Manuel Moreno Fraginals

El padre de la historiografía moderna cubana, Manuel Moreno Fraginals, cumple cien años. Vengo de la Facultad de Historia y sé que este tipo de afirmaciones allí requiere matices. Pero como Moreno no enseñó en la carrera, me voy a tomar la licencia de la rotundidad para celebrar su genio, que reunía casi todas las virtudes de la historiografía y, asimismo, le añadía el arte que a esta ciencia muchas veces suele faltarle. Pongamos su imaginación, su capacidad insultante para asumir la historia como un género literario, la virtud de saber comparar, el aprendizaje de la maestría de las voces sin historia o su perspicacia a la hora de encontrar verdades veladas, cuando no prohibidas.

Su obra parece salida de un trapiche en el que molió a conciencia tanto a Marx como a Montaigne, a Cepero Bonilla y la Escuela de los Anales. Todo eso, y mucho más, lo convirtió en un guarapo exclusivo, listo para alimentar otro abordaje a una cultura que no entendía al margen de su devenir socioeconómico.

Al mismo tiempo que concedía un pasaporte de modernidad a la historiografía del Caribe, Moreno desmontaba la ortodoxia de los manualistas, a los que no sólo desarboló con su obra, sino también con su vida, tan envidiada o más que su escritura. (Iba sobrado de prestancia, carisma y dandismo.)

Nada humano le era ajeno, y tenía el don, bastante exótico en nuestra intelectualidad, de halagar a los demás. Rara vez hablaba mal de un colega (aunque las excepciones eran sonadas, como su pelea de décadas con Julio Le Riverend). En lugar de taponar sus carreras, se apasionaba en la defensa de jóvenes historiadores como sus queridos y admirados Rafael Rojas y Alejandro de la Fuente, en los que adivinó un futuro para dar continuidad a la ciencia histórica como un asunto de fuste cultural. ¿Acaso la vida no le ha dado la razón?

Moreno fue un gran ensayista. Tanto en el abordaje de obras voluminosas –El ingenio–, como en registros más breves –La historia como arma– su pulso no afloja, su intensidad no merma. Como han reconocido los ya citados Rojas y De la Fuente, fue para nosotros un maestro sin púlpito. Un ilustre al que no se le pedían audiencias, un prestamista de sabiduría que jamás nos cobraba las deudas, un amigo inquieto y ávido por saber más y más de una vida que no le alcanzaba.

Sin duda, quedará en este hemisferio como uno de los grandes historiadores marxistas. Esto es: críticos. Fue, hasta el final, un hombre paradójico, como corresponde a las biografías intensas y complicadas. Tuvo tiempo para trabajar y vivir, para dispensar amor y amistad, para compartir anécdotas y vinos (o esos finos que tanto le gustaban).

Tuve la suerte de recibirlo en Barcelona, o de visitarlo en La Habana de los ochenta y en el Miami de los noventa. De llevarle algún encargo de su hijo Pepe a esta última ciudad (después de ver juntos al Barça en el Camp Nou) y de traer de vuelta su manuscrito Cuba/España. España/Cuba. Fue un privilegio publicarle un anticipo de esta obra en Cuba: la isla posible, proyecto que él apoyó desde el primer momento, mientras que en las costas extremas del asunto cubano se le atacó con contundencia.

(Ya estoy como los viejos y nada de esto viene a cuento; pero, como diría Marta Valdés, perdónenme este orgullo.)

El caso es que, en este centenario, tampoco hace falta convertir en santo al hombre que cometió las mayores desacralizaciones de nuestra historiografía. Sólo basta con que leamos su obra todavía abierta y que, aquellos que lo conocimos, apretemos en un bolsillo el regalo de su presencia en nuestras vidas.

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