LIDERAZGO
Yunior García, opositor cubano, en conferencia de prensa desde Madrid (FOTO Reuters)

La salida de Cuba de Yunior García, uno de los organizadores de Archipiélago, la articulación cívica que convocó una marcha pacífica para el 15 de noviembre pasado, ha desatado una fiebre en las redes. El espectro de interpretaciones sobre el suceso abarca desde la traición hasta el espionaje, pasando por la empatía, la renuencia a juzgar en términos políticos una acción personal y lo que Darío Alemán ha llamado “el metadebate”, que no trata de los juicios y los criterios como tal, sino sobre la legitimidad o no de tenerlos y expresarlos. El metadebate remite a todas las líneas de tensión que atraviesan ahora mismo a la sociedad cubana, y reactualiza binarismos que los meses anteriores habían logrado de alguna manera atravesar la barrera que impedía superarlos; en particular el que remite al adentro y el afuera geográficos y el de las asimetrías raciales.

Esta discusión reactualiza también una preocupación febril que atraviesa siempre todo intento grupal o colectivo de articular una oposición que derrumbe o al menos erosione el edificio estructural de la tiranía: el liderazgo. Qué es, dónde ubicarlo y, sobre todo, qué posición tener frente a posibles líderes. Es una discusión que tiene todo que ver con la salida de Yunior García –su viaje a España, organizado con premeditación, sin avisar a sus compañeros de grupo, en un momento inmediatamente posterior al convenido para la manifestación– lo detona, pero también lo excede.

Las imágenes de liderazgo con las que contamos son también, como es esperable, binarias. En la primera entrevista al llegar a España, Yunior decía: “si dejo de ser el líder de mármol sobre el caballo blanco, me importa poco”. No retomo aquí su enunciado desdén por el liderazgo (que no prueba que tal desdén sea verídico), sino las imágenes que utiliza para referirse al mismo. Ellas hablan de un tipo de líder con potencial estatuario; un apóstol con las asociaciones visionarias y sacrificiales de Martí, la figura que encarnó en la historia cubana el apostolado necesario para lograr la independencia y proponer un proyecto de país; un guerrero de materia imperecedera, acorazado contra las debilidades humanas. Puesto en esos términos, es obvio que se trata de algo que nadie debería estar en posición ni de demandar ni de asumir.

Imágenes tales dejan poco espacio para pensar en la posibilidad de otro tipo de liderazgo al que, entre otras cosas, pudiera caberle una crítica fuera de la que se ubica con relación al derecho a la decisión personal. Dejan también poco espacio para algo así las declaraciones desde diversas posiciones que revindican que no puede haber daño en el suceso a menos que alguien haya tomado a la persona en cuestión como un líder de ese tipo. Pero nuevamente cuando se enuncia eso, se supone que la figura abstracta que Yunior podría haber corporizado es una que ha trascendido el ámbito de la acción y la decisión colectivas y encarna en sí las cualidades morales necesarias para alzarse sobre la desolación y brindar una esperanza basada en la posesión de una visión y los medios para realizarla; alguien de quien se está pendiente, que tiene el poder de armar y desarmar un movimiento social porque se pone sobre él una confianza ciega; un líder absoluto de tintes mesiánicos que lleva en sí, de forma germinal e inevitable, la posibilidad de convertirse en un tirano.

Yunior García en su casa sitiada por la Seguridad del Estado cubana el pasado 14 de noviembre (FOTO El Estornudo)
Yunior García en su casa sitiada por la Seguridad del Estado cubana el pasado 14 de noviembre (FOTO El Estornudo)

Con una tradición de este tipo de líderes, el último de los cuales dominó la vida política cubana durante décadas y creó en ella una deformación profunda, es comprensible la necesidad de escapar de cualquier pretensión de ese tipo por todos los medios disponibles. Pero al hacer eso, y eliminar la negación a considerar a alguien de tal forma, parece eliminarse también, como efecto colateral, la posibilidad de una crítica fuera del criterio válido pero insuficiente, del derecho a la decisión individual.

Así, el líder al que los cubanos suelen referirse lo mismo cuando dicen “necesitamos un líder” que lo contrario, “no necesitamos líderes”, se parece más en realidad a una proyección del líder carismático tipificado por Max Weber, que basa su legitimidad y autoridad “en la entrega extra cotidiana a la santidad, el heroísmo o la ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas”. Configuraciones sociales como las del totalitarismo cubano requieren por supuesto de este tipo de líder, porque el proyecto utópico-totalizador debe ser encarnado por un conductor de masas al que se le pueda confiar la tarea de saber a dónde hay que ir sin preocuparse mucho por intentar crear colectivamente esa dirección. Desarmar los fundamentos del totalitarismo requiere, en contraste, otro tipo de líderes, u otra manera de entender la acción política que no esté sujeta a liderazgos del mismo tipo. Y ello no solo por razones estratégicas, sino porque es previsible que construir la contestación a un régimen con las mismas herramientas que lo hicieron posible, conducirá a terminar sustituyéndolo en la epidermis sin superar los enormes problemas sistémicos que ha creado.

El liderazgo en movimientos que resisten al poder o se le oponen directamente, siempre es instrumentalizado para su propio beneficio. El poder no puede manejar completamente su ausencia o su existencia dispersada. Se necesita identificar quién tiene ascendencia en la comunidad o en el sector social que se organiza para refutar al poder, quién tiene un cargo formal y, si no lo tiene, quién mueve realmente a la gente. Cuando no es posible identificar a quien ocupa esa posición, se inventa. Mucha de la construcción mediática de un liderazgo focalizado en Yunior García obedece a esta necesidad de redireccionar los esfuerzos tendencialmente descentralizados de grupos como Archipiélago.

Proyectos, organizaciones y movimientos que no tienen liderazgos claros en los que las decisiones emanan de la discusión colectiva; que no buscan unidades sino articulaciones; que tienen flexibilidad para reconstruirse de acuerdo a la variabilidad de las coyunturas y que no dependen de figuras particulares para sostenerse, tienen más posibilidades de éxito (aunque estas son siempre escasas en un régimen autoritario con altas cuotas de control, incluso cuando ha perdido ya las bases de su legitimidad), que aquellos basados en formas de organización estructuradas y jerárquicas. Sus posibilidades de éxito radican justamente en que no pueden ser completamente leídos por un poder que carece de imaginación para concebir formas dislocadas o desterritorializadas de organización. Es eso lo que Archipiélago logró hacer, enfrentando tremendos desafíos, a pesar de la insistencia de la propaganda mediática en identificar y criminalizar líderes visibles –en particular Yunior García.

Yunior Garcia durante la protesta de artistas frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020 en La Habana FOTO El Toque | Rialta
Yunior García durante la protesta de artistas frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020 en La Habana (FOTO El Toque)

Pero cuando las pretensiones de captura del régimen de opresión a través de la identificación y/o creación de un líder carismático se encuentran con la fuga de la articulación colectiva por parte del presunto líder, a través de acciones individualizantes o inconsultas, la captura puede ser por fin realizada. Eso sucedió primeramente con el anuncio de Yunior García de realizar una marcha en solitario el día anterior al que se había convocado la manifestación general. Este puede haber sido consultado y discutido, pero fue presentado públicamente desde una voz personal, y no una voz cualquiera sino una que tenía ya, en ese momento, la capacidad efectiva de ejercer una influencia significativa en el rumbo de los acontecimientos. En este punto, ya no es suficiente decir: “nunca quise ser un líder”, puesto que el escape de la voluntad colectiva conduce, inevitablemente, a la focalización y la atención sobre la persona, y esa atención focalizada en una daña la intención colectiva y resquebraja lo que ha impulsado y sostenido durante meses.

Movimientos autoorganizados que se sostienen en conducciones colectivas no pueden carecer de la capacidad de articulación entre sus miembros y de la colaboración interna que permita sopesar y, en caso de ser inevitable, sostener, decisiones individuales con la necesaria ponderación de sus consecuencias en la medida en que, en un movimiento, lo individual y lo colectivo confluyen y no pueden ser separados arbitrariamente para favorecer uno u otro.

La organización colectiva entraña siempre una responsabilidad colectiva. Y cuando en un movimiento tal alguien que ha formado parte de una organización colectiva toma una decisión personal sin considerar al resto del grupo y actúa por su propia cuenta sin siquiera comunicar su decisión, lo que debería emerger como problema visible que requiere ser atendido y discutido no es la exigencia de martirologio, o la capacidad o deseo de ocupar el lugar del líder impoluto incapaz de flaqueza humana, ni siquiera la necesidad de “que cada cual sea su propio líder” como si la más mínima aspiración a la coherencia deseable se volviera de pronto cuestionable.

La discusión debería versar –sin el fantasma de que hacerlo es “darle armas al enemigo”– sobre la responsabilidad colectiva y la posibilidad de crear un tipo de conducción (a la que probablemente el concepto de liderazgo le quede corto) que se construya sobre la relación entre lo personal y lo colectivo. Esa posibilidad está insinuada en forma de crítica en comentarios de algunos de sus compañeros que lamentan que ni siquiera tuvieron un aviso mínimo de lo que sucedería, cuando hay varios indicios de que era posible haberlo dado. Son ellos quienes están en mejor posición de hacer un juicio crítico y en esos juicios no hay exigencia de martirologio. Lo que emana de ese juicio crítico no es un reclamo por haber salido del país ni la sensación de traición por el abandono de un liderazgo que, por otra parte, no esperaban ni consideraban como tal, sino haber partido sin haberlo dicho, por haber quebrado un esfuerzo colectivo en el que se ponían además en riesgo la seguridad personal de cada uno de los participantes. O sea, sin haber incluido de alguna manera a sus compañeros de resistencia en una decisión que, inevitablemente, les afectaría, puesto que el emprendimiento en el que colaboraban excedía con creces los límites de la agencia individual de cualquiera de los involucrados.

No es diciendo “no queremos líderes” o “no quiero ser líder” mientras se justifican acciones individuales que ni siquiera son comunicadas dentro de un movimiento cuya naturaleza es colectiva por definición y por necesidad, que se escapa de las pretensiones de desarticulación provenientes del poder. No es necesario convertirse en ese tipo de líder potencialmente tiránico que exigen unos y niegan otros. Lo necesario es no soltar la mano de los que acompañan, en un contexto donde los gestos individuales son cada vez menos individuales y donde lo que se construye supone cada vez mayores riesgos. Ojalá pendular entre la defensa del derecho a la elección personal y las exigencias de martirologio no terminen siendo las únicas salidas para estos dilemas porque construir un país depende de la capacidad de imaginar otras posibilidades, y de escapar a la presión constante por destruir todo lo que vaya naciendo. Que este esfuerzo permanezca vivo, dependerá de la aportación de todos, pero también del reconocimiento de lo que no funciona para que no volvamos, una y otra vez, a actuar como si no tuviéramos memoria.

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1 comentario

  1. Sí antes de la partida hacia España, premeditada y planificada conscientemente, habían dudas sobre la tendencia política del líder de Archipiélago, la foto de su encuentro apenas llegó a Madrid con Pablo Casado, sonriente, complacido y con un apretón de manos no diplomático, sino de compromiso y complicidad con ese jefe del Partido Popular, conservador, enemigo de la Libertad de Expresión que era bandera del líder Yunior, porque ese mismo partido, bajo el liderazgo del corrupto Mariano Rajoy, promulgó la Ley Mordaza y del innombrable Aznar, profascista y luchador incansable conté todas las izquierdas, dio un gran mentís a su demagógica lucha *pacífica» y por el bien del pueblo de Cuba.
    Hoy,hacer una defensa del que se quitó la máscara, es darle un espaldarazo al bloqueo criminal y la política agresiva del imperialismo yanqui, no contra el gobierno de Cuba, sino contra todo el pueblo cubano y su desprecio al «arroz con frijoles» que somos los latinoamericanos para el norte revuelto y brutal.
    Es sumarse a la cruzada de Judas contra Jesucristo, es santificar a Pinochet, es agradecerle a Posada Carriles los crímenes que dirigió y acometió contra el pueblo de José Martí, el mismo que llamó imperialistas a los EEUU ya en la última década del siglo XIX.

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