Testimonios de la cuarentena en un proyecto de animación cubana

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Fotograma del cortometraje animado ‘Movimiento’, Creación Colectiva en Cuarentena, 2020

Durante los últimos meses, confinados en sus casas por la cuarentena e interrogados por el panorama social y político abierto por el coronavirus, algunos creadores audiovisuales han elaborado pequeñas obras –pequeñas sólo por la extensión del metraje– que circulan ahora mismo en las redes sociales.

Por lo que encierra de ingenio artístico, es probable que la acción más estimulante –entre las que he alcanzado a apreciar– sea el proyecto Creación Colectiva en Cuarentena, impulsado por la realizadora cubana Ivette Ávila. Precedida por el esplendor estilístico de sus animaciones, Ávila contribuye hoy determinantemente a enriquecer el dominio estético del cine cubano. Rastreando múltiples configuraciones en el ámbito expresivo de la animación, su trabajo se destaca por el alto grado de inventiva formal palpable en los filmes y por la audacia de los métodos creativos implementados, amalgamadas siempre en obras de una particular fuerza imaginal. Lo cual se hizo más que evidente en la pasada 18 Muestra Joven ICAIC, donde se presentó el excelente corto de ficción La huida.

Este filme despliega una experiencia sensorial sumamente estimulante, donde se aprecia la destreza de la autora en el manejo de las técnicas de animación, sobre todo por la organicidad con que coinciden varias en un mismo relato, puestas en función de los requerimientos del discurso. En La huida se advierte, además, el nivel de detalle con que Ivette Ávila modela las figuras y compone el espacio, sobre todo cuando utiliza el stop motion; la singularidad e imaginación de su dibujo, en el caso de la técnica de papel recortado; y la certeza con que articula la historia. Estos son algunos de los aspectos que garantizan, junto a la atmósfera sensitiva, un notable calado conceptual.

Ivette Ávila parece nunca extraviar esas coordenadas, las cuales son apreciables ahora en el proyecto Creación Colectiva en Cuarentena que, con Cucurucho films, ha desarrollado durante los últimos meses. Según se puede leer en el muro de Facebook de la autora, el propósito es concebir “un grupo de audiovisuales espontáneos de producción rápida”, que se ocupen de “documentar de forma creativa el momento que vive el mundo, inspirados en testimonios, canciones, poemas, sueños, durante la cuarentena”. Una iniciativa de particular relieve, en tanto consigue, también, llamar la atención sobre los valores de la animación, conjuntamente con el gesto cultural que implica en medio de la situación epidemiológica por la que atravesamos.

Hasta el momento, circulan en las redes sociales cuatro películas. Con animación de la propia Ivette Ávila y Ramiro Zardoya, la primera de ellas se titula CCC. Obra #1, en la que una serie de dibujos y espacios de color, cuasi abstractos, experimentan disímiles mutaciones y variaciones formales al ritmo de la música de Carlos Fidel Taboada. Basta llamar la atención sobre la organicidad coreográfica de los movimientos plásticos, la armonía con que contrastan las diferentes tonalidades y la cohesión con que se entremezclan las figuras, elementos responsables de la lozanía con que el sentido se activa en un sinnúmero de alusiones al actual periodo pandémico.

Ojos es el rótulo de la segunda entrega de la serie, que consiste en la recreación de un sueño de Alex Halkin, una amiga de Ivette Ávila, residente de la ciudad de Chicago. Sentida metáfora de la búsqueda de compañía, del miedo a la soledad, de la necesidad del afecto del otro; acaso lo más significativo del cortometraje se localiza en lo estrictamente plástico. En esta obra, la conjunción de la imagen y la música –responsable de la cadencia de la narración– extiende una atmósfera onírica y un lirismo particulares, matices que, así como favorecen a la expectativa receptora, sustentan la composición dramática del relato. Entre tanto, la inteligencia con que el dibujo a línea se consagra a la exposición del contexto, y el stop motion, mucho más matérico y emotivo, a la escena central de la anécdota, advierten el refinamiento con que se proyecta la representación.

Mensajes de Amalia es el tercer capítulo de la serie. Según apunta la autora, “el hilo conductor son fragmentos de mensajes de voz” de una pequeña de cinco años, acompañados por los dibujos realizados por un grupo de niños y niñas. De entrada, es impactante la ternura y la expresión emocional que Ivette Ávila supo extraer del grafismo infantil, tanto como la sensibilidad con que manipuló y reordenó, en función de los comentarios de Amalia, la fecunda imaginación depositada en los dibujos. La belleza visual y la inventiva apreciable en la animación suponen un acto genuino de comprensión de la personalidad de la niña, de sus inquietudes, pensamientos y modos de ver el estado a que nos ha confinado la Covid-19.

Luego de Mensajes de Amalia vino Movimiento, con la participación de Norge Cedeño Raffo y Thais Suárez Fernández, de la compañía de Danza Contemporánea Otro lado, además de Santiago Barbosa Cañón y Luna Catalina Tinoco Alarcón, quienes compusieron una pieza musical especialmente para esta obra. Esta suerte de video danza, donde la animación más que un recurso expresivo es un motivo estructural que conforma la totalidad del hecho plástico y visual, coloca al espectador frente a una vivencia sensitiva absoluta.

Llamo la atención especialmente sobre las cláusulas audiovisuales de Ivette Ávila y su proyecto colaborativo porque, en medio de tanta impostura creativa circulando en las redes sociales, este colectivo despliega un genuino gesto cultural. Otros motivos confluyen en la singularidad de estos “animados”, concernientes no sólo a sus efectos comunicativos y de recepción social durante los días de confinamiento, sino a sus indudables valores estéticos. Son exposiciones de ingeniosas torceduras a la economía representacional del lenguaje fílmico. Estos cortometrajes constatan la proteica creatividad de la autora y la potencia de la animación como una tecnología artística en sí misma. Las exuberantes cualidades visuales, la libertad figurativa y escultural, la competencia de las operaciones estilísticas, la coherente superposición de métodos, la destreza en el diseño de las historias, son características que gobiernan la implacable factura de estos ejercicios, que encierran, en estos tiempos, bastante de profilaxis y terapia emotiva.

Muchas otras iniciativas personales se han podido apreciar en las redes sociales durante estos tiempos de pandemia. Cine Cubano en Cuarentena, la columna que llevan el realizador José Luis Aparicio y la poeta Katherine Bisquet en Rialta, surgida también durante el confinamiento, con la intención de visibilizar la producción audiovisual cubana, se ha ocupado de contribuir a la divulgación de algunos de esos textos audiovisuales generados a propósito de la circunstancia mundial.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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