Fragmento de Sin título, Ángel Delgado, 1999, de la serie ‘Pespunte gris oscuro’

Introducción

El performance de Ángel Delgado en 1990, con el que intervino en la inauguración de la exposición El objeto esculturado defecando sobre un ejemplar del Granma, es uno de los gestos de arte político más infames de la historia de Cuba. Muchos otros artistas de la década de 1980 reinterpretaron frases populares y eslóganes políticos con un giro irónico, pero el gesto performativo de Delgado, titulado La esperanza es lo último que se está perdiendo, constituyó un asalto a la santidad del discurso del Partido Comunista cubano. Según el artista, quería llamar la atención sobre la falta de libertad creativa y la falta de libertad de expresión en Cuba a finales de los años ochenta y principios de los noventa, cuando la escena cultural experimentaba intensas oleadas de censura. Sabía que su performance no sería aceptada por ningún comisario, así que no pidió permiso para llevarla a cabo y se presentó a la inauguración de la exposición sin ser invitado. Posteriormente, Delgado fue detenido, sometido a juicio sumario y condenado a seis meses de prisión. Durante su internamiento, comenzó a hacer arte inspirándose en los métodos artesanales de los encarcelados, desarrollando dibujos, esculturas de jabón y pinturas sobre pañuelos.

Me parece importante que Ángel Delgado comparta algunos detalles de su experiencia en la cárcel, sabiendo que muchos están pensando actualmente en los cientos de jóvenes cubanos que han sido detenidos por ejercer su derecho constitucional a expresar sus opiniones pacíficamente, así como en los artistas que llevan semanas encarcelados, acusados de incitar a las protestas. Aunque la situación actual ha generado una avalancha de reacciones en las redes sociales, debemos recordar con cierta tristeza que el encarcelamiento de artistas en Cuba no es nada nuevo. Desgraciadamente, Ángel Delgado no se benefició de una campaña de solidaridad en su favor, porque la comunidad artística de entonces no estaba preparada para enfrentarse abiertamente a las autoridades estatales.

Coco Fusco

Testimonio de un artista ex preso

Quiero empezar diciendo que ningún artista debe ser detenido, condenado o encarcelado por hacer arte y ejercer su derecho a expresarse libremente. Nunca imaginé que 31 años después de realizar mi performance y haber sido condenado injustamente a seis meses de privación de libertad, –en este momento– varios colegas estarían pasando por la misma injusticia, totalmente desproporcionada e ilegal. Hamlet Lavastida, Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo Pérez deben ser liberados inmediatamente, ellos no han cometido ningún delito. El arte no es un delito aunque a través de este se hagan duras denuncias o críticas a la dictadura.

Para hablar sobre mi experiencia en prisión con solo 24 años debo comenzar por el principio. Terminada la inauguración de El objeto esculturado, una exhibición curada por Alexis Somoza y Félix Suazo en el Centro de las Artes Visuales la noche del 4 de mayo de 1990, me dirijo a mi casa sin ningún llamado de atención por parte de los agentes de la Seguridad del Estado que allí se encontraban. No fue hasta seis días después, el día 10 de mayo en la noche, que un policía toca a la puerta de mi casa y, sin una orden de detención, me dice que tengo que acompañarlo. Al preguntarle por qué, solo me repite que tengo que acompañarlo. Abajo esperaba una patrulla de policía y esta me conduce hasta Villa Marista (Unidad de Investigación de la Seguridad del Estado).

En poco tiempo conocí muy bien Villa Marista, sus intensos interrogatorios y las torturas psicológicas que se perpetraban en ese lugar. Allí estuve tres días en dos celdas diferentes, incluida una celda de castigo llena de humedad, con una litera estrecha de hierro, donde la letrina y la ducha eran un mismo lugar y donde nunca ves la luz del día. Allí fui interrogado cada día y en varios momentos del día y la noche. Mis interrogadores insistían en tratar de comprobar que yo pertenecía a algún grupo opositor o de derechos humanos, pero en realidad mi performance fue una acción-protesta independiente. Ni siquiera la consulté con alguno de mis amigos artistas más cercanos. El performance había sido pensado unos días antes, solo esperaba el momento y lugar más indicado para realizarlo y fue ahí donde apareció la exhibición El objeto esculturado. Mi motivación fue el recrudecimiento de la censura ejercida por funcionarios-agentes e instituciones culturales hacia algunos artistas o grupos de aquellos momentos, como el grupo Art-De y su proyecto en el parque 23 y G, Tomás Esson y su exhibición de la Galería 23 y 12, René Francisco y Ponjuán en el proyecto del Castillo de la Fuerza, y el grupo Arte Calle en Galería L.

De la serie Papeles del tanque Angel Delgado 1990 | Rialta
De la serie ‘Papeles del tanque’, Ángel Delgado, 1990

A solo cuatro días de mi detención, el 14 de mayo de 1990 se me realizó el primer juicio en el Tribunal Municipal de La Habana Vieja, con un abogado de oficio y con la presencia en la parte acusadora de Beatriz Aulet, quien en ese momento era directora del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Según recuerdo, el juicio no duró ni media hora y fue realizado a puertas cerradas, solo se le permitió entrar a mi padre (QEPD), y fui condenado a seis meses de privación de libertad por el delito de escándalo público. Antes de salir del tribunal hice una carta de apelación que fue entregada a un funcionario. Ahí fui esposado y conducido en una patrulla directamente a la prisión del Combinado del Este, donde comienza todo el proceso de los nuevos ingresos, el llenado de papeles, las fotos de frente y de perfil con el número de expediente delante (1242900), el corte de cabello, y la inyección de dos vacunas que nunca supe de qué fueron. A solo cinco días de mi primer juicio, el 18 de mayo, tuvo lugar el segundo juicio, es decir, la apelación, siendo trasladado en un camión-jaula y esposado al Tribunal Provincial de La Habana. Este juicio también fue a puerta cerrada, solo estuvo presente mi padre y mi madre. Allí fue ratificada la condena de seis meses y de ahí fui esposado y conducido nuevamente al edificio tres del Combinado del Este. En mi caso no solo se realizó un juicio sumario, fue además ejemplarizante para que el resto de los artistas tuvieran bien claro qué no se podía hacer y qué les sucedería a partir de ese momento.

Aún recuerdo como si fuera hoy ese primer día en que te conducen por los pasillos del Combinado del Este desde la celda llamada El Depósito hasta la celda que me correspondía en el segundo piso –3205 ala norte–. Durante ese trayecto comienzas a ver en las puertas-rejas de las diferentes celdas a los reclusos asomados y curiosos por ver quién es el nuevo ingreso y escuchar de algunos de ellos la conocida frase “carne fresca”. En ese momento pasan por tu mente en cuestiones de segundos muchas imágenes terribles de películas del tema prisión que has visto.

Al entrar a la celda, un recluso, que después sabes que es el llamado “cuartelero”, te ubica en la cama que te corresponde, en una litera de tres pisos, y como a todo nuevo ingreso, te corresponde el tercer piso, lugar del que vas bajando según pasan los meses y si el cuartelero te lo ordena. En esta celda había doce literas, por lo tanto, éramos treinta seis reclusos, con dos letrinas, dos duchas, dos lavamanos y dos tanques de agua de cincuenta y cinco galones que se llenaban con manguera, pues no había agua corriente en las duchas. En ocasiones traían a nuevos reclusos y, como no había más literas disponibles, tenían que dormir en el piso por varios días hasta que se desocupara el lugar de una litera. Ahí conviví con presos comunes, desde un balsero hasta un asesino.

Nuestro día a día era: el de pie a las 6 de la mañana, el recuento, el desayuno, la inspección, el patio (cuando querían), el almuerzo, la segunda inspección, la comida, el segundo recuento y el sueño a las 10 pm. Además, estaban las requisas que hacen el día y a la hora que quieran, incluso pueden suceder varias veces al día.

A la semana de estar en el Combinado del Este, me tocó mi primera visita, esta era solamente para que un familiar te trajera cosas de aseo. Fue mi madre quien me visitó. Sin duda, fue uno de los momentos más tristes de mi estancia en prisión, pues no la había visto desde que me sacaron arbitrariamente de mi casa y ni siquiera en ese momento tienes la posibilidad de darle un abrazo. Después, en una segunda visita, pasados los 21 días de la primera, es que mi madre y mi hermana me traen hojas, lápices de colores y bolígrafo. Es a partir de ese momento que comienzo a realizar dibujos, que serían como una especie de diario, a través de imágenes y textos realizados con un alfabeto inventado en esos primeros días, con la clara intención de poder narrar historias y que no pudieran ser leídas por los reclusos, pero sobre todo por los guardias en caso de que estos papeles fuesen encontrados. Los papeles del tanque, como les llamara más tarde Gerardo Mosquera, eran guardados dentro de revistas o periódicos y sacados de la prisión posteriormente en las visitas familiares. Actualmente, estos 102 dibujos forman parte del libro Si la memoria no me falla.

Sin título, Ángel Delgado, 1997, jabón y embudo
Sin título, Ángel Delgado, 1997, jabón y embudo

Durante estos primeros meses, aprendí de mis compañeros de celda algunas técnicas presidiarias, como tallar jabones y dibujar sobre pañuelos con lápices de colores y “crema fría”. Esto fue bien importante durante toda mi estancia en prisión, pues realizando estas artesanías o piezas era que sobrevivía. Las intercambiaba por comida o las “vendía” por cigarros, que es el dinero de la prisión. Teniendo cigarros podías comprar cualquier otra cosa. Sin dudas esta experiencia en la cárcel me enseñó mucho en diferentes sentidos, incluso para mi vida fuera de prisión. De ahí salieron los temas y el concepto general de muchas de mis obras, y hasta hoy, en determinadas ocasiones, recurro a las técnicas aprendidas en cautiverio.

En principio, cuando los reclusos conocían mi caso y el porqué estaba preso quedaban asombrados, no podían creer que alguien estuviera en la cárcel por hacer arte, pero realmente lo que más les asombraba era que alguien fuese capaz de defecar en público ante cientos de personas, en plena inauguración y en una galería. Este hecho hizo que muchos pensaran y comentaran que yo estaba loco, y que tenía tremendos cojones, lo cual estuvo a mi favor, pues de cierta manera me respetaban. Con los días entendí que ellos respetan ese tipo de casos, como de igual forma tenían un respeto muy especial por los presos políticos. Esto no significa, sin embargo, estar exento de problemas. Constantemente me sentía bajo el riesgo de que me sucediera algo: en prisión el problema está a la vuelta de la litera donde duermes, es sumamente fácil que se encienda una “chispa” y de ahí es muy fácil pasar a la pelea con consecuencias graves, sobre todo teniendo en cuenta que estaba entre presos comunes y algunos con armas blancas escondidas en algún rincón de la celda.

gris pespuntes oscuros angel delgado | Rialta
Sin título, Ángel Delgado, 1999, de la serie ‘Pespunte gris oscuro’

Una de las cosas más difíciles de mi experiencia en prisión, además de aprender a perder el tiempo, fue interiorizar los códigos de los reclusos. Justo para evitar conflictos, debes saber desde en qué momento reír la gracia de alguien, hasta qué palabras usar en cada conversación. Recuerdo a aquel joven que entró unos días después que yo: por querer congraciarse con el cuartelero se sentó en su cama para hablar con él, y automáticamente este le dio unos cuantos piñazos en la cara. Por tanto, entendí rápidamente que la de sentarte en la cama de alguien es una regla que no puedes violar.

De los momentos más incomodos, además de levantarte a las 6 de la mañana para después no hacer nada más durante todo día, son las requisas, a cualquier hora y cualquier día, la palabra REQUISA gritada por los guardias era el terror de todos, desde los que tenían algún arma blanca que esconder, hasta del que tenía algunos dibujos escondidos como yo. Había que salir de las celdas, los guardias revisaban todo, te vaciaban en el piso tus pertenencias, las cuales estaban dentro de nuestro jolongo (la bolsa de los presos) para posteriormente revisarnos nuestros cuerpos desnudos, uno por uno. Teníamos obligatoriamente que abrir la boca, sacar la lengua, alzar los brazos, hacer una cuclilla, abrir los pies, levantar un pie, y en ocasiones, incluso, abrirnos las nalgas.

De los momentos más impactantes vividos dentro de mi celda, fue el día que un recluso mayor de edad y condenado por violar a un niño amaneció ahorcado de la tubería de la ducha del baño, después de haber recibido el día anterior una fuerte golpiza por parte de unos cinco reclusos. Si debo contar algo doloroso, es, sin dudas, el recuerdo de las golpizas que les daban los guardias (por lo general, varios) a cualquier recluso por supuestamente violar alguna regla o simplemente contestar en mala forma a alguna pregunta.

Para terminar sobre mi experiencia en prisión, debo comentar del ensañamiento ejemplarizante con mi caso, pues por ley un condenado por el delito de escándalo público a la mitad de su sanción tiene derecho a libertad condicional. En mi caso, no fue así, cumplí los seis meses en prisión, y en ese período pasé por tres prisiones distintas: Combinado del Este, que fue de las más difíciles y donde pasé aproximadamente tres meses; después Micro 10 en Alamar, que es más abierta en el sentido de que ya no se trata de celdas de máxima seguridad con rejas por todos lados, sino de albergues sin rejas en las puertas y las ventanas; y por último, pasé un mes en la Prisión de Alquízar, un correccional donde te sacan a trabajar al campo cada día y tienes derecho a salir de pase cada cierto tiempo.

Como consecuencia del performance y mi estancia en prisión, fui expulsado del Instituto Superior de Arte (ISA) donde cursaba el 3er año de la carrera de Pintura, y también a partir de ese momento fui excluido de toda exhibición o evento que se organizó dentro de Cuba. No fue hasta 1996 que Sandra Ceballos y Ezequiel Suárez me invitan a exponer en Espacio Aglutinador y es ahí que por primera vez se exhiben algunas piezas en jabón, dibujos sobre pañuelos y dibujos originales de la prisión.

En el año 1990 no existía Internet en Cuba, ni redes sociales, ni campañas de apoyo, ni #FreeÁngelDelgado, por lo que en ningún momento tuve apoyo por parte de los artistas o críticos de arte, mucho menos de las instituciones. En esos días, desde mi performance hasta el día de mi detención arbitraria en mi casa, algunos amigos que me encontraba en la calle me felicitaron por mi valentía, otros que me conocían muy bien estaban extrañados de que ese amigo tímido fuese capaz de hacer semejante acción, otros me tildaron de oportunista y otros hasta me odiaron por haberles jodido “el show”. La exhibición El objeto esculturado fue cerrada después de su inauguración, por órdenes del entonces ministro de Cultura Armando Hart, y reabierta una semana después, con la suspensión de todas las conferencias y performances que estaban previstos como parte de la exposición.

seri gris angel delgado | Rialta
Sin título, Ángel Delgado, 1999, de la serie ‘Pespunte gris oscuro’

Solo después de salir de prisión tuve conocimiento de que en aquel momento algún que otro artista o crítico de arte (como Orlando Hernández) trató de acercarse al Ministerio de Cultura para preguntar por mi situación, y la respuesta fue que mi caso era asunto de “más arriba” o que ya estaba en manos de las autoridades. A la pregunta sobre por qué creo que artistas y curadores no se atrevían a acercarse a las instituciones o autoridades, diría que eran tiempos de mucho miedo, mucho más que ahora, y mi encarcelamiento era también un hecho sin precedentes en el mundo del arte en Cuba, y supongo que realmente muchos no sabían ni cómo afrontarlo, otros quizás tenían la misma apatía o cobardía que existe ahora con los casos de nuestros colegas Hamlet, Luisma y Maykel.

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Ángel Delgado (La Habana, 1965). Graduado de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro en 1984 y estudiante de 1984 a 1986 en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Su obra se basa fundamentalmente en las limitaciones, restricciones, prohibiciones, controles y falta de libertades que se imponen al ser humano dentro de la sociedad. En mayo de 1990, Delgado creó una performance titulada La esperanza es lo último que se está perdiendo que le llevó a la cárcel, donde pasó 6 meses de privación de libertad. Esta experiencia marcó su vida y su obra. En 2005, dejó Cuba y decidió quedarse definitivamente en la Ciudad de México. Allí vivió hasta 2013, cuando decidió emigrar a Estados Unidos. Actualmente, vive y trabaja en Long Beach, California.

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