Lydia Cabrera

Con la Lydia Cabrera famosa ya por sus incursiones en la vertiente negrista de la narrativa corta cubana, y a través de la mirada crítica de María Zambrano, iniciamos esta columna hace varios años. Ahora viajamos a su juventud, y nos enfocamos en hechos y facetas poco conocidos de su quehacer en el mundo del diseño industrial y la publicidad, bien alejada aún de los temas y asuntos que la convertirían, con el paso de los años, en icono de los estudios etnológicos sobre la viva presencia negra en la cultura nacional de Cuba.

En los inicios de la década de 1920, con una experiencia periodística previa, durante la adolescencia, como cronista de sociedad en la revista de su padre Cuba y América, oculta bajo el seudónimo “Nena”, y con un sostenido ejercicio profesional como ilustradora de la sección “Elegancias”, que la gran tienda El Encanto mantenía en el Diario de la Marina, se enrolaría Lydia en una aventura que le proporcionaría muchas satisfacciones y ampliaría de manera notable su currículo: la creación de una Sociedad de Arte Retrospectivo, en alianza con Alicia Longoria de González de la Peña.

Razones hay suficientes para considerar que el trabajo de ambas, tanto de organización como de promoción de las actividades de la Sociedad,[1] será el punto de partida para su participación en la gran Exposición Comercial y de Arte Retrospectivo, que se inauguraría “ante 20 000 asistentes” en el antiguo Convento de Santa Clara en La Habana el 22 de noviembre de 1922, y se mantendría hasta el 24 de enero de 1923.[2]

El evento, que dio mucho que hablar, incluso desde antes de su apertura, y que atrajo al añejo y ya por entonces controvertido centro conventual a una multitud de interesados en las variadas temáticas y expresiones de las artes aplicadas, fue el marco para que Lydia y Alicia se destacaran en la curaduría de la sección de Arte Retrospectivo, para la cual la primera se agenció préstamos de valiosas piezas patrimoniales atesoradas por influyentes familias cubanas de ilustre prosapia. El aporte del dueto al éxito de público y de crítica de la Exposición fue reconocido con sendas medallas de oro y mereció el elogio de María Capdevila, unos meses después, durante la inauguración del Congreso Nacional de Mujeres celebrado en La Habana.[3]

Esta experiencia contribuyó a avalar el trabajo que también desarrollaban las dos amigas como propietarias de una empresa no pequeña, cuyo nombre fusionaba el de ambas: Casa Alyds. Dedicada al diseño y fabricación de muebles de estilo, la Casa se encargaba de vender, además de sus productos, antigüedades y otros objetos para la decoración de interiores, algunos importados, que gozaban de amplia demanda entre las familias pudientes de la sociedad habanera. No sabemos cuándo se fundó la firma ni hasta cuándo funcionó, pero sí que a comienzos de 1924 aún existía, como demuestra un documento manuscrito en hoja impresa con membrete de “Alyds (Muebles / Decoración Interior / Antigüedades)” que su copropietaria, Alicia G. Longoria, signa acreditando el cobro de un encargo el 19 de enero de 1924.[4] Incluso, al parecer todavía hacia 1926, funcionaba la empresa, pues por entonces Jorge Mañach se refería al taller abierto cuatro años atrás por ellas, y destacaba, según palabras de Carlos Espinosa, “su carácter de pioneras al rebelarse contra la vida regalona que la sociedad asigna a las mujeres”.[5] En lo que concierne al diseño industrial de muebles, y reconociendo que es una faceta suya aún por investigar, podría estimarse a Lydia Cabrera como una precursora en Cuba del trabajo que desarrollaría años después la internacionalmente renombrada diseñadora cubana Clara Porset (Matanzas, 1895-México, 1981), a partir de una sólida formación académica en Francia y ya con una perspectiva artística personal más avanzada.

En esta emisión de Cubañejerías, precisamente, queremos acercarnos a otra de esas facetas poco exploradas de la vida y quehacer de Lydia Cabrera; esta vez, a la de redactora de textos publicitarios, en especial de aquellos relacionados con la firma que regentaba. Ofrecemos entonces, en principio, una entrevista que se le realizara en el taller de Alyds. En seguida, reproducimos un simpático texto promocional que, aunque apareció sin firma, no dudamos en atribuir a su autoría, y que puede dar una idea de cómo se desenvolvían algunas campañas de mercadotecnia en la época. Para último hemos dejado un escrito más extenso (ocupa una página completa del suplemento literario del Diario de la Marina) que por su valor y complejidad comentamos a continuación.

Titulado “La jornada de los dispates dijo un paje…”, firmado por “L. Cabrera Bilbao”,[6] y con ilustraciones anónimas que, sin duda alguna, son atribuibles a la propia Lydia, se trata de un precursor e irreverente texto cubano, en prosa de clara orientación vanguardista, en el cual confluyen personajes reales (por partida doble: de la vida real y de la realeza) y ficticios (algunos replicados de famosas obras literarias); del medio habanero y de otras latitudes, países y culturas; del presente y del pasado (hasta el más remoto); en un ambiente cuasi cortesano pero a la vez popular; en un juego intertextual, paródico y autorreferencial (del que forma parte la propia autora), saltando barreras temporales, genéricas (por momentos podría considerarse escrito para ser escenificado; véanse si no los frecuentes diálogos, las acotaciones y el telón que “no” cae al final), idiomáticas (arcaísmos, refranes, citas en francés, voces y expresiones populares) y hasta de orientación sexual (¡cómo pudo el Diario de la Marina dejar pasar semejante temática!); con asincronías históricas y geográficas; donde parece que nada ocurre pero suceden muchas extrañas cosas; donde se discurre sobre el valor del arte en su relación con la imaginación y la realidad; y donde todo concluye en una sorpresiva, risueña, agradable y subliminal propaganda de la firma Alyds, muy alegórica y aleccionante.

No dudo que, tras la “engañosa apariencia” de “cuanto aquí se cuenta”, todo sea “absolutamente cierto” –como expresa la propia Lydia al comienzo del texto–: la implicación del periodista Rafael Suárez Solís como uno de los testigos de “la jornada”; la presencia semiclandestina de un personaje tan influyente ya entonces como Clemente Vázquez Bello; esa Dama Regina que bien podría aludir a la esposa de Vázquez Bello, la económicamente poderosa Regina Truffin; la inclusión como personajes de dos embajadores (Argentina y España); el encuentro por Evelio Govantes de unos “muebles que soñaba” para completar su obra en el Congreso (en 1921 se habían detenido los trabajos de construcción del Capitolio a cargo de su firma en copropiedad con Cabarrocas), elaborados por la Casa Alyds; el paje afeminado que intenta exponer y/o vender el tapiz y que me trae a la mente mientras escribo, no sé por qué, a un famoso diseñador e ilustrador cubano de aquellos momentos, cuyo apellido era Dalmau, si no recuerdo mal; el “telón que no cae” al final de esta pieza realizada por Lydia Cabrera con “mala intención” (el asunto, fuese cual fuese, no estaba concluido). Todo apunta en este texto a realidad “real” tras apariencias juguetonas; realidad cuyos significados no estoy en condiciones de dilucidar en estos momentos, pero que, de seguro, con revisiones alertas de la prensa habanera de entonces, podrían solventarse. Hay que pensar que se estaba bajo el corrupto gobierno del “Chino Zayas”, donde tantos negocios turbios tenían lugar con harta frecuencia.

Habría mucho más que escribir sobre este, según nuestro parecer, inclasificable texto, que no encaja bien ni en los moldes de las narrativas al uso entonces en el país (si considerado obra literaria) ni en los de la propaganda comercial (si estimado sólo como anuncio). De hecho, no logramos discernir ni especular siquiera en torno a si el “dispates” del título es una errata por “disparates” o uno más entre los elementos lúdicos del texto. Debe aclararse, no obstante, que algún que otro trabajo de Lydia Cabrera de similar índole novedosa, aunque no de tan acusada irreverencia y rompimiento, queda por extraer de esa valiosa arca de tesoros que es el habitualmente denostado Diario de la Marina. Tal vez tales “anuncios literarios”, promotores de las excelencias de la Casa Alyds, no siempre fueran elaborados por Lydia, según manifiesta ella misma en el trabajo sin firma “A un curioso”; pero nos parece que tal afirmación suya es más que todo un ardid para distraer la atención y jugar con los lectores. No pocas de tales frecuentes promociones, distintas en cada ocasión, acusan la impronta de alguien con dominio de resortes comunicativos y del mejor uso de la lengua.

Para concluir, quisiéramos insistir en que estos tres textos, editados para la ocasión, ofrecen una perspectiva harto atendible para la conformación de una visión más completa de su trayectoria vital, profesional y creativa, no centrada en su siempre socorrida imagen como etnóloga. Aquí están algunas mínimas primicias de su labor como publicista y empresaria; publicista de su propia empresa en copropiedad, con la cual se anticipa a otra como las Ediciones C.R., en cuya denominación vuelve a fusionarse con una amiga, en este caso, María Teresa de Rojas Lamas. Bajo dicho sello editorial aparecerían en La Habana libros fundamentales de Lydia Cabrera como Por qué… cuentos negros de Cuba (1948), El monte (1954), Anagó. Vocabulario lucumí. El yoruba que se habla en Cuba (1957) y La sociedad secreta abakuá (1959).

Y sin más, el telón que “no cae” se abre o se alza –como mejor parezca o guste a cada cual–, ante la mirada expectante de los seguidores de la columna, con la esperanza de que las tres piezas seleccionadas para su disfrute les dejen, cuando menos, grata impresión y alguna enseñanza útil.

Ricardo Luis Hernández Otero


Con Alicia Longoria y Lydia Cabrera

Arturo G. Quijano

(Tomado de La Noche, lunes, 16 de abril, 1923, p. 24.)

En el Taller Alyds

Ya había oído este nombre, en otra ocasión…

En el antiguo convento de Santa Clara –que se ha hecho cada día más famoso–, una de las exhibiciones que más llamaba la atención por el lujo del decorado y la belleza de los muebles, en la sección de La Habana Antigua, tenía sobre el dintel de la puerta un farolillo de hierro forjado, y en dos azulejos pintados a mano, con un escudo que sostenían dos leones, el nombre Alyds.

El público que durante dos meses visitó aquellas interesantes exposiciones, organizadas y dirigidas por la culta y distinguida señora Alicia Longoria, cuyo gusto depurado y grandes conocimientos artísticos le han concedido tantos y tan merecidos triunfos, y la señorita Lydia Cabrera, hija de nuestro admirado y glorioso amigo, el insigne escritor don Raimundo Cabrera, laboriosa y exquisita artista, supo apreciar y alabar la labor educativa, trascendental, realizada por ella; la energía, el acierto, la elegancia desplegadas con tanta gallardía.

Por eso al leer esta vez en un periódico, aquel nombre “Alyds”, anagrama de Alicia y Lydia, simpática razón social que encabeza un anuncio de muebles de estilo, anotamos la dirección, 27 de Noviembre, o sea, calle de Jovellar, y fuimos a sorprender en pleno trabajo a las ya conocidas y admiradas artistas.

Amparándonos con el título de periodistas fuimos, lo confesamos, a curiosear….

La casa de Alyds, en efecto es una deliciosa casita amueblada y decorada a la europea, tapizada con los papeles que importa y tiene a la venta…

Mientras nosotros nos fijábamos en todos aquellos detalles llenos de delicadeza y de refinamiento, donde adivinábamos la mano exquisita y artista de las dueñas de la casa, una vendedora nos mostraba almohadones, tapetes, pantallas, cortinas bordadas hechas en el taller Alyds, mil preciosidades confeccionadas primorosamente y ejecutadas de acuerdo con los dibujos de la señorita Cabrera.

Un hermoso tapiz de tela roja, con las armas bordadas con oro y con colores, del señor Sánchez, me llamó poderosamente la atención por la belleza del trabajo.

— Quién diría que cosas tan bellas pueden hacerse aquí –le decía a la amable muchacha que me mostraba gustosa todas las creaciones de la casa–. Aseguro a ustedes un éxito grande. En Cuba ya hay verdadera afición a estas cosas… Si antes se traían de fuera, ahora habrá aquí quien las fabrique iguales a las que vienen de París.

Mi diálogo con la graciosa vendeuse de la Casa Alyds lo interrumpió la señorita Cabrera.

— ¿En qué puedo servirle, Calcagno Segundo?

— He venido a ver los muebles que ustedes fabrican y hasta ahora sólo he visto almohadones, cortinajes y bordados heráldicos…

La señorita Cabrera se rio de mi exabrupto.

— Si quiere usted ver nuestro taller de muebles, yo tendré mucho gusto de mostrárselo. Tenemos que caminar unas dos cuadras, porque usted comprenderá que en una casa tan pequeña –y esto es sólo una oficinita en miniatura– no puedo meter ni obreros ni maquinarias.

El taller puede verse desde el tranvía que baja por San Lázaro y pasa frente a la Universidad.

Yo me sorprendo al entrar en amplia y larga nave de mampostería.

La señorita Cabrera, que comprende mi asombro, me dice riendo:

— Pero ¿qué se imaginaba usted? Los muebles no se hacen como los tapetes.

Ella misma me explica cómo se maneja el trompo, la sierra sinfín, la circular, la garlopa y el cepillo.

— Tienen ustedes un taller soberbio.

— Estamos orgullosas, eso sí, de los obreros. Podemos jactarnos de tener en casa los mejores ebanistas de La Habana.

En Cuba hay espléndidos operarios. Los dirigen mal porque no hay interés en hacer muebles bellos. Importa vender y… nada más. Además, para hacer el mueble de estilo, ya es menester estudiar y trabajar con más deseo y… con buena fe.

Las maderas nuestras son insuperables.

Son eternas y tan hermosas y variadas que pueden hacerse con ellas toda clase de combinaciones, conseguir todos los efectos… Ya era hora de salirnos de la vulgaridad de los muebles indefinidos que se hacen aquí.

— ¿Qué estilo le gusta más?

— Todos los estilos bien interpretados son bellos. No tengo preferencia. Busco la línea sencilla y la armonía del conjunto.

Nosotros tendremos que sufrir siempre la cargazón, la indocumentación de los comerciantes de muebles, que no quieren estudiar.

Renacimiento de pacotilla, con motivos rococó, por ejemplo, Luis XV o XVI falsificado… Ahora se habla mucho del Renacimiento español…

— El Renacimiento español, francés, inglés o italiano requiere mucho trabajo. Tiene mucha talla, es costoso. Mal interpretado y ejecutado es desastroso… Y a propósito de Renacimiento, quiero presentar a usted, al señor Bruno Guell, director del taller y dibujante de la casa. El señor Bruno Guell es un dibujante notable y un gran tallista. Ha dedicado varios años de su vida al estudio de los muebles renacentistas. En La Habana, es la única autoridad que tenemos sobre el Renacimiento.

La señorita Cabrera me muestra varios dibujos de mesas, fraileros y arcas dibujados por el señor Guell. Y yo afirmo el juicio de Lydia sobre el notable dibujante español que conocerán seguramente algunos de mis lectores.

— Estamos haciendo un mueblaje Luis XVI de diecisiete piezas con caoba y palo rosa… Ahí tiene usted un estilo femenino, gracioso, fino… Me refiero al verdadero XV, no al que se repite aquí hasta lo infinito y que es algo antipático… Esta mesa Luis XVI, con oro y gris ¿qué le parece?

Yo estoy francamente encantado y felicito a la señora Longoria y a la señorita Cabrera, convencido del éxito que espera a la firma Alyds.

— Hasta ahora nunca en Cuba habíamos tenido nada semejante. La gente que viaja y desea tener en casa todas esas delicadezas o busca un mueble realmente bello tiene que exponerse al peligro de los muebles encargados al extranjero, al comején que acaba con las maderas de fuera. Y sin embargo, si tenemos todos los elementos, si podemos hacer en nuestro país todo lo que en el Norte o en Europa nos seduce, y no lo hacíamos por esa misma razón que usted dice, por la falta de interés y de estudio del mueblista que está muy lejos de saber lo que es clásico o no, que no tiene otro empeño que ganar… ¿Cómo no he de augurarles a ustedes toda clase de éxitos, si nadie con más motivos y conocimientos tienden a llenar una necesidad nacional?

— Cuando su hija se case, me dice Lydia, le haremos los muebles y le decoraremos la casa.

El cubano cada día siente más la necesidad de confort y de refinamiento. Por eso he dicho a Lydia Cabrera que su obra, su labor de cultura tan brillantemente secundada por la señora Longoria, cuyo nombre siempre despertará el recuerdo del Palacio de Longoria en Madrid, famoso por las riquezas de arte que encerraba, y por el buen gusto que parece proverbial en los Longoria, viene a llenar un hueco en nuestra vida capitalina, a satisfacer una necesidad espiritual y progresista.

 

A un curioso: “¿Quién escribe los anuncios de la casa Alyds?”. Fúnebre presagio

[Lydia Cabrera]

(Tomado de Diario de la Marina, edición de la tarde, 17 de julio, 1923, p. 5.)

Un hombrecito gordo, bajo, panzudo y asmático, que cuanto grita con “afónica bravura” –menos mal que se le oye poco– es porque el calor le irrita –le irrita el ambiente caluroso y otras cosas más, que dejaremos en la negrura de la tinta–, quisiera marcharse al Polo Norte, pero está condenado a quedarse entre nosotros, redactando anuncios y llevándonos las cuentas.

Panzudo y asmático. “Y el [sic] un ojo bizco”… Calvo, la nariz bermeja, y una boca que parece la entrada del infierno.

Pero él se jacta, en cambio, de su barba negra, espesa, larga, que chorrea betún de Judea y donde alguna que otra vez, una pulga amaestrada baila la zarabanda.

Cuando alguien le grita “¡Patilla!”, “¡Barbazas!”, él sonríe con orgullo.

— ¡Es lo que hace falta aquí, hijos míos! –suele repetir nuestro arrogante Jefe de Propagandas–. Si me hicieran presidente de la República, todos los días presenciaría una ejecución en el Parque Central, frente a Martí, para que este, señalador de víctimas, amenazador, les dijese: “¡Cocinaos bien, granujas! ¡Bribones!”

Es muy radical nuestro hombrecillo gordo y asmático, muy violento. En estos días ardorosos, bufa como un toro, y protesta porque está condenado a vivir entre nosotros redactando anuncios.

— ¡Cuba es una factoría demasiado calurosa!

Otras veces cuando nuestro compañero no puede hacerlo, los anuncios de la casa Alyds los redacta una humilde servidora vuestra –¡oh, qué mansedumbre!– que os pide mil perdones por haber distraído vuestra atención algunas veces.

* * *

¡Usted y yo seremos polvo! ¡Ah, qué grata sorpresa! Perdone que le recuerde que antes de sesenta años no seremos más que un montón de cenizas.

Nuestra cobardía aleja tanto la muerte, que esta siempre nos sorprende burlona. La muerte vendrá, con su enorme guadaña a segar nuestra miseria fanfarrona, un día tan lejano, tan lejano, que usted y yo estamos convencidos de que este día de sombra y de frío no llegará nunca.

Y no veremos, ni usted ni yo, el resumen de la Historia de la Literatura Cubana, que se publicará quizás en el año de gracia de 1980. Pero me sospecho que en este resumen, que no podrá escribir el doctor J. Remos, habrá un capítulo que comience así:

“La literatura cubiche, en los anuncios del año de desgracia de 1923 –agudeza, sutileza– bizcochos, cognacs, vermouths. Jabones, muebles… La Filosofía de charmeusse y muselina… Los estilistas de propaganda…”

Y en el que se haga el justo elogio de los que en tal año enriquecieron el idioma.

Pero cuando usted y yo seamos polvo y cieno, quedarán muchos muebles burlando la muerte, escapando de la garra destructora del tiempo, que intenta desmoronarlos, insinuando flaqueza y carcoma.

Y el tiempo no podrá nada contra la firmeza de nuestras maderas y la solidez de construcción que caracteriza a los muebles de ALYDS / Decoración interior / MUEBLES DE ESTILO Y CALIDAD / JOVELLAR 45 / TELÉFONO F-5346 / ENTRADA AL TALLER POR SAN LÁZARO.

La jornada de los dispates dijo un paje…

[Lydia Cabrera]

(Tomado de Diario de la Marina, suplemento literario, 2 de diciembre, 1923, p. VI.)

Tomaron en ella parte muy activa nuestro amigo, el señor don Evelio Govantes y otros señores y señoras, que el público, si está dispuesto a soportarlo, irá conociendo. Y es absolutamente cierto, a pesar de su engañosa apariencia, cuanto aquí se cuenta.

(Testigos: el señor don Rafael Suárez Solís y la señorita Amalia Bacardí.)

[Personaje innominado. ¿Lydia Cabrera?]: Maestro Evelio Govantes, émulo del Bramante… ¿qué es eso?

Evelio Govantes: Un tablado, un tapiz al fondo y… un paje que parece llovido del cielo. Ha saltado como un cervatillo. ¡Hum! “Arte diabólico es”. (Dijo torciendo el mostacho… Pero, no. ¡Govantes no ha tenido nunca un “mostacho”!)

(El paje –los labios muy frescos, como Gerineldo, lento y gracioso y “dos grandes ojeras que dicen…”– no es un paje de guion, ni de jineta, ni de lanza. He aquí sencillamente, al pajecillo de los lindos cuentos.)

[Personaje innominado. ¿Lydia Cabrera?]: ¿Se acuerda usted, Maestro Govantes? El señor Balzac ha escrito la historia del pequeño, formidable René —la blancheur de peau, la grace de René, surtout ses yeuex oú estoyent en habondance une limpide chaleur et un grand feu de vie— y de Blanch sa jolie seignieure. ¡Ho! Va doncquies René le dors!

El paje: (Destacándose, hace una gallarda reverencia.) Yo, Maestro Govantes, aunque eternamente joven, ni tengo edad, ni soy precisamente, “un ser actual”.

No puedo salirme sin grandes dificultades del áureo marco de los cuentos azules…o “verdes”. ¿Me envidias, Maestro? ¡Siempre hay una princesa en flor, para amarme, en todas las leyendas!

Mi única preocupación es agradar y que la vida me agrade… Romántica figurilla de antaño, salgo de cacería con los señores en la magnífica cabalgata; van los caballeros dos a dos, en la mano enguantada el halcón; van la damas ataviadas de tal suerte que no bastarían los millones del señor Castaño, ni la buena voluntad de algún pobrete ansioso, para pagar las gemas que adornan las gallardas tocas y el blanco pecho, los brocados finísimos, las telas preciosas de oro y plata, de Persia y de la Gran Armenia. Soy juguetón y muy enamorado, lánguido cuando es oportuno languidecer y suspirar, y muy sabio y profundo, como el más diestro y empedernido cardenal de la corte de un Borja [sic].

Como todos los pajes afortunados, bien conozco el encanto de un cuerpo de efebo. Me sé todo armonioso, elegante, entre mis lebreles ágiles y finos.

Vivo orgulloso de mis ojeras hondas, de mi boca roja y de mis manos desnudas… ¡y ante todo –te juro–, de mis manos desnudas, tan blancas, tan largas y tan suaves como las de mi señora!

Míralas, Maestro… Tómalas un momento entre las tuyas.

En el agua dormida de una vieja fuente también tengo un jardín para pasearme solitario y rimar mis versos entre los altos pinos… porque todos llevamos un jardín dentro del alma, Maestro, que el tiempo cultiva en silencio. Me veo siempre con tal afán pecaminoso, que temo mucho que lo que cuenta de Narciso la leyenda…

¡Los pajes somos muy vanidosos! Tenemos conciencia de cuanto valemos…

El Maestro Govantes: (Limpiando los lentes oscuros.) ¡Con estos lentes veo visiones! Di, criatura diabólica, ¿eres un ser real o soñamos todos despiertos?

El paje: Te he dicho que no soy un personaje de actualidad. ¡De ningún modo! ¡Gracias! ¡No me gusta tu siglo, Maestro Govantes, mi platonismo se da de cachetes con todo esto! ¡No me gusta la canalla, ni las levitas que gasta!

Ni soy demócrata ni práctico ni útil a la sociedad en que vivís. Lo bello ha dejado de ser útil. Estoy de más, ya lo sé… Pero mi irrealidad –que es mi única realidad– me deja pasar entre vosotros, con la cabeza erguida, triste o gozoso, pero siempre triunfante, aunque vencido y solo…

Dama Regina: (Imprevista.) ¡La irrealidad es el punto de partida de la realidad –o la realidad misma!

El paje: ¡Ah, Dama Regina, discreta y gentil entre las mujeres, a quien ya aguarda impaciente el Maestro Tiziano, para burlar una vez más la muerte y hacer merced a la posteridad, regalándole el azul ideal de tus pupilas, el oro de esa soberbia cabellera que envidia la Duquesa de Ferrara y la divina transparencia de tu piel! ¡No le eres tú menos querida que Madona Silvia!

Una doncella estupefacta: ¡El paje dice cosas que no entiendo! Habla en camelo el muy granuja…

El paje: ¡Qué grosería! ¡Llamar granuja a un paje!

Dama Regina: (Como extasiada y un poco incoherente.) Galana doncellica… tú has menester las lecciones de un paje. ¡También yo podía enseñarte una verdad eterna! Pero la verdad, si tú la buscas, si nada sabes, sólo has de hallarla en tus sueños. La mentira no existe en el sueño, y serás tú misma desnuda. ¡Porque sólo viviremos realmente nuestros sueños… y ayer y hoy y mañana!

(La doncella cae sin sentido.)

Un majo de Goya: (Muy marchoso. La [sic] color morena, se entiende, para que sea legítimo. De legítima pandereta. Alguna vez dio achares a la Duquesa de Alba. No le gustan los dientes postizos de la reina María Luisa.) ¡Olé las mujeres con tronío; las mujeres juncales con sentido común!

[Personaje innominado no identificable]: Toma… Si es Clemente Presidente… ¡Cámara! ¡Representante de cuanto vale y brilla en la villa y corte de los madriles, entre las majas y los chisperos!

Un “pajolero”: (Niño que se lo sabe todo, que le ha parecido muy malo el chiste y que es indiscreto como una mujer.) ¡Clemente Vázquez Bello!

No sabemos cómo ni cuándo en torno al paje, a Dama Regina, al majo, a Evelio Govantes, y a una mujer con un martillo, un serrucho y un clavo –Doña Lydia Cabrera Bilbao– se ha reunido en un instante tanta gente. Solo el buen diablo sabe.

El Conde del Rivero: ¿Por qué tanto barullo? ¿Qué sucede en las páginas de nuestro Semanario? ¿Qué hace aquí este doncel anacrónico?

El doctor José I. Rivero: Hermano don Nicolás, ¡es casi un escándalo!

Mme. de Maintenon y la Princesa de los Ursinos: ¡Déjennos ustedes tomar cartas en el asunto!

(A estas alturas, doña Juana de Castilla, tirando por un cordelito, de un féretro aparece.)

Doña Juana de Castilla: ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Fijas malditas de la glotona Eva, cuitadas vosotras si osáis mirar el rostro del señor y dueño don Felipe, nomado ciertamente el fermoso, maguer don Filiberto el de Savoya!

¡Ay, qué Felipillo para fazerme la “santísima”, fijas malditas de la glotona Eva!

¡Pues agora os saltaré los ojos y os desgarraré las carnes, trocadas en mortales garfias vengadoras los dedos de estas manos!

¡Disposición y fuerzas grandes tengo, aunque estoy algo malucha –hame dicho mi físico, adorable galeno, y bien sabe Dios que no ofende mi honestidad fablar de tal guisa, don Antonio Díaz Albertini–, para defender lo mío de miradas baxas de mujeres garridas, ca non hubo nunca rey más galán, ni gentil hombre más valido –por mi desventura– con las damas!

Luisa Carlota Párraga: ¡Vaya una alteza con ganas de gresca! Peor educada es la reina que una fregona…

(Mi hermano José María Chacón, desde Madrid, por cable.)

José María Chacón: “¡Habiendo escrito Cervantes La ilustre fregona, no veo por qué expresarse, señorita Párraga, despectivamente; ninguna fregona!”

Dama Regina: (Enérgica.) ¡Prefiero a las fregonas, a las cocineras que huelen a cebolla y a ajos –no digamos palabra de la Constancia del mesón toledano–, a muchas altezas que por el mundo van muy mal envueltas en mantos de armiño!

Doña Juana: (Echando chispas.) ¡No miréis al rey! ¿No os acerquéis al rey! ¡Es mío… y muy mío! (Le da un cumplido empujón a don Mario Ruiz de los Llanos.)

El Ministro de la Argentina: (Muy enojado, en traje de guef [sic].): ¡Callate, ché, Juanita! ¡Déjame que oiga al “músico” y no me tires del poncho que me importunas! ¡O me mando mudar y haré que te rezongue el Marqués de Denia!

(Las mujeres protestan y temen a doña Juana, frenética. Interviene don Alfredo de Mariátegui. Renté de Vales, que ha matado un pollo, trata de infundir confianza a las damas, escopeta al hombro. Y el señor Pastor Fernández, que se ha vuelto loco inundando la Habana de azulejos y cerámica sevillana, reconforta a una señoritinga desmayada, con unas gotas del vino Titán.)

Mariátegui: ¡La reina tiene una diabólica locura, acreedora del respeto de todos nosotros! Vosotras, señoras, ¿qué sabéis del mal que a mi princesa atormenta? Sería menester que fueseis todas españolas, y como españolas, ¡locas de amor cuando amáis!, ¡locas de amor y de celos!

Demóstenes: (En secreto al Conde del Rivero.) ¿Me permitís que lance una filípica contra el desconcierto que reina en estas cuartillas? ¡Oh, desconcertado concierto de tonterías!

El Conde: ¡Veamos en qué para todo esto!

Descartes: ¿En qué para? ¡No señor! ¡Sigue y sin método!

Un lector: Comienzo a aburrirme… ¡como en sociedad! ¡Profundamente!

Lydia Cabrera Bilbao: ¡Silencio! En nombre de Shang Tao Lin y de Alicia Longoria, que se impacienta.

Tutankamen: (Muy molesto.) ¡Silencio, sí; por mis tesoros violados, por mi carne momia! Me explicaréis qué hacemos todos aquí como posmas, ante el tablado de un paje charlatán y presumido.

El paje: ¡Señores, perder el tiempo, que es el mayor placer de la vida!

Yo quería mostrar al maestro Evelio Govantes, a Dama Regina y a este chispero garboso, algo que escondo tras ese tapiz… ¡Ah, un tapiz renacimiento y de los más hermosos! No me hubiese atrevido a presentarme ante vosotros teniendo por fondo un mille-fleurs, por ejemplo, y he declinado galantemente al Conde de Anjou su famosa tapicería para escoger esta hermosa pieza del emperador Carlos V, salido del taller de Rafael, de manos de Giulio Romano, su discípulo favorito.

¡Ay, mi querida señora de Sarrías!, en aquella época magnífica que yo amoraré [sic] siempre, y que a usted le enamora, mi antiguo amigo Rafael era, entre todos, el mejor dibujante de tapices y Giulio, uno de los más fecundos en el arte; tanto como su compañero en el taller del maestro, el flamenco Van Orley.

En fin, ¿levanto el tapiz? (Por la cita y la erudición barata, se ríe Voltaire desde Buenos Aires.)

¡Estadme atentos! Luego, en un hermillo azul y tenue, varilla ondulante de florecillas de humo, me iré para siempre como el Príncipe Peonía, o el Paje Violeta, del valle de Shimizutane. ¡Otra vez a mis leyendas –elegante, entre mis lebreles ágiles y finos–, a las páginas de un cuento sentimental, y al amor de mis princesas pálidas!

¡Beso tus manos, Dama Regina!

(Han desaparecido el tablado, el paje y el tapiz.)

Una vieja: ¡Me habéis tomado el pelo… por no decir la peluca! ¿Detrás del tapiz… qué había?

Govantes: (Melancólico) Muchas cosas que usted no ve, señora… ¡que acaso no veía usted nunca! Detrás del tapiz está todo, lo que se sueña y se desea intensamente. ¡Unas rosas blancas! ¡Un tesoro que es suyo también, que puede usted llevarse, si lo quiere, como yo lo quiero!

Dama Regina: ¡He de llevarme un penitente! ¡Un rincón de España! Quiero también aquella Quimera…

Govantes: Y yo, señora, que soy artista de una vez y para siempre, hallé detrás del tapiz unos muebles que soñaba –construidos por Alyds-, para completar mi obra en el Congreso…

Su Católica Majestad Felipe II: ¡Muebles del Renacimiento español! ¡El último chillido de la moda en Cuba!

[Personaje innominado. ¿Lydia Cabrera?]: ¡Sí, el último chillido! Porque la moda lanza su grito de triunfo. Afeadla, deformad lo que es bello idiotamente, y la moda no grita: chilla, ruge, desentona.

Cuidad que vuestros muebles no chillen… ¡Oh, el trágico chillido!

Y que la paz del Señor sea con vosotros… ¡y conmigo algún día!

(Telón que no cae.)

Por la mala copia, la mala letra y la mala intención:

L. Cabrera Bilbao
1923


Notas:

[1] También en alianza con Alicia Longoria, Lydia Cabrera se encargaba, al parecer en principio anónimamente y más tarde con sus firmas, de la promoción de las actividades de la Sociedad de Arte Retrospectivo en la sección dominical de grabados del Diario de la Marina. En una “Aclaración” de este medio, se hace constar que “las informaciones artísticas que vienen publicándose en la sección dominical de grabados de este periódico sobre antigüedades y objetos de arte […] fueron dirigidas, organizadas y redactadas por […] Lydia Cabrera y […] Alicia Longoria de G. de la Peña; y que las que en lo adelante publicaremos confeccionadas por ellas llevarán la firma de tan distinguidas damas”. (Cfr. Diario de la Marina, edición de la mañana, La Habana, 28 de agosto, 1922, p. 1.)

[2] Cfr. “Ante 20 000 asistentes se inauguró anoche la Exposición Comercial y de Arte Retrospectivo”, Heraldo de Cuba, La Habana, 23 de noviembre de 1922, p. 3.

[3] Asegura María Capdevila refiriéndose a la labor de Lydia Cabrera en la Exposición Comercial y de Arte Retrospectivo: “Allí pudo demostrar sus dotes de organizadora y su dedicación completa a los asuntos artísticos”. (Cfr. “La mujer en la Asociación de Pintores y Escultores. Discurso de la Dra. María Capdevila [en el Congreso Nacional de Mujeres, celebrado en La Habana]”, Diario de la Marina, edición de la tarde, 12 de abril de 1923, pp. 1, 4; la cita en la p. 4.)

[4] El documento forma parte del fondo Lydia Cabrera, celosamente atesorado en la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami: caja 4, carpeta 8.

[5] Palabras de Carlos Espinosa en mensaje por correo electrónico al enviar la referencia del texto de Mañach que mencionamos, y por lo que le agradecemos sobremanera. Cfr. Jorge Mañach: “Alyds o el orgullo de lo privado”, El País, 3 abril de 1926, (página desconocida).

[6] ¿Puede considerarse esta firma un seudónimo? Me inclino a pensar que sí, pues el nombre de su madre era Elisa Marcaida Casanova. Algunas fuentes recogen, como apellidos de Lydia, los de Cabrera Marcaida; otras, sin embargo, cambian el segundo por Bilbao. Una probable genealogía del seudónimo indicaría que sustituyó el Marcaida (apellido frecuente aún hoy, amén de topónimo, en el País Vasco), por otro nombre de lugar de la misma procedencia: Bilbao. Hay que indagar más al respecto. Lamentablemente, no tenemos a mano la extensa entrevista de Rosario Hiriart, donde puede hallarse más información relacionada con la vida y obra de la autora de El monte; Cfr. Rosario Hiriart: Lydia Cabrera: vida hecha arte, Ediciones Universal, Miami, 1978.

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