Reinaldo Arenas

But this had happened to me more than once in my life: I had refuse to alow convention to determine my conduct, only to learn, after I’d gone my own way, that my bedrock feelings were sometimes more conventional than my sense of unswerving moral imperative.
Philip Roth, Patrimony: A true story, 1991

Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.
Jorge Luis Borges, El otro, el mismo, 1965

Sentí nombrar a Reinaldo Arenas hacia mediados de los años setenta en el parque central de Holguín, ciudad al norte del extremo oriental de Cuba, sin saber todavía que el parque era también escenario de su novela El palacio de las blanquísimas mofetas, donde “la muerte en bicicleta”, aparatosa metáfora del argot cubano para describir grandes fatigas o circunstancias difíciles, se materializa en la muerte convertida en fantasma dándole vueltas al parque en bicicleta. Su nombre de erres premeditadas y talante casi antiguo salió a relucir una tarde neblinosa de octubre cuando escuché al vuelo que un señor le decía a otro en voz muy baja y pegado al oído –como un espeleólogo callejero temeroso de que la tierra se lo tragara al mínimo eco del mínimo susurro del mínimo hilo de su voz:

—En México se dice que Reinaldo Arenas es un nuevo monstruo de la literatura latinoamericana.

El calificativo “nuevo monstruo” no me intrigó tanto, en parte porque tenía noticia de que desde los años cincuenta la literatura imaginativa salida de Hispanoamérica desconcertaba a lectores casuales y a lectores críticos de medio mundo. Pero sobre todo porque mi pretencioso oído de lector adolescente se figuraba la serie continua de publicaciones de todo género en el panorama histórico literario de Hispanoamérica (tras aquel “siglo de oro” canónico acuñado en España y aprendido en la escuela, fechable más o menos entre 1550 y 1650 en torno a  nombres abreviados –a “monstruos”– como Garcilaso, San Juan, Santa Teresa, Tirso, Lope, Cevantes, Quevedo, Góngora, Calderón), fechable más o menos entre 1880 y los años setenta que me rondaban, en torno a nombres abreviados — a “monstruos”– como Darío, Martí, Vallejo, Neruda, Gorostiza, Borges, Onetti, Bombal, Cortázar, Carpentier, Rulfo, Cabrera Infante, García Márquez, Fuentes, Donoso, Vargas Llosa.

El triste caso es que a mediados de los setenta yo “conocía” a la mayoría de esos “monstruos” de oídas y sólo gracias a mis habituales curioseos por el parque central de Holguín, y debí esperar a salir de Cuba para leerlos. Salvo en muy contadas ocasiones y en desvencijadas ediciones extranjeras circulando en estricto secreto de conocido a conocido, era casi imposible ver pasar un libro del argentino Borges, una novela del peruano Vargas Llosa o del mexicano Fuentes, o, mucho menos, del cubano Cabrera Infante, exiliado en Londres. No era raro: sin duda iluminada por la cegadora sentencia de Fidel Castro “Dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”, pronunciada en vivo y luego impresa en el cegador discurso “Palabras a los intelectuales” a inicios de los sesenta, la censura permeaba el entero ámbito cultural del archipiélago, y cualquiera podía ser denunciado incluso por tener, o estar escuchando, un disco o un casette con “la música reaccionaria” de los Beatles, entonces excluídos de la programación radiofónica y televisiva nacional.

Impulsado por quién sabe qué rayo irreverente del trópico, me propuse averiguar –consultar al espeleólogo callejero estaba fuera de cuestión– lo que sí me intrigó: quién era Reinaldo Arenas. Averigüé que había nacido en 1943 en una casita de campo en las proximidades de Holguín; que muy joven, llevado por el arrebato populista de los primeros meses de Fidel Castro en el poder, se fue a La Habana, y que allí pudo conseguir un empleo en la Biblioteca Nacional; que participó en cenáculos oraculares que el poeta José Lezama Lima solía oficiar en su casa de La Habana Vieja, magisterio que sería determinante en su formación de escritor; que frecuentó la Facultad de Filosofía y Letras; que le publicaron en Cuba su primera novela, Celestino antes del alba (1967), pero no la segunda, El mundo alucinante, de la cual había confiado una copia mecanuscrita a una pareja amiga en Francia, donde se publicó traducida en 1968 y recibió el premio del diario Le Monde a la mejor novela extranjera del año, hasta que en 1969, la copia mecanuscrita se publicaría en México; que su creciente renombre internacional fue resentido por algunos intelectuales puros y duros del régimen; que la tan temida Seguridad del Estado lo tenía bajo vigilancia por su homosexualidad (i.e., por sus “desviaciones sexuales”) y no tardaría en hacerlo condenar a dos años de cárcel acusado de “perversión de menores”; que, al fin, lo despojaron del derecho a publicar, prohibiéndole salir del país. Y todo sea recordado: en la década de los setenta se desataron en Cuba oleadas de persecuciones a ciudadanos acusados de “conducta impropia” (gays, lesbianas y trasvestis in primis), quienes fueron recluidos en campos de trabajo forzado llamados UMAP, sigla eufemística de Unidades Militares de Ayuda a la Producción.

Un cúmulo de insólitas circunstancias que no vienen a cuento propició mi exilio en febrero de 1980, y a los pocos meses supe que Arenas había abandonado el archipiélago. Luego de varios intentos en los años setenta de huir del paraíso por su cuenta y riesgo (acto penalizado con años de cárcel mediante la absurda figura delictiva de “intento de salida ilegal del país”), Arenas se haría de un salvoconducto de embarque durante una breve apertura, en 1980, del puerto del Mariel, cerca de La Habana, a exiliados en Estados Unidos que quisieran ir hasta allí en búsqueda de sus familiares “desafectos al régimen”. Fue una estratagema diabólica. Las embarcaciones destinadas a familiares “desafectos” se vieron embutidas de presos por delitos comunes que colmaban las cárceles del archipiélago, y la unánime máquina propagandística del máximo líder haría el resto: al tildar a unos y a otros de “escoria social” borraba de un plumazo cualquier distinción posible entre opositor del régimen y delincuente común. De tal modo que casi doscientas mil personas, entre ellas muchos “desafectos” gays y lesbianas, o fingiéndose tales, se aventuraron en naves de hechuras diversas fletadas desde el sur de la Florida. Y Arenas, maquillado con algún pseudónimo, tuvo la fortuna de no ser reconocido por las amaestradas narices de agentes y guardianes en la improvisada aduana del Mariel.

Antes de fijar su residencia en New York, una breve estancia en Miami lo llevó a declarar sin medias tintas: “Si Cuba es el infierno, Miami es el purgatorio.”

En 1987 le fue diagnosticado el sida y decidió hacer repaso de vida en un (póstumo) libro de memorias: Antes que anochezca (1992), en el cual, también para carcajearse de las convenciones sociales, Arenas se vanagloria de haber tenido más de cuatro mil amantes. Y en una carta hallada sobre la mesita de luz de su habitación neoyorquina, incluida por los editores al final del libro, da rienda suelta a una superficialidad tal vez menos superficial de lo que luce en la superficie: “Las penas del exilio, la soledad y las enfermedades que he contraído fuera de mi tierra ciertamente no las hubiera conocido si me hubieran dejado vivir en mi país”. En el 2000 se estrenará una película de Julian Schnabel a partir de la versión inglesa del libro (i.e. Before night falls), con el actor español Javier Bardem en el papel de Arenas –interpretación que le valdrá ese año la Coppa Volpi en la Mostra del Cinema de Venecia, y en 2001, una nominación al Oscar.

Las penas del exilio no interrumpieron su intenso quehacer literario: reedita Celestino antes del alba con el título Cantando en el pozo, primera entrega de una pentagonía novelística que completan El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El asalto y El color del verano. Aparecen reunidos sus relatos; da a la imprenta relatos, piezas dramáticas y el poemario Voluntad de vivir manifestándose (1989), fuente de la edición póstuma, en 2001, de su poesía completa a cargo de la editorial Lumen de Barcelona –intitulada Inferno (en italiano el original).

El título de la edición barcelonesa revuelve papeles en mi buhardilla pisana: Inferno era uno de los títulos hipotizados por José Lezama Lima –el oficiante de aquellos cenáculos a los que el joven Arenas asistió recién llegado a La Habana– para el segundo volumen de su prodigioso díptico novelístico iniciado con Paradiso (1966, en italiano el original), y que en el momento del publicación póstuma sus editores en Cuba decidieron intitular Oppiano Licario (1977), título deducido en los manuscritos de Lezama. Sin implicar las –para mi ignotas– motivaciones de esta decisión, constato la coincidencia entre el título póstumo de una cifra narrativa del poeta Lezama por el cual no se decidieron sus editores cubanos, y el título póstumo de una cifra poética del narrador Arenas por el cual se decidieron sus editores españoles, y observo que esa coincidencia involuntaria –idéntico título, caminos opuestos– de esos dos inventarios (de rastreable índole dantesca) nos remite a dos extremos que, capricho de los extremos, se tocan: mientras el poeta Lezama se detiene en el (infernal) respiro narrativo de su fabulación lírica, los detonantes del narrador Arenas se respiran en su (infernal) escritorio poético.

Imposible adivinar si estos poemas del Inferno de Arenas traducidos al italiano con las finesas de oído y los hallazgos de su traductor Claudio Marrucci, encontrarán su juglar en algún Roberto Benigni de algún futuro remoto; pero adivino que semejante a las performances de lecturas de la Commedia del extraordinario humorista toscano de plaza en plaza en Italia, ese juglar del porvenir podrá apoyarse en algunas pericias afines a las que rigen el orden verbal la Commedia (obviamente no aproximo la potencia cognitiva de Arenas a la del Dante, sino sus escrúpulos técnicos), haciendo posible que su audiencia pueda recrearse en sus traducidos localismos y aun en sus traducidas voces en desuso. Juglar al fin, tendrá para sí que en la oración inaudible que funda y enseguida funde prosa y poesía, narración y poema, se oculta el destino oral de la literatura, y que es un equívoco moderno considerar la poesía una experiencia privativa de espíritus refinados, a sabiendas, por experimentación directa, que la poesía es una realidad popular; un sitio, un tiempo de encuentros y desencuentros con el lenguaje; un hecho, o un hechizo, que se pone en marcha, que se realiza, para ser dicho, cantado, actuado, memorizado.

Alzo a propósito la voz de dos fragmentos al azar de dos de sus poemas:

Carlos Marx
escribió lo que pensó,
pudo entrar y salir de su país,
soñó, meditó, habló, tramó, trabajó y luchó.
contra el partido o la fuerza oficial imperante de su época.
Todo esto que Carlos Marx pudo hacer pertenece ya a nuestra prehistoria.
Sus aportes a la época contemporánea han sido inmensos. 

[…]

cuando le dijeron que decenas de policías en su honor trajinaban,
que habían logrado sobornar a sus familiares más allegados,
que sus amigos íntimos
ocultaban tras los testículos mínimas libretas
donde anotaban sus silencios y comas,
no sintió miedo,
pero sí cierta sensación de fastidio
que al instante supo controlar
No van a lograr, se prometió, que me considere importante.

Ocurre en su ficción narrativa y ocurre en Voluntad de vivir manifestándose: a contracorriente de la entropía minimalista, de la manía higiénica de taparnos del sol con un dedo para mantenernos más limpios y seguros, más aislados, la energía de la literatura imaginativa de Arenas es expansiva, y su voz está, digamos, protegida por su ironía, por una pensada distancia frente a los casos y las cosas en juego, pero justo por eso, valga la paradoja, es una voz atrapada, al margen, sin centro, sin los pies puestos en la tierra: difícil no advertir sus ambientaciones paranoicas, su melancolía intrínseca, el silencioso despellejo de sus giros contantes y sonantes.

Un jueves de finales de 1989 vi a Reinaldo por única vez en Georgetown, Washington D. C., en el apartamento del entrañable poeta Roberto Valero (quien años atrás había dedicado a la narrativa de Arenas su tesis doctoral con un título perspicaz: “El desamparado humor de Reinaldo Arenas”) y su entrañable esposa, la pintora María Elena Badías. Entre bromas y brindis, sentado en el sofá de la sala, lo vi gesticular con la gracia de un mimo que estuviera diciendo “yo no soy así, esta no es siquiera mi manera de actuar cuando actúo”, haciendo mover en círculo el licor de color ámbar que Roberto había recién vertido sobre los cubitos de hielo del vaso plástico apretado en su mano derecha: me impresionaron el bulto de su nariz de boxeador contra el verde claro de sus ojos, el refrotado silbido de sus eses, la intermitencia de bostezos del gato que entraba y salía de la sala, los zapatos vacíos a poca distancia de sus pies descalzos. Todo esto me desvelaba que lo intrigante ya no era el desconocido Reinaldo Arenas del que oí hablar en el parque central de Holguín, sino mi conocido Reinaldo Arenas transformado en un fantasma en la sala de un apartamento de Georgetown.

Un año más tarde, una noche de diciembre de 1990 en un apartamento de Manhattan, antes de ingerir la dosis fatal de tranquilizantes, terminará aquella carta que dejó en su mesita de luz, publicada en su póstumo Antes que anochezca, seguro del simultáneo destino de dos ilusiones fugitivas: “Cuba será libre, yo ya lo soy.”

Marina di Pisa, octubre de 2009


Nota:

* Escrito teniendo presente a sus eventuales “desocupados lectores” italianos, el presente texto (inédito en español) fue traducido al italiano hace diez años como prefacio de la primera antología de poemas de Reinaldo Arenas publicada en Italia, intitulada Lo sposo del mare (Edizioni Librería Croce, Roma, 2010).

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