder del Tercer Reich como para Elizabeth Förster-Nietzsche, una de sus más fieles súbditas. Una pequeña comitiva, compuesta en su mayoría por esos colegiales que suelen reclutarse ​​para ocasiones como esta, se había reunido alrededor de una tumba excavada en medio de un improvisado claro de la selva. La urna fue destapada, y el puñado de tierra alemana, la sustancia verdadera de la patria, salpicó la tumba.

Después de un retraso de casi medio siglo, este gesto puso fin a la existencia híbrida del hombre cuyo cuerpo estaba, está todavía, pudriéndose debajo. Ciertamente él estaba muerto, y un certificado emitido a tal efecto había sido expedido por las autoridades competentes; sin embargo, en el viejo país, se estaba haciendo mucho por resucitar al marido y al hermano, por convertirlos en… Una resurrección que puede condicionar la mortalidad y negar su quietud, que puede hacer que un cadáver dé un giro de ciento ochenta grados en su tumba y se dé media vuelta. Ciertamente esta es una de esas muertes a las que ha sido negada la irrevocabilidad que esperamos de los finales. Su fantasma sigue ahí, al acecho y peligroso.

Tal vez no haya sido una coincidencia que la pequeña ceremonia fúnebre tuviera lugar en Asunción. La ciudad debe su nombre, por supuesto, no a la asunción de Moisés sino a la de María, que fue acogida en el cielo para vivir en la gloria por toda la eternidad. Ya sabes: nubes que se abren y la Virgen, vestida en un raso azul que brilla a la luz del sol y del halo, asciende en el aire hacia las figuras de Dios y Jesús, que están en las alturas y la esperan con los brazos extendidos. Las nieblas ondean en la selva paraguaya y se abren como las nubes de tantas pinturas religiosas y, al hacerlo, en el espacio que ahora se hace visible, revelan la lápida. La tumba está ahora cubierta de malezas y comenzó a desmoronarse hace muchos años. Hay un vaso agrietado que a veces contiene flores. En la lápida aparecen inscritas unas palabras que expresan la esperanza en una clase similar de resurrección: “Aquí yace con Dios Bernhard Förster, fundador de la colonia de Nueva Germania”.

Pero se trata de un tipo singular de sobrevida, una habitada por fantasmas y zombis, por muertos vivientes que vuelven a atormentarnos a lo largo de las generaciones. El reverso de la santificación. Hay en el aire un olor desagradable a suicidio, un persistente rechazo de los muertos a permanecer en sus tumbas y de los vivos de dejar las cosas en paz. La tumba se encuentra en el cementerio de San Bernadino, que lleva el nombre de un monje predicador del siglo XV que, durante gran parte de su vida, despotricó contra los judíos.

La muerte de Förster, el Paraguayo, nos deja otro cadáver en esa procesión de muertos. Tuvo lugar en el Hotel del Lago, cerca de la capital provincial. En la mañana del 3 de junio de 1889, la camarera, como de costumbre, arrastró su carrito cargado de sábanas y toallas por el pasillo del segundo piso y abrió la puerta de la habitación. La pobre chica estaba medio aturdida por el olor químico que llenaba el aire estancado. Sobre la cama estaba el cadáver, ya rígido. Ella no lo tocó y corrió a pedir ayuda. Antes, Förster había escrito a su hermana: “Estoy de capa caída. ¿Qué será de nosotros?”. Luego había colocado la pluma cuidadosamente en el pequeño gabinete situado al lado de la cama y había tragado una mezcla letal de estricnina y morfina.

Imagen2 | Rialta                

Este patético suicidio se encuentra en el centro de una sutil combinación de vidas y resurrecciones. En primer lugar, las de Friedrich Nietzsche. El 3 de enero, exactamente cinco meses antes del descubrimiento de ese cuerpo fétido casi en la otra punta del mundo, en Asunción, el filósofo había salido de su hotel en Turín y se había dirigido hacia la Piazza Carlo Alberto, donde vio a un viejo caballo que estaba siendo brutalmente golpeado por su amo. Sobrecogido por la pena de ver al caballo maltratado, rompió en llanto, recorrió la plaza tambaleándose y estrechó en sus brazos el cuello del pobre animal en un intento de protegerlo. Luego se desplomó, entre sollozos, sobre los adoquines. Había así llegado a su fin un prolongado período de euforia, y comenzaba su propia existencia póstuma. En ese mismo momento, en Turín, Cesare Lombroso, el autor de Genio y locura, estaba sentado en su escritorio.

La hermana del filósofo enloquecido era la viuda del cadáver de Asunción. Sabía perfectamente dónde estaba su deber, e inmediatamente dejó al marido por el hermano, un tipo de existencia póstuma por otra. Por cierto, y esto también es parte de la historia, fue Hitler, el dictador alemán, quien intentó acabar con la leyenda del judío errante en su propio y original modo; quien envió la tierra de Alemania para cubrir esa tumba en la selva del Paraguay. Y esto nos lleva a otra resurrección, acaso la más peligrosa de todas, aquella que exige el entierro definitivo del holocausto y la celebración del cumpleaños del Führer, más de siglo y medio más tarde de ese otro suicidio ocurrido por un balazo en la cabeza en el búnker bajo un Berlín en llamas. Luego está Heinrich Heine, el poeta judío que yace en su tumba-colchón, y también otro poeta, John Keats, quien fue el primero en concebir la frase “existencia póstuma” para referirse a una vida más allá del mundo, en la misma carta en la que se despide de ella con una “incómoda reverencia”. “Tengo” –escribe en Italia, lejos de su casa y sus amigos– “el sentimiento habitual de que mi vida real ya ha pasado”. Heine y Keats están, ambos, muertos y aún vivos. Y la cosa no se detiene ahí, porque estas son resurrecciones infinitas, y cada una repercute en la otra hasta el fin de los tiempos. Estas líneas simplemente se añaden a ellas, son otro renacimiento y el recuerdo de cosas que necesitan, quizás, ser perdonadas.

Tenemos, así, una serie entera de tumbas sin sosiego, todas las cuales son el legado de Palinuro, el piloto exiliado de la nave de Eneas, sacudida por la tempestad. Elegido como víctima para calmar la furia de Juno, Palinuro fue vencido por el dios del sueño y arrancado del barco que estaba pilotando, y del que se llevó consigo no sólo el timón sino toda la popa. Según la traducción de Dryden de la Eneida: “The God, insulting with superior strength / Fell heavy on him, plung’d him in the Sea, / And, with the Stern, the Rudder tore away”.[1] Con esto se cumplía el oráculo, y así fue como Eneas desembarcó, a la deriva y sin la ayuda de su piloto, en las costas de Italia, la tierra de nacimiento del fascismo. Después de “tres noches tumultuosas”, Palinuro tocó tierra finalmente cerca de Velia, sólo para ser brutalmente asesinado y abandonado en la playa. Como no le había sido dada sepultura, hubo de aguardar una espera póstuma de un siglo antes de que se le permitiera cruzar el Estigia. Por cierto, Dido invocó para Eneas el mismo destino: “Que caiga antes de su tiempo y yazga insepulto en las arenas”.

Imagen3 | RialtaEn una habitación sombría en el número 50 de la Rue d’Amsterdam había otra tumba sin sosiego. En ella yacía el poeta Heinrich Heine, el primer judío que alcanzó una prominencia real en la historia de las letras alemanas. Era el hijo de Samsom y el nieto de Lazarus. Nacido antes de la boda de sus padres, era, además de judío, también ilegítimo. El negocio de la familia Heine había quebrado y su padre se había sumergido en una especie de locura epiléptica similar a la de Nietzsche, otro tipo de existencia póstuma. Heine escribe de una visita a su padre: “En el júbilo que me provocó verlo, quise correr hacia él y besarle la mano. Pero, por extraño que parezca, cuanto más me acercaba a él tanto más se volvía todo borroso y cambiaba de forma. Cuando me incliné para besarle la mano, me inundó un escalofrío mortal, sus dedos estaban secos como ramas secas y él mismo era como un árbol sin hojas y cubierto de escarcha”.

El propio Heine permanecería moribundo durante mucho tiempo. En Alemania trascendió que había ingresado en un asilo y poco después había muerto. Lo cual no era totalmente cierto. De hecho, había regresado a París y lo habían llevado a su cama, o más bien a un montón de colchones en una destartalada habitación de un segundo piso. Una pequeña antecámara conducía a esta habitación, que era modesta pero bastante grande. El lugar estaba casi totalmente sumido en la oscuridad y el silencio; las cortinas cerradas, el único sonido que se escuchaba era el de un piano que sonaba desde el otro lado del patio. El poeta yacía en una parte oscura de la habitación, separada del resto por un bastidor. De las paredes colgaban un retrato de su esposa y dos grabados de Robert, Los pescadores y Los segadores, aunque apenas se distinguían en la penumbra. Heine estaba tendido sobre los colchones colocados directamente sobre el suelo. Una vez que el visitante se había acostumbrado a la oscuridad, podía ver el cuerpo consumido bajo las sábanas. Sus hermosas y blancas manos, anémicas, descansaban sobre la sobrecama, y su rostro, también hermoso, no manifestaba dolor. Su alivio vino, no de la estricnina y la morfina, sino de la escritura y la morfina. Estuvo inmóvil sobre su cama durante ocho años.

En estas habitaciones vivió, medio desvalido, en su tumba-colchón; una existencia póstuma que duró sólo dos años menos que la de Nietzsche. Ambos estuvieron controlados por mujeres que los adoraban y cumplían con celo su función: Nietzsche por su hermana, Elizabeth; Heine por su esposa, Mathilde. Según se cuenta, la actitud de su mujer hizo poco por favorecer la existencia del poeta. El único médico que alivió su terrible sufrimiento fue un doctor Wertheim, quien se quejó enérgicamente de la calidad de los cuidados de Mathilde y fue recompensado con un puñetazo en la mandíbula, después de lo cual nunca regresó. Mathilde celaba horriblemente a cualquier persona que pudiera hacer más por el poeta moribundo que ella misma.

Una eternidad sin nada que hacer. Hora tras hora en compañía de pensamientos a la deriva, atrapados en una muerte de segunda generación, un cuerpo acunado en el tiempo, como un bebé, pero sin la esperanza de poder escapar, de incorporarse sobre piernas inseguras y emprender camino. Presos en la inmovilidad y rodeados por todos los flancos por pensamientos que se alimentan como buitres de la carne propia, que toman por carroña. Los espejos devuelven la mirada en todas direcciones. Los ojos pálidos a media luz y esa extraña mueca del zombi que insiste en las certezas que deben ser olvidadas hasta que aparece el siguiente pensamiento para desplazar al anterior, pero al final resulta que es el mismo. Las puertas del ocio ceden con demasiada facilidad. La más leve corriente las abre de par en par y se cuelan las grandes penas que esperábamos olvidadas. No una vista de narcisos dorados bajo el cielo azul, sino el horror.

El horror, por supuesto, es el origen, y de ese Hades vino su mejor obra. Los poemas que Heine escribió en ese tiempo eran “como escuchar a un hombre sepultado vivo”, como “un grito de la tumba”. Un grito en la noche de alguien que ha sido sepultado vivo, o aun el grito de un cadáver. “He perdido la vida para siempre”. Una tumba sin sosiego, sin los privilegios de los muertos, que no tienen necesidad de gastar dinero y de escribir cartas ni, mucho menos, libros. En este infeliz estado, “hace mucho que me midieron para mi ataúd, y también para mi obituario, pero estoy tardando tanto en morir que empiezo a encontrarlo tedioso, y también mis amigos”. “¡Espero que la interminable canción de muerte del cisne de la Rue d’Amsterdam no os haya aburrido demasiado!”, susurró el enfermo y se volvió. Cuando Mathilde rogó a Dios que perdonara su maldad, le dijo: “Me perdonará. Es su trabajo”.

Imagen3 | RialtaNietzsche tenía a Heine en muy alta estima: “La más alta concepción del poeta lírico me fue dada por Heinrich Heine. En vano he buscado a través de los siglos una música igual de dulce y apasionada […] ¡y cómo maneja el alemán! Un día se dirá que Heine y yo hemos sido, por mucho, los primeros artistas de la lengua alemana, a una distancia inconmensurable de todo lo que los simples alemanes han hecho con ella”.

La enfermedad de Heine se puede datar a partir de 1844, el año del nacimiento de Nietzsche. Entonces publicó sus Nuevos poemas y Un cuento de invierno. Fue hacia finales de ese año cuando murió su tío Salomon Heine, un multimillonario que dejó bienes por valor de unos cuarenta mil millones de francos. El poeta siempre había contado con que heredaría una pensión considerable a la muerte de su tío, pero el testamento no hacía ninguna mención en este sentido y su primo Carl, quien heredó la fortuna, le concedió a Heine solo 2 000 francos al año, una miseria. Heine quedó devastado: “Dios perdone a mi familia por los pecados que ha cometido contra mí. En verdad no ha sido la cuestión del dinero, sino la indignación moral de que el amigo más íntimo de mi juventud, y mi pariente de sangre, no hubiera honrado la palabra de su padre, lo que ha roto los huesos de mi corazón, y estoy muriendo de la fractura”. El trauma de quedar desheredado agudizó los efectos de su enfermedad. Fue amenazado con la cárcel si intentaba regresar a Prusia y por eso se fue a Barèges, en los Pirineos, donde su salud colapsó. Estaba casi ciego, apenas podía hablar o tragar, y sufría continuos desmayos. Fue entonces cuando se hizo el anuncio de su muerte y se tendió en su tumba-colchón. Tenía problemas en los ojos y la boca, y a menudo era incapaz de tragar los alimentos. Tenía que levantarse con el dedo el párpado izquierdo para poder leer: “Ay, ahora sólo puedo comer de un lado, y llorar con un solo ojo. Oh, señoras, ¿podré reclamar la mitad de vuestros corazones en el futuro?”. Ni siquiera podía besar.

Imagen3 | Rialta1844, pues. Un año al que tenemos que aproximarnos con cierto cuidado. Un año con su propia historia que a su vez envuelve otras historias, propias y ajenas. Aquí van algunos puntos de referencia:

John Smith y su hermano Hyrum, fundadores de la Iglesia Mormona, fueron desalojados de su celda por una turba de doscientas personas y linchados en Carthage, Illinois, como resultado de una discrepancia sobre la cuestión de la poligamia. Uno de los participantes en el suceso comentó: “Si la ley no pudo con ellos, la pólvora y los tiros pudieron”. Brigham Young asumió el liderazgo. Los Smith fueron repudiados.

James Knox Polk fue elegido undécimo presidente de los Estados Unidos. Polk fue presidente de 1844 a 1848. Comenzó un proceso que duplicaría la extensión del país al cabo de una década, y dio a los flamantes territorios algo de Lebensraum. Sus objetivos declarados eran “la reocupación de Oregon y la reanexión de Texas”, y, en efecto, fue durante su gobierno cuando Texas fue incorporada a los Estados Unidos. Los Estados Unidos y China firmaron su primer Tratado de Paz, Amistad y Comercio. José Bonaparte, hermano del dictador, murió en Florencia.

En lo que se refiere a las publicaciones, Dumas Padre dio a la imprenta El Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros; Charles Dickens concluyó Las campanas y Martin Chuzzlewit; Elizabeth Barrett Browning escribió sus Poemas. Y apareció una edición nueva y aumentada de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer.

También en 1844 Karl Marx –a quien Nietzsche nunca conoció, ni menciona en toda su obra– conoció a Friedrich Engels en París, y escribió Sobre la cuestión judía. Durante ese año también tuvo lugar el matrimonio, el exilio y la conversión al comunismo de este descendiente de rabinos. Precisamente en Sobre la cuestión judía, Marx aborda la emancipación del pueblo hebreo por medio del poder del dinero: “Los judíos se han emancipado en la misma medida en que los cristianos se han vuelto judíos. El dinero es el dios celoso de Israel, que no admite la existencia de ninguna otra divinidad. El cristiano se ha apropiado del judaísmo”, mientras que “la emancipación social del judío ocurre cuando la sociedad se ha emancipado del judaísmo”. Unas palabras curiosas tratándose de un judío antisemita que escribe de “el dialecto gitano de la sinagoga bursátil de París” y de “judíos de la bolsa de valores”. Y Bakunin escribió: “todo este mundo judío, que comprende un solo credo explotador” es un mundo que está “a la disposición, ya de Marx, ya de los Rothschilds”. Cuando finalmente se produzca la llegada del milenio comunista, los judíos desaparecerán, naturalmente. Fue Heine, claro, quien escribió: “el dinero es el dios de nuestro tiempo, y Rothschild su profeta”.

En 1844, Engels publicó La situación de la clase obrera en Inglaterra.

En la primavera de 1844, Darwin empezó a esbozar unas notas sobre una idea que llevaba tiempo rondándole la mente. Para el final del verano tenía listas 189 páginas. Era el primer borrador de lo que se convertiría, quince años más tarde, en la primera edición de El origen de las especies.

En 1844, Gustave von Salomé se casó con Louise Wilm en San Petersburgo. Más tarde tuvieron una hija. Ese mismo año, la polka llegó a Europa de Bohemia, y Wagner concluyó, y corrigió con esmero, la partitura de Tannhäuser.

Y, por supuesto, Eugène Sue publicó su Judío errante.

Imagen3 | RialtaTambién en 1844 Benjamin Disraeli publicó su novela Conningsby, la primera de su trilogía política, integrada además por Sybil y Tancred.

La singularidad de Disraeli consistió en enfatizar su judaísmo en vez de esconderlo. “A pesar de los siglos –escribió a sus lectores cristianos– de los milenios, de la degradación, la mente judía ejerce una vasta influencia sobre los asuntos de Europa. No hablo de sus leyes, que todavía obedecéis, ni de su literatura que satura vuestras mentes, sino del intelecto hebreo viviente. Nunca se observa un gran movimiento intelectual en Europa en el cual los judíos no participen en gran medida”. Disraeli fue aún más lejos: “En cada día sagrado leéis al pueblo las hazañas de los héroes judíos, las pruebas de la devoción judía, los brillantes anales de la pretérita magnificencia judía. La iglesia cristiana ha cubierto cada reino con edificios sagrados, y sobre cada altar […] encontramos las tablas de la ley judía. Cada domingo –cada día del Señor–, cuando queréis expresar sentimientos de alabanza y de gratitud al Altísimo, o cuando queréis encontrar expresión al consuelo en el dolor, ambos los encontráis en las palabras de los poetas judíos”. En esto Disraeli coincide con De Chirico, quien escribiría en sus Memorias: “El antisemitismo terminará sólo cuando los judíos dejen de esconderse y de asumir una pose de perros apaleados y digan en voz alta y al rostro de todos: «Soy judío y estoy orgulloso de serlo»”.

Y esto es interesante, porque Disraeli realmente creía, al igual que los antisemitas que no le iban a la saga, en la existencia de una conspiración judía de hombres elegidos de un pueblo elegido que dominaba la historia entre bastidores. En su primera novela, Alroy, se cuenta del proyecto de un imperio judío controlado por judíos, y en Conningsby el dinero judío controla la diplomacia mundial y dirige las cortes y los gobiernos del mundo. Al igual que la máquina publicitaria de Hitler, Disraeli creía que “los primeros jesuitas fueron los judíos”; que “la misteriosa diplomacia rusa, tan temible para la Europa Occidental, está organizada y gestionada principalmente por los judíos”; que “esa poderosa revolución que en este momento se prepara en Alemania, y que será en realidad una segunda Reforma, mayor que la primera […], se desarrolla totalmente bajo los auspicios de los judíos”. E, incluso, que “la raza es la clave de la historia”, y “sólo hay una cosa que hace a la raza: la sangre”. Y esto no sólo en teoría sino también en la práctica. Fue Henry Oppenheim quien le dijo a Disraeli que el jedive de Egipto quería vender el canal de Suez, y fue Lionel Rothschild quien le prestó los cuatro millones de libras que se emplearon para comprarlo.

Nada de esto pasó desapercibido. Tanto es así que Thackeray publicaría, también en 1844, una sátira en la revista Punch titulada Codlingsby, en la que Mendoza, descendiente directo de Rebecca, revela al Marqués de Codlingsby que absolutamente todo el mundo es judío, incluido el Rey y el Papa. Ese mismo año, Christopher North, bajo el seudónimo de Profesor Wilson, publicó un Anti-Conningsby.

Imagen3 | Rialta Un regreso a la cuestión del miedo y a la del origen, que suele seguirle de cerca. Una resurrección interna que está en el centro de las historias. Incluso Jesús tuvo un conflicto con sus orígenes, ya que nació con ciertas dudas sobre su paternidad, y desapareció durante treinta años antes de reaparecer para atestiguar que era el hijo de Dios.

En el caso de Hitler, el enredo no era menor. Su padre, Alois, fue un hijo ilegítimo que había crecido con el apellido de soltera de su madre y sin la garantía de que ella supiera quién era su padre. Se dice que, después de la muerte de su madre, él también desapareció durante unos treinta años sólo para reaparecer para atestiguar que en realidad no era un Schicklgruber sino un Hitler. ¿Habría sido tomado tan en serio si no se hubiera cambiado el apellido? Mucho más tarde, también Nietzsche aseguraría proceder de un linaje de aristócratas polacos, como su apellido, Niâzky, demostraba. Llegaría a escribir: “Soy un noble polaco de pura sangre en quien no hay rastro de sangre innoble, mucho menos de sangre alemana”. Su madre solía contarles a él y a Lisbeth sobre su antepasado, el Conde Nietzsky, que había padecido persecución religiosa después de haber renegado de la iglesia católica. Como resultado de su desafío, había sido desterrado y había vagado de un lugar a otro durante tres años, ciertamente no por tanto tiempo como el eterno exilio del judío errante. Su hijo, nacido la noche antes de su huida, se había criado en la errancia del padre, y esto le había dado la fuerza para resistir todos los desafíos. Creció sano y vivió mucho, y transmitió ambas cualidades a sus herederos. Más tarde, Nietzsche sería fácilmente confundido por un polaco, y esto incluso por parte de los propios polacos, que se dirigían a él en su lengua. Uno de ellos le diría: “Tu raza es polaca, pero sólo Dios sabe dónde reside tu corazón”. En una carta dirigida a Gast desde el balneario de Marienbad, escribe Nietzsche: “Hay muchos polacos aquí, y –es verdaderamente extraordinario– insisten en tomarme por polaco, me saludan en polaco, y se niegan a creerme cuando les digo que soy suizo”. Y también: “En lo personal, soy todavía tan polaco que sacrificaría el resto de la música por la de Chopin”.

Cuando Nietzsche le contó a Cósima que descendía de un linaje de condes polacos, esta respondió: “Qué pena. Lo habría encontrado mucho más interesante si fuera el hijo de un modesto clérigo de Turingia”.

 

Así renacen las cosas. El origen y el renacimiento rodean la cuestión de la inspiración y el comienzo de las historias. Suele aceptarse generalmente que “Tannhäuser”, la balada de Heine, es la fuente de la ópera de Wagner. Tienen en común el título, así como sus gigantes y sus enanos, las valquirias, el joven Sigfrido, los elfos, los gnomos y el resto de las especies que pueblan los mitos germánicos. Los gnomos, llamados nibelungos, extraen piedras preciosas de las profundidades de la tierra. Usan unos pequeños cascos que los vuelve invisibles y forjan unas espadas magníficas, que solo los gigantes saben usar. Es incluso posible que los Espíritus elementales de Heine, de 1837, inspirara en Wagner la idea para “El anillo del Nibelungo”. El título de Götterdämmerung se remonta a un poema de Heine de 1832. No hay duda sobre eso. Wagner calificó a Heine como un talento “que pocos en Alemania pueden igualar”, y que “de haber recibido un tratamiento más favorable habría alcanzado la altura de los mayores nombres de nuestra literatura”. Fue “el gran aguijoneador de la mente alemana”. Sin embargo, unos años más tarde se ofendería profundamente con un poema satírico de Heine, “El concierto de los gatos para poesía-música”, inspirado por las teorías de Wagner sobre la relación de la música con la poesía. Un fragmento dice así:

La sociedad de gatos filarmónicos
Está volviendo a apostar
Por la música sin arte,
Por los modos primitivos e ingenuos.

Quiere ahora la música-poesía,
Coloraturas sin corcheas,
Poesía vocal e instrumental,
que música –dicen– no es.

Y quiere el reino del genio,
Que a veces, es cierto, mete la pata
Mas en las artes, aun sin ser consciente,
la más alta esfera alcanza.

Honra al genio que mantiene
Su cercanía con lo natural,
Y que no presume de aprendizajes
Porque nada ha aprendido.

No es de extrañar que esto disgustara a Wagner, y que lo llevara a distanciarse de Heine como antes lo había hecho de Nietzsche. Heine era ahora un “poeta-judío muy talentoso que versificaba con las arias de la verdadera poiesis. Su ingenio le viene de Voltaire, su estilo lo ha robado superficialmente de otros poetas alemanes”. Una nota al margen relativa a las existencias póstumas: después de la muerte de su marido, Cósima controlaría con un puño de hierro las interpretaciones de su música, de un modo que dio la razón a Heine. El canto fue sacrificado en aras de la declamación: “el énfasis debe recaer sobre el lenguaje”.

Pero queda pendiente la cuestión de El holandés errante. Wagner había reconocido alguna vez su deuda con la versión de Heine de la leyenda, titulada Las memorias del señor Schnabelewopski. Así, había escrito: “La versión de este Asuero del Océano, que Heine tomó de una pieza de teatro holandés, me dio el pie”. Sin embargo, en la década de 1860, cuando escribió Mi vida, Wagner no dijo una sola palabra acerca de esta influencia. ¿Se deberá esto al hecho de que Heine pensara en el vagabundo como un símbolo de la eterna vitalidad del pueblo judío, mientras que para Wagner representaba una especie de zombi eterno en busca de la redención en un mundo cristiano?

La idea original del relato proviene de una leyenda que circulaba en la isla de Nordeney, y fue Heine quien, después de visitar el lugar, esbozó un drama basado en la leyenda, que describe la maldición de un marinero que pide la ayuda del Diablo para cruzar un peligroso cabo y es condenado, en una horrible existencia póstuma, a navegar eternamente los mares. El capitán holandés rechaza la redención que le ofrece una serie de mujeres fieles y siempre regresa a su nave para evitar el matrimonio. Finalmente conoce a Katharina, la hija de un capitán escocés, pero luego, en un momento crucial de la trama, descubre a una chica de la audiencia con la que abandona el teatro para tener con ella una hora de placer; sólo regresa cuando quedan minutos para que concluya la acción. Esta escena es un añadido de Heine a la leyenda original. El capitán es redimido por el amor de la apasionada Katharina, quien proclama en voz alta: “Te he sido fiel hasta este momento, y conozco un medio seguro de permanecer fiel hasta la muerte”. Con estas palabras se arroja al mar, y la maldición del holandés errante queda sin efecto. El marinero encuentra así la salvación, mientras vemos que la nave fantasmal se hunde bajo las olas. Sin embargo, el tratamiento de Heine no es ciertamente trágico, ni siquiera serio. Su moraleja es que las mujeres deben tomar la precaución de no casarse con holandeses errantes, y que los hombres pueden encontrar su perdición incluso en las mejores mujeres.

El tratamiento de Heine de la leyenda es irónico y sutil; pero había algo en esta historia del eterno forastero que atrajo la imaginación de Wagner, algo que la vinculaba con un motivo recurrente de la ficción occidental: el del judío errante, un argumento endémico de la literatura europea desde la Edad Media. En Alemania, fue tratada por Goethe, Schubart, A.W. Schlegel, von Brentano, Chamisso y Gutzman; en Inglaterra por Byron, Shelley y Wordsworth, y en Francia por Edgar Quinet, Béranger, Gérard de Nerval y Alexander Dumas. En 1847, el libro de Sue, publicado, como dijimos, en el año del nacimiento de Nietzsche, fue llevado al teatro y, en 1851, a la ópera, con música de Halévy. Antes, en 1834, una revista registraba la evolución de esta criatura: “El Judío Errante es la raza judía, dispersa eternamente entre las naciones, sin fusionarse con ellas, sin llegar a ser un hermano para sus compatriotas, solo entre los pueblos de la tierra, cumpliendo así las profecías de la maldición divina”. Es la historia de un representante del pueblo judío, expulsado como castigo eterno por su repudio de Cristo. Como Caín, había sido condenado a errar por la tierra por el asesinato de un hermano. Era el Judas Iscariote del mundo occidental, el hombre que había traicionado a Cristo con un beso, tan distinto a ese beso que Heine, en su propia existencia póstuma, era incapaz de dar. Y está incluso en “La puerta de los disturbios”, el cuento de O. Henry en el que Michob Ader aparece “como el hermano menor del Padre Tiempo”, y declara: “Vi a Jerusalén destruida, y a Pompeya esfumarse entre las llamas; y estuve en la coronación de Carlomagno y en el martirio de Juana de Arco. Y por donde quiera que voy allí aparecen tormentas y revoluciones y plagas e incendios. Porque así ha sido dispuesto”. Así, pues, cada judío individual, extranjero en su tierra de adopción, ha sido condenado, a los ojos de sus vecinos cristianos, no por algo que haya hecho, sino por lo que es, y ha sido exiliado, en sí mismo, de sí mismo. No se vislumbra una catarsis final para esta historia a no ser en un estado de Israel, cuya segunda ciudad más grande es Los Ángeles.

La Enciclopedia nos da:

Nietzsche, Friedrich (1844-1900). Filósofo alemán. Su primer libro, El nacimiento de la tragedia (1872), sostenía que la ópera wagneriana era la sucesora del drama griego. Nietzsche rechazó el cristianismo en favor de la voluntad de poder. En Así habló Zaratustra (1883-92), elogia al hombre libre, titánico y poderoso, un ideal adoptado por los nazis. En 1889 perdió la razón.

Imagen3 | RialtaAlgunos nacimientos y muertes para que la rueda siga girando en 1844. El 15 de octubre, nació Nietzsche. En julio de 1846, nació Elisabeth Therèse Alexandra Nietzsche. En febrero de 1848, nació Joseph Nietzsche, y el siguiente septiembre Karl Ludwig Nietzsche murió loco.

Su padre, Karl Ludwig, era ministro de la iglesia luterana, como lo habían sido sus dos abuelos. Uno de ellos, Friedrich August Ludwig, llegó a ser superintendente. La madre de este superintendente procedía de una estirpe de pastores que se remonta a principios del siglo XVII. Todos los antepasados ​​de ambos sexos habían sido sólidos ciudadanos alemanes que habían llevado sólidos nombres alemanes. Nietzsche recibió el nombre de Wilhelm Friedrich por el rey de Prusia, que era poco más que un mascarón de proa para el despiadado régimen de Bismarck, creador del Gran Reich Alemán y, por virtud de su ímpetu industrial y sus habilidades organizativas, de las condiciones para la creación de la Wehrmacht.

1848 no sólo fue crucial para la vida de Nietzsche, sino para todo el conjunto de Europa, ya que fue el Año de las Revoluciones, cuando se produjeron graves disturbios en quince capitales. La burguesía esperaba ganar ascendencia en el gobierno. El problema fue que su ejemplo animó a las clases trabajadoras a demostrar que también tenían sus aspiraciones. Esta amenaza de los de abajo asustó a las clases medias, que se aliaron con las monarquías contra las pretensiones de los obreros. Fue el final de las tendencias liberales de Guillermo IV en Prusia. Tanto allí como en otros lugares fueron impuestas desde arriba nuevas constituciones y, al final del día, las familias gobernantes se habían hecho más fuertes que nunca.

En 1848 se produjo la convocatoria de la Asamblea de Fráncfort, que Marx llamó “un congreso de viejas”. La asamblea eligió un regente en la persona del archiduque Juan, pero la torpeza de los diputados les trajo muy pronto la propia ruina. Cuando los ducados de Schleswig y Holstein se rebelaron contra Dinamarca, Prusia acudió en su ayuda, pero las demás potencias europeas le impusieron el retiro de sus tropas y la firma de la Convención de Malmöe. Cuando Schleswig y Holstein, por su parte, apelaron a la Asamblea, esta acordó ratificar la Convención, lo que dio lugar a una insurrección en las calles de Fráncfort. Dos diputados fueron asesinados por la turba. El levantamiento fue aplastado por las tropas de Austria y de Prusia, y así se esfumó cualquier prestigio que la Asamblea pudo haber tenido. Habían perdido el apoyo al pedir a tropas extranjeras que suprimieran un levantamiento popular. En ese mismo año fue confeccionada una lista de ministros y Federico Guillermo IV escribió junto al nombre de Bismarck: “sólo para ser empleado cuando la bayoneta gobierne sin restricciones”.

La historia continuó su curso jovial. En 1849 Austria fue excluida de la federación alemana. A los alemanes les había tomado medio siglo librarse de la hegemonía de los Habsburgo. Federico rechazó la corona imperial, alegando que él mismo “no era un gran gobernante”.

La Convención de Olmütz, por la que Prusia aceptaba la disolución de la Unión, fue firmada en noviembre de 1850. Tres años después de las revoluciones de 1848, Austria seguía siendo la potencia dominante en Alemania, a la que había pisoteado por causa de su debilidad. Alemania aprendió la lección. Si la monarquía austriaca se había forjado en las políticas matrimoniales, la monarquía prusiana se había forjado por la espada. Los instintos prusianos eran militares y ahora estaban listos para afirmarse sobre sus puntos fuertes. Bismarck escribió: “¡Ay del estadista que en estos días no busque una causa de guerra que pueda sostenerse una vez que la guerra haya terminado!”

 

En 1861, Guillermo I ascendió al trono de Prusia y empezó a tomarse en serio la labor de la reconstrucción militar. Su programa aumentó los efectivos del ejército permanente de doscientos mil a casi medio millón. Un año más tarde, en 1862, el parlamento prusiano rechazó las propuestas de Bismarck para la reforma del ejército, así que este simplemente prosiguió sin su permiso. El éxito silenció a la oposición. Bismarck escribió: “Somos una nación vanidosa. Nos volvemos resentidos cuando no podemos ser bravucones”.

 

Guerra entre Prusia contra los daneses, con el apoyo de Austria. Estamos en 1864. Por el Tratado de Viena, Alemania incorporó a su territorio los ducados de Schleswig y Holstein y ganó la posibilidad de construir un canal hacia la costa y crear una nueva salida al mar.

En 1866, tras dos años de afanes para conseguir las condiciones adecuadas, hubo guerra entre Alemania y Austria. El conflicto duró sólo siete semanas y fue, según lo resumiera Fisher, “una revelación a Europa de los resultados que podrían alcanzarse mediante la aplicación de la ciencia prusiana y los métodos prusianos al arte militar. La rapidez de la movilización prusiana, la precisión de los movimientos prusianos, la excelencia del fusil de aguja prusiano, el eficiente uso que […] se hizo de los ferrocarriles, anunciaban el advenimiento de una época en la que las grandes decisiones de la historia estarían determinadas por la capacidad relativa de los Estados de hacer uso de sus recursos técnicos y científicos, y la dirección de la guerra se asemejaría cada vez más a la gestión de un vasto e intrincado negocio industrial”. Dicho de otro modo, los mosquetes de los Hannover contra los fusiles de retrocarga prusianos. Los prusianos ganaron la batalla de Sadowa contra Austria y los estados alemanes menores que se habían aliado con ella. El Tratado de Praga creó la Confederación Alemana del Norte bajo el liderazgo de Prusia, que ganó para sí el reino de Hannover, el electorado de Hesse, una parte de Hesse-Darmstadt y la ciudad de Fráncfort. Bismarck sabía dónde detenerse y no exigió la anexión de Austria, que llegaría un poco después, bajo un líder que no sabía dónde detenerse. Austria quedaba ahora excluida de los asuntos alemanes y Prusia, que había incrementado su población en unos cuatro millones de almas, era la líder indiscutible de la Confederación. En el Bundesrat, Prusia controlaba sólo diecisiete de cuarenta y tres votos, pero el poder real residía en otra parte. Guillermo I controlaba el ejército y la política exterior, así que el Bundesrat podía perder su tiempo en peroratas tanto como quisiera. Moltke pensaba: “la guerra de 1866 no tuvo lugar porque la existencia de Prusia estuviera amenazada, o por obedecer la opinión pública o la voluntad popular. Era una guerra que estaba prevista desde hacía mucho tiempo, que había sido preparada con deliberación”.

Napoleón III había albergado esperanzas de que la guerra prusiana contra Austria sería larga y agotadora, y de que se le llamaría al final para ejercer de árbitro de tal modo que Francia terminara controlando toda la zona. Se sorprendió de la rápida derrota de Austria. Bismarck había tomado Hanóver, Hesse, Cassel y los dos ducados, dominaba toda Alemania hasta el río Meno, había añadido cuatro millones y cuarto de almas a la población de su país y había dado vuelta a todo el equilibrio de poder en Europa. Sin embargo, estaba convencido de que “una guerra franco-alemana debe tener lugar antes de que se concrete la construcción de una Alemania Unificada”. Bismarck comentó: “Trabajaremos en ello. Montemos a Alemania en el caballo. Pronto aprenderá a cabalgar”.

No le llevó mucho tiempo. En 1870 Napoleón III se vio obligado a declarar la guerra a Alemania, lo que dio lugar a la guerra franco-prusiana que había sido predicha confidencialmente por Bismarck y en la cual Nietzsche participó como asistente sanitario. Bismarck estaba convencido de que sólo una aventura extranjera y nacionalista podría unir a toda Alemania, mientras que en Francia también había deseos de guerra. Puesto que no había sido humillada en la guerra de 1866, Austria se mantuvo al margen. A la batalla de Sedán siguió la capitulación de Metz, que fue rápidamente seguida en 1871 por la caída de París, luego de un asedio de cuatro meses. Una victoria total para los prusianos. La “Paz de Fráncfort” llegó en febrero. Alemania ganó Alsacia y Lorena, Metz y una indemnización enorme. La confederación del sur se unió a la Confederación Alemana del Norte. Los ejércitos de una Alemania unificada, encabezados por sus reyes y príncipes, se encontraron en el corazón de Francia. El 18 de enero, Guillermo I, rey de Prusia, aceptó de los príncipes alemanes el nombramiento como Emperador de Alemania y fue coronado emperador en Versalles, aunque la ceremonia no se realizó en un vagón de ferrocarril y no hay registros de que haya bailado de la emoción después de la coronación. Así quedó inaugurado el Primer Reich alemán. La ceremonia que tuvo lugar en el Salón de los Espejos terminó con la interpretación del himno prusiano Heil Dir im Siegerkranz. La música había sido compuesta por un norteamericano, Henry Carey, y ahora es el himno nacional británico.

Cuando Bismark inauguró su mandato en Berlín, Alemania era el país más poblado de Europa después de Rusia e, incluso contando a Rusia, el más fuerte. La unificación aduanera ya estaba asegurada, y la unión política y el sentimiento nacional llegaron pronto. ¿No era natural que estos patriotas prusianos, cuando recordaban los oscuros orígenes de su estado en una pequeña guarnición militar de hombres germanoparlantes entre un mar de eslavos, y cuando veían su ascenso ineluctable, advirtieran la obra de una peculiar y halagadora providencia? ¿No era natural que creyeran que la raza prusiana, por su frugalidad, su dureza, su severa diligencia, su violencia formidable y disciplinada, había sido elegida para cumplir una misión histórica en la tierra? Hubo incluso algunos que, proyectándose hacia el futuro, se preguntaban si no habría un destino mayor reservado a ellos.

Bismarck, a cuyo genio se debía todo esto, lo había hecho con la ayuda, e incluso la amistad, de los judíos, y ahora era denunciado por su dependencia de ellos, y por aceptar su dinero.

La Comuna de París estalló mientras Francia estaba en manos del ejército prusiano. La revolución en la capital fue sofocada por los soldados del ejército francés derrotado durante la “Semana Sangrienta” de mayo, en la que murieron veinte mil parisinos. Thiers intervino para fundar la Tercera República porque los grupos realistas se peleaban sin tregua unos contra otros. Sin embargo, Bismarck sabía dónde detenerse. No tenía intenciones de crear un gran imperio en el extranjero ni de promover una expansión hacia el Este. Nunca amenazó a Inglaterra en alta mar. No cometió el error de un futuro canciller de Alemania. Sin embargo, después de dos atentados contra la vida del Emperador, hizo aprobar una ley contra los socialistas que colocó los derechos naturales de la ciudadanía bajo las botas de la policía. La obediencia era la consigna.

 

En 1876, Leopoldo II de Bélgica fue invitado en Bruselas a un encuentro internacional de exploradores y geógrafos convocado para considerar una expansión en el estudio de África y trabajar en pos de la eliminación de la trata de esclavos. Ello resultó en el Congo belga y el comienzo del colonialismo europeo. El Estado Libre del Congo no era libre para los congoleños, y la libertad de comercio permitía que el país fuera ordeñado y su gente esclavizada in situ. Alemania y los demás no podían hacer menos, y en tres años nacería el imperio colonial alemán. Como los alemanes sólo podían pensar en sus colonias como pedazos añadidos al Reich, no podían ofrecer más que esclavitud a las conquistas recién adquiridas de la raza dominante, y así generaron furiosos antagonismos que llevarían su empresa colonial al fracaso.

Aunque Bismarck ya había firmado la Liga de los Tres Emperadores en 1873, un compromiso de ayuda mutua entre Austria, Rusia y Alemania, seis años después firmó, a espaldas del Zar, la Doble Alianza, que incumbía sólo a Alemania y Austria-Hungría. Ahora Alemania tenía dos alianzas en conflicto, la segunda destinada a protegerla contra un signatario de la primera.

En 1882 Italia se unió a la Alianza Dual, lo que la convirtió en otra Alianza Triple que puso las bases del eje que seguiría ahí en el estallido de la Gran Guerra.

En 1887, todavía preocupado por una guerra en dos frentes, Bismarck solicitó al Reichstag un ejército de setecientos mil hombres.

1888 fue el año de los tres emperadores y el final de Bismarck. El de la muerte de Guillermo I a la edad de noventa años. El Príncipe Heredero Federico nunca tuvo la oportunidad de demostrar su grandeza, pues murió de cáncer en tantos días como años de reinado había tenido su padre. Sus tendencias liberales nunca pudieron ser materializadas. La corona recayó en Guillermo II, quien reinó sobre cincuenta millones de súbditos y un país unificado que dominaba el mapa de Europa. Alemania había cambiado de piloto. Guillermo era –por no decir algo peor– inestable, y se fue volviendo cada vez más autoritario e histriónico. Construir absurdos castillos de ensueño y escuchar a Wagner se volvieron sus obsesiones, y empezó a hacer discursos sobre una “resplandeciente armadura”.

Durante los últimos diez años del siglo, Alemania duplicó su producción tanto de acero como de hierro. Durante los últimos veinte, incrementó en siete veces su capacidad de carga marítima. Disponía de carbón en el Ruhr, de hierro en Lorena, y de un pueblo hecho al trabajo duro; se estaba convirtiendo a gran velocidad en la mayor potencia industrial del mundo. Estableció colonias en el África Occidental, en el África Suroccidental, en el África Oriental, en Nueva Guinea.

Hacia el fin del siglo, unos ciento cincuenta millones de personas que habitaban un área de unos quince millones de kilómetros cuadrados estaban gobernados por alguna de las potencias europeas. El nacionalismo se afirmaba en el colonialismo y las misiones cristianas. La bandera y la cruz.

 

25 de agosto. Muerte de Nietzsche.


Notas:

[1] Eneida, V, 858-859: “et super incumbens cum puppis parte reuulsa / cumque gubernaclo liquidas proiecit in undas” (literalmente: “y [el dios], tras abalanzarse sobre él y arrancar parcialmente la popa / y el timón, lo lanzó hacia las líquidas olas”) (Nota del Traductor).

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David Pollard (Londres, 1942). Escritor y profesor universitario. Es autor de un influyente estudio sobre la literatura y el pensamiento del poeta romántico inglés John Keats. Ha enseñado en las universidades de Sussex y Essex, y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Ha publicado siete cuadernos de poesía, entre los cuales figura el volumen Finis-terrre, prologado por el filósofo norteamericano Jason M. Wirth. Actualmente, divide su tiempo entre Hove, en el sur de Inglaterra, y Beluso, en Galicia.

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