Philippe Jacottet (FOTO ©Basso Cannarsa/Opale/Leemage)

Cuando murió, el pasado 24 de febrero, Phillippe Jaccottet (Mudon, Suiza, 1925-Grignan, Francia, 2021) estaba considerado como el poeta vivo más importante de la lengua francesa. Sostenida a lo largo de unas siete décadas –en una veintena de títulos, desde su poemario de juventud Requiem, escrito durante los años cuarenta, hasta Le dernier livre de Madrigaux, que dejó preparado a su muerte y que Gallimard publicará este año–, su obra no significó ciertamente una revolución del discurso poético, pero sí una severa apuesta por la sobriedad expresiva y el diálogo con la realidad inmediata –una reacción a la extravagancia tropológica del surrealismo, pero también al materialismo verbal de un Francis Ponge– que entrega una poesía de rara precisión, como de un bucolismo melancólico, enigmático, por momentos irónico. Autor de una monumental obra como traductor –del alemán fundamentalmente, pero también del italiano, el ruso y el español–, y de unos cuadernos de apuntes que registran los destellos de una inteligencia ágil para intuir intrincadas correspondencias culturales, Jaccottet fue también un prolífico crítico literario. Sus ensayos –sobre todo los que dedica a sus grandes maestros: Hölderlin, Rilke, Ungaretti, Góngora, Baudelaire, Ponge– suelen combinar la meticulosa atención analítica al texto con la sensibilidad sintética e interpretativa que se esperaría de un gran poeta. Presentamos a continuación una breve muestra de su poesía y un texto reflexivo que resume su visión de la poesía, de la vida y de su propia obra.

Juan Manuel Tabío

Poemas de L’Effraie et autres poésies (1953)

La noche es una gran ciudad dormida
donde sopla el viento, venido de lejos hasta
el asilo de este lecho. Es medianoche de junio.
Tú duermes, me trajeron a estos bordes infinitos,
el viento sacude el avellano. Al llegar este grito
que se acerca y se retira, creeríamos
es un resplandor fugaz entre el bosque, o quizá
las sombras que, se dice, giran en los infiernos.
(De ese grito en la noche de verano, cuántas cosas
podría decir, y de tus ojos…) Pero es sólo
el pájaro llamado lechuza, que nos convoca al fondo
de estos bosques de suburbio. Y ya nuestro olor
es el de la podredumbre al amanecer,
ya debajo de nuestra piel tan cálida punzan los huesos,
mientras en las esquinas de las calles se hunden las estrellas.

*  *  *

El mar de nuevo se oscurece. Ya sabes,
es la última noche. Pero ¿a quién estoy llamando?
Además del eco, no le hablo a nadie, a nadie.
Donde se desmoronan las rocas, el mar es negro, y truena
en su campana de lluvia. Un murciélago
choca contra los barrotes de aire con vuelo confuso,
todos estos días se perdieron, desgarrados por sus alas
negras, la majestad de estas aguas demasiado fieles
me deja frío, porque nunca le hablo
ni a ti, ni a nadie. ¡Que se hundan estos “días hermosos”!
Parto, sigo envejeciendo, poco me importa,
al que se va, el mar sabrá cerrarle la puerta.

Noticias de la noche

A la hora en que la luz oculta su rostro
en nuestros cuellos, se vocean las noticias de la tarde,
se nos confunde. El aire es dulce. Seres de paso
por esta ciudad, nos podremos sentar un rato
a orillas del río donde se mueve un árbol apenas verde,
después de haber comido de prisa; ¿tendré siquiera
tiempo de hacer este viaje antes del invierno,
de besarte antes de partir? Si me amas,
retenme, el tiempo de recuperar el aliento, al menos,
sólo esta primavera, que nos dejen tranquilos
bordear la temblorosa paz del río hasta muy lejos,
donde se encienden las fábricas inmóviles…
Pero no hay manera. El extranjero que camina
no debe volverse, o se convertiría
en estatua: sólo se puede avanzar. Y las ciudades
que aún se yerguen arderán. Suerte
que al menos visité Roma el año pasado,
que nos hayamos amado de prisa, antes de la ausencia,
mirado una vez más, besado de prisa,
antes de que voceen El Mundo[1] a nuestro último mundo
o Esta tarde[2] al último bello atardecer que nos confunde…

Partirás. Ya tu cuerpo es menos real
que la corriente que lo desgasta, y estos humos en el cielo
tienen más raíces que nosotros. Es inútil
forzarnos. Contempla el agua, cómo fluye
por la grieta entre nuestras sombras. Es el fin,
que nos quita el gusto de pasarnos de listos.

Interior

Hace tiempo que intento vivir aquí,
en esta habitación que finjo amar,
la mesa, los objetos indiferentes, la ventana
abriéndose al fin de cada noche a otros verdores,
y el corazón del mirlo late en la hiedra oscura,
por doquier los resplandores liquidan la sombra envejecida.

Acepto también creer que no hace frío,
que estoy en casa, que será una buena jornada.
Solo, justo al pie de la cama, esta araña
(por culpa del jardín), a la que no pisoteé
lo suficiente, diríase que todavía urde
la trampa que aguarda mi frágil fantasma.

Carta

Michele, hemos sido de esos pájaros
que se rozan, en rápido ascenso hacia la luz,
y se persiguen gritando cada vez más fuerte
hasta el éxtasis, muy parecido a lo efímero…
—Pero basta de imágenes entre nosotros: dije en sueños
las palabras que acortan la distancia
entre nuestros cuerpos, esos personajes infernales;
supiste formar anillos bastante estrechos
para que se alegren hasta olvidar sus fronteras
y la muerte que espera, curiosa, detrás;
yo, a menudo fui como un niño distraído,
viajaba, envejecía, te abandonaba,
y cuando somos remontados hacia el alba severa,
es un espectro que guiabas de calle en calle,
allí donde el canto del gallo no podría alcanzarlo.
Y sin embargo esta sombra te amaba… No se sabe
qué encontraremos allí para abrazarte…
—Habitante de esta noche, pensarás
sin demasiado odio hacia el que mora quién sabe dónde
y te rozó como un pájaro en los párpados
después subió, sin dejar de observar debajo
tu sonrisa centellear como un río…

Aguas y bosques

I

La claridad de estos bosques en marzo es irreal,
todo está aún tan fresco que apenas insiste.
Los pájaros no son numerosos; solo
muy lejos, donde el espino ilumina los matorrales,
el cuco canta. Vemos parpadear el humo
que se lleva lo que quemamos en un día,
la hoja muerta sirve a las coronas vivas
y, siguiendo la lección de los peores caminos,
bajo las zarzas, llegamos al nido de la anémona,
claro y común como la estrella de la mañana.

II

Aunque conociera la red de mis nervios
tan precaria como una telaraña,
no dejaría de alabar estas maravillas del verde,
estas columnas, incluso las elegidas para el hacha,

y estos caballos de leñadores… Mi confianza
debería algún día incluir al hacha, al rayo,
si la belleza de marzo es sólo obediencia
mirlo y violeta, en un día claro.

III

El domingo puebla los bosques de niños lloriqueantes,
mujeres que envejecen; uno de cada dos niños sangra
en la rodilla, y regresamos con pañuelos grises,
dejando papeles viejos cerca del estanque… Los gritos
se alejan con la luz. Bajo el hechizo,
una niña se aprieta la falda a cada alarma,
con aire exhausto. Toda dulzura, la del aire
o la del amor, tiene crueldad en el reverso,
cada hermoso domingo su rescate, como las fiestas
esas manchas en la mesa donde nos inquieta el día.

IV

Cualquier otra inquietud sigue siendo trivial,
no caminaré mucho por estos bosques,
y la palabra no es ni más ni menos útil
que estos amentos de sauce en las marismas:

poco importa que se vuelvan polvo si brillan,
muchos otros caminarán por estos bosques que morirán,
poco importa que la belleza se pudra,
ya que parece en total sumisión.

* Traducción de Jorge Yglesias.

Otros poemas

El poeta tardío

El poeta tardío escribe:

“Mi espíritu se va deshilachando poco a poco.

Incluso la malva real y el pájaro carbonero se me hacen lejanos,
y lo lejano cada vez más incierto.

Casi que podría pedir
que me quitaran de encima este bulto de luz:
¡Bonita gloria!”

¿Cuál de vosotras, beldades, responderá?

¿No habrá una sola entre todas
que, aun sin decir nada, se vuelva hacia él?

Como se esfuma, el montón de manantiales
que creímos un día conducir en estas praderas.

He aquí que ahora
toda música de otro tiempo se le sube a los ojos
en gruesas lágrimas:

“Los alhelíes, las peonias regresan,
la hierba y el mirlo resurgen,
pero la espera, ¿dónde está?, ¿dónde las esperadas?
¿No tendremos nunca más sed?
¿No habrá ninguna cascada
cuya cintura fría podamos estrechar con las manos?

Toda música ahora
nos carga con un fardo de lágrimas”.

Sin embargo, sigue hablando,
y su rumor avanza como el arroyo en enero,
con ese crujir de hojas cada vez
que un pájaro espantado huye hacia el claro chillando.

Museos: un lequito

No hay en este vaso más que una imagen apenas esbozada,
apenas una figura a descifrar:
“doncella con lira”.

Como si una sombra hubiera avanzado sobre la nieve
o el vago eco de una palabra
llegara a nosotros a través de una cortina,
o sostuviéramos a alguien como una lira entre los brazos.

¿Será, en los corredores miserables de la muerte,
esta imagen la de más cruel o más dulce aparición
cuando se incline el vaso sobre manos impuras?

Me temo que, entonces, ningún simulacro sería tolerable,
y menos aún la lira entre las manos de una mujer,
que nos dejará mucho tiempo aturdidos y saturados.

Creo que no habrá otro remedio
salvo, arrasado todo vínculo, algo que se parezca
a una extensión del día.

¿Algo como el brazo de la luna en el frente
o menos aun: como la visión de una manzana
en la celda nebulosa del manzano?;
¿algo como una manzana del color del crepúsculo
contra la silueta de los paños?

Llega aquí una pisada cuyo compás monótono
dispersará las palabras como pájaros asustados
o hará de ellas moscas alrededor de la cabeza asediada,
más duras que su cercanía.

Es a la paloma intrépida a la que hay que encontrar,
a ella sola. Pero, ¿quién de nosotros puede atraerla,
quién recuerda su nombre, si alguno tiene,
quién conserva ojos con que sostenerle la mirada?

Violetas

Apenas un ramo de violetas apagadas,
un ramo de esas flores exiguas y casi esfumadas,
y un niño que juega en el jardín.

Aquel día, en aquel febrero, no tan lejano pero igual de perdido que todos los demás días de la vida que no podremos nunca recuperar, durante un breve instante ellas me habrán despejado la mirada.

 

Flores de entre las más insignificantes y las más discretas. Ínfimas. En el límite de lo insustancial. Nacidas de la tierra guarnecida por las últimas nieves del invierno. ¿Y cómo, de tan endebles, pueden simplemente aparecer, salir de la tierra, tenerse en pie?

Dentro de la liturgia del año, más constante, un poco más eterna que la otra –que también se disuelve– tienen su sitio como la hora de prima en las jornadas monacales. Una hora en la que no se puede hablar en alta voz. Para escucharlas, es necesario alejarse de la penumbra. Haber salido de las pesadillas. Retirado los vendajes. ¿O no ocurre, más bien, que su visión viene en nuestra ayuda?

 

“No cogeré las flores”, dice la Esposa del Cántico Espiritual: eso significa que renunciará a ciertos goces pasajeros por otro, estimado como más alto y más duradero. Esa renuncia no impide que, aun sin ser recogidas, las flores sean nombradas en el poema, que estén en él presentes como una belleza dispersa imposible de rehuir sin haberla disfrutado primero.

 

Violetas.

Flechas de punta tierna, incapaces de veneno.

(Borrar todos los errores, todos los desvíos, todas las especies de la destrucción, para no conservar más que estas flechas ligeras, surgidas de un rincón de sombra del fin del invierno.)

 

Ínfima, que abre una vía, franquea una vía; pero nada más. Como si hiciera falta algo distinto, que nunca me ha sido dado, para ir más allá.

Liberadoras de caminos, perfumadas, pero demasiado endebles como para que no sea necesario restituirlas a la oscuridad y el frío.

* Traducción de Juan Manuel Tabío. “El poeta tardío” pertenece Pensées sous les nuages (1984); “Museos: un lequito” a Après beaucoup d’années (1994); y “Violetas” a Et, néanmoins (2001).

En el origen, una incertidumbre (palabras de agradecimiento por el premio Montaigne)

Además de agradecimiento, experimento hoy cierto temor por el honor que se me rinde. No por modestia, verdadera o falsa, sino por una razón específica que primero intentaré definir. Este temor nace de la consideración de la distancia que hay entre una obra vista desde afuera, por los críticos, los lectores, y la obra vista desde adentro, por su autor.

Por un lado, el lector tiene ante sí libros, más o menos logrados, en cualquier caso acabados en cierto modo, objetos inmóviles y aprehensibles que podemos intentar juzgar si son o no dignos de interés, y que por tanto podemos honrar a veces con un premio. Por otro lado, está el autor de estos libros, que, al haberlos terminado, ya no se preocupa por ellos, ya no se interesa por ellos, que percibe con sorpresa y decepción que no puede apoyarse de ninguna en ellos para continuar, como si nada de lo que hubiera conseguido con su trabajo de escritor constituyera un logro; al contrario: como si, en la medida en que avanzara, el hecho de haber escrito le impidiera volver a hacerlo, como si su incertidumbre, sus dificultades de todo tipo, crecieran con el tiempo, hasta el punto en que cada vez más a menudo se dice a sí mismo que nunca podrá volver a escribir, y no es que se lo diga sin angustia. He aquí el tipo de distancia entre lo que se ve desde afuera y lo que se vive desde adentro, y que una ocasión como la de hoy contribuye a hacer aun más notable.

En efecto, la obra por hacer, la única que puede interesar al escritor, parte cada vez de una profunda incertidumbre, de una especie de estado oscuro, confuso, de una carencia, casi de un desconcierto.

No resulta sorprendente, por tanto, que lo que llamamos vocación poética comience, tenga su origen, muy a menudo, en el momento más conflictivo, más cargado de esperanzas pero también de angustias, de la vida; es decir, en la adolescencia, en esa especie de segundo nacimiento en el que el ser debe arriesgarse a salir de la infancia, y en el que lo que descubre, o más bien adivina, vislumbra, presiente, en él y fuera de él, lo exalta y lo alarma al mismo tiempo, lo precipita en impulsos ciegos o lo rechaza en sí mismo en vagas cavilaciones. No es en absoluto necesario que la vida visible de un adolescente sea aventurera para que experimente tormentas. Durante mucho tiempo, ha vivido más o menos protegido, más o menos en tinieblas; entreabre los ojos, tropieza, a veces se cae: el mundo que se le presenta de repente tiene la extrañeza de los sueños, de pendientes luminosas, tramos de sombra, transformaciones repentinas del día en la noche.

¿Cómo es que, por ejemplo –llegará a preguntarse–, una simple mirada, un día, en algún pasillo o ante el desvío de una calle, nos alcanzará como un proyectil disparado desde otro mundo, nos dejará heridos por mucho tiempo?

¿Cómo puede ser –pensará también– que estos mismos rostros, cuya belleza nunca es del todo explicable, puedan ser en ocasiones fustigados, pisoteados, degradados o, si el hombre no se ocupa de ello por sí mismo, lentamente maltratados por la inevitable eficacia del tiempo?

Así, incluso en la existencia más privilegiada o mejor protegida, se producen de vez en cuando especies de agujeros, de desgarraduras (como en la lona de una tienda golpeada por el viento), que provocan que los límites de esa existencia, de ese mundo se rompan: por un exceso de dulzura a veces, más a menudo por un exceso de horror, pero siempre por un exceso. ¿Es el mundo demasiado atroz, demasiado bello? Lo que se manifiesta entonces, en todo caso, como una evidencia es que no existe medida alguna que, en este sentido, pueda medirlo. La ciencia podrá multiplicar sus esfuerzos, perfeccionar hasta el infinito sus dispositivos: hay un orden de experiencias que siempre escapará a las medidas de que dispone. Es a este orden de experiencias al que se refiere el poema.

Pero lo que es sin dudas misterioso, o por lo menos singular, es que hace falta precisamente esta profunda sacudida del ser, este encuentro con lo desmesurado, para abrirnos de repente a la mesura particular de la poesía, o de las otras artes. La mesura del arte se nos revela en el mismo momento en que la esencia de toda la vida se nos presenta sin mesura; y algo nos sugiere, más o menos confusamente, más o menos firmemente, que la mesura del arte responde, corresponde de alguna manera a lo des-mesurado de la vida.

¿Cómo explicar si no la pasión que profesan los adolescentes por ciertos textos, si es que no se arriesgan a producirlos ellos mismos? Lejos de pensar que la poesía es, como se le quiere hacer creer, una máscara, una máscara demasiado bella sobre el rostro insoportable de la realidad, él siente que, a su manera, la poesía debe decir la verdad o, en todo caso, mentir menos que los dogmas, que las doctrinas. Y llega, quizá mucho más tarde, a pensar esto: que ha conseguido deslizarse en el texto del poema algo de ese incógnito hacia donde se siente arrojado y quizá extraviado, algo de esa desmesura que vuelve tan extraña, tan enigmática su condición. De manera que la propia extrañeza de vivir, que no es poca, sería inseparable de la extrañeza del poema.

Podrá, entonces, tratar de reducir esa extrañeza; leer a los hombres de ciencia, a los pensadores religiosos, a los filósofos; aventurarse en sus laberintos.

Incluso puedo imaginar que un día los habrá leído todos y, lo que sería más sorprendente, que a todos los habrá comprendido. Y luego puedo imaginar, lo cual es más verosímil, que su asombro inicial, su incertidumbre, sólo se habrían agravado, tal vez hasta la desesperación. Mientras que un poema corto, o incluso el fragmento de un poema (por ejemplo : “…denn, / von wegen geringer Dinge, / Verstimmt wie vom Schnee war / Die Glocke, womit / man läutet / zum Abendessen”;[3] es decir, un fragmento perdido entre las variantes de un poema que nunca fue concluido), podría en cambio conservar para sus ojos, aunque no le explique nada y no le proporcione ninguna clave, el poder, oscuro pero innegable, de mantenerlo vivo: digamos, como una especie de modelo que no tendría que ser entendido, ni siquiera imitado, sino revivido.

He aquí, en pocas palabras, cómo la poesía y la vida siempre me han parecido estrechamente unidas, en sus raíces (algunos verán aquí, me temo, una posición completamente anacrónica); y cómo es que en la belleza, en eso que durante mucho tiempo ha sido juzgado como tal sabiendo muy bien por qué, nunca he podido ver un simple ornamento, un lujo o, peor aún, una mentira. Me ha parecido que, percibida en la vida o reencontrada, diferente, en las obras, la belleza indicaba un camino a seguir. A pesar de los asaltos que sufre cada día, aún no he consentido en renegar de ella, ni en despreciarla.

No hay una existencia “ideal”. Mi vida, en un momento dado, me la tuve que “ganar”, como se dice. No tenía más remedio que elegir entre la docencia, la edición y la traducción. La docencia no me parecía de ningún modo una tarea despreciable u odiosa; sólo temía que me obligara a establecer en mi vida una división artificial entre el trabajo pedagógico y el otro, al que se habrían reservado los momentos de vacación; también sospechaba que favorecería el poder crítico en detrimento de la invención. La edición, por su parte, me habría vinculado inevitablemente a un mundo literario que no me agradaba.

Cuando era más joven, yo había leído con pasión a algunos poetas alemanes. Había intentado traducirlos. También a los prosistas. Un editor confió en mí. Así, han terminado por escribirse en mi mesa, copiados lo mejor que pude del original, varios miles de páginas en las que espero no haber traicionado demasiado a los escritores que merecían aún un mayor esmero del que yo pude entregarles. Al menos habré conseguido no traducir nada que no se correspondiera, aunque fuera mínimamente, con mis preferencias.

Al elegir la traducción, yo elegía al mismo tiempo una independencia y una inseguridad relativas. Sobre todo, me parecía que la poesía tendría más posibilidades de no ser, en mi vida, una actividad secundaria, el regalo de un pasatiempo o un elemento de ruptura.

Llego con esto a un punto central. A una elección que he intentado hacer, de acuerdo con mi naturaleza carente de audacia, porque carece de certezas. Permítanme que me detenga aquí.

Sucede que, en el momento en que yo empecé a escribir, toda una tendencia de la poesía, que ilustraron a finales del siglo XIX genios fascinantes como Rimbaud o Mallarmé y había sido anunciada antes por Baudelaire, Leopardi y Novalis, y que desembocaría hacia 1920 en la explosión del surrealismo, se basaba en una necesidad, por otra parte muy auténtica y a menudo legítima, de ruptura; de una ruptura más o menos violenta y total con el pasado, la cultura, la moral, la religión y la sociedad existentes, con el mundo mismo. “La vida verdadera está ausente”, había escrito Rimbaud, y repetirían con él, por lo general menos bien que él, un centenar de poetas. Yo experimentaba, aunque de un modo un poco vago, un sentimiento diferente; vislumbraba, vagamente, otros caminos, y desconfiaba sobre todo de las fórmulas categóricas, de las negativas tajantes o de las afirmaciones perentorias, porque me parecía que el hombre que levanta la voz o golpea con el puño sobre la mesa lo hace a menudo menos por convicción real que para disimular el rumor de sus propias dudas…

Para hacer comprender mejor esta elección, quisiera evocar aquí la obra de un escritor francés contemporáneo muy insuficientemente conocido, incluso en Francia; etnólogo, amigo de los surrealistas, Michel Leiris, cuya trayectoria sigo con gran admiración y atención, tal y como la relata en una especie de autobiografía que está en curso de publicación, cuyo título general es La regla del juego: esa regla de vida que toda vida, a veces, se agota buscando. Pocos escritores en nuestros días han identificado con una honestidad más rigurosa las contradicciones de las que están hechos.

Sin embargo, en el último volumen de esta serie, Michel Leiris, que relata pormenorizadamente un viaje a China hecho hace unos años en compañía de Sartre y Simone de Beauvoir, en China, donde creyó ver una gran esperanza para todos nosotros, Michel Leiris sitúa con precisión los dos “costados” de su naturaleza entre los que se siente en conflicto: por una parte, el costado digamos “político”, esto es: porque es sensible al sufrimiento, a la injusticia, a la miseria humana, a la preocupación por la suerte de los otros, al deseo de “cambiar el mundo”, que le han hecho comprometerse más de una vez con la izquierda en la esperanza de contribuir aunque sea mínimamente a reducir la severidad de la condición humana (y es, naturalmente, ese costado de su naturaleza el que el viaje a China tocó, y a veces exaltó); por la otra parte, su costado “poético”, si se quiere, entendido por él como una fascinación por lo sagrado, el misterio, lo desconocido, la pasión, todo ese espacio interior que él compara con una zona off limits, vedada en cierto modo, donde se producen esos ardores, esos destellos, esas convulsiones y esos excesos, a los que el surrealismo ha vinculado de una vez por todas su concepción de la poesía, y de la vida. Sin embargo, es en vano que Michel Leiris intenta conciliar estos dos “costados” que considera incompatibles; él reconoce, además, con esa honradez suya, que el uno, su costado “político”, se manifiesta más bien como un deber, por elevado, por imperioso que fuere, mientras que el otro, su costado “poético”, como una pasión más natural y más profunda.

Pues bien, esto es lo que he llegado a pensar a este respecto, o más bien a sentir: que quizá era un error querer situar a toda costa la poesía, y al mismo tiempo la vida verdadera, fuera de los límites, en el delirio, el exceso, la rebeldía y la ruptura a toda costa; y que, si abandonáramos esta visión, el acuerdo entre poesía y política, por ejemplo, sería, tal vez, menos inconcebible de lo que aparece en Leiris. (Soy muy consciente de que es también posible no imaginar la política sino bajo la forma de una rebelión perpetua…).

En el fondo, creo que lo que he intentado hacer, o lo que mi naturaleza profunda ha intentado hacer en mí, es que la poesía encontrara su lugar, más natural y más discretamente, al interior de los límites de la vida, de una vida que se arriesgara tal vez, esta vez, a ser, para variar, demasiado sensata, demasiado mesurada; al igual que, de hecho, el misterio (o el infinito, o el exceso) habita en el interior de un poema digno de ese nombre incluso cuando ese poema se somete a ciertas reglas, a ciertas convenciones, es decir: a límites aparentemente incompatibles con el misterio. Que haya una especie de infinito, un reflejo del infinito, en un poema construido con palabras, o en una obra musical sujeta a leyes estrictas, es quizá el mayor misterio. Que lo infinito pueda entrar en lo finito y, desde ahí, resplandecer.

Era, entonces, necesario esperar o intentar que una luz como extranjera en este mundo siguiera siendo perceptible en este mundo imperfecto y a menudo casi inhabitable. Y era necesario que tal cosa fuera posible, para mí, a pesar de una grave deficiencia: a saber, que ningún dogma político, religioso o filosófico había nunca logrado convencerme. No había ni una sola certeza que no me pareciera cuestionable. Ni un sistema, por sólido que fuera, al que me pareciera imposible oponer con éxito su contrario. (El pensamiento de Musil, cuya obra me había acompañado durante tanto tiempo, alentaba esta duda natural; o el de alguien a quien había tenido el privilegio de conocer y que admiraba mucho, Jean Paulhan; y Montaigne, que hace mucho tiempo los había precedido por ese camino).

Los aterradores sucesos de la historia contemporánea no estaban destinados, ciertamente, a devolverme la confianza. Incluso se habría dicho que su violencia, su vileza, que arruinaban tantas obras y tantas vidas, arruinaba aún más definitivamente cualquier fórmula que pretendiera explicar el mundo y transformarlo en nombre de esta explicación.

Fuera de eso, ¿qué quedaba? Esta es una pregunta que me ha surgido a menudo. No pretendo insinuar que yo haya pensado en todo esto de forma clara y coherente; sin duda es un error, pero yo soy lo más lejano de un pensador.

Yo regresaba a mis incertidumbres. Eran capaces, y aún lo son, de reducir a un hombre al silencio. Sin embargo, todavía llegaban a mí, de los seres, de las cosas, de los paisajes y las obras, especies de signos. Ni explicaciones, ni fórmulas. Así fue como descubrí, en ese momento particularmente oscuro de la vida en que uno siente que la juventud se le escapa, la poesía japonesa, en particular el género tradicional del haiku. ¿Por qué desde el principio este tipo de poesía se ha ganado tanto mi estima?

Precisamente porque, mejor que cualquier otro, pero con la mayor sencillez y el mayor refinamiento, lejos de perseguir el delirio y la ruptura, lograba, me parecía, proyectar lo infinito en un momento cualquiera de una existencia cualquiera. Esto era más extraordinario a mis ojos que los excesos, el vértigo, la embriaguez. Como si, a la afirmación desesperada de Rimbaud, “la verdadera vida está en otra parte”, respondiera no una afirmación contraria (que no me habría convencido más) sino como un florecimiento de signos discretos que dieran testimonio de una vida real posible aquí y ahora.

Me vi obligado a constatar que, si las fórmulas tendían a destruirse mutuamente, los sistemas a anularse, estos signos, a pesar o a causa de su misma fragilidad, de su insignificancia, persistían, se resistían a la duda. Una experiencia en verdad extraña, difícil de comunicar y sobre todo de ser tomada en serio: que la aparición de la nieve en la cima de una montaña, más allá de los árboles desnudos de hojas, que el vuelo perfectamente rectilíneo de una garza en el cielo, por encima de los reflejos de un estanque, que estas cosas sin ningún valor, que estos accidentes naturales y desprovistos de todo sentido se revelaran ante mis ojos como una fuente de amparo mayor, para seguir viviendo, que todas las doctrinas y todas las plegarias del mundo.

Al final, se trataba de simples destellos, de fulgores fugaces. Como si, en la oscuridad impenetrable de nuestra condición, se abrieran pasajes, no puedo decirlo mejor, especies de ventanas o perspectivas por las que penetrara de nuevo un poco de luz, un poco de aire. Y este poco de luz, este poco de aire tenían tanto poder sobre mí que llegué a decir que eran casi divinos, es decir, que venían de lo más lejano, de lo más alto. Y venían a nosotros tanto más quizás cuanto menos seguros nos sentíamos de cualquier verdad… Pero, también, siempre susceptibles de sernos de nuevo sustraídos, denegados…

A partir de entonces, no pude evitar hacerme esta pregunta: ¿qué había permitido a los maestros del haiku conciliar de esta manera la sencillez y el misterio, la mesura (las reglas más estrictas) y el infinito? En otras palabras: ¿cómo podían ser auténticos poetas sin buscar la poesía fuera de los límites de la vida?

Esto no pudo ocurrir por sí solo, ni haber sido el simple resultado de una técnica literaria. Había sido necesaria una forma de vida particular. Estos hombres debían de ser, según podía yo juzgar, si no siempre vagabundos, al menos hombres poco entregados a las posesiones materiales; muy independientes con respecto al poder, pero respetuosos del pasado hasta el punto de visitar fielmente en las fiestas las tumbas de los antiguos maestros; apartados del mundo a la vez que presentes en el mundo, no eran de ningún modo ascetas ni meros estetas. Ni héroes, ni santos, ni genios como los soñara el siglo XIX, que también produjo algunos admirables. Transeúntes invisibles. Y, puesto que eran invisibles, el mundo podía transparentarse a través de ellos; su mismo paso parecía revelar una luz inagotable.

Pero, hoy, en este mundo infinitamente más duro y más amenazado, ¿se puede seguir siendo ese transeúnte? ¿Cuando se entrelazan sobre nuestras cabezas tantos relámpagos fanáticos? Me lo pregunto a menudo, y he intentado expresar el escarnio de este combate en un poema titulado “El combate desigual”, que termina así:

Tanto protegernos de los truenos con dos cañas,
cuando el orden estelar se desarma en las aguas…

Es aquí, finalmente, donde encuentro la ambigüedad de toda recompensa, de todo honor: por una parte, nos animan y fortalecen, puesto que parece que nuestra incertidumbre, y este “combate desigual”, son compartidos por los demás; por la otra, amenazan con fijarnos, desde afuera, en un “personaje” demasiado visible. Aunque es en la medida en que uno escapa de cualquier “personaje”, de cualquier papel, oficial o no (incluido, sobre todo, el de poeta), que podemos esperar no ser reducidos al silencio, un silencio que significaría que los poderes negativos que actúan en todas partes nos habrían hecho callar para siempre.

* Traducción de Juan Manuel Tabío. Discurso pronunciado el 16 de mayo de 1976 en Tubinga, Alemania, con ocasión de la recepción del Premio Montaigne.


Notas:

[1] Le Monde, en el original. Periódico vespertino francés de gran circulación.

[2] Ce Soir, en el original. Periódico vespertino francés creado en 1937.

[3] “…pues, / por causa de cosas pequeñas / desafinado, como por la nieve lo estaba / la campana que / se toca / a la hora de la cena”. Los versos pertenecen al borrador de un “Himno a Colón” proyectado por Friedrich Hölderlin.

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