Fotograma de 'The Night is Young, Walk on Girl', Masaaki Yuasa dir., 2017
Fotograma de 'The Night is Young, Walk on Girl', Masaaki Yuasa dir., 2017

quamque ibi nihil lætum, aut felix, nisi meo munere
Erasmo de Rotterdam

Cerca del inicio de Mind Game (2004), el primer largometraje de Masaaki Yuasa, el protagonista se encuentra con Dios en el más allá. Como parte del proceso de su muerte, se le muestra una reconstrucción en 3D de sus últimos momentos (de un balazo, con la punta de la pistola metida en el recto), y acto seguido Dios le dice, casualmente, que vaya hacia la luz blanca. El protagonista razona que, de ir en dirección contraria, regresará al momento en que murió, y eso hace. Usa sus propias nalgas para quitarle la pistola al asesino. A partir de ahí la película continúa en un viaje aún más vertiginoso y delirante. Se trata del filme que Bill Plympton llamase “el Citizen Kane de la animación”.

Masaaki Yuasa (Fukuoka, 1965) es el animador y director capaz de traer estos desatinos a la vida, y de hacerlo con suficiente elegancia como para que algunas de ellos sean considerados obras maestras de la animación. Su obra como director consiste en alrededor de seis largometrajes, diez series animadas de diversos formatos, y un puñado de cortos, además de innumerables créditos como diseñador de personajes, artista de historia, animador, etc. en producciones propias y ajenas. Su obra ha sido ampliamente premiada y celebrada por la crítica especializada, y ha sido objeto de muestras y retrospectivas en los más importantes festivales y encuentros de la animación a nivel global –de hecho, Yuasa participó en el Ottawa International Animation Festival entre el 20 y el 24 de septiembre pasados, con motivo de una retrospectiva y homenaje a su obra.

Yuasa pertenece a la generación de directores japoneses nacidos en los sesenta que incluyen a autores como Hideaki Anno, Shin’ichiro Watanabe y otros muchos, que definieron lo que sería la animación japonesa de finales del siglo XX y principios del XXI. A diferencia de esta cohorte, sin embargo, Yuasa no se haría notar como director hasta la antes mencionada Mind Game, a la que seguiría en 2006 con Kemonozume, una serie sobre bestias antropófagas que se hacen pasar por humanos, el clan de cazadores que se dedica a exterminarlas, y la relación prohibida entre una girl y un boy respectivos. Ya en este momento se pueden notar determinadas marcas de estilo, tanto en el contenido, como a nivel puramente estético.

Sobre este último punto, la obra de Yuasa es… rara. Si alguien se sienta a ver una de sus películas esperando alguna japonesada, va a salir sumamente decepcionado de un estilo que le debe más a Tex Avery y al street art que a Osamu Tezuka o Hayao Miyazaki (en palabras del propio Miyazaki, se trata de animación y no de anime). Los personajes de Yuasa son a primera vista toscos, con lunares, arrugas y dientes mellados, con líneas sucias y colores aparentemente dislocados y fuera de lugar. Sus movimientos muchas veces son extremos, sus diseños poco delicados y siempre están a un milímetro del y de lo ridículo. En otras palabras: son de los personajes y animaciones más vitales e intensos y de alguna manera más realistas que jamás han pasado por una pantalla –si animación proviene de “ánima”, y es por lo tanto el arte de dar alma o vida a las cosas que normalmente no la tienen (y esto por supuesto incluye las maravillosas e inevitables infografías), Masaaki Yuasa es un animador de animadores.

A nivel de contenido Yuasa también se destaca, a saber, por el sexo, violencia, y personajes extremos.

Pero, me dirán, eso es casi por lo único que la animación japonesa es famosa. Sí, pero no. La violencia de Yuasa es casual, natural si se quiere, a veces enfatizada y gráfica, a veces insinuada, siempre al servicio del drama, y siempre cruel. El sexo es igual: naturalista, antiporno, sucede porque y como sucede a menudo en la vida real –como en el primer episodio de Kemonozume en el que los protagonistas se conocen y tienen sexo simplemente porque se gustan–, hay deseo sin amor; el romance, con suerte, llegará más tarde.

Poco a poco se conocerán los personajes, que por lo general son un joven con una carga seria de fobias y neurosis, y una joven excelentemente liberada y aparentemente inalcanzable.

El rol de las figuras femeninas en la obra de Yuasa es definitivamente complejo, y posiblemente me supere, por eso quiero concentrarme en otro aspecto que considero fundamental, y es el de la libertad, y la búsqueda de la libertad en su obra. La protagonista anónima de The Night is Young, Walk on Girl (2017) es una joven estudiante universitaria, que sueña con bañarse en océanos de ron y actúa en teatro de guerrilla, siempre buscando el placer del momento. Su realización final es que su libertad, y la de las personas que la rodean, sólo tiene valor en la medida en que son conscientes unos de los otros, de los lazos que los unen, del todo que forman. Esta “libertad del deber” aparece una y otra vez en la obra de Yuasa. Se trata de una libertad que nunca se alcanza en solitario sino en comunidad; libertad que, quizá a causa de ello, de ese ethos comunitario quiero decir, no es por ello menos absoluta.

En otra secuencia alucinante de Mind Game, los cuatro protagonistas intentan escapar nadando del estómago de una ballena (mejor no pregunten), y los obstáculos que van apareciendo los superan negándose a reconocerlos como obstáculos; llegado un punto ni siquiera la causalidad, ni siquiera el pasado remoto y aparentemente inmutable, puede definirlos o encerrarlos.

Este afán de libertad a toda costa, de libertad sin soledad, es la manera que tienen los personajes de enfrentar la crueldad que mencioné anteriormente. Raras veces esta crueldad parte de los propios personajes, sino que es inherente al mundo en el que existen, y procede por tanto de su creador. Además de a una generación particular de directores, Yuasa pertenece a una tradición de crueldad artística muy desarrollada, la misma que define a Tanizaki, Akutagawa, o a Mishima –su última película, Inu-Oh (2021), una obra maestra a nivel de producción pero que deja en evidencia los retazos o situaciones sueltas con los que Yuasa suele armar sus historias, parece casi que podría haber sido escrita por Mishima, con sus sensibilidades clásicas y a la vez iconoclastas, su énfasis en la fealdad contrastada a la belleza, su amor por el teatro tanto en escena como en el diario, una aparición anónima del mismísimo Pabellón de Oro, y su obsesión por los fantasmas de la memoria, por el qué quedará de nosotros en las historia.

Y no sólo son fantasmas, hay mucho de magia en Yuasa y en su obra. Desde dios (Dios, que aparece como una colección de recortes cambiando incesantemente) y la ballena de Mind Game, pasando por Lu la sirena, a la máscara demoníaca de Inu-Oh, lo sobrenatural aparece una y otra vez, martillando para bien o para mal a los pobres humanos que se lo tropiezan.

Un ejemplo que encuentro fascinante es en The Night is Young…, donde el antagonista aparente es Rihaku (李白), un anciano deteriorado, alcohólico y hedonista, que resulta ser un homenaje al poeta chino Li Bai (李白), y que tiene como oponentes no sólo al Dios del Mercado de Libros Usados, sino incluso al Dios de los Catarros, en una noche que, como esta última semana de verano que he pasado escribiendo en Barcelona, pareciera durar todo un año.

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DANIEL CRUCES PÉREZ
Daniel Cruces Pérez (La Habana, 1983). Diletante, nadador de piscina bajita. Su aversión al trabajo, y en general a todo tipo de esfuerzos, lo encaminaron hacia las ciencias puras, la traducción, y eventualmente el cine. De alguna manera logra balancear sus cinco trabajos (web de educación matemática, actor de teatro, productor de animación, escritor de cómic, traductor) con una apatía en general por hacerlos. En 2016 fundó el Casa Cruces Estudio, dedicado a la animación con pretensiones artísticas. Su primera película, “La Caravana”, se terminará en algún momento, con suerte, cercano. Actual y marginalmente reside en La Habana, hasta que deje de hacerlo.

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