Ezequiel Zaidenwerg
Ezequiel Zaidenwerg

Una persona cualquiera se levanta cada mañana, ve las noticias, toma un café, unta mermelada al pan y hace de ello su rutina: intrascendente y plana. Otra cosa es traducir un poema en la mañana, todos los días durante 17 años. Otra cosa es ser Ezequiel Zaidenwerg.

En el año 2020, en la cima de una pandemia mundial, descubrí la cuenta de Instagram en la que Ezequiel posteaba poemas. Una amiga me comentó que debía ir allí, que no podía continuar mi vida sin ver y seguir Orden de traslado. En la pandemia todas las recomendaciones eran bienvenidas, había tiempo para eso, ya no. Los poemas que leí en bucle ese día —todos en fondo negro y letras blancas, con los títulos y autores en verde y amarillo o rosado y azul, con una goma de borrar encima, indicándote que todo podía cambiar en algún momento— me empequeñecieron, se quedaron con trozos de mis carnes y Orden de traslado se convirtió en mi matadero. Podríamos decir que Zaidenwerg, quien en realidad estaba detrás de ese perfil y al que descubrí un tiempo después, se convirtió en mi carnicero.

Creo que el tipo de escritor que eres está en peligro de extinción por dos razones principalmente. La primera es por traducir poesía. La segunda es que, en un mundo donde casi todo lo que se hace se piensa desde el consumo y desde una lógica del producto, apuestas por un campo que no es necesariamente próspero –la literatura y dentro de esta la poesía– y das acceso gratuito a tu trabajo. ¿Cuál es tu opinión sobre eso?

Lo que tú dices, que estoy en peligro de extinción, tus argumentos me parecen irrefutables, me reía mientras lo ponías en perspectiva porque evidentemente hay algo del orden de lo pulsional, en el sentido de donde me lleva mi deseo. Claramente tiene que ver con la poesía y con el dominio público. Crecí en los años noventa y si bien no soy un nativo digital desde mi adolescencia conviví con la con la aparición de Internet y su arraigo cada vez mayor en la vida de las personas.

La Internet que yo conocí siendo un adolescente era un lugar de libertad y de gratuidad muy alejado de lo que se ha convertido hoy. De hecho, fui punk y anarquista siendo adolescente; no me identifico ahora con ningún “ismo” evidentemente, pero algo de esa persona que fui sigo siendo. Mi vocación por la palabra también está cruzada de alguna manera por una vocación social o que uno podría llamar idealista, en el sentido en que creo en el dictum del cyberpunk de que la información debería ser gratuita, libre. Y a la vez me es fácil ser consecuente con esa consigna porque no soy novelista y porque lo que hago está un poco al margen de los circuitos de valorización pecuniaria de la palabra escrita. Escribo poesía y traduzco poesía, cosas por las cuales rara vez he ganado algo de dinero. Es muy difícil imaginar una vida en la que esa actividad a la cual le dedico la mayor parte de mis energías sea el motor económico de mi subsistencia, y a la vez es muy difícil precisamente por eso, porque por más “éxito” que mis emprendimientos puedan tener, es muy difícil imaginar que yo pueda vivir de ellos más que con ellos.

¿Cuánto ha influido el Borges traductor en ti?

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Ha influido en absolutamente todo, pero no tanto el Borges literalmente traductor, es decir, autor de versiones de textos cuya persona autora es otra –siendo un poco aritmético en mi manera de definir– sino el Borges filósofo de la traducción. El Borges que no cree en la traducción como un sistema de equivalencias, ni en un original que tenga primacía respecto de sus versiones. Un texto de Borges que evidentemente forma parte de mi credo es “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde el mismo texto producido originalmente y traducido literalmente, es decir, escrito en la misma lengua, pero por otra persona cuya lengua nativa es otra y en otro momento histórico resultan ser textos diferentes precisamente por la recepción y la contextualización. Borges es hijo de un momento que, en una época, se llamó posmoderno, del cual la recepción y el consumo de las obras formaba parte de la propia identidad o del propio funcionamiento de las mismas.

A mí lo que me quedó es la idea de que la traducción no sustituye ni resta, sino que multiplica y que es un acto creativo en sí. Trae al mundo algo que no existía, a pesar de estar en una partitura previa: eso es el mundo cuando nos paramos frente a él para escribir sobre nuestras experiencias. Lo que yo construyo o lo que construye una persona que escribe siempre está basado en cosas que están “fuera” de esa persona. Diría que en realidad en el principio fue la traducción. Se suele decir que un buen traductor o una buena traductora de poesía, por ejemplo, lo es porque escribe bien poesía y en realidad yo diría alguien que escribe bien es porque traduce bien. Igual bien o mal no son categorías que me interesen mucho, las uso simplemente en términos prácticos. Quiero decir que escribir, en realidad, es primero traducir y no al revés.

Parafraseando a Jhumpa Lahiri: “traducir es evaluar, con agudeza, cada palabra que elige un autor”. ¿Se parece esto a tu forma de traducir?

Esa experiencia debe ser común a todas las personas que traducimos. Hay algo que me parece ineludible, que es que cuando una persona lee un libro, lo disfruta, lo subraya, pero siempre la atención está flotando. Yo soy una persona que le interesa mucho la atención y las modulaciones de la atención. Podés leer un libro, incluso, estudiando para la universidad o teniendo que rendir examen, podés leer un libro y tu atención va a flotar y hay momentos de ese libro que vos vas a pasar sin más, sin realmente prestarle atención. Una persona que traduce, una traductora o un traductor, no puede hacer eso.

Si bien existe esa instancia de atención flotante, porque vos te volvés un médium en un momento, cuando estás traduciendo, o al menos cuando yo aprendí a traducir, primero yo sentía lo que traducía, el texto de origen, como algo exterior a mí. Y lo que fui aprendiendo y lo que ahora siento es que traducir es un acto un poco mágico, en el sentido en que vos entrás en un estado de conciencia en el cual lo que estás traduciendo entra en vos y sale transformado. Hay una relación de ninguna distancia frente a eso que se traduce. Yo también hago retratos y encuentro que hacer retratos y traducir son un poco la misma actividad: vos mirás a una persona que colocás en determinado ángulo, la fotografías de determinada manera y esa no es la persona, es una versión de la persona, una traducción posible de esa persona que después editas en Lightroom o en un programa de edición y dices: “Bueno… a esta persona le voy a enfatizar un poco las cejas o saturar un poco más los colores”.

¿Tu proceso de traducción es algo esquemático o es algo espontáneo, que surge sin demasiadas pretensiones?

Siéndote muy sincero, las traducciones que estás recibiendo en el newsletter son traducciones que forman parte de un archivo que recopilé entre 2005 y 2022. En el año 2005 —habiendo terminado un primer libro de poemas entre 2002 y 2003— experimentaba una época de sequía muy profunda. No podía escribir poemas propios, y en esa época un gran amigo, el poeta mexicano Hernán Bravo Varela, gran poeta, traductor y enorme persona, viajaba a Buenos Aires todos los años. Mi maestra la poeta Mirta Rosenberg, que falleció en 2019, conocía a Hernán porque él había asistido a algunos de sus talleres; entonces nos lo presentó a Alejandro Crotto, otro poeta argentino y a mí. Hernán es una persona de las más dotadas que yo conozca para la palabra, también para la voz, es un gran cantante, y nos mostró a Alejandro Crotto y a mí sus traducciones de poemas, incluso, de canciones que parecían escritas originalmente en castellano. Yo, muy impresionado por el trabajo de Hernán, empecé a tomar esa idea y a traducir por mi cuenta, más o menos tomando prestada la manera de pararse Hernán frente a un texto: es decir, hacerlo propio, sin dejar de respetar ninguna nota de la partitura; sin embargo, apropiarse de eso con el instrumento que es la propia voz o la propia lengua poética.

En este caso, no creo en una voz, sino creo que somos un concierto de voces, y en ese sentido me interesa traducir también porque me puedo probar otra piel o puedo habitar un poema por dentro cada vez. Volviendo a 2005, Alejandro, Hernán y yo nos íbamos a juntar para mostrarnos lo que estábamos escribiendo; no tenía nada para mostrarles y me puse a traducir. Ese día traduje, no sé, cinco o seis poemas, versiones que suscitaron el entusiasmo de mis amigos; no sé si porque son mis amigos o porque efectivamente estaban buenas o tal vez por las dos cosas. Lo cierto es que era una época en la cual todavía no existían las redes sociales, como las conocemos hoy, pero sí empezaban a existir los blogs. Entonces yo me abrí un blog que se llamaba zaidenwerg.blogspot.com y empecé a subir esas traducciones. Por algún motivo, empezó a llegar gente a ese blog, a comentar. En esa época no había Facebook todavía, ni mucho menos Instagram, ni ninguna de las de las redes actuales. Mi blog se convirtió en un lugar de referencia para la pequeña blogosfera literaria. Tiempo después yo moví ese blog a un dominio .com, y seguí traduciendo durante muchos años con frecuencia creciente a partir de no sé cuándo, pero años atrás. Empecé a traducir un poema por día, en parte como respuesta a una vida que sentía un poco desprovista de poesía, porque fueron los años en los que hice un doctorado; fue difícil para mí la adaptación a un doctorado.

Ahora tengo el título de doctor y disfruté mucho escribir la tesis. Me servía como ritual matutino que lo primero que hiciera al levantarme y después de tomar mi café y mirar las noticias fuera traducir un poema. En 2022 decidí cerrar ese espacio y abrí esta newsletter que busca poner en valor un archivo gigantesco y que, por su propio tamaño y por su propia manera de circular, que era una página web, es un poco obsoleto, ¿no? O sea, las personas no solemos utilizar ya esto. Creo que había perdido valor.

Ahora no estoy traduciendo todos los días necesariamente, aunque sí lo hago por proyectos. Ese ritual diario del poema matutino ya no lo hago más y ahora extrañamente estoy con otro ritual que es escribir un libro propio. El libro es sobre traducción en prosa, por encargo de una editorial argentina que se llama Fiordo. Entonces sustituí un ritual por otro y ahora estoy viéndomelas con otra forma de la traducción que es la autoría directa.

¿Con qué tipo de relación humana compararías la ruptura que tuviste con tu blog?

Bueno, me cuesta ponerlo en analogía con una relación humana; no fue un matrimonio, ni fue una amistad. Ciertamente me trajo muchas satisfacciones y la verdad es que tanto los matrimonios como las amistades traen satisfacciones, y también son trabajosos de sostener, como todos los vínculos. En mi caso, sentí que había cumplido un ciclo, que ya no lo hacía con la misma alegría, con el mismo interés que antes. Eso no significa que en el futuro no pueda retomar esta práctica y, de hecho, en ocasiones traduzco para el newsletter si aparece un poema que me gusta o que tengo ganas de difundir en particular.

La verdad es que el ejercicio, la obligación de hacerlo todos los días me parece que me puso en la situación de sostener esa relación con mi propio trabajo y hacer cosas menos cargadas de deseo. A cierta edad me parece que está bueno hacer las cosas por placer y por deseo y no tanto por obligarse, sobre todo cuando no era mi fuente de ingresos ni algo que hiciera tanta falta. Creo que, con ese archivo, con ponerlo en circulación de nuevo para un público que no lo conocía, por el momento, alcanzaba.

¿Cómo fue la selección de poemas para ese archivo tan grande?

Al hacer un proyecto de esas características tuve que abrirme a la improvisación. Eso fue formado por lo que fui leyendo y descubriendo en poesía en otras lenguas y no tiene solución de continuidad. Muchas veces cuando hacía una seguidilla de muchos poemas de la misma persona autora era porque estaba pensando en hacer un libro. En particular a mí me sirvió, en esa época, como un motor para poner un rato de todos mis días dedicados a la poesía y usar eso para alimentar una carrera como traductor de poesía. Si traduces todos los días un poema son 365 al año, son varios libros de poesía. Me servía para alimentar esa carrera y para difundir autoras y autores que me gustaban. No tenía de verdad más plan que ese. Era, simplemente, levantarme a la mañana y buscar un poema que por algún motivo siempre aparecía. Ahora que reflexiono sobre ese momento, la verdad es que no sé cómo lo hacía, no sé cómo hacía para encontrar todos los días un poema. No lo veía yo como algo difícil; al contrario, era como una segunda naturaleza para mí. Ahora que estoy un poco distanciado de ese momento y esa persona que fui –que sigo siendo en parte–, pero también ecualizado o editado distinto, me llena de perplejidad. Pero, bueno, es algo lindo que hice o que la persona que fui hizo.

Me interesa saber cómo surgió Orden de traslado, qué significó y por qué dejó de funcionar.

Bueno… empiezo por el final. Dejó de funcionar porque yo no lo puedo sostener más. En enero del 2022 murió mi madre. Mi manera de lidiar con ese duelo fue continuar con un montón de actividades frenéticamente hasta que mi cuerpo y mi corazón dijeron basta. En este momento tampoco estoy publicando en redes ni estoy haciendo nada más que el newsletter, y la verdad es que no tengo ganas. No tengo fuerza, no tengo deseo para embarcarme en un proyecto tan exigente y, a la vez, tengo que ocuparme de mi propia escritura que es algo demandante y tiene sus propias vicisitudes. Creo que tres años son suficientes para un proyecto así. El proyecto surgió en pandemia, en un momento en el cual las personas estábamos encerradas. El título Orden de traslado viene en realidad de un libro que iba a publicar con mis traducciones reunidas. Una orden de traslado es cuando un preso lo trasladan a otro presidio, pero, bueno, en este caso Orden de traslado era un traslado por translations –de traducción–, era como una orden de traducción. En la primera temporada era un archivo con mis traducciones, después se flexibilizó. También era un guiño a ser trasladado o trasladada por la poesía a un lugar distinto en un momento de encierro. La idea de Orden de traslado era difundir poesía en lugares poco acostumbrados, particularmente en el caso de Instagram, que fue un Instagram bastante exitoso en su momento. También, de alguna manera, fue una redistribución del capital simbólico: convocar a personas famosas y también a otras totalmente desconocidas, mezclándolas, para que esas personas famosas sirvieran como publicidad para algo que básicamente era la lectura de poesía. La verdad, te confieso que el último año fue muy difícil para mí de llevar a cabo, y la última temporada, sobre todo. Son episodios curados por otras personas porque yo me quedé sin gasolina. Me pareció imposible seguir sosteniendo un compromiso así en un momento que también es muy difícil para mí en lo personal.

¿Qué diferencias hay entre escribir y traducir poesía en Buenos Aires y escribir y traducir poesía en Nueva York?

Salí de Argentina porque me gané una beca para hacer una maestría de escritura creativa con todo pago que era irresistible. Además, en ese momento estaba en pareja con una estadounidense y aproveché para venirme para acá. Después esa relación se terminó, entré al doctorado y me quedé acá con el plan de ser profe. Volviendo a tu pregunta, la diferencia es tenue en el caso de un latinoamericano. En el caso de una persona estadounidense, alguien que escribe en contexto institucional, es muy distinto porque acá está todo organizado alrededor de la universidad y de maestrías de escritura creativa que te dan o que funcionan como una especie de puerta de entrada, que en realidad es una puerta de entrada proyectada, no significa que necesariamente lo sea. Existe la idea, tal vez un poco supersticiosa, de que si hacés una maestría de escritura creativa y tenés el patrocinio de algún escritor o escritora famoso o famosa, eso te va a permitir entrar en el mundo de la publicación y tal, que es muy cerrado acá, es un mundo muy estratificado y muy difícil.

Yo me quedo sin duda con Latinoamérica, la manera en que vivimos, o sea, todo es más precario, pero es mucho más diverso, es mucho más abierto en esa precariedad. Hay menos escalafones y no es necesario endeudarse largamente –porque estas maestrías son carísimas y las becas son muy escasas– para ensayar la escritura. Las personas en Latinoamérica escriben porque escriben, no sienten que tengan que pasar por determinado curso, por alguna institución X o Y para llegar al punto Z. Acá también primero tenés que publicar en revistas, después intentar con concursos; es muy difícil. El caso de Robin Myers es un caso señero porque es alguien que es extraordinaria: publicó en América Latina y en España todos sus libros hasta el momento, y en Estados Unidos es inédita en forma de libro. Imagínate la dificultad y el networking que hay que hacer acá.

Ahora, ¿qué representó para mí escribir en Estados Unidos versus escribir en Argentina? Sin dudas migrar es una experiencia transformadora. Por otro lado, como traductor para mí fue muy elocuente ver que la poesía norteamericana no era lo que la ilusión óptica del mercado de la traducción al castellano me había traído, que era otra cosa distinta, mucho más orientada a lo experimental y a modas que van pasando, pero no era lo que yo me imaginaba. Acá pude terminar un libro que se llamó 50 Estados, que es una antología de poesía estadounidense novelada.

Durante todo el proceso de la enfermedad de tu madre estuviste compartiendo poemas, especialmente los del Tao Te King. ¿Qué significó para ti hacer público ese dolor? ¿Cuán desgastante o liberador fue?

Las dos cosas: muy liberador y extremadamente desgastante. Tanta exposición pública me agotó. Ahora estoy como recuperándome de eso. Fue muy fuerte. En su momento se sintió orgánico; también mi mamá era una persona muy de redes. Y, nada, que comentaba mucho mis cosas, y como interactuaba con las personas que también lo hacían y tal, yo empecé a contar su proceso final, que en ese momento no necesariamente iba a ser final, aunque era probable que lo fuera porque ella tenía una leucemia crónica. Agarró COVID en la variante ómicron; con esa comorbilidad las perspectivas son malas. Su COVID progresó hacia una neumonía bilateral; estuvo en coma farmacológico durante dos semanas durante las cuales yo fui poniendo actualizaciones, sobre todo para la gente amiga suya, porque no quería tener que responder el mismo mensaje a muchas personas. Ella era una persona querida y con muchas amistades; entonces me sirvieron las redes y me sirvió recibir el cariño que recibí, por el cual estoy muy agradecido.

Lo que pasa con los duelos es que por más cariño que recibas toca atravesarlos y, bueno… ya pasó más de un año y, si bien en algún sentido es más fácil, también es más difícil porque estás más lejos de la persona y de la presencia concreta que fue. El título del libro que estoy haciendo por encargo es “Fantasma escritor”, y tiene que ver con la idea del traductor no como un escritor fantasma, sino como un fantasma escritor, y de pronto están apareciendo todos estos fantasmas familiares. Un libro donde aparece mi mamá, mi maestra, mis abuelos y todo ese mundo que de alguna manera se vuelve a hacer presente, pero no solo históricamente, sino como una sincronía. O sea, cuando se termina la familia, me parece que lo que es historia también se convierte en presente, paradójicamente. Y, bueno, en ese punto del duelo estoy: tratando de abrir mi mansión fantasma, de sacudir las telarañas escribiéndolas.

Un año después de todo esto, ¿en qué lugar estás? ¿Hubieses cambiado la manera de hacer pública tu tristeza, tu dolor?

Estoy en paz con eso porque el pasado no se puede cambiar. Ahora no tengo más ese impulso, pero, bueno, no soy la misma persona. La muerte de una madre yo pensaba que era la muerte del “yo”. Estaba muy equivocado, pero es la muerte de un “yo”. La madre simboliza, o al menos simbolizó para mí, como un último resguardo frente a la tempestad del mundo, como una especie de techito virtual. Cuando murió mi mamá me di cuenta de que en realidad la maternidad es virtual, que las madres y los padres –yo no tengo una relación muy estrecha con el mío– son personas que se confabulan para hacer de cuenta de que existen las madres y los padres, cuando en realidad somos todos niños y niñas sin demasiada idea de lo que estamos haciendo en un mundo que está en movimiento perpetuo. La maternidad y la paternidad fijan la experiencia de la vida en identidades o en historias reconocibles cuando en realidad vivimos en una tormenta, en un magma permanente. Yo me hice consciente de esa tormenta, de ese magma, y el mundo posorfandad es un mundo donde ya no tengo esa referencia tan inmediata.

¿Qué es la muerte para ti?

No es el final. Tal vez es el principio del presente, no lo sé. La muerte inauguró un momento nuevo en mi vida que todavía dura y que todavía estoy tratando de entender; en parte por motivos contextuales, porque muchas de las marcas de referencia que tenía –la familia, el trabajo, la institucionalidad– están desdibujados en este momento de mi vida. Pero también por un proceso interno muy fuerte en el que estoy aún involucrado. La muerte abrió un lugar de luminosidad y de amor enorme por el mundo y por otros seres que yo no veía. Yo estaba también más en mi ego o más en un lugar más infantil probablemente, ¿no? Y es dolorosa esta transformación que estoy llevando a cabo. Ocurrido lo que ocurrió, que no desearía que hubiese ocurrido, me gustaría tener a Indiana cerca. Agradezco lo que puedo rescatar de ese dolor, que es como un lugar de apertura hacia el mundo.

¿Un poema amuleto?                

Sí, hay más de uno. Me gusta mucho enseñar “Dos patrias” de José Martí, desde el ritmo, y también uno que se llama “No, música tenaz, me hables del cielo”; esos son dos amuletos. Otro amuleto es el “Torso arcaico de Apolo” de Rilke, en la traducción trabajosa que hice. Ese es de verdad un poema que a mí me importa muchísimo y que tiene eso de refractario que los mejores poemas tienen, como que siempre significan algo distinto o que son un poco impermeables a la traducción o la incorporación de un sentido fijo. “El torso arcaico…” cuenta el encuentro con una estatua a la que le falta la cabeza y los brazos y que, sin embargo, devuelve la mirada y termina con un llamado a cambiar de vida. Hay algo en ese poema que se me resiste, que no termino de entender pero que a la vez entiendo con todo el cuerpo. Creo que en el libro “Fantasma escritor” voy a escribir sobre “El torso arcaico de Apolo”, finalmente, que me resulta misterioso y a la vez muy familiar. Después, hay otro poema de un poeta estadounidense, que se llama D.A. Powell, que se llama “Chronic”, y yo traduje como “Crónico”, al que también por un motivo u otro sigo volviendo.

¿Me podrías leer uno de esos?

Sí, claro.

No, música tenaz, me hables del cielo
¡Es morir, es temblar, es desgarrarme
Sin compasión el pecho! Si no vivo
Donde como una flor al aire puro
Abre su cáliz verde la palmera,
Si del día penoso a casa vuelvo…
¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!…
Roto vuelvo en pedazos encendidos!
Me recojo del suelo: alzo y amaso
Los restos de mí mismo; ávido y triste
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre.
¡Venid a ver, venid a ver por dentro!
Pero tomad a que Virgilio os guíe…
Si no, estáos afuera: el fuego rueda
Por la cueva humeante: como flores
De un jardín infernal se abren las llagas:
Y boqueantes por la tierra seca
Queman los pies los escaldados leños!
¡Toda fue flor la aterradora tumba!
No, música tenaz, me hables del cielo!

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