Detalle de 'Rito de pasaje', de Gabriela Pez
Detalle de 'Rito de pasaje', de Gabriela Pez

En el año 1921, un joven escritor norteamericano con cierto donaire llamado Ernest Hemingway se instalaba con su primera esposa Hadley Richardson en la Rue Cardinal Lemoine, en el distrito VI de París. Allí comenzaría a frecuentar a los miembros de la llamada Lost Generation, que conformaban el ambiente intelectual y bohemio que sacudía la ciudad luz a inicios de los años veinte. Gertrude Stein, F. Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Picasso y James Joyce eran sus amigos de juerga con los que compartía las tertulias del Café de Flore y los banquetes en Les Deux Magots. De su experiencia en París –entre 1921 y 1925– el joven Hemingway publicaría la novela París es una fiesta, donde inmortalizaría la escena nocturna y cultural, sórdida y codiciada de los “années folles à Paris”. “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”, escribe.

Pocos años más tarde, el Premio Nóbel de Literatura se encontraría en una isla del Caribe a la que describe como “larga, hermosa y desdichada”, donde reside durante más de veinte años y en la que ve nacer algunas de sus obras más grandiosas: Por quién doblan las campanas, A través del río y entre los árboles, El viejo y el mar e Islas en el Golfo. Se dice que, a su muerte en 1961, Hemingway había conservado de su estancia en La Habana más de 10 000 cartas sobre sus innumerables historias en la ciudad, las excursiones de pesca y su extensa ensoñación por los paisajes cubanos. Una misma mente seducida por dos mundos: el del Occidente europeo y aquel caliente del Caribe.

Gabriela Pez (La Habana, 1994) es una artista cubana que, más de medio siglo después de la desaparición del escritor y periodista norteamericano parece situarse frente a la misma inquietud: la presencia del viaje como una fuente desde la cual inspirarse como recurso primario de la creación, visual en este caso. Ella misma es una viajante eterna fascinada por los misterios de la vida y de la naturaleza, una artista que se pone interrogantes antes de materializar sus ideas: quiénes somos, de dónde venimos y qué conforma nuestra identidad. Inclinada hacia el dibujo y la acuarela, aunque sin dejar de explorar otros lenguajes como la fotografía analógica, Gabriela encuentra su paz en las representaciones vegetales y autorreferenciales, incorporando para ello una metodología del papel que la hace auténtica: papel a base de fibra textil vegetal como el algodón (crudo o seda vegetal de ceiba) que crea desde la génesis o recicla.

En la Cité International des Arts, donde reside luego de haber sido la primera galardonada de la Fundación Bernard Grau, (en colaboración con la Académie de Beaux Arts de Paris), esta joven creadora presenta Rito de pasaje (acuarela y tinta sobre papel), su primera pieza realizada como resultado de dicha estancia y con la que decide iniciarse en el gran formato (200cm x 200cm), saliéndose de sus dimensiones tradicionales y abriéndose a nuevas –otras– posibilidades de concebir su producción.

La obra hace referencia al concepto desarrollado por el antropólogo francés Arnold Van Gennep en 1909, también como resultado de sus safaris en África. Van Gennep describió el “rito de paso”, “rito iniciático” o “rito de iniciación” como un proceso de transición por el cual pasan todos los individuos a lo largo de sus vidas, y que al mismo tiempo comprende tres etapas. Se espera que el paso por dicho rito conduzca a la persona a un estado superior, de manera que se concibe como momentos de superación a las transgresiones de la vida, con los cuales el ser humano alcanza dinámicas de conciencia que surgen de las demandas intrínsecas de la naturaleza. Una vez finalizado un “rito de paso”, se adquiere un conocimiento determinado impulsado por los deseos desconocidos que movilizan los comportamientos para superar obstáculos. Así es como el concepto de “rito de paso” encuentra su explicación tanto en el plano de lo mundano como en el profano: el paso de la niñez o la adolescencia a la adultez, el nacimiento de un bebé o el funeral de un anciano son concebidos como ritos de paso más anclados al plano de lo terrenal. Mientras que las culturas ancestrales, especialmente las africanas, está relacionado con el plano de lo ritual y lo celebratorio.

Por ejemplo, se conoce que, en Etiopía, los hombres de la tribu de los Hamer tienen que llevar a cabo un ritual para poder casarse. Primero tienen que quitarse toda la ropa frente a sus familiares y amigos, y luego tienen que saltar sobre cuatro bueyes o toros castrados en tres ocasiones seguidas. Una vez superado este reto, se dice que los hombres están listos para unirse en matrimonio. Las tribus nómadas de los Fulani, en Benín, también celebran el paso a la edad adulta de sus varones. Días antes del ritual, los jóvenes adolescentes buscan y preparan una rama para convertirla en una suerte de látigo. Posteriormente, los clanes de la región se reúnen para enfrentar a los aspirantes con sus improvisadas armas, que deberán azotarse tres veces por turnos sin mostrar el más mínimo atisbo de dolor. Cuando ambos terminan, los espectadores deciden quién ha sido el más bravo de la contienda, y por ende el ganador.

Gabriela Pez resemantiza al concepto para, conducida por su interpretación, desplegar una obra que es a su vez homenaje de su llegada a París, una versión de lo que para la artista ha constituido un camino de iniciación que comenzó en La Habana. A pesar de no ser su primera vez en la ciudad de la luz, sin duda es la primera en la que Pez la habita y se integra a las complejidades de su dinámica urbana. Sumida en su arquitectura, su arte y su historia impostergable, sus paseos reveladores por Le Marais, y permeada por el ambiente cultural que coexiste en la Cité, Gabriela Pez es lo suficientemente astuta para trasladar su experiencia al papel, no sin separarse de la mitología y la naturaleza que tanto la conmueven. Luego, “vestida de flâneur”, esta cubana busca sus raíces en el viejo continente. Su misión: abrirse a nuevas experiencias pictóricas que la seduzcan.

En la obra que nos ocupa, una mujer esbelta y de belleza mística, hechizante, nos descubre parada cómodamente en su postura. Ligeramente se cubre uno de sus senos y su zona pélvica, revelando sutilmente el otro al espectador que la observa estupefacto. Pareciera que asistimos a la Venus de Botticelli en su versión tropical; en efecto, su versión mestizada venida del Trópico. Sus heridas, sin embargo, poetizan una imagen que de pronto se nos vuelve tan bella como melancólica, tan sutil y delicada como sugerente y directa. Situada en un primer plano, la aparición de esta madonna nos desafía, convirtiéndose en imagen y reflejo de nosotros mismos, figura y representación, hostigante y hostigada.

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No terminamos de saber si sus heridas son ocasionadas por un maltrato físico ajeno, si son resultado de un proceso de sometimiento, o si son ambas a la vez, pero lo cierto es que portan con ellas las huellas del tiempo y de la historia, el paso y peso del viaje y de la acción humana en nosotros, esa que no nos pertenece y de la que todos somos víctimas. La intimidación política, la opresión, el acoso y la esclavitud son todos síntomas históricos que han provocado las mismas heridas durante siglos de historias. Pero la Venus de Pez no justifica su presencia en la vulnerabilidad y el olvido. Ella carga con su historia y luce victoriosamente sus heridas e imperfectos físicos. El propio hecho de su existencia en el mundo constituye su autorreafirmación, asistiendo a una pieza que “tiene más que ver con la fortaleza que con la belleza”, en palabras de la artista.

Al fondo de este plano, un cañaveral se abre frondoso para reafirmar que estamos en un clima cálido y naturalmente propicio. Un paisaje típico de la escenografía rural cubana que le es muy cercana a la artista, y que ya había sido de objeto de representación en sus composiciones previas. El paisaje deviene aquí resiliente. Uno importado del trópico migrado a la primavera parisina, que ha sabido adaptarse a las nuevas condiciones de temperatura para su regeneración y subsistencia. Deudora nuevamente de su astucia, Pez recondiciona el concepto de hábitat como esa capacidad de readaptación humana de la que ella misma ha sido parte y testigo en París.

Resulta que, en Cuba, es muy común encontrar altares yorubas en las viviendas domésticas, si bien el altar no es un elemento exclusivo de la religión yoruba, sino que existe desde la antigüedad para facilitar la comunicación con los santos; suerte de intercomunicador entre el mundo de los vivos y el de los muertos. En los altares yorubas de las viviendas cubanas suele haber una serie de instrumentos y objetos que le son entregados al practicante en su iniciación y que representan los principales santos que entran en la vida del religioso: Orula, Ozun, los guerreros Eleggua, Oggun y Oshos. Gabriela Pez, tan fascinada por sus raíces identitarias como por su arte, no es ajena a su pasado y presente religioso. Su cosmogonía y la influencia de vivir en un país que venera amplia y abiertamente la creencia afrocubana forman parte de su identidad como artista visual cubana y mestiza, descendiente de españoles y negros.

Rito de pasaje, en definitiva, es un ensayo visual y plástico que mezcla la vegetación y el retrato en un mismo espacio-tiempo. Una pieza narrativa, autorreferencial e histórica; reflejo y testimonio de un ciclo de vida del artista atravesado por el inicio y fin de una estancia creativa. Una obra y muchos ritos: un altar religioso en el que rezan millones de creyentes conducidos por la fe, un canto a Oggun y una ofrenda a Yemayá, el llanto de una madre en un campo de refugiados… Es la voz de la mujer que se alza en la búsqueda de sus reivindicaciones. Un abrazo largo y apretado. Uno que asume el amor como la única vía para la redención.

'Rito de pasaje', de Gabriela Pez
‘Rito de pasaje’, de Gabriela Pez
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Dayneris Brito (La Habana, 1996). Historiadora del arte, comisaria y gestora cultural, residente entre París y Madrid. Cursó estudios de comisariado contemporáneo en el Istituto Europeo di Design (IED) en Venecia, y es Master in Curatorial Studies en el Museo de la Universidad de Navarra. Su experiencia con el arte contemporáneo incluye el trabajo en Galería Continua en La Habana y en Taller Chullima con el artista Wilfredo Prieto, además de otras experiencias fuera de Cuba como la 57 edición de la Bienal de Venecia, Galeria Massimo Mininien Brescia y como asistente de ventas en Arco Madrid 2020. Sus textos aparecen publicados en Terremoto, Artishock, Arteinformado, Arte al Día, CdeCuba Magazine, etc. Actualmente es la consultante de la colección de arte cubano de la Fundación Brownstone en París y mánager del estudio del artista francés Vincent Beaurin.

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