Baudelaire

De la misma forma que pensamos en el exasperante sonido que hacían las uñas de Holderlin cuando, definitivamente hundido en la locura, tocaba las teclas del piano tarde en la noche, pensamos en las lentas y agónicas vigilias de Baudelaire, donde el poeta, vagando por un París frío y desierto, exacerbaba su lucidez demoníaca hasta convertirla, casi, en el delirio de un loco para el que no existe en el mundo nada fuera de su propia autodestrucción. Tal vez, porque en los antiguos y ruinosos barrios de la “capital infame”, se le revelaba su propio paisaje interior. Recordamos, entonces, dos aforismos de Cioran, donde, en forma aparentemente contradictoria, relaciona la esterilidad y el éxtasis, el espíritu, el hundimiento y la lucidez.

Con seguridad, aquel sonido de uñas en la noche hubiera vuelto loco, definitivamente, al paseante solitario; o quizás lo hubiera curado de ese exceso de conciencia de soledad que es la vida de todo escritor…. Poseía este poeta clásico que desconocía su propia grandeza (Proust), al par que una gran sensibilidad y un gusto muy refinado, una “maestría del dolor, de la pasión y del gesto”. Poseía, también, una profunda capacidad crítica, como no la tuvo ningún poeta francés antes que él; una inteligencia muy depurada para el trabajo literario, para la arquitectura del verbo poético, para lograr el acento justo y la palabra justa; esa que, según Joseph Conrad, movería el mundo. El fue, lo dijo Víctor Hugo, el creador de un estremecimiento nuevo.

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“Maestría del dolor, de la pasión y del gest”. Todo esto hace pensar en un antiguo estilo de vida aristocrático, sustentado en sus instituciones fundamentales: la cortesía y el duelo; pero en Baudelaire no se tratará de probar el valor personal contra un adversario cualquiera por una circunstancia particular, puesto que, para él, dandi perfecto, solo existe el poeta en su orgullosa soledad, y “las nubes que pasan…. allá lejos… allá lejos… las maravillosas nubes”. Para el escritor se tratará de probar el valor propio en cada uno de los innumerables instantes de la vida, frente al primer recién llegado y sobre un terreno puramente interior.

Ahora bien, si el creador del universo es un Deus absconditus que proyecta su sombra en la luz y sobre la creación abandonada a su suerte; si la existencia de la materia en el universo es el dominio mismo del demonio; y si, finalmente, el poeta –según una tradición que viene del romanticismo inglés– pertenece por su obra artística al Príncipe del Exilio, “al más sabio y al más hermoso de los ángeles”, ¿quién será este recién llegado? Larga espera sin fin: tarea extenuante entre todas. Comprendemos, entonces, la graciosa y acertadísima definición de Dimitri Merevkosky, cuando en su ensayo sobre Lord Byron nos dice que el diablo es el “prototipo metafísico del elegante Lord Brummel, el árbitro de las elegancias”. Así, el diablo es, de un mundo más grande y extraño a la tierra, un dandi de gran vuelo. Por otra parte, vale también observar que, Él, cuyo reino solo puede ser de este mundo, en la marginalidad de sus disfraces y travestismo, en su facultad comediante y punzante e histriónico egocentrismo, “se manifiesta precisamente como ironía de la realidad”.

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Según Baudelaire, el artista no revela más que lo invisible: el sueño, los nervios, el alma. El artista solo se revela a sí mismo. “Él es su rey, su sacerdote y su Dios”. La meta de esa muda y desesperada fidelidad a la vida que se odia, solo puede estar en una obra escrita que se levanta sobre un vórtice –¿el Maëlstrom del cuento de Edgar Allan Poe?– de estéril refulgencia.

De esta forma la obra literaria no será “más que una transacción con el demonio, evocación conjuratoria al umbral de la impotencia y el silencio”. En el fondo de sí mismo, como en el fondo de todas las cosas que él observa, nunca estará lo otro, sino él mismo, observándose despiadadamente con “mirada acerada” e irónica (Sartre). El escritor, al igual que el demiurgo, engendra otro yo nacido de sus propias entrañas, que es el reflejo de su reverso: un hombre que se pierde en la imagen que ha creado.

“Yo tengo mi humor, mis nervios, mis vapores”, escribe el poeta en el prefacio a Las flores del mal. ¿Cómo vivir sin que los nervios estallen? Cuando se dan estos elementos en un poeta: lucidez, cultura, sensibilidad, gusto profundo para la ponderación y para el matiz, habrá, entonces, un estilo de vida, una manera de estar en el tiempo, “jugador ávido, oscuro enemigo que nos roe el corazón”, y frente a él. Quien lo posee podrá ver los fragmentos que creyó dispersos algún día, girando alrededor de un mundo con contenido propio. Un mundo donde “todo azar queda abolido en ese espacio en torno que dominamos” (Rilke). De esta manera, sus trabajos, sus ocios y placeres, sus dolores y alegrías, su vida erótica y anímica, estarán dentro de un solo ritmo fundamental.

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Barbey d’Aurevilly fue el primero en darse cuenta de la “arquitectura secreta” que, más que animar, sacude la estructura entera del libro. Pero no como una sumatoria de fragmentos mecánicos, inmóviles o estáticos, paralizados por la falta de vida interna tan típica del espíritu de la Modernidad, que Baudelaire tan bien diseccionó. La arquitectura del libro es, sobre todo, una sucesión de etapas necesarias en la construcción del edificio poético. Un itinerario absolutamente dinámico que guardaría en sí, fiel recuerdo, tanto de sus vagabundeos por París y su viaje real a isla Mauricio, como de sus fugas a paraísos artificiales.

Baudelaire | Rialta
Charles Baudelaire

“Solo un libro es explosión”: oscuro desastre que lleva una luz (Blanchot). Y solo quien lleva un caos en su interior puede parir una estrella (Nietzsche). Así, su poesía se estructura sobre ciertos y privilegiados momentos del universo: caos, oscuridad, desastre, luz: spleen versus ideal: Lo de arriba y lo de abajo. El libro, construido sobre estos múltiples y privilegiados instantes de la manifestación universal, donde príncipe y bufón, torturador y victima, poeta e hipócrita lector intercambian sus roles, será erigido como un doble del universo que, en su esencia, es una coincidentia oppositorum. Por esta razón, para defenderse de las acusaciones de inmoralidad, escribe Baudelaire que el libro, leído y juzgado en su conjunto, activaría los resortes de su “terrible moralité”. Al respecto, con esa especie de simetría maniquea y un poco simplista que muchas veces en él descubrimos, dice: “a un blaspheme j’opposerai des elancements vers le ciel, a une obscenité des fleurs platoniques”.

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Justeza, perfección, rigor matemático: euritmia. Originalidad de un estilo que surge no de una técnica literaria determinada, sino de una visión, de una concepción del mundo y del hombre, como bien le escribe Flaubert en una carta después de haber leído sus poemas. Una estética nueva, una “forma” concebida que es, a la misma vez, una ética y una metafísica, hecha de regularidad y de simetría, por un lado, y, del otro, por todos los “efectos, curvas y figuras imaginarias” propios de los objetos particulares. Con este lenguaje poético, con este riguroso “método” cartesiano para tratar el idioma, del cual no van a estar excluidas palabras tomadas de la Modernidad urbana e industrial (quinquet, wagon, réverbère, ómnibus), lenguaje clásico y romántico a la misma vez, Baudelaire intentará, con un conocimiento profundo de todos los matices y recursos internos del idioma, dar la sensación de unidad de lo eterno y lo transitorio. Por este más que culto, sabiduría de la palabra en su capacidad de elemento transformador del universo y la vida humana, por este “destino ejemplar” que convierte al escritor en un outsider y mártir de la literatura, en el único héroe de su soledad, tanto Baudelaire como Flaubert son iniciadores de la Modernidad literaria.

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Ritmo amplio, tiempo lento de su verso, donde todo es “calme, luxe, volupté”. Un estilo noble y clásico asociado a los ritmos del habla, de la voz. Su verso, heredero de la forma arquitectónica y congelada de la estética parnasiana, buscando “la belleza del metal, del mineral bien trabajado” se verá asaltado por esas visiones del cuerpo en descomposición, por ese espectáculo de la podredumbre de la carroña, de lo natural como “máquina ciega y sorda”. Por este verso de simetría perfecta, no fluyente, escribe Rimbaud que, aunque Baudelaire es el primer vidente, rey de los poetas, y un verdadero dios, en su verso se nota un culto exagerado a la forma artística. Por esta razón, en él la forma es aún mezquina. La invención de lo desconocido –termina anotando Rimbaud– necesita de formas nuevas.

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El lenguaje como el revés de la naturaleza, como un sistema de coordenadas matemáticas que unifica los objetos contrapuestos en la “línea horizontal” y los lanza hacia la “línea recta ascendente o descendente”, haciéndolos remontar hacia el Cielo, o caer, perpendicularmente, en el infierno. El lenguaje, de esencia mágica y cabalística será, pues, la máscara cubriendo el oscuro hueco que es el universo. Mediante el trabajo exhaustivo sobre las palabras se ve y se escucha la unidad profunda que se manifiesta en el todo. Uno de los elementos que su poesía y su reflexión crítica aportarán a la Modernidad literaria será el primado de la imagen, de la imaginación creadora, que, aliada con la memoria afectiva, abre “las profundas avenidas de la imaginación más viajera”, combinando los objetos de forma novedosa para sugerir la visión del artista.

Charles Baudelaire | Rialta
Charles Baudelaire

De este modo la poesía moderna, en Baudelaire y en tantos más, deja de ser un simple juego de la inteligencia y de las metáforas para convertirse en revelación de la imagen primigenia, presencia real, madre devoradora que se alimenta de la vida anímica del poeta. En tal dirección, puede hablarse de una tradición de poetas locos (Hölderlin, Nietszche, Nerval, Artaud), perdidos en sus propios laberintos, hundidos y golpeando las paredes de la noche donde no encontraron el dorado y salvador hilo de Ariadna. En la poesía moderna la imagen es ese “acorde entre lo telúrico y lo estelar” (Lezama Lima) que, transformando al poeta en el demiurgo de un mundo nacido de sus propias entrañas, lo proyecta hacia lo uno.

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El poeta-artifex concluye la obra del verbo en su nombre, mediante la palabra ritual refleja la fluidez y plasticidad del universo, su carácter de obra inconclusa. El quehacer poético convierte al hombre en solidario de un cosmos vivo y sufriente donde todo está estrechamente interrelacionado. La poesía “magia sugestiva que contiene a la vez el objeto y el sujeto”, será para Baudelaire como una ciencia matemática y musical; el trabajo poético, como una suerte de iniciación, de obra magna, un culto secreto a la palabra a imagen y semejanza del verbo en su labor constructora y destructora del universo. La escritura de la poesía al crear un paradójico doble de la realidad hace que el hombre, condensación carnal de los diferentes planos de la existencia, devenga la boca y el oído del universo.

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Escribe Baudelaire: “a los ojos de Aquel que lo sabe todo y que todo lo puede, lo cómico no existe”. El humor y la risa son para Baudelaire pruebas de que el mundo ha caído, y que este es, en su naturaleza, profundamente imperfecto. Lo cómico, que proviene de nuestra conciencia de superioridad, es “uno de los signos satánicos del hombre”. Una idea tangente se muestra en las especulaciones metafísicas de la Cábala hebraica, donde el Tsimtsum es el espacio vacío que deja Dios, autoexcluyéndose, para que su creación sea posible. La naturaleza y el hombre creados en este espacio rebosante de bien y mal tienden constantemente hacia ambos.

En la cultura occidental este núcleo de ideas lo encontraremos en la sinuosa línea de pensamiento gnóstico-hermético, que, como una tradición segunda, herética y sumergida, alimentará lo mejor del romanticismo, del simbolismo y de ciertos motivos de reflexión en la Modernidad literaria. El arte es la prueba de que, en oposición al mundo caído en la imperfección, existe uno de idealidad y de incorruptible belleza. El arte, ocupación terrenal, es abismalmente celeste.

El jansenismo, que prolonga de cierta manera la herejía gnóstico-cátara del sur de Francia, es una de las formas esenciales en las que se manifiesta el espíritu francés. Según el obispo Jansenio, el pecado original ha quitado al hombre la libertad del querer, lo ha hecho incapaz del bien, inclinándolo necesariamente al mal. Jansenismo y anti-jansenismo en Baudelaire que vincula su poesía a los misterios del pecado, la gracia y la redención en el hombre.

María Elena Blanco
Retrato de Baudelaire por Gustave Courbet, circa 1848-1849

Para Baudelaire, el poeta no necesitará de la gracia de dios para salvarse: él, eligiéndose a sí mismo por un acto de su voluntad, se salva por la poesía. De esta manera, el arte y la poesía se convierten en destino absoluto, ocupación religiosa cuya misión es instaurar el paraíso aquí y ahora.

Maniqueísmo, gnosticismo, catarismo: adoración del aspecto femenino de dios, de su expresión y encarnación negativa. La androginia de la divinidad en todos estos cultos secretos de raíz oriental; complejos y poéticos sistemas donde podemos apreciar la importancia de un eón femenino (Sophia, Schekina, Daena) emanación directa de la insondable divinidad, y que es una suerte de elemento mediador entre el pleroma y el mundo terrenal, es decir, entre el mundo de la perfección y el imperfecto en el que vivimos. Para Baudelaire, la mujer siempre será un ser ambivalente, celestial y abominable: naturaleza en estado de gracia, y en estado de perdición.

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“El hombre quiso hacerse centro de sí mismo”. A esta conclusión lógica llegarán las reflexiones del jansenista Pascal en sus aforismos, después de participar del tenso arco de pensamiento que va de Montaigne a Descartes. La risa, para Baudelaire, es un signo de la condición infernal del hombre, de su condición de ángel caído y rebelde, de su orgullo y de su autosuficiencia.

Definición pascaliana: “cuando el hombre está en pleno reposo saldrán del fondo de su alma, el tedio, la tristeza, el mal humor, el despecho y el desespero”. Todos, estados crepusculares tan parecidos a la estación necesaria del espíritu precedente al opus alquímico y que anuncian el cambio radical, el arribo a la otra orilla, son concentrados por Baudelaire en un solo término: spleen: Voluptuosidad árida, desierta. El culpable de estos momentos crepusculares era, por supuesto, el adversario de dios.

“Todo el mundo siente al diablo pero nadie cree en él, y esta es su sublime sutileza”, dice Baudelaire.

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La utopía y sus fracasos. Su ambigua participación en la Revolución de 1848 para, en un intento romántico del que se apartará después con aristocrático desprecio, poner el mundo al revés. El complejo simbólico: muerte, tumba –la máscara del bufón (Fancioulle)–, la risa, el vino, la alegría del carnaval –el erotismo; intentará reconstruir a través de la integración de los contrarios, la unidad primordial del Universo. Sin embargo, ya en Baudelaire y el decadentismo finisecular no podemos hablar de una resolución armoniosa de este conflicto.

En el romanticismo y el simbolismo –según Bajtín- las imágenes artísticas se convierten en contrastes agudos que, o no se resuelven, o lo hacen en un plano místico. Siguiendo al investigador ruso, puede hablarse a propósito de Baudelaire de una “percepción barroca del mundo, con sus polaridades y con la sobretensión de su contradictoria unidad”. La inversión sexual, tema fundamental en su poesía, sería también una de las formas de manifestación del mundo al revés, y de estos contrastes que se quieren volver a unir, pero no –ya lo apuntamos siguiendo a Bajtín– en el plano de lo natural, en el plano de la reproducción de la vida, sino en el plano de lo intemporal, del culto a la “mujer condenada”, a la mujer estéril…

Charles Baudelaire en 1855 fotografiado por Nadar
Charles Baudelaire en 1855 fotografiado por Nadar

Esta actitud utópica, milenarista y revolucionaria en el medioevo, que encontraremos en ciertos movimientos herejes condenados por la palabra oficial y excluyente de la iglesia, será sustentada por las especulaciones numéricas del monje calabrés Joaquín de Fiore, sobre el advenimiento en una fecha determinada de un tercer estadio en la historia de la humanidad. Según Fiore, en los dos primeros reinaron el padre y el hijo: fueron los reinados de la injusticia y la desigualdad. En el tercer estadio reinaría el Espíritu Santo encarnado en una mujer. Habrá llegado, entonces, el paraíso terrenal: el reino del amor, de la bondad, de la fraternidad… En las primeras comunidades cristianas, en un cristianismo teñido aún por las ideas de la gnosis, el Espíritu Santo era femenino: era la ,adre.

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Baudelaire es un ejemplo de lo que Carl G. Jung en sus estudios de psicología profunda denomina “libido regresiva”, es decir, esa fuerza de impulsión que desde el futuro viaja hacia los orígenes. Lo primero que vemos en su vida de adolescente, es el carácter edípico de la relación con su madre (¿fuente posible de una homosexualidad sublimada?). Más tarde, en su adultez, los amores con Jeanne Duval, la mulata caribeña hija de Lesbos, y todas esas imágenes de lo tenebroso, de lo oscuro y dulce en la piel y en el cabello de Jeanne; de las “refrescantes tinieblas”: la noche que hace la luz en su alma. Amor carnal e imágenes que son como el reverso de la atracción que sobre él ejerce lo inconsciente, asociado siempre a lo oscuro y a la noche, al lugar donde ocurre la germinación y, por ende, a la madre.

Ya al final de su vida será la búsqueda de un paraíso revelado, en la tierra y en la vida, a través de la poesía. Lo que intentará expresar en el último verso de un poema: “al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo” es el encuentro, en ese lugar desconocido –inconsciente, reino de las madres–, de la imagen, el equilibrio perfecto de los contrarios, la piedra filosofal sobre la que los alquimistas nos alertaron siempre como algo interior. La imagen de dios, y reino de la perfección del origen, grabado en la materia.

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Palabras claves en su poesía: quintaesencia, perfume, destilar: ideas esenciales en el opus alquímico. Precepto alquímico: “Haz de la tierra un cielo y del cielo tierra preciosa”.

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“Nous nous embarquerons sur la mer de Ténebres”.

El mar tenebroso es otro de los conceptos claves de la alquimia, relacionado con el mar de llamas que debemos atravesar para encontrar el paraíso ensoñado; aunque la soledad en que nos quedamos “a la una de la madrugada” sea también ese “baño de tinieblas” que necesita Baudelaire para, descontento de todo y sobre todo de sí mismo, alejado de ese “laberinto pedregoso que es la capital”, escribir algunos buenos versos que lo justifiquen ante dios, que le prueben que no es el último de los hombres.

Baudelaire (detalle), en el cuadro 'Homenaje a Delacroix', de Henri Fantin-Latour, 1864
Baudelaire (detalle), en el cuadro ‘Homenaje a Delacroix’, de Henri Fantin-Latour, 1864

La vida humana al estar necesitada de constantes muertes y renacimientos es ese mar que debemos cruzar “con el corazón alegre de un joven pasajero”. Así, la naturaleza para Baudelaire será un templo de analogías donde podemos intuir en momentos especiales de idealidad, opuestos a esos que él llama spleen, esa otra orilla, esa belleza perfecta a la que hay que arribar:

Dans une ténebreuse et profonde unité
Vaste comme la nuit et comme la clarté
Les parfums, les couleurs et le sons se répondent.

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“Objeto del arte: lo bello sensible y contingente, percibido a través de las mallas del azar y del mal”, escribe Simone Weil.

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