‘Latencia’: un proyecto en Cuba para pensar el arte en tiempos de virus

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Una de las fotografías tomadas con cámaras manufacturadas durante el proyecto ‘Latencia’ en la Fundación Ludwig de Cuba

Convencida de la urgencia de un pensamiento capaz de reflexionar rigurosamente sobre el presente insular, la Fundación Ludwig de Cuba cuenta entre los pocos espacios del país que se ha propuesto meditar en torno a la experiencia del coronavirus.

Antes que apresurarse a concebir productos para las redes sociales o participar de ciertas iniciativas artísticas que proliferaron en diversas plataformas digitales durante la cuarentena, esta institución optó por generar un marco propicio para pensar el modo en que la Covid-19 ha impactado el país, las consecuencias inmediatas que la pandemia ha traído y las interrogantes que abre respecto al futuro.

En estos momentos, La Fundación Ludwig de Cuba acoge Latencia, un proyecto artístico de carácter procesual que, junto a sus búsquedas estéticas, emprende un diálogo crítico con la realidad actual del arte y con la institución que lo soporta –cuando hablo aquí de institución me refiero a la estructura social en que el arte mismo ha devenido, que puede tener o no expresiones institucionales.

Latencia asume una expresión multimedial, con emplazamientos simultáneos en físico y en línea, con el objetivo de ensanchar las posibilidades discursivas e interactivas de la obra entendida como proceso creativo. Por supuesto, el modo en que el proyecto se manifiesta en cada uno de estos canales –en la sede de la Fundación y en su cuenta de Instagram–, es sólo una primera instancia en su condición de continuum creativo.

Cuando hablo de proceso no me refiero únicamente a la realización indefinida de Latencia en el tiempo, sino a su cualidad de laboratorio, a su experimentación con diversos soportes, a su sistemática dinamitación de la actividad semántica propia, todo lo cual condiciona su arriesgado discurso.

¿Cómo se articula Latencia? ¿Cuáles son los puntos de partida de su discurso? En este caso puntual, La Fundación Ludwig pasó de ser un espacio expositivo a convertirse en una suerte de taller donde, al tiempo que transcurre su cotidianidad –incluidas las actividades que puedan surgir a diario–, tiene lugar esta “obra” abierta al público que se vaya presentando, voluntaria e involuntariamente.

En diversos sitios de la Fundación están siendo emplazadas, de forma constante, un grupo de cámaras de larga exposición –manufacturadas con materiales reciclados, como tuberías de PVC, tapas de botellas plásticas, tubos de papel sanitario, según reza la nota introductoria del proyecto en Instagram–, con las que se registra “el vacío”.

En otras palabras, las instantáneas que registran estas cámaras son una huella material del entorno físico que la figura humana transformó; las imágenes documentan la interacción de las personas con el espacio, pero no a las personas mismas, dado que el prolongado tiempo de exposición lo hace en la práctica imposible. Reveladas in situ –una demanda del mismo carácter procesual del proyecto–, las fotografías se exponen en los espacios públicos de la Fundación y en la cuenta de Instagram, ahora reservada exclusivamente para Latencia.

Una de las fotografías tomadas con cámaras manufacturadas durante el proyecto ‘Latencia’ en la Fundación Ludwig de Cuba

Un aspecto notable es la continua trasformación de esos espacios expositivos. Según se van sumando nuevos revelados, la apariencia de la muestra experimenta frecuentes mutaciones, a la vez que se complejiza la narrativa esbozada por la captura del mundo que estas imágenes consuman.

Las fotografías son en sí detonantes de sentidos. Desde una perspectiva referencial, resultan testimonios o memorias que dan cuenta de un entorno. Siempre hay en el campo visual un motivo que remite a la función cívica del medio retratado. Debemos tener en cuenta que se documenta el escenario mismo en que se emplaza el proyecto. Por lo tanto, es ineludible contrastar las imágenes –desprovistas de toda presencia humana– con la dinámica cívica real del entorno representado.

Luego, estas instantáneas también constituyen osados acontecimientos visuales. Como la imagen resultante se acopla a la singular forma del soporte fotográfico –decía antes que las cámaras pueden ser tubos de cartón, por ejemplo–, la composición y el ángulo tienden a distorsionar y enrarecer el aspecto visual del referente. Aquí juega un rol esencial además el trabajo puntual con el negativo, responsable de estampar determinadas texturas y efectos lumínicos que favorecen la riqueza expresiva y plástica de las imágenes. La naturaleza alternativa del proceso fotográfico inevitablemente implica ese subrayado del plano formal.

Una de las fotografías tomadas con cámaras manufacturadas durante el proyecto ‘Latencia’ en la Fundación Ludwig de Cuba

Es necesario apuntar que, al pasar a Instagram, las fotos van acompañadas por breves comentarios destinados a amplificar la actividad semántica. Dichos textos, y la posibilidad de apreciar en el espacio digital “retratos” del cuarto de revelado, de las cámaras y del montaje de las imágenes en el entorno físico de la Fundación, responden al propósito de transgredir la uniformidad de las expectativas de recepción. De manera que la documentación del proceso general persigue descentralizar la fotografía como un fin creativo, así como los comentarios afianzan, al particularizar la experiencia receptora en la red social, la autonomía de Latencia en su existencia online.

Tanto en la fundación –interactuando directamente con el proceso de creación de las imágenes–, como en Instagram –siendo retado por los textos que las acompañan–, el espectador acaba incorporándose a este experimento que procura también remover su concepción de lo artístico.

Asumiendo como parte de su textualidad muchas de las interrogantes que nos plantea hoy la pandemia, Latencia medita sobre el futuro del arte, aunque no se formule directamente así en su aparecer –en las estructuras o las expresiones puntuales que adopta.

Esa mirada hacia el futuro moviliza la estructura de transgresión de esta obra, y los mecanismos de producción y circulación instrumentados. Su competencia se localiza en la audacia con que se orquestan las ideas, desde la producción de unas imágenes limitadas al registro visual, pero de una enorme belleza en su exposición, debido a la naturaleza de la técnica fotográfica, hasta el desafío que representa la promiscuidad de las redes sociales a través de la existencia de la obra en línea.

Latencia emprende un cuestionamiento de las dinámicas harto asentadas que dominan la lógica social del arte, las cuales evidenciaron su fragilidad tras el impacto de la Covid-19. Los métodos tradicionales de consumo y distribución del arte han estado sufriendo una crisis nada despreciable, condicionada principalmente por los imperativos del mercado.

El discurso de Latencia –por sobre las formas puntuales en que se presenta, insisto–, busca subvertir el estatismo y la cosificación de determinadas maneras de “lo artístico” en la actualidad, recuperando para el arte su naturaleza de indagación en (y de diálogo con) los perfiles más distintivos de su contemporaneidad.

Por lo tanto, además de una experiencia estética, este proyecto invita a una experiencia de pensamiento que trasciende lo puntualmente artístico. “Latencia es el tiempo que transcurre, una vez lanzado un estímulo, antes que aparezca la reacción”, se lee en consecuencia, en uno de los posts en Instagram de este programa de experimentación estética y sociocultural.

Quizás el gesto más radical de este proyecto –no por su novedad, sino por su consecuencia– se encuentre en la renuncia a la autoría por parte de sus creadores. En la introducción escrita para promocionar Latencia en las redes sociales, se da a conocer que tal decisión es asumida como una crítica al establishment artístico.

Pero lo que me resulta aún más significativo es la manera en que esto perturba la auratización “posmoderna” del artista. En su condición anónima, esta obra llama la atención sobre otras posibilidades para el arte; en ella importan muchísimo menos los objetos que las ideas promovidas y las interrogantes suscitadas.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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