'Kaltes Bad', Eugène Fredrik Jansson, 1911
'Kaltes Bad', Eugène Fredrik Jansson, 1911

Farraluque se desnudó en una fulguración y saltó sobre el cuadrado de las delicias.
José Lezama Lima, Paradiso

Si todo se fuera al diablo de verdad y quedáramos varados o a la deriva, en un país donde la gente se divide en dos grupos: los que tienen dinero y los que no, ¿cuál sería el único negocio rentable (en una medida menor, no seamos codiciosos) y con el que no tendrías que poner en juego recursos que no estarían a tu alcance?

Por las tardes, para evitar el sol, el sentenciado corre la breve cortina y naufraga en la penumbra antes de cerrar los ojos y recordar la entrada de la escalera. La puerta de la escalera se entreabre y deja que un filo de sol raye la pintura de la pared, poco antes de que el trazo engorde y se convierta en franja y empiece a molestar a los fantasmas que allí se juntan para rumorear la sensación inhóspita de un tiempo que no transcurre, que no pasa ni se oye.

El significado real de los hechos reside en las palabras que hacen de ellos algo comunicable, algo donde la conciencia (de los hechos) se hace estable y verosímil.

¿Cuál sería ese negocio mínimo, autosuficiente, que dependería solo de ti y de tu “comprador”, tu “usuario”? El negocio del cuerpo, de nuestros cuerpos. Somos jóvenes aún, Héctor, dice ella. Somos jóvenes aún, Andrómaca, dice él. Afuera, en las murallas, se combate fuerte. Es la guerra de Troya.

Aquí empieza el laberinto de maquinaciones y embustes de aquel en cuya sangre vive la impracticable idea de renunciar a lo que nunca tuvo. Aquí empieza la penuria, la mengua, la privación. Conjuras y tretas contra la noche viva, contra la soledad resistente, gallarda, longeva. Isla penada, convicta, rea.

Porque cuentas con tu cuerpo (ahora algunxs dicen cuerpa, qué feo suena, qué tonto) y con un usufructuario interesado. Y también cuentas con imágenes, con ideas, con pensamientos giratorios, con intenciones. En fin: cuentas con palabras y fotografías. Digámoslo en plural: contamos.

Me siento a ver libros de arte antiguo envuelto en la esperanza de apartar la pena. La pena es un rasguño profundo en una tela y no encuentras hilo para coser ni aguja ni nada. Al rasguño hay que tratarlo con mucho cuidado porque puede agrandarse.

Me siento a mirar.

Hay que hacer las cosas de modo que lo que hagamos parezca arte y no otra cosa. Honremos la tradición clásica… ponte encima de mí, Andrómaca.

El presumible y presumido autorretrato de un Rembrandt joven, delgado aún, con rostro de quien se sabe visto y ocultando ese disfrute. Es un dibujo a tinta o un grabado. Las manos enlazadas a la altura del sexo.

¿Y qué me cuentas del culo al aire de la cortesana de Boucher en su reclinatorio, disimulando, bocabajo, la fruición de unos muslos bien separados? Ese culo bien puede ser el tuyo o el mío. O los culos de ambos. El negocio rentable de exhibirnos. Primero eso: exhibirnos, trazar enunciados, agitar la lengua para que el remolino de las palabras adquiera filo y contrafilo. Y después: exhibirnos más. Y más. Y más. Eres tú y el presunto usuario. ¿O nosotros, los dos? Es un usuario conjetural, hipotético aún, pero tiene posibilidades, pedirá que hagamos cosas. Pedirá más y más… y el acto irá de boca en boca.

Para ensayar ese acto con el que el negocio alcanzaría a contar con un inicio promisorio, voy a ponerte así, bocabajo así, exactamente así, como Boucher pintó a esa sabrosa mujerzuela. Observa la lámina. Lecciones de arte al sesgo, en diagonal. Lecciones indirectas, digresivas, reticentes. Ahora que me acuerdo, ¿no me pediste un castigo por una indisciplina imaginaria? Bueno, supón que se trata de un castigo fingido, de esos que, al final, son del tipo de “tómalo como quieras”. Nalgadas fuertes hasta enrojecerte la piel, y, de pausa en pausa, meterte dos dedos por la entrada de la vagina y probar la envergadura de tu humedad. Quiero que seas mi puta abiertona y pruebes en tu boca esos dedos y compruebes la calidad de tu propio sabor. Un casto sabor. Un autotélico sabor. La pinga queda para más tarde.

(Me dijeron que unas pinceladas de obscenidad se desempeñan muy bien en el negocio).

¿Y qué se ve en la timidez (solo muestra la espalda, pero también se sabe mirado y remirado) del Patroclo de David, de cuyo rostro no sabemos nada y que uno presiente cabizbajo? Ya que estoy pensando en ese Patroclo, vamos a decirle al joven artista que se comunicó contigo, que no cobramos las lecciones colaterales (suplementarias) de arte, pero sí las lecciones de sexo.

Eugène Jansson se dedicó, a partir de 1904, a pintar desnudos masculinos. Utilizó el azul como el color de su preferencia. Azul de aire marino y playa contra la calidez de la piel. La playa es, para el negocio, una opción al anochecer. Y ya no hay balseros. O casi. ¿Se acabaron los balseros?

El culo al aire de la cortesana de Boucher en su reclinatorio, disimulando, bocabajo, la fruición de unos muslos bien separados. Lo hermoso de esa postura no está solo en unas nalgas medio empinadas, sino en la forma demencial que adopta la vulva semiabierta, con ese vello que es poco menos que insultante de tan proporcionado y cuantioso.

La temporalidad es algo a tener en cuenta en el negocio. Haz una lista de quienes pertenecen al Club de las Crines. Empecemos por ahí. Monte de Venus bien tupido. Bien hirsuto. Repito: empecemos por ahí. Después vendrán los adictos al desmoche total, a los afeitados profundos.

¿El agua en el estilo circulatorio de Van Gogh, cuando Ludwig von Hofmann pinta a los boteros en los arrecifes, contemplados por jovencitos desnudos, excitados, ociosos?

Arno Breker y sus modelos: yeso previo, blancura previa. Arte nazi. ¿Arte homocéntrico que por un momento es arte gay?

Uff, mijita, ¿y cuánto se te demora la pendejera en crecer? Ve haciendo la lista del Club de las Crines, anda. Por cierto, ¿cobramos en MLC o en dólares norteamericanos?

David Hockney, piscina limpia, nadador impreciso y entrevisto en el agua por un observador que lleva una chaqueta roja. Va a ofrecerle un brandy. Poco después, un almuerzo breve. Al final, siesta bocabajo sobre una cama verde con almohada azul. Todavía no hay desnudez, tan solo merodeos. Hay quien podría querer cosas raras, como verme dormir desnudo. Vernos bocabajo, desnudos. Fingiendo dormir antes de retozar un poco.

El Concerto for Group and Orchestra, de Deep Purple, dirigido por Malcolm Arnold, empieza como un Debussy no sereno. ¿Un Debussy calmoso y despejado puede ser un Stravinski clásico en busca de un gran gesto? Instrumentos de viento/metal. ¿Se siente el olor a cobre y algún óxido? ¿Se siente el olor que despides cuando estás menstruando? Que no se nos olvide: oír a Deep Purple mientras menstrúas, hagas lo que hagas. Vampires do exist, afirma el doctor Van Helsing.

¿Entonces será en MLC, en conclusión? MLC, decididamente. Ni tú ni yo tenemos patrocinadores.

Volvamos a la idea original: la de la tristeza, la del cuerpo mancillado y menesteroso, la de la necesidad perentoria de conseguir dinero. Por las tardes el condenado busca la frialdad de la pared y se recuesta allí solitario, en la escalera que lleva recto a la casa nunca visitada. Porque no está de más, si algún cliente lo desea, ejercer la aventura (¡aventuras sigilosas!) y dejarnos acariciar por el peligro. Sexo en una escalera. O detrás de un muro caído, o en la maleza de un parque. Y que alguien pueda aparecer de repente y sorprendernos.

Representar escenas concebidas como por Bataille o Klossowski, y cobrar por que nos miren y se masturben. Esa es una de las variantes más baratas y despejadas. La sencillez de una buena paja.

Pongamos que el condenado viajó por el mundo y recorrió calles apáticas, frías, y vio las miradas de desconocidos amables y escuchó a la Muerte preguntándole si quería marcharse, y él contestó sí-quiero-sí, y la Muerte repitió su pregunta y él volvió a decir sí-quiero-sí, pues anhelaba volar, pero no sin antes despedirse de su amor. Entonces la Muerte le dijo: “Mira lo que queda de tu amor”, y lo condujo adonde todo había comenzado. Cuando abrió la puerta, vio un trozo de aquella escalera que antes había sido fuerte y sombría y que daba ahora a un piso derruido, en algunas partes sin techo, con débiles paredes ya sin revoque y por donde la luz inclemente se filtraba. Todo era polvoriento y frío, nadie vivía allí desde hacía mucho tiempo.

Recuerda: no tenemos patrocinador. Encomendémonos al arte y la literatura. Al menos eso. Y saquemos provecho de ahí.

El dolor es como un secreto que guardas y susurras al viento. El viento escucha sin juzgar. El dolor es ese secreto que alguien oye sin preocuparse. Cuando te desprendes del secreto entras en una habitación distinta y agradeces. Nada como el secreto del dolor para liberarte. Eres un sentenciado evitando las franjas de sol, pero dejas que la luz roce tu cuerpo y lo purgue.

Los animales fuertes y de grandeza saben cuándo tienes el corazón enfermo. Entonces te persiguen con su sombra, o con ese mero parpadeo donde tu imagen vive como un recuerdo diminuto.

Si me entrego a la descripción de tu cuerpo me ocurrirá lo que al vencejo cuando atraviesa el océano: adormecido en el aire superior, aletea aún y al final, cuando el sol baja, sin darse cuenta cae exhausto en alguna playa vacía y las aguas se aquietan.

Vayamos a los libros clásicos donde el sexo es una diadema. Ahí te veo, Andrómaca, adornando una esquina de la muralla de Troya. Hay que singar y ganar dinero. Ahí te veo, Héctor, antes de la muerte. O ganar dinero y singar.

Isla penitenciaria, isla botín, isla cautiva. Vayamos al cuadrado de las delicias (¡ay, Lezama!) en busca de las resinas. No se puede vivir todo el tiempo en la vibración de la angustia.

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ALBERTO GARRANDÉS
Alberto Garrandés. Narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado Sexo de cine (Premio de la Crítica en Cuba, 2013), Body Art (cuentos, 2014), El ojo absorto (ensayo, 2014), Una vuelta de tuerca (ensayo sobre cine de autor y películas de culto, 2015), y Demonios (novela, 2016, Premio Alejo Carpentier). En 2018 reunió lo esencial de sus cuentos en Mar de invierno y otros delirios.

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