‘Quiero hacer una película’, ópera prima de Yimit Ramírez, se estrenará en Madrid

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‘Quiero hacer una película’, Yimit Ramírez, dir., 2019

Si algo no le ha faltado a Quiero hacer una película, ópera prima del realizador cubano Yimit Ramírez (San Antonio de los Baños, 1983), es precisamente publicidad. Quienes recuerden la polémica que se desató a propósito de su censura, durante la Muestra Joven ICAIC del 2018, cuando todavía era un work in progress, sabrán que se le acusaba –entre otras cosas– de “irrespetar” a la figura oficial de José Martí.

Esas acusaciones nacieron de una incomprensión absoluta que desvirtuaba el discurso desplegado por el filme. La escena en que se menciona a Martí, ya casi a punto de finalizar el metraje, resulta quizás el mejor momento de esta película en términos cinematográficos, de una belleza visual y una fuerza dramática capaces de dimensionar el sentido de la historia narrada.

Varias razones avalan este criterio: el carácter de la fotografía, dependiente de una expresiva cámara manipulada por los propios protagonistas, enfocada en potenciar los sentimientos que experimentan los sujetos; el control compositivo ejercido por el montaje, también dispuesto a “armar” la escena según la emotividad de los personajes; la inteligente inducción del discurso a través de la aparente trivialidad de los diálogos. Pero, sobre todo, la eficacia de esta escena debe muchísimo a la química existente entre los intérpretes, a la densidad interior que consiguen imprimir a sus caracteres, gracias a una actuación contenida, resuelta con limpieza histriónica, que interioriza a plenitud las conmociones desplegadas en esos pocos minutos.

Las triviales referencias a Martí constituyen apenas un elemento caracterizador que dice mucho sobre el personaje que las pronuncia, sobre su imaginario y su relación con la época en que vive, pero que dice nada acerca del apóstol cubano.

Tan intrascendentes son estos comentarios sobre Martí en la totalidad de la trama de Quiero hacer una película, como intrascendente debe ser su condición de película “censurada”, en la medida en que este calificativo pudiera desviar la atención sobre lo que verdaderamente importa en ella: su paradójica eficacia dramática –tratándose de una obra que supuso un alto grado de improvisación–, la solidez de su trama, y la placidez del pensamiento que alimenta el relato, o que de él emana. Afortunadamente, y gracias al apoyo de sus productoras, Alayé y Vega Alta Films, la cinta tendrá su estreno el próximo 18 de noviembre, durante la 13ra edición del Festival Internacional multidisciplinario Rizoma, que se celebrará en Madrid entre los días 17 y 26 del presente mes.

En Quiero hacer una película, Tony, un joven que parece no tener mucho que hacer en su vida, se obsesiona con Neysi, tras fijarse en ella durante el concierto que The Rolling Stones ofreció en La Habana, en 2016. Tanto es el deseo que experimenta por esta muchacha que la busca, la persigue por la ciudad para filmarla, la vigila para saber cuándo llega a su casa, y de todo esto deja un registro en su cámara. Un día resuelve entrar a la casa, se esconde debajo de la cama y desde allí comienza a filmar, lo mismo de día que de noche, la cotidiana intimidad de esta mujer.

Pero esto es sólo el detonante de un argumento mucho más complejo. Cuando Neysi descubre que Tony la ha estado filmando durante un largo tiempo, comienza a experimentar una suerte de obsesión inversa que la impulsa hacia él. Descubrir que se ha expuesto de esa manera, ante un total desconocido, trastoca por completo sus días. Entonces es Neysi quien busca a Tony, ella necesita respuestas, explicaciones. Cuando se reencuentran, ambos comienzan a involucrarse en una complicidad que no podía sino terminar en el amor.

Mientras Tony permanece debajo de la cama, su cámara capta los disímiles conflictos enfrentados por ella en su individualidad. Entrar a la casa –una casa bastante deteriorada y emplazada en un barrio periférico–, observarla sin que ella lo sepa, violar su intimidad, es un modo de escrutar su vida interior, es apropiarse del cuerpo desnudo de Neysi, tal como lo observa cuando ella se masturba. Al registrar con la cámara, Tony está de algún modo saciando su sed fetichista, apropiándose de su objeto de deseo.

Inocente, en los más mínimos dominios de su subjetividad, Neysi se entrega a las interrogantes y las emociones que pulsan su mundo, las muestra allí donde se cree aislada de las convenciones sociales. Por esta razón golpea tanto a Neysi descubrir que existen grabaciones de ella teniendo sexo, lo mismo con mujeres que con hombres, de ella discutiendo con su novia Yara, de ella conversando con su mamá sobre el papel sanitario que se robó de algún hotel o confesándole su bisexualidad.

Entre las vidas de Tony y de Neysi existe una distancia social enorme. Tony vive en un apartamento de lujo, y su padre se relaciona con Fidel Castro. Cuando la historia se desplaza hacia la intimidad de él –a la relación con su padre, la instancia que limita la libertad o la realización personal que tanto busca–, igualmente estaremos frente a las huellas emocionales que alcanzan a caracterizar el signo distintivo de su personalidad.

La libertad con que Neysi se expresa desde su cuerpo es lo que deslumbró a Tony en el concierto y esto lo empuja hacia ella. En definitiva, en esa necesidad desaforada de Tony por filmar a Neysi tiene lugar un reflejo identificatorio; es un modo de reconocimiento de la otredad de ella que le permite construirse a sí mismo. Quizás por eso insiste tanto, frente a su padre, en que “ella no es una puta”.

Quiero hacer una película absorbe, en la sorprendente naturalidad de las acciones y los diálogos de los personajes, la dimensión existencial y las expectativas de una juventud sumergida en las complejidades de la sociedad que le tocó vivir. No en vano, al inicio del filme, se inserta una secuencia, bastante deudora del videoclip, en la que se describe la dinámica de La Habana contemporánea, la misma que recibió a Barack Obama y conoció la muerte de Fidel Castro. Este no es un filme “circunstancial” interesado en destacar el contexto, pero sí busca distinguir la expresión existencial de estos personajes al interior de su época. Ese es el fondo del que se recorta el retrato de esta juventud aparentemente descolocada, presa de una realidad de la que quieren escapar, en la que sólo son dueños de sus cuerpos, único territorio que los discursos políticos no pueden atravesar.

A propósito, Quiero hacer una película es un filme desprovisto de toda retórica sociológica alrededor de la juventud. El repertorio icónico –las casas de los personajes, los objetos que los rodean–, la manera de hablar o relacionarse con los demás, sus acciones físicas, son los recursos responsables de hablar acerca de su universo de aspiraciones y valores. El criterio de realización con que opera Yimit Ramírez apela a varias estrategias elípticas que hacen depender la experiencia de los personajes (eso de lo que se quiere hablar) de las cualidades de la puesta en escena; quizás por eso pareciera decir tan poco la película, cuando en puridad está diciendo demasiado, sólo que desde la naturaleza del propio ejercicio cinematográfico, tendente a subordinar la coyuntura a la interioridad del sujeto.

Todo esto ocurre en una narración en apariencia simple, si bien la decisión de diegetizar la filmación –todo lo que se ve es resultado del propio registro documental de los protagonistas– supone ya una notable muestra de audacia creativa. Dicho procedimiento garantiza que el punto de vista se corresponda con la perspectiva de quienes filman, depende de su elección el emplazamiento de la cámara. Lo cual, además, compromete el discurso con la cosmovisión de estos individuos y con lo que sean capaces de expresar sobre sí mismos. Por otro lado, este recurso contribuye a deconstruir los límites entre documental y ficción, lo que se traduce en una mayor movilidad expositiva del relato que termina por potenciar el núcleo del discurso.

En el procedimiento constructivo de Quiero hacer una película destaca además la eficacia dramática de su estructura argumental. La historia está articulada por medio de fragmentos de temporalidades diferentes: el de Tony cuando observa debajo de la cama, el de Neysi después de descubrirlo y el de ambos cuando se reencuentran. Esto ocurre en un movimiento progresivo que desconoce cualquier linealidad y que, en lugar de afectar el crecimiento dramático del relato, lo afianza, porque dosifica cualquier información sobre las motivaciones de los personajes, e incorpora cierta dosis de suspenso a las posibles consecuencias derivadas de sus actos.

En tal sentido, el montaje llega a ser uno de los recursos más productivos de la narración, no sólo por la carga ideológica que introduce en el acoplamiento de los diversos segmentos narrativos, sino por la expresividad con que compone la imagen, las secuencias –esto último es especialmente apreciable en la escena de sexo entre Neysi y Yimit.

Por último, la escena final se afana en observar la excepcionalidad de estos personajes. La película narra, en definitiva, una historia de amor. Tony le ha dicho a Neysi que ella es su José Martí, y que si por él fuera la ponía en todos los billetes. Neysi le dice a él que lo más grande que ella sería capaz de robarse es un corazón. Y lo afirma cuando sabe que tiene a Tony en sus manos. Donde Quiero hacer una película se vuelve verdaderamente revolucionaria es ahí donde apuesta por el amor. ¿Por qué?

¿No es esta una historia sobre el reconocimiento de la diferencia? El amor es justo la aceptación absoluta de la diferencia, allí donde amado y amante entregan su singularidad al otro. Ese amor que surge entre Neysi y Tony es la respuesta definitiva, un acto de resistencia, a los imperativos de su tiempo.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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