La oficina de Roberto Calasso en Adelphi (FOTO Lit Hub)
La oficina de Roberto Calasso en Adelphi (FOTO Lit Hub)

Existe, en el espacio literario occidental, un curioso subgénero que, pese a su notoria ausencia en las listas de los así llamados textos canónicos, no resulta, ni mucho menos, desdeñable: me refiero a esas obras que abordan la formación de vastas bibliotecas privadas, estudian los principios que subyacen a una empresa semejante y, en definitiva, intentan dilucidar el origen de esa perdurable obsesión. El tema es quizá inagotable: en este breve artículo me concentraré en el ya clásico ensayo Desembalo mi biblioteca de Walter Benjamin, las cartas de la mordaz lectora y coleccionista neoyorkina Helen Hanff, 84, Charing Cross, y el ambicioso Cómo ordenar una biblioteca, del gran Roberto Calasso.

Pocos escritores de primer orden han experimentado la pasión bibliómana –¿de qué otra forma podríamos llamarla?– con la intensidad casi febril que siempre atenazó a Walter Benjamin; nadie, con la posible excepción de Calasso, ha escrito un ensayo comparable sobre el tema. En efecto, no se trata aquí solamente de las sugerencias habituales en torno a la naturaleza y cantidad de los volúmenes que debe incluir una así llamada “biblioteca seria”,[1] sino de consideraciones casi metafísicas sobre aquello que podríamos llamar la estructura profunda de cualquier colección que pretenda superar el estadio de la mera adición más o menos azarosa de volúmenes.

Así, Benjamin, con idiosincrásica brillantez, intenta dilucidar no tanto el contenido de una supuesta biblioteca definitiva como los criterios que deberían guiar su composición.[2] Por supuesto, como él mismo observa, tales preceptos son siempre más o menos arbitrarios y lo que cuenta es la elocuencia con que se expongan. Habiendo establecido esa premisa, Benjamin observa que “la existencia del coleccionista […] está ligada a una relación hacia las cosas que, lejos de poner en primer plano su valor funcional […] las valora y las quiere, al contrario, como escenario de su destino”. Y, en ese sentido, la forma en que los libros han llegado a la colección resulta un punto de partida tan verosímil como cualquier otro (especialmente en manos de Benjamin ese portentoso prestidigitador de conceptos y citas): “Así pues, en este estrecho campo, existe la posibilidad de estudiar como los grandes fisonomistas (y los coleccionistas son fisonomistas del mundo de las cosas) se transmutan en intérpretes del destino […] se ha escrito Habent sua fata libelli: quizá esta fórmula fue concebida pensando en los libros en general […] para el coleccionista no son tanto los libros como los ejemplares los que tienen su propio destino”.

Para el gran ensayista alemán, tan brillante como excéntrico, la historia de la adquisición de los volúmenes reviste entonces una importancia casi metafísica: a nadie asombrará, por tanto, que el resto del ensayo se dedique a “las diversas formas de procurarse libros”: búsqueda frenética en librerías de uso, buhardillas y, en definitiva, los rincones más inverosímiles; compra por catálogo, subastas[3]… y todo lo demás: si existe una “táctica de adquisición”, podemos suponer que Benjamin la conoce. De hecho, con las excepciones de rigor, no menciona demasiados títulos. Es como si, fascinado por las enormes posibilidades de su maquiavelismo bibliómano (por llamarlo de alguna forma, aunque quizá la expresión no sea exagerada: cuando deseaba un libro apenas había algo que lo detuviese), el esteta berlinés se concentrase casi exclusivamente en esas idiosincrásicas estratagemas[4] y desdeñase la dilatada –y en ocasiones pedante– enumeración de los títulos que formarían su biblioteca ideal: este entusiasta[5] ensayo se dirige, ante todo, a aquellos que comparten su desaforada pasión por los libros. También eso es parte de su perdurable encanto.

A diferencia de Benjamin (cuya superficial modestia y supremo deseo de “escribir un ensayo que consistiese solamente en citas” hizo que algunos de sus contemporáneos cometiesen el error de no considerarlo un pensador serio),[6] Roberto Calasso adopta, en casi todos sus obras, un tono imperioso, expeditivo, casi dogmático: como Harold Bloom, como George Steiner, como muy pocos otros, el intelectual italiano logra entrelazar una erudición enciclopédica –¿ existe acaso algo que no haya leído?: me permito dudarlo– con una excepcional agudeza conceptual y, por si fuera poco, notable claridad expositiva: sería inútil esperar falsa modestia de alguien así y, efectivamente, el tipo escribe siempre con la desenvoltura de quien se sabe investido de una suprema autoridad intelectual. Su texto Cómo ordenar una biblioteca no es, ciertamente, una excepción: aquí Calasso (cuya curiosidad bibliófila sólo puede compararse a la de Borges) esboza uno de los más ambiciosos proyectos para la formación de una biblioteca definitiva que según él debe incluir “literatura, lingüística, historia, filosofía, teología, geografía, libracos,[7] historia del arte, antropología, religiones, mitología”… y muchas otras materias.

Pero eso no es todo: el italiano se atreve también a sugerir la posibilidad de articular un orden en esta biblioteca que la convertiría en una especie de Obra de Arte Total: un desmesurado, enrevesado artefacto que distribuiría los volúmenes con la intención de “reproducir en el espacio la trama del pensamiento”.[8]Ahora bien, para alcanzar semejante objetivo, Calasso propone una compleja e intimidante estrategia: “el orden […] debe ser sincrónico y diacrónico a la vez: geológico (por estratos sucesivos), histórico (por fases y caprichos), funcional (en relación con el uso cotidiano en un momento determinado), técnico (alfabético, lingüístico, temático)”. Bueno, está claro que la modestia no es su fuerte; tampoco cualquier preocupación académica con el orden apropiado de los libros en una biblioteca más o menos tradicional.

De hecho, si escrutamos con atención el ensayo resulta obvio su desaforado elitismo: este aristócrata del espíritu escribe, ostensiblemente, para los happy few que no solo comparten su abstrusa perspectiva sino que pueden permitirse gastar sumas considerables en la adquisición de libros para una biblioteca privada que es cualquier cosa menos ordinaria… y sólo podemos sonreír con indulgencia ante expresiones como “a partir de un determinado año decidí que casi todos los libros que me rodean estuvieran cubiertos con esa especie de papel de seda que se llama pergamino” (¡feliz quien puede decidir algo así!) o “resulta reconfortante ver en una misma estancia un cierto número de estantes ocupados por la Loeb Classical Library […] estos libros deben estar juntos porque quien está interesado en un clásico griego o latino es un lector potencial de todos los demás” (sin duda pero la cuestión se complica si tu apellido no es Borges, Steiner o Calasso). Por supuesto, estas recomendaciones no sorprenderán a nadie que haya frecuentado la obra del italiano: desde su primer texto (Los jeroglíficos de Thomas Browne, 1963) su voracidad bibliómana y desmesurada ambición sugerían que no se contentaría con nada menos que el saber absoluto (o al menos su más cercano sucedáneo): resulta apropiado entonces que su biblioteca ideal sea tan deslumbrante como abrumadora.

Calasso y Benjamin son monstruos sagrados (de la erudición, del pensamiento, de la escritura): los dedos de una mano bastan para enumerar a quienes pueden comparárseles. Habiendo dicho eso, sería un error ignorar a numerosos bibliómanos menores que –sin llegar a esas augustas cumbres– continúan suscitando considerable interés y aun fascinación. Entre estos la sarcástica y refinada Helen Hanff ocupa un lugar importante. Se trata, más que de una escritora, de una lectora radical: durante mucho tiempo se ganó la vida escribiendo comedias ligeras para Broadway y resulta lícito conjeturar que si hubiese desaparecido antes de 1970[9] nunca habríamos oído hablar de ella. Afortunadamente este no fue el caso: en ese año publicó la ingeniosa, memorable correspondencia que durante diecisiete años[10] mantuvo con su librero londinense: 84, Charing Cross. Hanff, aparentemente irritada por la mediocridad que percibía en ciertas ediciones norteamericanas, escribió una carta a la librería inglesa cuya dirección indica el título de su libro. Y, aunque, desde el inicio mismo del texto resulta obvia la amplitud de sus lecturas (“Soy una escritora pobre que prefiere los libros antiguos y en New York es casi imposible obtener lo que me interesa excepto en ediciones carísimas o mugrientas copias de Barnes and Noble… ¿sería posible conseguir allá alguno de estos volúmenes?… adjunto una lista)”[11], lo mejor es su incesante ironía, el cáustico ingenio que la dotada epistológrafa despliega en casi todas sus cartas: “¿Llaman a esto una Vulgata? ¿Qué clase de Biblia criptoprotestante me han endosado? Por favor, comuníquele a la Iglesia de Inglaterra que han arruinado la más bella prosa latina jamás escrita […] a mí me da igual porque soy atea pero varios de mis familiares son católicos y dudo que aceptasen esta especie de Biblia Anglicana en latín si conociesen su existencia (aunque de hecho ellos nunca han leído la biblia en inglés y tampoco sospechan que existió el latín)”.

Esta magnífica diatriba suscita profusas disculpas del atribulado librero (a esas alturas ya el bueno de Frank Doel[12] sabía que su corresponsal norteamericana era una bibliómana de estricta observancia que sólo aceptaría lo mejor: el único problema era su notoria escasez de fondos) que prometió a Hanff enmendar su error y prestar la mayor atención a sus instrucciones. Pero nada era suficiente para una lectora tan exigente como Hanff y la comedia se repitió, con las variaciones de rigor, a lo largo de los años. Así, en la carta correspondiente al 15 de octubre de 1951:[13] “¿QUIÉN TE DIJO QUE ESTE ERA EL DIARIO DE SAMUEL PEPYS? ESTE NO ES EL DIARIO DE PEPYS, ES UNA MISERABLE SELECCIÓN DE FRAGMENTOS, Y SI VAMOS A ESO NI SIQUIERA SON LOS MEJORES… ¿DÓNDE ESTÁ LA ENTRADA DEL 12 DE ENERO DE 1668?”.

El librero londinense debió de ser un hombre supremamente circunspecto para soportar, año tras año, las desaforadas exigencias[14] de esta lectora compulsiva: si la literatura inglesa (como observa un personaje del novelista Norman Rush) es un océano, entonces Hanff fue, al menos entre los lectores-, the great white whale, que lo incorporaba todo a su biblioteca con un apetito insaciable: no sólo artistas verbales más o menos conocidos sino también curiosos “especialistas” como Izaak Walton[15] y el gran teólogo Jeremy Taylor.[16] Quizá lo más notable de todo es que Hanff fuese una orgullosa autodidacta, una “divine amateur” (la frase pertenece a Borges) que se abría paso en el infinito laberinto de la literatura occidental siguiendo su casi infalible intuición: “¿Erudita? No, Frank, ni siquiera asistí a la universidad: sencillamente tengo un gusto peculiar en lo que concierne a los libros. La Biblioteca Pública de New York fue mi única Academia”. Si ese fue el caso, resultó suficiente para forjar una conciencia estética muy refinada y una inagotable fascinación por los libros que la acerca, por improbable que resulte, a maestros como Benjamin y Calasso: tres lectores radicales unidos por una pasión intacta.


Notas:

[1] No menos de veinte mil, según Alberto Manguel.

[2] “lo que más me interesa es hacer posible una mirada sobre la relación del coleccionista con sus riquezas, ofrecer un panorama sobre el hecho de coleccionar, más que sobre una colección en concreto”.

[3] El pasaje en el que narra cómo adquirió La piel de zapa (Balzac, primera edición de 1838 con espléndidos grabados) es, qué duda cabe, uno de los grandes momentos del ensayo.

[4] “La entrada en posesión y la apropiación pertenecen al dominio de la táctica. Los coleccionistas son individuos dotados de instinto táctico […] no todo se reduce al dinero y la competencia: ni siquiera esos dos elementos bastan por sí solos para tener una biblioteca auténtica, que guarda siempre algo de impenetrable e incomparable al mismo tiempo”.

[5] Pocas veces la palabra resulta tan pertinente y aun fiel a su etimología.

[6] Naturalmente, cuando escribió este ensayo no se habían publicado aún sus grandes textos. Habiendo dicho eso, no consiguió engañar a todo el mundo: Gershom Scholem (que lo conoció quizá mejor que nadie e intercambió con él cartas espléndidas) percibió ya en 1920 que su enigmático amigo era por encima de todo “un gran teólogo secreto, un cabalista que se ignoraba a sí mismo”.

[7] Esa curiosa categoría –aparentemente inventada por Roberto Bazlen– se aproxima a las enciclopedias –no sólo filosóficas– que Borges frecuentó.

[8] El gran referente es aquí Aby Warburg.

[9] Tenía ya más de cincuenta años.

[10] 1952-1969.

[11] ¡Y qué lista!: clásicos ingleses (Hazlitt, Coleridge, Gibbon, Samuel Johnson, Walter Pater, Macaulay, Milton, John Aubrey, Robert Burton, Virginia Woolf) la Vulgata, Virgilio, Juvenal, Catulo, Ovidio, Lucano (todo en latín, naturalmente), y muchos más.

[12] Esa era el nombre del diligente personaje que debió ocuparse de atender los pedidos de Hanff.

[13] Las mayúsculas figuran en el original: Hanff no desdeñaba el empleo de estratagemas tipográficas –por así llamarlas– para azuzar a su corresponsal.

[14] “¿Dónde está mi Leigh Hunt?… ¿por qué no envías el Oxford Book of English Verse?” (14 de octubre de 1952)

[15] Autor de una colección de biografías que siguen el modelo de Plutarco.

[16] Cuyo deslumbrante estilo ha garantizado que sus abstrusos sermones susciten el entusiasmo de tipos tan poco interesados en la religión como Stanley Fish o Thomas Ligotti.

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