Jakob Van Hoddis: poemas

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Fin del mundo

De la picuda cabeza del burgués vuela el sombrero,
un clamor repercute por los aires.
Los techadores caen, se despedazan,
y en las costas —leemos— se eleva la marea.

Hay tormenta, el mar brinca enfurecido
a tierra, a desplomar los gruesos diques.
Casi toda la gente se acatarra.
Se precipitan trenes de los puentes.

Y por segunda vez vino hacia mí el dios

Y por segunda vez vino hacia mí el dios,
casi irreconocible en el horror nocturno.
Y ofreció bendiciendo una copa de dorado cristal,
rebosante de un vino de perlas agitadas.

Me volví con desprecio vacilante
e hizo estallar un rayo aquella copa espléndida.
Se hundió de nuevo el dios en su nocturna nube.
Ni un sonido escapó de la boca crispada.

En la mañana

De pronto está soplando un fuerte viento.
Abre las puertas ensangrentadas del férreo cielo.
Topa con las torres.
Resuena claro, poderoso y flexible por la firme planicie
de la ciudad.
Cubierto de hollín el sol de la mañana. Los trenes retumban en terraplenes.
Doradas alas de ángel abren surco en las nubes.
Fuerte viento sobre la ciudad pálida.
Vapores y grúas despiertan en el sucio río.
Apáticas tocan las campanas en la catedral arruinada.
Ves a muchas mujeres y muchachas ir a su trabajo.
Bajo la luz pálida. Desordenadas por la noche. El viento agita sus faldas.
Extremidades creadas para el amor.
Hacia la máquina y el esfuerzo que se hace a desgano.
Mira la suave luz.
El suave verde de los árboles.
¡Escucha! Chillan los gorriones.
Y afuera en los campos silvestres
cantan alondras.

Cinematógrafo

La sala se oscurece. Y entonces vemos palmas,
las corrientes del Ganges, también templos de Brahma,
un mudo y lacrimoso drama familiar
con tipos disolutos y bailes de carnaval.

Desenfundan revólveres. Los celos se disparan,
se bate el señor Piefke. La cabeza perdió.
Vemos ahora, cesto a la espalda y bocio,
a una mujer alpina subiendo una pendiente.

El camino ya cruza por los bosques de alerces,
ya, amenazante, dobla y sube la abrupta
pared de piedras. El paisaje, muy abajo,
lo animan vacas y campos de patatas.

Y en la oscura sala, en pleno rostro,
entran raudas imágenes. ¡Terrible! Una tras otra.
Un silbido, se enciende la lámpara de arco.
Excitados y bostezando salimos a la calle.

El visionecio

Lámpara no brilla.
De la pared salía un fino brazo de mujer.
Era pálido, de venas azuladas.
Los dedos, recargados de lujosos anillos.
Cuando besé la mano me asusté.
Estaba viva y caliente.
Fui arañado en la cara.
Tomé un cuchillo de cocina y corté unas cuantas venas.
Una gata grande lamió graciosamente la sangre del piso.
Mientras tanto, un hombre con el pelo erizado
trepaba por un palo de escoba apoyado en la pared.


* Sobre la traducción: ver créditos.

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