crítica literaria
'Libro transformándose en una mujer desnuda', Salvador Dalí, 1940

La crítica literaria es un amargo y doloroso oficio que se nutre de otras escrituras sin las cuales no existiría. En ocasiones ha creado textos memorables. Muchas veces vilipendiada, se ha convertido, no obstante, en un género de enorme significación gracias a unos cuantos nombres que le han dado relieve e importancia y, en especial, a lo que esos autores han sido capaces de decirnos cuando han valorado las obras a las que se han acercado. No siempre es claro el deslinde de la crítica, del ensayo y del estudio de carácter académico, confundidos con frecuencia en nuestras publicaciones culturales y en concursos. Hace tiempo que vengo desentendiéndome de las diferencias y de las clasificaciones en materia literaria. No me interesan las literaturas por su etnia ni por la nación a la que pertenecen. Así, pues, ni la literatura caribeña ni la francesa o la inglesa me interesan en cuanto tales. Solo atiendo a los autores y, cuando me dicen lo que necesito o me edifica, leo todo lo que escriben sin distinción de géneros biológicos o literarios, razas, filosofías o cualquier otra particularidad que los singularice. A veces el grupo Orígenes me harta, cuando lo veo dentro de contextos y admiraciones por la proeza cultural que realizaron, pues en alguna medida una atención exclusiva puede hacernos olvidar que en el mundo ha habido y hay otros muchos escritores. Orígenes es también provinciano, y para eso basta conmigo. Quiero abrirme a otras latitudes, aunque no a todas, porque se acaba perdido en inmensidades en las que no se encuentra uno mismo. No quiero tampoco entrar nunca en debates acerca de si un libro es prosa poética o de otra naturaleza; me parece que todo eso, en los tiempos que corren y siempre, no son más que bizantinismos infructíferos que solo sirven para llenar páginas de consideraciones vacías, sin negar que en esas reflexiones pueda haber algo atendible por su lucidez y por las posibilidades de intelección de valores de las obras tratadas.

Nos pasamos la vida escogiendo qué hacer, a dónde ir, con quién hablar, qué leer, y no es factible ni provechoso intentar siquiera estar al día en nada, ni aun en las más banales y vacías problemáticas del diario vivir. Incluso dentro de la enorme masa de libros extraordinarios que se escriben y se han escrito en muchos sitios de este mundo, tenemos que acercarnos solo a aquellos que tienen que ver con nosotros si deseamos conocernos en una dimensión más profunda. Claro que a veces la profesión o los compromisos de amistad nos obligan a leer lo que no nos gusta, o nuestros proyectos intelectuales nos compulsan a leer textos con los que discrepamos, y sin duda de esas lecturas podemos extraer enormes provechos para el trabajo que vamos a realizar. Tengo una fuerte tendencia a romper todo compromiso laboral que me obligue a diálogos con obras a las que no deseo acercarme. He preferido la libertad de leer lo que deseo y nada más. Cada día resisto menos los acercamientos sistemáticos. Bastan las acciones que ineludiblemente hacemos siguiendo un orden y una regularidad para que además nos obliguemos a otras que pueden ser más libres y solo impulsadas por el interés en alcanzar una coherencia deseada. Pero como les vengo diciendo no pueden proceder así ni el investigador, ni el profesor (crítico y ensayista a un tiempo), ni el crítico literario (y con el término puede abarcarse, al menos entre nosotros y atendiendo a la función última de los textos ensayísticos de significativas reflexiones, no solo a los de esa profesión, sino también a cualquiera que se decida a escribir sobre otro autor para valorarlo con todo rigor académico o para darnos simplemente sus impresiones personales), obligados como están los tres a valorar el quehacer literario desde una perspectiva historicista, si bien el crítico está menos en deuda con ese devenir en el tiempo, del que por cierto no puede sustraerse por entero.

Considero que el crítico, en primerísimo lugar, ha de tener una sólida formación en múltiples ramas del saber humanístico, formación adquirida de manera sistemática durante años, para poder percibir y valorar los rasgos definidores de una obra y leerla en el contexto del autor y desde el suyo propio, de manera que sus juicios no descansen en fatales confusiones que acabarían por arruinar su trabajo de valoración. Pero, además, necesita poseer otra cualidad de similar linaje: buen gusto, algo indefinido y mutable que le dice qué calidades posee un libro y en qué dimensión, qué aportes significativos hace a la literatura y a la intelección de su época, qué perdurabilidad o intrascendencia lo abre al futuro o lo hará pasar en breve sin penas ni gloria. Ni Eliot ni Huxley soportaban el mal gusto de Poe. Un amigo, apasionado con los cuentos y quizás con la música de algunos poemas del autor de Arthur Gordon Pym, me decía que esas apreciaciones tenían que ser erróneas. Nunca dudé de lo que decían esos jueces severos, sobre todo porque eran capaces de percepciones en el plano lingüístico que mi amigo no iba a poder ostentar ni aunque hubiese nacido en el corazón de Londres y se educase en Oxford. Sin embargo, ambos eran críticos relativamente cercanos en el tiempo al autor que estaban valorando. No sabemos qué dirá la posteridad del oído de Poe para el idioma inglés. Hoy resulta ridículo ejercer la crítica a Edipo Rey, a Hamlet, a Fausto o a La Divina Comedia, pues son clásicos que han pasado los siglos, si bien hay relecturas desde la posmodernidad, como las hubo desde el siglo XIX o desde cualquier otro período de la historia de la cultura. La crítica tiene que ser coetánea, aunque podemos emitir juicios “impropios” sobre los maestros del pasado, como hizo Piñera con La Avellaneda o como hacía Unamuno cuando mostraba su desagrado al leer a Dante. Pero también se puede hacer crítica insuficiente con esos grandes, cuando no se dice de ellos lo que significaron en realidad o cuando se dicen banalidades pretendiendo decir elogios. Ellos no necesitan nuestros halagos. Ni Rimbaud ni Mallarmé, por ejemplo, necesitan que en un ensayo se les elogie sin más, como tampoco lo necesitaban al salir sus obras en el siglo xix. Los lectores esperamos, al menos esa es mi experiencia, ensayos penetrantes, lúcidos, de prosa intensa, que nos estremezcan por la mirada a los textos y al aporte de esos poetas a nuestra formación. Creo que el ensayo de Vitier sobre Rimbaud es un ejemplo poderoso de lo que acabo de pedir, e igualmente otro, muy breve, de René Char –del propio año 1951, fecha del de Vitier– titulado “En 1871”, recogido en un tomo misceláneo que él mismo tituló Recherche de la base et du sommet (1955), recientemente traducido de manera magistral por Jorge Riechmann y publicado en Madrid, en 1999. Sospecho, además, que quizás resulte también ridículo ejercer la crítica a libros coetáneos solo para decir lindezas si la obra en cuestión merece además juicios discrepantes. Pero cuando se emiten opiniones divergentes o contrarias a las expuestas por el autor valorado, y más aún si se trata de criterios demoledores, los únicos capaces de mover al diálogo y a la confrontación de ideas, tan importante para que la crítica alcance un rango más alto, entonces creo que la cuestión es más seria o al menos sospechosa de amiguismos y bondades banales. Si el libro analizado está lleno de tonterías, el silencio es la mejor crítica. Si entre autor y crítico todo son discrepancias o hay solo algunas discrepancias, o todas son coincidencias, es necesario decirlo con argumentos y puntos de vista enriquecedores.

Entre nosotros no se hace algo que sería muy bueno para evitar la “consagración” de vacas sagradas y de intocables, o al menos para contribuir a que no ocupen sitiales semejantes por razones que poco o nada tienen que ver con calidades formales y riqueza en las ideas: hacer críticas serias a los reconocidos como grandes en nuestras letras para que se vean francamente sus aciertos y sus defectos, que en ocasiones son muchos, pero sucede que las mismas razones que los hacen intocables son las que impiden que se les valore a fondo. De Nicolás Guillén y de Onelio Jorge Cardoso se podrían escribir textos críticos de incuestionable rigor y calidad, reveladores, para que sus respectivas jerarquizaciones estén realmente sustentadas en los textos y no en otros valores, pero desear eso en el contexto cubano es ilusorio. No sé qué ocurre en Londres, Nueva York o París en lo concerniente a esa problemática; quizás por allá suceda lo mismo, pero algunos textos que conozco me hacen pensar que no es así. Siempre en Cuba ha sucedido algo que es peor que esa ausencia de crítica objetiva a los grandes. Me refiero al otorgamiento de premios relevantes, como el Nacional de Literatura, por ejemplo, a figuras que no son en verdad ni premios municipales si valoramos en serio sus textos; en los casos en que eso ha ocurrido entre nosotros se ha procedido por piedad o atendiendo a la trayectoria política del autor, aunque bien vistas las cosas sus vidas tampoco han sido tan loables desde ese punto de vista. Eso sí ocurre en Gran Bretaña –ahí están los premios en que la mismísima reina otorga la corona o lo que sea al laureado, muy inferior a todas luces a otros creadores. Ya sabemos cómo reaccionan nuestros escritores cuando se les dice algo que no les gusta o que suponen que impide ver lo que ellos estiman su grandeza, incomprendida por supuesto para crítico de tan poca monta, continúan diciéndose ellos en su cólera. En un ambiente así no puede haber crítica ni ahondamiento en la búsqueda de los caracteres definidores de las letras cubanas. En los últimos tiempos, gracias a la labor de críticos como Antonio José Ponte y Víctor Fowler, las cosas han venido cambiando y esperamos que continúen haciéndolo. Y en otra dimensión igualmente válida y atendible han contribuido a establecer una crítica de calidad autores como Carlos Alberto Aguilera y Pedro Marqués de Armas, lectores que se han acercado a algunos autores cubanos desde concepciones distintas de los textos y del escritor, como sucede con los recientes trabajos del segundo sobre Miguel Collazo y del primero sobre Virgilio Piñera, entre otras aproximaciones que han venido haciendo desde hace algún tiempo en torno a figuras cubanas. Es la suya otra manera de leer y de interpretar la literatura, muy diferente de la que vimos en las décadas de 1970 a 1990.

Entre muchos posibles, pongamos un ejemplo francés: Émile Cioran, escritor rumano radicado en Francia, neurótico insondable y lúcido que no se andaba con miramientos cuando de valorar una obra literaria se trataba, si bien era un hombre muy cuidadoso con las personas, como lo demuestran los apuntes que hace en sus Cahiers acerca de Paul Celan. Cioran escribió ensayos –al menos dos– sobre Paul Valéry en los que hace algunas afirmaciones impensables a propósito de un consagrado nuestro. No fue aceptado uno de esos trabajos como prólogo para la edición en inglés por lo editores que se lo habían solicitado, seguramente a causa de los juicios emitidos, pero más tarde, en 1970 y 1986, apareció en Francia, primero independientemente y luego como parte del libro de ensayos Ejercicios de admiración, a esta hora con versión en español. En el ensayo “Valéry frente a sus ídolos”, recogido en el tomo que mencioné, Cioran hace una valoración a fondo de su obra en términos que podrían parecer desacralizadores para los que admiran sin reservas los libros del poeta francés y para quienes lo consideran un maestro. Quizás el propio Valéry no habría soportado una crítica así a su ídolo Mallarmé; estoy seguro de que muchos profesores y académicos no vieron con buenos ojos las observaciones que le hacía Cioran al autor de La joven parca, considerado hacía tiempo como un clásico, denominación que, discrepancias de su crítico aparte, bien se merecía. Claro, Cioran matizaba muy sabiamente sus afirmaciones con justificados y sentidos elogios, pues está hablando –nunca pierde la conciencia de eso: era demasiado lúcido e inteligente para semejante error– de un hombre de obra admirable en más de un sentido, no de un escritorzuelo al que banalidades diversas han encumbrado de manera infundada. Admiro y quiero mucho la obra de Valéry, y sin embargo reconozco que los reparos del ensayista que les comento poseen verdades incuestionables. En sus Cahiers dice frases como esta, también atendibles por cuanto vienen de un hombre que en muchos otros momentos nos conmueve con su lucidez y la riqueza de los matices en sus juicios, un hombre a veces patético y a veces histérico, siempre profundo aun en esos instantes en los que nos revela sus desajustes con la realidad. Nos dice en los cuadernos: “Después de releer a Valéry, más deseos tengo de vengar a Pascal por las páginas estúpidas que Valéry le consagró”. No estamos en presencia de una crítica literaria, pero sí de un crítico ácido y apasionado, pero no por ello menos atendible.

La crítica requiere demostración, o al menos una manera más mesurada y próxima a la objetividad que permita que el lector compruebe lo que se le viene diciendo. Sin embargo, un lector de la jerarquía de Cioran debe ser atendido por las calidades de otras afirmaciones suyas y, sobre todo, por el refinamiento al que llegó en sus muchos años de diálogo inteligente y atormentado con lo mejor de la cultura francesa y universal, y especialmente por su sensibilidad para la gran música. Es decir: en casos como este, y yo añadiría que en casos como el del propio Valéry, un hombre que sabía muy bien lo que sabía, a pesar de lo que asevera Cioran, o en casos como el de Lezama, un escritor por completo asistemático en sus lecturas y de muy cuestionable formación académica, es necesario atender con sumo cuidado cuando valoran y enjuician a otros autores, muchas veces con más penetración que los críticos profesionales. Otro nombre significativo es el de Pound, en especial las páginas reunidas en Arte de la poesía, recogidas en inglés en 1954 como parte de Ensayos literarios, de Ezra Pound, con prólogo de T. S. Eliot, donde hace afirmaciones magistrales y a veces arbitrarias sobre la crítica, y la ejerce él mismo con juicios riquísimos, en especial para otros escritores. Ahí está la labor que hizo con el poema de Eliot, conocida de todos. A propósito de lo que les dije hace un momento acerca de la superior calidad de los juicios de escritores importantes, más hondos y reveladores que los de críticos profesionales, recomendaba el propio Pound que no se prestase atención a una crítica literaria que no viniese de alguien que no hubiese escrito una obra notable. Otro ejemplo singularísimo de crítico o, para romper con esos esquemas clasificatorios, de ensayista, lo tenemos en Charles Du Bos, lector de un refinamiento de la mejor estirpe en varias lenguas importantes, formado en el Balliol College, de Oxford, y en altos centros académicos de Alemania. Un verdadero exquisito de una determinada época, hoy muy distante, al que pocos leen, si es que alguien aún se acerca a sus espléndidas páginas de diarios o de ensayos sobre autores ingleses, franceses, alemanes y rusos.

Por muy contemporáneos míos que sean muchos críticos de ahora, cubanos o extranjeros, con espléndidas visiones posmodernas y análisis detenidos o rápidos de autores buenos o malos, como los que publican en Gredos o en el The New York Times, en la revista Cuadernos Hispanoamericanos o en las ediciones Cátedra, prefiero los textos de Du Bos, los de Pound o los de Edmund Wilson, los de Lezama y los de García Vega, tan dinámicos en su creatividad y de apreciaciones para mí más importantes que las de aquellos, cuyas calidades, sabiduría y hondura no pongo en duda ni por un momento. Ya apenas tolero los “estudios”, esos libros o artículos plúmbeos que después de leídos nos hacen arrepentirnos de haber nacido. Prefiero las críticas de los poetas, aunque no siempre poseen calidad. Y las prefiero porque me hacen sentir la obra aludida, me hacen leerla desde sus posibilidades para edificar mi vida en una dimensión que, a falta de otra palabra quizás más precisa, denominaré espiritual. Pero esas críticas no me interesan cuando descansan en observaciones de carácter técnico, como hace Pound con frecuencia. Y observen que les hablo de lo que me interesa, no de lo que es incuestionable. No pretendo demostrar nada ni sostener criterios verificables o que constituyan verdades absolutas. La crítica es generadora de polémicas, algo muy saludable para la cultura, pero yo no soy beligerante ni polemista. No sigo las discusiones. Quiero disfrutar los libros de otra manera. Pienso cada día más que la poesía y, en general, los textos relevantes, clásicos o de mis coetáneos de cualquier país, constituyen algo muy íntimo sobre lo que no deseo hacer afirmaciones públicas, sino asumirlo como parte de mi existencia, como parte consustancial de mis búsquedas y respuestas metafísicas y en no menor medida de mi diálogo cotidiano con la realidad, tema de conversación solo con unos cuantos amigos. No me niego, sin embargo, a participar en encuentros, a los que asisto con entera satisfacción en Cuba o en el extranjero y por el que ahora estoy dando las gracias a sus organizadores por la idea, por su puesta en funcionamiento y por haberme invitado.

Creo, sin embargo, e insisto en ello, que ensayistas y críticos como Fowler, Ponte, Aguilera y Marqués (y otros que ahora no menciono para no extender esa relación, por otra parte no muy numerosa, pues aún predominan entre los ensayistas y críticos los que podríamos llamar “de empatía”) hacen mucha falta a la cultura cubana y ocupan un sitio desde el cual, en otras circunstancias, habrían podido contribuir a deshacer falsos magisterios, algo así como lo que se propuso Piñera, aunque en su caso, creo, dijo y pensó con criterios equivocados en demasiadas ocasiones, o al menos con criterios excesivos que carecían de fundamentos en los que sustentarse. Porque no se trata tampoco, si hablamos de romper cánones y reivindicar figuras desatendidas, de empezar a despotricar contra lo que no nos gusta así sin más, creyendo que lo que decimos es muy importante y sólido porque lo decimos nosotros, y ante ello todos los demás tienen que estar de acuerdo o son unos incapaces, y no “entienden”. Así no se va a ningún sitio ni puede haber el beneficioso ambiente de polémica e intercambio de ideas que tanto necesitamos.

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El crítico ha de educar para ver y escuchar, para valorar y disfrutar las obras –y esa es quizá la virtud mayor del crítico, enriquecer nuestra capacidad de disfrute– desde diversas dimensiones y en relación con factores de naturaleza diferente, y sobre todo ha de descubrir valores incipientes, libros y autores que aporten novedades enriquecedoras a la sensibilidad y que nos enseñen a ver la realidad y en particular a nosotros mismos con mayor hondura. Pero es necesario que el crítico tenga cuidado con interpretaciones como aquella que se dice que alguien hizo del cuadro Mona Lisa, cuya sonrisa significaba, según su opinión, la satisfacción de la burguesía por su ascenso al poder. A veces pienso que la primera lección que nos deben comunicar los grandes libros es el silencio, un silencio gratificante durante el cual disfrutemos la obra y podamos meditar en todo lo que significa para nosotros, y después podríamos entonces decidir si escribimos o no sobre sus calidades o aportes, su extemporaneidad o su carga de futuridad. Quizás una actitud más plena e inteligente sería mantener ese silencio para siempre o exponer las opiniones solo entre unos cuantos amigos. Claro que se hace necesario y hasta se impone que los críticos digan lo que piensan –y a mí me ocurre que muchas veces, mientras leo y después, siento un ardiente deseo de decir a otros lo que veo en esas páginas, impulso que en pocas ocasiones he seguido–, pues la lectura mueve a otra escritura, igualmente creadora en dependencia del talento del que lee. Si esa otra escritura es puro periodismo, artículo que únicamente ha tomado como motivo el texto anterior para hacer prosa de ficción o de ensayo libérrimo, no estamos en presencia de un texto crítico, como sucede en algunos trabajos aparecidos en nuestras publicaciones culturales. No quiero recargar más estas rápidas consideraciones. Me gustaría, para terminar, recomendar la lectura, en la medida que nos sea posible, de aquellos textos que han pasado la prueba del tiempo y que no estemos tan atentos a cuanto libro o librito ha estado saliendo de nuestras editoriales o de cualquiera otra, sin por eso renunciar a conocer a nuestros autores.


*Este texto fue escrito y leído en 2002 y luego incluido en el volumen Ensayos inconclusos, publicado en 2009, por la editorial Letras Cubanas.

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