El Kronos Quartet actuando al aire libre en Varsovia, Polonia, en julio de 2006 (FOTO Henryk Kotowski)
El Kronos Quartet actuando al aire libre en Varsovia, Polonia, en julio de 2006 (FOTO Henryk Kotowski)

La imagen convencional del cuarteto de cuerda es que representa el arte de la intimidad. Cuatro músicos en diálogo, todos tocando instrumentos de cuerda, van elaborando una bella y compleja trama musical. Los sonidos nos penetran como un coñac exquisito en una noche de invierno. Si cerramos los ojos nos podemos remontar a una casa aristocrática vienesa del dieciocho, deleitándose con composiciones entre un círculo de amigos. Música de la burguesía, de sociedad alta y/o educada, asociada con momentos de ocio. Goethe describió un cuarteto de cuerda como “cuatro personas racionales conversando”.

El Cuarteto Kronos descarta todas estas imágenes habituales. No se visten de negro, tocan con cantantes y grupos no clásicos, han sido la base musical de óperas, usan elementos multimedia (proyecciones de video, música electrónica) y también performance y danza. Además de tocar sus instrumentos de cuerda manejan varios tipos de percusión y objetos que puedan producir sonido (metal, vasos, juguetes, plástico, etc.) Su repertorio es rigurosamente contemporáneo pero no exclusivamente “culto”: han interpretado, por ejemplo, a Thelonious Monk, Bill Evans, Bob Dylan, Tom Waits, Björk, The Tiger Lillies, Café Tacuba, Jimmie Hendrix, Frank Zappa, Pete Seeger y Dave Matthews, entre otros. Por lo general, se dedican a compositores de música contemporánea como Terry Riley, Steve Reich, Philip Glass, Harry Partch, George Crumb, John Adams, Michael Gordon, Henryk Górecki, Tan Dun, Osvaldo Golijov, Astor Piazzolla, y Alfred Schnittke, entre los más conocidos. Igual se atreven a colaborar con artistas menos conocidos como Kevin Volans, Claude Baliff, Pēteris Vasks, Frangiz Alizade, Pelle Gudmundsen-Holmgreen, Vladimir Martynov o Jonathan Berger. Esta lista nada exhaustiva deja ver los gustos omnívoros del grupo.

Fundado en 1973, Cuarteto Kronos celebra su cincuentenario este año y tres de los cuatro miembros siguen con el grupo: David Harrington (1949), primer violín; John Sherba (1954), segundo violín; y Hank Dutt (1952), viola. La chelista que fundó el grupo, Joan Jeanrenaud (1956), estuvo con el cuarteto un cuarto de siglo (1973-1998) y se apartó por razones de salud. Le siguieron Jennifer Culp (1998-2005), Jeffrey Zeigler (2005-2013) y Sunny Yang, desde 2013 y hasta 2023. El nuevo chelista es el compositor Paul Wiancko. En el último festival de Bang On the Can Loud Weekend, a finales de julio, Kronos protagonizó dos conciertos principales: uno de cuatro piezas de la compositora canadiense Nicole Lizée y otro donde interpretaron la música de Terry Riley, Michael Gordon y Peni Candra Rini, de Indonesia.

La idea de formar el grupo fue de David Harrington, el primer violinista, cuando escuchó por radio la célebre composición de George Crumb (1929-2022), Black Angels. Curiosamente, aunque fue de las primeras piezas que tocaron en vivo, no la grabaron hasta 1990, en su onceno disco, titulado precisamente Black Angels, que también incluye el octavo cuarteto de Shostakóvich. El joven violinista se dio cuenta que la música de cámara, y en particular el cuarteto de cuerda no tenía que ser únicamente una música de sutilezas y lirismo sublime, sino que podía también rugir. La epifanía tuvo lugar con Black Angels, una composición que va desde lo etéreo hasta la truculencia, y que a más de medio siglo de estrenada no deja de asombrar. En una entrevista, Harrington expone su concepción de la música de cuarteto y su función social: “En mis experiencias tempranas, era bastante claro que el mundo de los cuartetos [de cuerda] estaba en vías de extinguirse […] Me acuerdo de que en la secundaria, cuando fundé un cuarteto a los doce años […] y me recuerdo que también asistía a los conciertos […] era rarísimo porque era la persona más joven del público, escuchando una música fantástica y tenía la idea de que no era parte de nuestros tiempos ni de nuestra cultura. Creo que era un verdadero anexo, un anexo distante que siempre me pareció extraño […] y lo sigue siendo. Me parecía que era algo que le gustaba sólo a los viejos. Nunca me gustó como los medios masivos retrataban a los cuartetos; siempre eran unos tipos que parecían fatigados y sobrepeso, como en las caricaturas que publicaban en el New Yorker, tipos mierderos —lo odiaba, lo odiaba. Y todavía lo odio, porque la música no se trata de eso […] no es el algo de domingos por la tarde, desde la perspectiva de gente que usa guante blanco”.

Esta cita del violinista nos indica cómo quería transformar el mundo del cuarteto. De cierta manera, el nacimiento de Kronos podría atribuirse al efecto Guarneri. El famoso cuarteto Guarneri fundado en 1964, fue un evento catalítico en la música de cámara. Cuando surgieron, existían una docena de cuartetos a novel profesional en Estados Unidos, y para 1980, el país contaba con unos 250, un crecimiento extraordinario. El sonido cálido y el brillo técnico del grupo fomentó un interés en la música de cuarteto que llevó a ese auge tremendo en la formación de grupos. El grupo perduró cuarenta y cinco años, hasta 2009. Pero Kronos no siguió los pasos de Guarneri a la hora de interpretar los grandes del XVIII y XIX (Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, etc.) y un poco del veinte (Bartók, Shostakóvich, Webern, Berg, Stravinsky, Hindemith); ellos eligieron música más contemporánea y lo que algunos tildan de “world music”.

Su inclinación hacia los minimalistas (Reich, Glass, Riley), junto con artistas y compositores globales motivó a un crítico a tildarlos de músicos de “world minimalism”. Glass y Riley de por sí han incorporado aspectos asiáticos, africanos y latinoamericanos dentro de su obra. Glass, por ejemplo, ha hecho un proyecto con los huicholes en México, su séptima sinfonía está basada en la mitología tolteca y ha grabado discos con el grupo brasileño Uakti (sobre la Amazonia), una genial agrupación que fabrica los instrumentos que toca. En cuanto a música latinoamericana, Kronos ha grabado música de Astor Piazzolla, música popular y culta de México, y varias composiciones del compositor argentino Osvaldo Golijov.

Sobre el minimalismo hay mucho que decir, pero nos limitaremos a unos breves comentarios. Primero, hay que admirar la longevidad de sus progenitores: La Monte Young (1935), Terry Riley (1935), Steve Reich (1936) y Philip Glass (1937) siguen vivos y se acercan a los noventa años. No sé sobre el caso de Young, pero los otros tres siguen muy activos, componiendo y dando conciertos. Los Kronos han grabado varias composiciones de Glass, Reich, y sobre todo, de Riley. Del último, grabaron Salomé Dances for Peace (1989), que es el cuarteto de cuerdas más largo de la historia, con un poquito menos de dos horas. Algunos críticos piensan que no le vendría mal podarle una media hora de la composición, pero aún así eso deja noventa minutos de música gloriosa. La interpretación de Kronos es brillante, navegando entre pasajes apacibles y tiernos, y otros que son briosos y hasta feroces.

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Palabra tal vez inexacta y que los mismos compositores rechazan, el término minimalista connota “algo menos de lo usual”, lo cual suscita al respecto la pregunta que se hizo Lawrence Alloway “¿cuánto es lo suficiente o lo demasiado?” Tal vez la indefinición se complica por su asociación con cierta tendencia en la plástica de los sesenta, que incluye a Carl Andre, Sol Le Witt, Donald Judd, Eva Hesse y Donald Flavin, entre otros. Lo cierto es que en música representó un rechazo a la atonalidad de la segunda escuela vienesa (Schönberg, Berg, Webern), que se había impuesto en la música clásica de posguerra en ambos lados del Atlántico y que el propio Philip Glass describió de esta forma: “era una tierra baldía dominado por unos maniáticos, estos seres espeluznantes que querían que todo el mundo escribiera esta música loca y espeluznante”. De Glass, Kronos ha grabado varios cuartetos de cuerda (1995) y la música que compuso para la película Drácula (1999).

Los Kronos también han grabado a compositores de jazz, principalmente Thelonious Monk y Duke Ellington, ambos en un disco titulado Monk Suite (2004). El disco tiene nueve pistas, siete son de Monk y dos de Ellington. Acompañando al cuarteto en contrabajo está el incomparable Ron Carter (1937), antiguo miembro del famoso quinteto de Miles Davis de los años sesenta (que incluía a Herbie Hancock en piano, Tony Williams en la batería y el recién fallecido Wayne Shorter en saxofón). Todavía se considera ese quinteto como el más extraordinario en la historia del jazz. La presencia de Carter es una bendición de los dioses (Orfeo, Changó, Saraswati, Coltrane, escoge tú): su manejo del bajo y el anclaje que da al grupo deslumbra con un swing contagioso. Tocan clásicos de Monk como “Round Midnight”, “Well You Needn’t” y “Misterioso”, pero donde todos se lucen es en una mezcla de “Off Minor/Epistrophy”; los Kronos atacan con un vigor lírico y Carter aparece en el fondo soltando chispas y truenos. El disco es una delicia y me atrevo a decir que un vacilón también. No se trata sólo de un homenaje a Monk (y a Ellington), sino de una reescritura de dos grandes compositores del siglo XX que afirma su relevancia para nuestros tiempos (y oídos).

Uno de los discos más conmovedores del cuarteto es de 2019, titulado Placeless (Sin lugar). Fue grabado con dos hermanas cantantes de Irán, Mahsa y Marjan Vahdat. Las primeras dos canciones, basadas en textos del gran poeta Rumi, nos transportan a un mundo espiritual vasto y luminoso, pero arraigado en lo humano. La primera, “Placeless” contiene los siguientes versos: “No soy del este, o del oeste / No soy de la tierra, ni del mar / No soy de los destellos de la naturaleza / ni de las esferas del firmamento… / No soy del mundo, ni del más allá / Mi lugar es sin lugar / Mi trazo no deja trazo”. Las voces de los cantantes, con los impresionantes arreglos de Sahba Aminikia (compositor iraní que vive en EE. UU.), y la mano segura de los Kronos emana una sensación de anhelo, asombro y trascendencia a la vez. En la próxima pista, “My Ruthless Companion”, con un ritmo hipnotizante, se destacan las voces que van armando un efluvio de sonido que enaltece.

Al seguir por nuestro viaje por el mundo vale destacar la grabación que Kronos hizo con Astor Piazzolla, Five Tango Sensations (1990), un par de años antes de su muerte. La música de Piazzolla siempre usó instrumentos de cuerda (violín, bajo, a veces chelo), así que el proyecto de unir fuerzas prometía ser un acoplamiento natural y productivo. Y lo fue. Sea en melodías lánguidas como “Asleep”, que comienza el disco, con Piazzolla marcando el rumbo con la melancolía del bandoneón, o en otras más movidas como “Fear”, los Kronos van elaborando un mundo ensoñador que envuelve al oyente. (Esa recreación de un mundo que suscita la música de Piazzolla lo hizo un compositor idóneo para películas y lo cierto es que hizo bandas sonoras excelentes, como Cadaveri eccelenti de Rosi, 1976; Enrico IV, 1984, de Bellochio, y Sur, 1988, de Pino Solanas. Incluso en una película donde no hizo la banda sonora (ya había muerto) como Happy Together (1997) de Wong Kar-Wai, su música la permea entera, con la ayuda de que fue filmada en gran parte en el barrio La Boca de Buenos Aires).

Uno de los compositores que los Kronos me hicieron descubrir fue Vladimir Martynov (1946), de origen ruso, cuya música interpretaron en un disco de 2012. Este contiene tres piezas, una corta de cinco minutos y medio (“The Beatitudes”, 1998), otra más larga, “Schubert Quintet (Unfinished)” del 2009 y “Der Abschied” (“La Despedida”, 2006), de unos cuarenta minutos. La más breve, “La Bienaventuranza”, se refiere a las ocho proclamas hecho por Cristo en el Sermón del Monte. Es una melodía sencilla, pero encantadora, de un lirismo casi transparente y Kronos lo maneja con un toque airoso, pero no ligero.

El segundo tema toma elementos del Quinteto de cuerdas en Do de Schubert (Op. 163, D. 956, 1828) y los cita y amplifica de manera ingeniosa. El segundo chelo de este disco estuvo a cargo de Joan Jeanrenaud, la antigua chelista de Kronos por un cuarto de siglo (Jeffrey Zeigler era el chelista en esta época). Pero es el último tema el que realmente domina el disco. Dedicado al padre de Martynov, fallecido a los 96 años (en 2003), la composición evoca la larga vigilia ocurrida a su lado. La melodía, con sus largas notas extendidas, recuerda (¿imita?) el acto de respiración. La exhalación se hace una excavación de sombras, una exploración de ese territorio poroso entre la vida y la muerte. No toda la pieza gira sobre este aspecto del aliento, hay estallidos de energía y luz que recogen el espíritu de la vida de su padre, un destacado musicólogo que escribió biografías sobre eminentes compositores rusos desde Glinka hasta Shostakóvich. El final vuelve a aludir a la difícil respiración pero aceptando lo inevitable.

Otros de mis descubrimientos vía este cuarteto han sido el Trio da Kali (Mali), Kevin Volans (Suráfrica), Frangiz Alizade (Azerbaiyán), Pelle Gudmundsen-Holmgreen (Dinamarca) y Aleksandra Vrebalov (Serbia). En manos de otro grupo, esta búsqueda de trotamundos podría caer en una especie de exotismo, como una excursión de shopping por las tradiciones musicales globales, pero el Kronos Quartet siempre ha ejercitado un gran respeto por la música, el o la compositor/a, y de igual forma por las culturas de donde estas nacen. Harrington, el fundador de Kronos, lo describe así: “La música es algo que los músicos comparten entre sí. Siento la necesidad de explorar y expandir lo que estoy escuchando. Para mí es una búsqueda de definiciones de lo que es ser músico todos los días. Y eso cambia, las cosas no son como en 1973. Hay tantos caminos diversos que puede tomar nuestro trabajo; yo busco las vías que me parecen que tenían que ser así […] donde puedes afirmar para uno mismo y estoy seguro de que hay muchas posibilidades en lo que serían los próximos pasos […] La gente piensa en distintas áreas o límites: mi oído no funciona así, para mí hay ciertas experiencias que son como imanes, y cuando me topo con uno de ellos me apego a él, y puede aparecerse de dondequiera. Nunca sé de dónde va a brotar. Lo único es estar listo [para esa eventualidad]”. Esos imanes también se apegan al público (y de qué manera). En nuestros tiempos de postpandemia los Kronos son conscientes del valor restaurativo de la música y que las exploraciones traen encuentros inesperados, destellos. Como bien dijo John Armstrong, hace más de dos siglos: “La música exalta cada alegría, apacigua cada dolor, expulsa la enfermedad, ablanda cada golpe, sojuzga la furia del veneno y de la plaga”.

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Alan West-Durán (La Habana, 1953). Poeta, ensayista, traductor y crítico. Ha publicado los poemarios Dar nombres a la lluvia (1994) y El tejido de Asterión (2000). De crítica literaria-cultural ha publicado Tropics of History: Cuba Imagined (1997) y Cuba A Cultural History (2017). Ha sido editor-en-jefe de African-Caribbeans: A Reference Guide (2003), Latino and Latina Writers (2004) y Cuba: A Reference Guide (2011). Ha traducido a Rosario Ferré, Alejo Carpentier, Luisa Capetillo, Nancy Morejón, y Nelly Richard. Es profesor en Northeastern University (Boston).

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