uva de aragón
La calle Monte de La Habana en los años cincuenta (FOTO Nostalgia Cuba)

Ya yo no soy tan sensible
como lo era en otro tiempo
la costumbre de las penas
me ha robado el sentimiento.
Sindo Garay, “Tardes grises”

Corrían los últimos años sesenta y también casi todos los setenta. Cada sábado mi madre me calzaba con unas sandalias cómodas, heredadas de la hija de una amiga suya, y me llevaba con ella a las tiendas de la calle Monte. Me cansaba aquella rutina y la obsesión por comprar y comprar lo que encontrase, aunque luego se acumularan en las gavetas de los armarios de nuestra casa jabones de distintas marcas, pañuelillos bordados de bastante inutilidad, vasos de una cristalería anónima, etcétera. El recorrido de un extremo a otro de aquella calle –que ya en su justo medio me resultaba interminable– iba salpicado siempre por múltiples comentarios: “Aquí vendían unas lámparas preciosas”; “¡Mira cómo ya se ha descolorido el anuncio de La Casa Fraga!”, “Pero… ¿será posible que en este Ten Cent no haya bocaditos de huevo?”

Crecí rodeada de sus nostalgias. Y, por si fuera poco, vi de manera vertiginosa derrumbarse, sin reparación alguna ni sustitución siquiera, aquel pasado de anuncios de neón, tiendas chics y festividades navideñas de las que tanto hablaba mi madre, queriendo aferrarse a sus recuerdos para sacar fuerzas y sobrevivir a la desaparición paulatina del entorno de su niñez y juventud. También me hablaba de presidentes pasados: de cómo mi abuelo la había cargado en sus hombros para que viera pasar a Grau San Martín. Y también de una colonia de chinos que había cerca de la casa de sus padres, gracias a la cual se había deleitado con todos los helados de frutas posibles licuados en sorbetera.

Durante el grueso de mis años de estudios secundarios y preuniversitarios, apenas oí hablar de Grau en las clases de Historia; ni de una campaña presidencial honesta, como lo fue la de Márquez Sterling, y mucho menos de la inmigración asiática tan trascendental en la historia de los negocios cubanos, no solo culinarios sino de lavanderías y agricultura. En oposición, solo se repetía en las aulas la visión de una Habana en lo absoluto deslumbrante, sino llena de cadáveres de jóvenes masacrados por Fulgencio Batista, y antes por Machado, y de una población que se dividía entre acaudalados, explotadores y políticos corruptos, por una parte, y por la otra, hombres harapientos y mujeres que solo podían sobrevivir volviéndose prostitutas o domésticas. Y en medio de ese entorno se enaltecía el despertar de unos jóvenes osados que habían salvado a la nación liderados por un ser excepcional. Crecí y me eduqué, por tanto, en medio de una gran ambivalencia de imágenes y con una marcada nostalgia por lo que relataba mi madre: era mi nostalgia por lo no vivido.

El baúl que guardó con candados una gran parte de la historia nacional, para que las generaciones venideras, como la mía y las siguientes, ni por asomo hiciéramos comparación con un presente de literal derrumbe físico de La Habana, se abrió ante mí, de manera panorámica, al realizar la primera lectura de El reino de la infancia. Memorias de mi vida en Cuba. Allí, a manera de filigrana, estaban engarzadas, en un orden casi lineal, muchas de las principales anécdotas del primer ciclo de vida de la escritora y amiga entrañable Uva de Aragón: desde su nacimiento hasta los recién cumplidos 15 años. Sus recuerdos personales y entorno social, aunque muy ajenos a mi entorno familiar, de especial manera me conducían a un contexto que también fue mío y ya no estaba, y que en el subconsciente hubiera querido compartir no solo mediante las nostalgias de mis antepasados.

Yo no sé lo que me pasa
pero tengo un sentimiento.

Quizás la ternura, el dolor solapado y, principalmente, la honestidad en los recuentos fueron los principales elementos que me cautivaron, y por eso demandé de la autora, casi con pasión, al leer su manuscrito, que cada una de las historias debían desplegarse como un álbum de recortes. Sí, un álbum que, mediante imágenes acompañantes de los textos, atestiguara aún más el devenir intenso de una familia ilustre y unida; el deseo irrefrenable por escribir de la autora; la llegada del primer amor; el miedo incontrolable ante los acosos políticos de que fueron víctimas sus familiares más cercanos, en los últimos días de permanencia en Cuba y, finalmente, el dolor inmenso por la necesaria estampida del suelo natal. Un dolor que se atestigua cuando se despide de su mejor amiga, al término del último examen del segundo año de Bachillerato; cuando entre sollozos besa a su abuela materna con la intuición de que será ese el postrer abrazo, y cuando al arribar a la que será la nueva patria tiene que taponear sus tristezas porque su madre no entiende el inglés y se hace imprescindible asumir los rigores de los primeros trámites migratorios.

y ruedan lentas las horas
bajando el mundo al silencio

El reino de la infancia es eso: un álbum hermoso de fragmentos de vida. Fragmentos antes los cuales el lector contemporáneo, en edad y experiencias similares a las de la autora, experimentará un proceso de anagnórisis. Otros, como yo, e incluso mucho más jóvenes, como lo es la diseñadora que con amor se entregó al embellecimiento gráfico de este libro, hemos sentido que esos fragmentos nos devuelven un pasado usurpado por las tergiversaciones malintencionadas, es decir, la vida y la historia de la nación en que no solo nacimos sino en la cual hemos seguido viviendo. Simultáneamente, justo por quedarnos en Cuba, las evocaciones en El reino… de barrios, paisajes y hasta locaciones muy concretas nos convirtieron metafóricamente a mí, como editora, y a Yenisel Cotilla como diseñadora, en fieles guardianas y hasta en testigos de una especie de tercera dimensión del pasado que Uva de Aragón se propuso salvar del olvido. De ahí que con alborozo corrimos al encuentro de las vetustas fachadas, verjas y hasta árboles que todavía perviven. Un lente fotográfico se encargó de reactualizar lo necesario para hacer más tangible lo narrado.

Imagen de cubierta de ‘Memorias de mi vida en Cuba’, de Uva de Aragón
Imagen de cubierta de ‘El reino de la infancia. Memorias de mi vida en Cuba’, de Uva de Aragón

La amplísima experiencia periodística de la autora favorece con creces esta especie de crónica novelada que también es El reino de la infancia. Su lenguaje narrativo cautiva, su léxico es claro y poético a un tiempo; esto último, sobre todo, en los pasajes donde imperan recordadas actitudes sensoriales, tan de Joyce y Proust, maestros de la literatura que demostraron cómo mediante esas memorias afectivas llegaba al lector la más profunda emoción. Y justo también por su pericia periodística la emoción se transmite de manera contenida, pero no por ello alejada de la verosimilitud, sinónimo aquí, también, de la entrega a la escritura de recuento como un acto emancipador. Pienso que mientras Uva de Aragón hallaba fotos o recortes que la transportaban a tantos escenarios muy remotos en el tiempo, haya experimentado una gran variedad de sensaciones, incluso encontradas entre sí.

La última etapa de la edición del volumen pudimos lograrla mediante prolongados encuentros nocturnos en el ciberespacio. A ello nos obligó no solo la pandemia, sino también esa aparente infinitud de más de un poco de 90 millas que ha impedido hacer poco frecuente el compartir un café juntas como buenas amigas. Y mientras trabajábamos, con frecuencia la escuché vibrar de alegría por el rescate de una imagen ilustrativa de la prensa, gracias a colaboraciones desinteresadas, o al aceptar mis sugerencias de ampliar más la vastedad de información que ya ella había logrado sintetizar. Y es que si algo singularizó para mí el trabajo editorial de El reino de la infancia fue el reconocimiento de que era un libro trascendente: por las experiencias de vida recogidas; la capacidad de ir modificando la perspectiva narrativa desde el candor de la niñez hasta la inconformidad y desasosiego, tan clásicos de la adolescencia; y por su mirada ecuménica, que sitúa los conflictos nacionales en el justo lugar que le corresponden. Una especie de enamoramiento a primera vista me embargó y creo que ese sentimiento tan vívido –que de alguna manera traspasé a su diseñadora al dar los primeros pasos para la maquetación– contribuyó a ese feliz término.

Un fragmento de mar, con un muro que lo aparta y lo contiene; un cielo encapotado que por su color podría resultar un espejismo de las aguas, y un montículo en el que crecen unas palmas, en la bifurcación de la calle, no es una foto escogida al azar para ilustrar la cubierta y la contracubierta de El reino de la infancia. En ella se sintetizan los motivos más recurrentes en las obras literarias de una gran parte de los que han partido definitivamente de Cuba. Como relata al final del libro, Uva de Aragón quiso, al recorrer por última vez La Habana y despedirse de su Isla, atrapar al menos la luz que la acompañó durante sus primeros quince años de vida. Cuarenta años después, al reencontrarla en su viaje de regreso, probablemente habían variado los matices con los que la soñaba. Los archivados en su memoria volvieron a aparecer, de seguro, desempolvando recuerdos, evocando aromas de su niñez y recopilando un sinfín de piezas pequeñísimas para lograr estructurar todo lo que se fracturó de un golpe.

He acompañado esta presentación con citas de una hermosísima canción musicalizada por el compositor y letrista cubano de todos los tiempos Sindo Garay. En ella se hace referencia a las tristezas que entraña la lejanía, a las pérdidas irreparables, a los silencios que ocultan las penas. Otro texto muy conocido de Sindo, en este caso “La tarde”, alude también a cómo la acumulación de las penas puede llegar a atropellar, pero también cómo, gracias a una mirada, se puede dejar pasar la luz. Es esa luz la que brilla a lo largo de El reino de la infancia. Ella llegó a mí desde su primera lectura y estoy segura de que alcanzará a todos los lectores en cuanto se desplieguen ante ellos sus primeras páginas.

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Vitalina Alfonso Torres (La Habana, 1960). Ensayista y editora.  Graduada de Filología por la Universidad de La Habana. Desde 1985 ha mantenido una sostenida labor como editora y tiene en su haber más de cien libros editados de distintos géneros literarios. Ha impartido conferencias y participado en numerosos congresos y ferias del libro en diversos países. Colaboraciones suyas han aparecido en publicaciones como Anales del CaribeCasa de las AméricasLetras CubanasLa Gaceta de CubaUnión, entre otras. Es, entre otros, autora de los volúmenes de ensayos Páginas recobradas (2014) y Un país para narrar (2015), así como del volumen de entrevistas Ellas hablan de la Isla (2002).

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