Doce apóstoles de piedra en una sala inferior, pertenecientes a fachadas que ya nadie recuerda de Notre Dame, comidos por los siglos, todos decapitados.
En la base del cuello los cisnes tienen pintados números. Sobre el cisne número cinco una pareja de novios se besa. Es un cisne plástico en un lago artificial.
El Andino está en un lugar muy céntrico de La Habana. Quizá por eso reposé en él. Yo pensaba que ese edificio –todavía lo creo– era el punto, el corazón, el grado cero de esa ciudad.
Mis libros están escritos para no tocar ninguna libertad, escritos con la convicción de que podemos aspirar a enfrentar con dignidad el horror de la ambigüedad.
El sitio que ocupa Julián Rodríguez es de una tremenda belleza, de una integridad desconcertante. No conozco a nadie que lo haya atravesado y no haya crecido.